• Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros

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    28 de marzo de 2013 – Jueves Santo

    El Papa Francisco está recuperando el lenguaje evangélico, un lenguaje no intelectual sino cercano al de la gente. Este papa comunica no sólo a través de sus palabras sino también a través de los pequeños gestos. En los últimos cincuenta años la Iglesia ha producido demasiados documentos. Hoy día lo que hace falta es poner en práctica el Vaticano II. Por primera vez vemos una papa que se expresa y se comporta como el resto de las personas, con toda naturalidad, liberado de protocolos que lo alejarían del contacto personal. Está claro que no  quiere representar simplemente una función, sino hacer actual a Jesús de Nazaret. Este nuevo estilo le está atrayendo la simpatía de la gente.

    Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

     

    Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

    Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

    Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre, sobre todo el sacramento del pobre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

     

     


  • Bendito el que viene como Rey, en el nombre del Señor

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    24 de marzo de 2013 – Domingo de Ramos

     

    Este año hemos vivido una cuaresma intensa. La primera parte ha estado marcada por la renuncia del Papa Benedicto, la segunda por la elección del Papa Francisco. Creo que éste a través de los pequeños gestos de estos primeros días de su pontificado ha manifestado claramente su deseo de una Iglesia de los pobres y para los pobres. Si hoy día fuera posible también él cabalgaría sobre una sencilla cabalgadura dejando de lado los lujosos coches. Desgraciadamente el tema de su seguridad no le permitirá ser todo lo cercano que a él le gustaría y que tiene de sobra demostrado en el pasado.

    El Domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa. En él vemos ya presente los dos grandes acontecimientos de la vida de Jesús, su muerte y su gloria. La “entrada triunfal” en Jerusalén anuncia su triunfo definitivo (Lc 19,28-40). En cierto sentido inaugura el Reino con su solemne entrada en la capital, aclamado por la gente sencilla. Ésta comprende bien el mensaje del gesto profético de Jesús. Sabe que él viene a servir y a no ser servido. No tiene un ejército con el que imponerse. Su fuerza es el amor.

    La lectura de la pasión, hoy y el Viernes Santo, da una densidad especial al misterio de la cruz, con la que Jesús redimió al mundo. Vamos a contemplar la pasión del Señor no como simples espectadores, que permanecen fuera del juego, sino entrando también nosotros en ella. Metámonos dentro de los diversos personajes. Ante todo identifiquémonos con Jesús “que me amó y se entregó por mí”. Descubramos sus sentimientos profundos de amor al Padre y a los hombres. Siendo Dios, se despojó de toda gloria y compartió la condición de los pobres y humildes. Más aún, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Filp 2,6-11). Es ese vaciamiento de sí mismo, para poder ser solidario con los últimos de la tierra, el que le permitirá llenarse totalmente de Dios en la resurrección. A los ojos de la sabiduría humana, el misterio de la cruz es una locura, pero para los que creen en Cristo es la manifestación del amor, de la fuerza y de la sabiduría de Dios. Hay que entrar en el misterio de la cruz con un corazón de discípulo, que quiere aprender de su Señor, sin tener miedo a arriesgar la vida.

    En la Pasión de san Lucas, Jesús aparece como el justo inocente perseguido injustamente por sus enemigos (Lc 22,14-23,56). Su sufrimiento revela el amor y la misericordia del Padre para con todos sus hijos descarriados. La cruz de Cristo no tiene nada de trágico sino que encarna el amor con el que cada discípulo tiene que llevar en su vida las contrariedades y contradicciones  a causa del seguimiento de su Señor. La pasión de Jesús es siempre actual. Jesús murió para que nadie más fuera condenado injustamente, pero su historia se repite constantemente. Los que hoy día gimen bajo el peso de la cruz saben, sin embargo, que no están solos, que Jesús y un gran número de testigos les han precedido sin dejarse aplastar por el sufrimiento sino experimentando de manera misteriosa su efecto redentor.

    Pero también la contemplación de los demás personajes de la pasión, nos ayudan a descubrir la realidad de nuestras vidas y de nuestro pecado. Judas, el discípulo que lo entregó, es para todos nosotros una seria advertencia de que también nosotros podemos traicionar a Jesús y hundirnos después en nuestra desesperación. También Pedro lo negó, pero supo llorar su pecado. Los otros discípulos lo abandonaron por miedo, pero volvieron a creer en Él cuando lo vieron resucitado. Pilato se lava las manos en signo de inocencia, pero condena al inocente para no perder la amistad con el emperador. Herodes, curioso por poder ver algún milagro, se reconcilia con Pilato que le envió a Jesús para que lo juzgara. Los sumos sacerdotes consideran a Jesús un blasfemo, porque ha anunciado un Dios de misericordia y de perdón. ¿Qué personaje eres tú en la pasión de Jesús que continúa hoy día? La pasión de Jesús se actualiza en la celebración eucarística. Al comulgar el cuerpo de Jesús participamos en su destino de muerte y resurrección. Empecemos con ánimos la Semana Santa y acompañemos a Jesús a lo largo de ella para llegar a la alegría de la Pascua.

     

     

     


  • Tampoco yo te condeno

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    17 de marzo de 2013- Quinto Domingo de Cuaresma

     

    Toda la Iglesia se alegra con la elección del papa Francisco que ha despertado muchas expectativas por la novedad del caso. Nada hay más nuevo que el actuar de Dios en la historia (Is 43,16-21). El venir del otro extremo del mundo, el ser el primer papa jesuita, el escoger un nombre sin precedentes aportan sin duda un nuevo tipo de sensibilidad en la Iglesia. Habrá que esperar a ver cómo eso se va traduciendo en las decisiones que vaya tomando.

    Como obispo, Bergoglio tenía como lema “sintiendo compasión y eligiendo”, frase tomada de San Beda el Venerable en su comentario a la vocación de San Mateo. Jesús tuvo compasión del publicano Mateo y lo eligió para el colegio apostólico. Ese sentir compasión es sintomático de Jesús en su relación con las víctimas de la vida. Fue sin duda lo que sintió ante la mujer sorprendida en adulterio, a la que defendió e invitó a cambiar de vida (Jn 8,1-11).

    Esa mirada compasiva es la que se está pidiendo a la Iglesia. La pide el mundo, pero también una parte de la misma Iglesia que se siente excluida por las situaciones irregulares a las que nos condena la vida La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega. Existen leyes morales y leyes civiles que regulan la conducta de las personas. Pero ni unas ni otras pueden ser aplicadas de manera mecánica. Hace falta siempre un discernimiento espiritual. Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, pero al preguntar a Jesús por su opinión están admitiendo que toda ley necesita ser interpretada a la luz de la complejidad de la vida. En la vida civil son los jueces los que aplican la ley en el caso concreto.

    La respuesta de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin darle la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas. Es lo que nos está pasando hoy día en la Iglesia. Una Iglesia de pecadores no puede ser simplemente un Iglesia que condena sino que tiene que ser una Iglesia que perdona y ayuda a sus miembros a cambiar de vida. El que Jesús abra un período de silencio durante el cual escribe en el suelo invita sin duda a la reflexión, al discernimiento, a no actuar mecánicamente.

    Jesús invita también a la mujer adúltera al discernimiento. El perdón que él le otorga  debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. El ejemplo de Pablo muestra cómo un pecador pueda ver su vida totalmente transformada (Filp 3,8-14) Es lo que había experimentado también el publicano Mateo, de cuyo pasaje el papa había tomado su lema al ser consagrado obispo. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta eucaristía para transformar nuestras vidas y vivir en adelante de acuerdo con el Evangelio.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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