By

He venido para ser testigo de la verdad

21 de noviembre de 2021 – Jesucristo, Rey del Universo

Jesús se vio atrapado por la situación política de su tiempo:  un pueblo sometido al yugo extranjero, que sufría en sus propias carnes la opresión y la explotación. Cultura del descarte, en palabras del Papa Francisco, que legitimaba como querido por Dios el que unos pocos lo tuvieran todo y la mayoría no tuviera nada. La predicación de Jesús sobre el Reino de Dios fue dinamita pura porque cuestionaba el estado de cosas. Cuando Dios reina ningún otro poder puede pretender someter y explotar a las personas. Los enemigos encontraron un buen pretexto para acusar a Jesús de agitador político peligroso, con veleidades de querer ser rey.

Jesús declaró: “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no porque estuviera pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Hablaba de otro tipo de reino que no necesite de una guardia para poder sobrevivir. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios.

Jesús anunciaba la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas, estableciendo un reino que no tiene fin (Dan 7,13-14). Nosotros creemos que ese ideal se ha hecho realidad en la propia persona de Jesús Resucitado. El es el príncipe de los reyes de la tierra. Es un rey que ama a los suyos hasta dar su vida para rescatarlos de sus pecados. Más aún. No está agarrado a su título de rey sino que hace a todos los suyos reyes y sacerdotes para Dios (Apoc 1,5-8). El vendrá al final de los tiempos sobre las nubes ceñido de poder y todos verán que El es el que fue atravesado con la lanza a causa de nuestros pecados.

Lo que diferencia el reino de Jesús de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes y poderes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo. El creyente reconoce que Cristo reina precisamente desde el madero de la cruz. Ese es su trono. Todo el que busca la verdad sabe bien hacia quién debe orientar su vida: hacia Cristo crucificado y exaltado.

Al mundo actual le importa poco la verdad de las personas o de las cosas, quiere simplemente que el sistema funcione en provecho de unos grupos privilegiados, sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley. La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Es su Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.

 

By

El Señor está a la puerta

14 noviembre de 2021 – 33 Domingo Ordinario

No deja de ser llamativo que, el COVID 19, que ha golpeado a todo el mundo, no haya, sin embargo, suscitado grupos que anuncien el fin de los tiempos (Dan 12,1-3). Es señal, sin duda, de que las grandes catástrofes no nos asustan, sino que esperamos el retorno rápido a la normalidad. Eso hace que sigamos confiados en que nuestro planeta es indestructible. En realidad la Palabra de Dios no se interesa por la destrucción física del universo, sino por la salvación del hombre. Anuncia la desaparición de una forma de existencia oprimida, al irrumpir el Reino de Dios, que cambia la vida de los hombres (Mc 13,24-32). Jesús no quiere amenazarnos con el fin del mundo sino más bien mostrarnos que Él es el Señor de la historia y que ésta no es  un sucederse de acontecimientos sin sentido. La historia es el lugar de la salvación y de la liberación. La historia viene de Dios y va a Dios y en su centro está el acontecimiento de Cristo Jesús que le da su sentido. La salvación en realidad no es una cosa, es la persona misma de Cristo. Vivimos en el tiempo privilegiado inaugurado por Él.

La transformación profunda de la historia en Cristo Jesús, la Iglesia la quiere mostrar situando al creyente en una forma de tiempo diferente. Por eso el final del año litúrgico no coincide que el del año civil. Vivimos sin duda en el mismo mundo de todos los hombres, compartimos sus usos y costumbres, pero nos mueve un espíritu diferente. La Iglesia, al acercarse el final del año litúrgico, nos recuerda que estamos viviendo en el tiempo definitivo o final. A partir de la resurrección de Cristo ha empezado esta nueva forma de vida, la vida cristiana, situada por medio de dos coordenadas. La línea de la encarnación nos hace estar con los pies en la tierra, comprometidos a fondo en la transformación del mundo según las exigencias del Reino. Nos lleva a luchar por la paz, la justicia y la integridad de la creación. La otra línea, la de la realidad definitiva, nos hace mirar hacia el horizonte de Dios, que está viniendo constantemente a nuestro encuentro, en cada situación, en cada acontecimiento, en cada persona.

Ese mirar hacia el futuro de Dios hace que no nos instalemos definitivamente en este mundo, que no creamos que la vida está simplemente para disfrutarla al máximo, sin pensar en el futuro de las demás generaciones que nos seguirán. El Señor nos ayuda a leer los signos de los tiempos, que indican que el invierno ya ha pasado y es posible vivir la primavera del Espíritu. Él nos capacita para descubrir la presencia de Dios en las diversas provocaciones que nos interpelan en la historia cuando los otros hombres tan sólo ven más de lo mismo o creen ingenuamente en el progreso indefinido. Como creyentes, no podemos identificar lo provisional con lo definitivo. Ninguno de los progresos y avances tecnológicos de la humanidad pueden ocupar el lugar de Dios, Señor de la historia.

Jesús ha llevado la historia a su cumplimiento y realización, sin abolirla, sino dejando siempre un margen para nuestra espera y esperanza. Ésta es la virtud teologal que nos lleva a esperar que se realizará también en nosotros lo que ya se realizó en Cristo. Esperamos que la resurrección se muestre también de manera clara en nuestras vidas, llevando a plenitud el germen que hemos recibido en el bautismo y que cultivamos con tanto cariño, la vida de Dios en nosotros.

Nuestras vidas están orientadas y atraídas, no por un acontecimiento visible y espectacular del mundo, sino por la persona del Señor Resucitado. Él es el centro de  nuestro amor y de nuestra espera. Nuestra esperanza nos ayuda a descubrir ya los signos de su presencia misteriosa de manera que no nos hundamos en la desesperación ante los problemas de nuestro mundo sino que seamos capaces de trabajar con esperanza y creatividad. La esperanza cristiana no nos lleva a cruzarnos de brazos, esperando que Dios intervenga de manera milagrosa, sino que sabe que Dios actúa a través de los hombres que quieren colaborar con Él. Es en la eucaristía donde orientamos totalmente nuestras vidas hacia el Señor y gritamos: “Ven, Señor Jesús”.

By

Dar de lo que necesitamos

7 de noviembre 2021- 32 Domingo Ordinario

En tiempo de crisis económica y social, aparece siempre la tentación de querer  encontrar soluciones fáciles apelando al populismo y cierre de fronteras, echando la culpa de los males  a los emigrantes. Sigue siendo, sin embargo, buena noticia el que los cristianos continúan apoyando a Cáritas. Lo hacen  con admirable tesón muchas personas sin muchos recursos, pero que se dan cuenta de que solo compartiendo con los más pobres podremos garantizarles una vida digna.

La palabra de Dios, sobre todo en el Antiguo Testamento, recuerda repetidas veces lo que hoy llamamos el cuarto mundo, esa realidad de pobreza existente también en nuestras ciudades florecientes. Entonces eran la viuda, el huérfano y el emigrante. Hoy día son el emigrante, el parado, el jubilado de pensión mínima no contributiva y tantos jóvenes que no encuentran trabajo. La viuda del tiempo de Elías está en una situación desesperada esperando su muerte y la de su hijo (1 Re 17,10-16). En tiempo de una gran sequía, las cosechas son escasas y la gente se olvida de los pobres.  En medio de su miseria, se fía de la palabra del profeta que le promete el sustento necesario, a condición de que primero le dé de comer a él. Así lo hace y el milagro ocurre. Cuando uno es capaz de jugarse el tipo por Dios y por sus mensajeros, Dios no te deja en la estacada.

No hay que extrañarse que Jesús, que tan cercano estuvo a los pobres, eligiera la figura de la viuda como ejemplo de la práctica del bien, en particular de la limosna. El ejemplo es tanto más provocativo pues lo que uno se esperaba es que la viuda aparezca como una persona a la que hay que ayudar, mientras que aquí es ella la que socorre. Su conducta aparece en contraste con la de los maestros de la Ley, que primero devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos y luego van a echar sus dineros al cepillo del templo (Mc 12,38-44). La religión del letrado, su limosna, es algo puramente decorativo, de cara a la galería. No toca lo profundo del ser humano, allí donde uno toma las grandes decisiones en las que nos va la vida. Es el peligro de una religión burguesa, que, sin duda, consuela en los momentos de aflicción, ayuda a dar un sentido a la vida, y crea un sentimiento de pertenecer a una comunidad. En realidad esa religión decorativa y sentimental no transforma la vida ni transforma la realidad de nuestro mundo injusto.  En ningún momento arriesgamos la propia vida en servicio de Dios y de los demás.

Eso fue precisamente lo que hizo la viuda del evangelio al dar su limosna. Dio todo lo que tenía para vivir, dio su vida a favor de los demás. Es el bello gesto que anticipa la entrega de Jesús por la salvación de los hombres. En la acción de la viuda va toda su persona que supera infinitamente el don en el que se expresa. Nuestra tentación es la de dar siempre de lo superfluo. Nunca tocamos aquello que nos parece necesario. Y el problema es que hoy día todo nos parece necesario y no suficiente para lo que uno necesita. Por eso es de alabar la generosidad de los voluntarios que siguen ofreciendo lo que tienen, su propia persona. Es lo que hizo la viuda del evangelio. El don material sólo tiene sentido en cuanto expresa el don de sí mismo. Sólo con una solidaridad y un compartir generosos nuestro mundo tendrá futuro. La eucaristía fue celebrada siempre en un contexto de compartir los bienes con los pobres. No nos olvidemos de ellos pues forman parte del cuerpo de Cristo.

By

Nuestros amigos, los santos

1 de noviembre de 2021 – Todos los Santos

Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. El Papa Francisco nos ha sorprendido al hablar de los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos. Mientras muchos en la Iglesia creían que después de la Revolución Francesa no había nada que hacer, Chaminade supo descubrir las oportunidades que la nueva época le ofrecía. Se podía finalmente volver al cristianismo primitivo en el que, según él, todos eran santos.

La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

 

By

Amar a Dios y amar al prójimo

31 de octubre 2021 – 31 Domingo Ordinario

El caminar juntos como Iglesia sinodal, una Iglesia que camina con el mundo, exige de nosotros una vuelta a Jesús y al evangelio. Se trata de volver a lo esencial. El hombre actual, y sobre todo los jóvenes, no entienden nuestros razonamientos teológicos abstractos que muchas veces pretenden apoderarse de la verdad para utilizarla como arma arrojadiza. Jesús, sin duda, acepta dialogar con aquel maestro de la ley que le pregunta cuál es el primer mandamiento de la Ley, el más importante (Mc 12,28-34).

Jesús responde sin titubeos que amar a Dios, pero no se quedó ahí. Mencionó también el segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. El lenguaje de la caridad y del amor es el único que comprenden Dios y sus fieles, también nuestros contemporáneos hoy día. El amor a Dios y el amor al prójimo es lo más importante. Cuando alguien   está al menos teóricamente de acuerdo con esto, esa persona no está lejos del Reino de Dios.  Quizás le falta el vivir de acuerdo con eso que cree. Sin duda hay en el mundo muchos que tratan de vivir ese amor concreto al prójimo y estamos seguros que no están lejos del Reino de Dios, que desborda las categorías más o menos sociológicas que establecemos a veces los creyentes.

La pertenencia al Reino tiene lugar a través de las decisiones profundas de nuestro corazón. Esas decisiones tienen que ver con el amor. El amor expresa la esencia y la vocación más profunda del hombre. Los mandamientos, que expresan la voluntad de Dios sobre el hombre, no son algo que nos cae de arriba y se nos impone. Expresan simplemente el camino de la realización de la esencia de la persona humana, creada por amor y llamada al amor. Jesús introdujo su explicación diciendo que “nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,2-6). Esa unicidad de Dios es como un río de amor que se difunde a través de todo un circuito amoroso al cual todos estamos conectados.

Tanto Jesús como el letrado judío citan unidos dos textos originalmente separados, uno que hablaba del amor de Dios y otro del amor al prójimo. Juntarlos ha sido la genialidad de Jesús, a la que también se adhirió el letrado. Se empezó la discusión preguntando por el primer mandamiento y se terminó hablando del primer y el segundo mandamiento como si formasen una unidad. Es un único mandamiento, el mandamiento del amor. Amor que tiene dos dimensiones, amar a Dios y amar al prójimo.

El amor a Dios es total e incluye todas las dimensiones de la existencia humana. Para el judío la facultad de proyectar la vida es el corazón, que debe estar orientado hacia Dios. El elemento más afectivo es el alma, que podemos considerar también con su dimensión más o menos inconsciente. Pues bien, tampoco esas realidades más o menos oscuras de nuestra vida pueden sustraerse al deber de amar a Dios y orientarse hacia él. El hombre realiza su vida con los recursos materiales que Dios a puesto a su disposición. También los bienes materiales que el hombre usa deben llevarnos hacia Dios.

El amor al prójimo tiene como modelo el amor a sí mismo, cosa que todos podemos entender. El papa Francisco, al recordarnos nuestra llamada a la santidad, nos invita a seguir a Jesús y el protocolo según el cual seremos juzgados (Mt 25). Seremos juzgados por nuestras obras de caridad para con el prójimo.  Sin duda Jesús, “nuestro sumo sacerdote, santo, inocente e inmaculado” (Heb 7,23-28), nos invita a amar a los demás como Él nos ha amado. Nos invita a estar dispuestos a dar la vida por los demás. Tan sólo el que ha entrado en el Reino de Dios es capaz de vivirlo.  En la celebración de la eucaristía acogemos amor de Dios que viene a nosotros a través de la vida y el misterio de Jesús para hacerlo presente en nuestro mundo tan necesitado de amor.

 

By

Cuenta lo que has visto y oído

24 octubre 2021- 30 Domingo Ordinario

Celebramos hoy en todo  el mundo el Domingo del Domund, el Domingo de las Misiones. El Papa en su mensaje nos ha recordado que » La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas». Nuestra esperanza, sin embargo, en Cristo resucitado nos lleva a solidarizarnos con todos los que sufren. El ejemplo de nuestros misioneros que lo dejaron todo nos estimula a ser generosos con ellos y con las misiones para poder llevar a todos los pobres una palabra de esperanza.

También Bartimeo, el ciego del que nos habla hoy el evangelio (Mc 10, 46-52) siguió gritando, a pesar de que muchos le decían que se callara. Por eso Jesús lo llamó y lo curó: “Tu fe te ha salvado”. Creer es tener confianza en Jesús, en que él está vivo y actuando en nuestro mundo. Su amor misericordioso es capaz de llenar de sentido y de vida a toda persona que le abra el corazón y lo acoja.

Se trata de encontrarnos con Cristo como Bartimeo, que se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista (Mc 10,46-52). Él no puede ver  a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura. Jesús hace presente la salvación para el pueblo afligido por tantos males, que le impiden ser feliz (Jer 31,7-9). Jesús puede comprender a los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en debilidades (Heb 5,1-6). Nuestro Salvador no es un superhéroe, ajeno a nuestros problemas, sino que él los ha vivido en su propia carne. Por eso sólo en el misterio de Jesús se desvela totalmente el misterio del hombre.

Los que hemos encontrado el sentido de nuestra vida en Cristo no podemos ocultarlo. Tampoco queremos imponerlo sino humildemente proponerlo a los demás. Las misiones no son para hacer proselitismo. No se trata de que la Iglesia tenga más miembros y más poder sino de poder ofrecer un servicio a toda la humanidad. Los misioneros no son agentes de los países ricos en busca de los tesoros de los pueblos del tercer mundo. Queremos simplemente compartir con ellos el hecho de que todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

El Papa Francisco nos recuerda que «Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros. Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras (cf. Mt 5,13-14)».

By

Dar la vida por los demás

17 de octubre de 2021 – 29 Domingo Ordinario

La lucha por el poder, por conseguirlo o conservarlo, ensombrece el panorama nacional e internacional pues cierra a las personas en los propios intereses, sin mirar por el bien común de la comunidad nacional o internacional. Los perdedores son siempre los pobres, los descartables, los que no cuentan. El horizonte universal propuesto por el papa en Fratelli tutti aparece como puramente utópico e irrealizable. Eso no debe desanimarnos a la hora de hacer el bien. No se trata de hacer revoluciones violentas sino de poner en práctica la revolución del amor que inauguró la persona de Jesús. Empieza por el cambio en la propia persona y la puesta en práctica de los pequeños gestos de las llamadas obras de misericordia, sin renunciar a querer cambiar el mundo, la realidad social y política.

Los apóstoles vivieron con la ilusión de que Jesús era el Mesías político esperado por Israel y lógicamente algunos fueron tomando posiciones de cara al futuro reino. Santiago y Juan no tienen empacho en manifestar sus ambiciones a Jesús delante del grupo de los apóstoles (Mc 10,35-45). Piden los primeros puestos. No es de extrañarse que los demás discípulos se indignaran contra ellos, pues en el fondo tenían las mismas secretas esperanzas, que podían esfumarse si Jesús accedía a su petición.

Jesús en un primer momento parece seguirles la corriente y les hace un pequeño examen sobre sus capacidades. Se trata ante todo de la fidelidad a su persona, de ser capaz de compartir su suerte, que va a ser un destino doloroso. Santiago y Juan ya no pueden dar marcha atrás y se declaran dispuestos a ir con Jesús hasta el fin. Jesús acepta esa promesa, pero les hace ver que en el Reino de Dios las cosas son muy diferentes de las de aquí.

Con gran realismo Jesús describe la dinámica del poder. Por más que se insista en que es un servicio, el poderoso tiraniza y oprime a los súbditos, utilizándolos según sus intereses. Los tratados de filosofía y teología formulan el ideal la autoridad como un servicio del bien común, pero la realidad desmiente muchas veces esa ideología. Tan sólo Jesús, que es el verdadero servidor que da la vida en rescate por todos, ejerce una autoridad que no oprime sino que libera. La entrega de su vida le permite solidarizarse con todos los que sufren, con todos los oprimidos. Así puede compadecerse de nuestras debilidades (Hb 4,14-16), porque las ha experimentado en su propia carne. Jesús es uno como nosotros. No ha vivido una existencia idílica sin problemas, sino que, por el contrario, ha hecho suyos los problemas de los demás. Así ha tocado el fondo de la condición humana sufriente y doliente. Por eso puede echarnos una mano. Es capaz de descender hasta el abismo de nuestro pecado, sin abandonar su fidelidad a Dios.

Esta solidaridad con los que sufren es redentora (Is 53,10-11). No se trata de que Dios quiera el sufrimiento de sus hijos o que el hecho de sufrir sea en sí mismo redentor. Más bien hay que entender la palabra del profeta en el sentido de que Dios ha aceptado el sufrimiento de su siervo, o mejor ha acogido con amor a su siervo sufriente, figura de Jesús. Lo ha acogido con amor porque ha visto el amor solidario que existía en el corazón del siervo, en el corazón de Jesús. Es ese amor el que nos salva y nos redime.

Tan sólo una Iglesia solidaria con los pobres y con los que sufren será una Iglesia creíble. En la celebración de la eucaristía Jesús actualiza su entrega en rescate por todos. Que cada uno de nosotros sea capaz de ir hacia los últimos, hacia las víctimas del poder en nuestras sociedades para darles la liberación de Jesús.

 

 

 

 

By

Ven y sígueme

10 de octubre de 2021 – 28 Domingo Ordinario

 Nos quejamos de la falta de vocaciones a la vida sacerdotal y a la vida consagrada. Sin duda la cultura actual ha tenido un influjo demoledor de la fe cristiana, como muestran las encuestas. Sin duda la sociedad es distinta  a la de hace medio siglo pero los  impulsos juveniles son los mismos. Sigue habiendo jóvenes que quieren vivir y viven la fe cristiana. Desean, sin duda una Iglesia menos institucional, menos cerrada y más relacional, en concreto que cuente más con los jóvenes. Ellos quieren ser protagonistas en su camino de fe.  La Iglesia, sin duda, tiene como propuesta el encuentro y seguimiento de la persona de Jesús, que es lo que la distingue de cualquier otra institución. Muchos de los jóvenes creyentes  quieren ser acompañados, pero no dirigidos,  en sus decisiones y en la consecución de una vida plena.

Una vida plena es lo que buscaba aquel joven que se acercó a Jesús. Todo empieza exponiéndose a los jóvenes y dejándose cuestionar por ellos, pero luego sigue el lanzamiento de un reto que muestra que Jesús cree en la generosidad del joven para asumir compromisos que merecen la pena (Mc 10,17-30). Probablemente hoy día nos faltan ambas cosas. Ni nos dejamos interpelar por los jóvenes ni le lanzamos ningún reto valioso y creíble. Aquél joven buscaba la felicidad, que según su tradición religiosa consistía en la “vida eterna”. Sabía también que ésta no se puede adquirir mediante el esfuerzo. Se puede en cambio “heredar”, haciéndose uno creyente y, por tanto, hijo de Dios. Como hijos de Dios intentamos agradar a Dios nuestro Padre, haciendo lo que Él quiere, es decir, cumpliendo sus mandamientos.

Todo parecía ir sobre ruedas en aquel diálogo iniciado por el joven. Pero de pronto el reto lanzado por Jesús hizo que la fe de aquel joven entrase en crisis. Las personas que se encontraron con Jesús quedaron transformadas. Desgraciadamente el encuentro del joven rico con Jesús acabó frustrando la vida de una persona que se las prometía felices para el futuro. Había observado los mandamientos de Dios y podía esperar heredar la vida eterna. De pronto echa todo a perder y empieza a amargarse la vida por no ser capaz de dar un paso adelante. El obstáculo era la riqueza.

La Escritura y en particular el evangelio son siempre muy realistas porque conocen a fondo el corazón del hombre. El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Esta es una creencia popular de todos los tiempos. Es verdad que los sabios han intentado relativizar el dinero, el poder o la belleza y han puesto la felicidad en la sabiduría (Sab 25,6-10). Están convencidos que la sabiduría es superior a todos los demás bienes, más aún, con la sabiduría se obtienen todos los demás. En realidad la sabiduría es un don, un regalo, que no se puede alcanzar con el propio esfuerzo. Hoy día la gente cree que es el dinero el que permite obtener todas las cosas. Pero ¿cómo obtener el dinero? Ciertamente no por el esfuerzo y el trabajo. La televisión es una buena maestra en enseñar caminos alternativos.

Jesús sitúa la felicidad en seguirlo a Él y formar parte de su grupo. Para ello hay que desprenderse de las riquezas para encontrar el verdadero tesoro, Dios mismo o la persona de Jesús. Jesús es el único valor absoluto para el creyente. Ante esta exigencia, el joven ya no tuvo el coraje de seguir adelante y se marchó triste. Jesús nos coloca así ante la alternativa bíblica: o Dios o el dinero. No se puede servir a Dios y al ídolo de la riqueza. Ante la extrañeza de los propios discípulos, Jesús explicó en qué consiste el peligro de la riqueza. La riqueza, es sin duda un bien, pero un bien relativo. Desgraciadamente posee un dinamismo propio que coloca al hombre ante el abismo. En vez de ser el hombre el señor de su riqueza, las riquezas se convierten en dueño del hombre. Pidamos al Señor en la eucaristía que nos libere de la seducción del dinero para poder seguir sin trabas su llamada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies