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Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre

3 de octubre de 2021 – 27 Domingo Ordinario

Estamos viviendo en la Iglesia el Año de la «Familia Amoris Laetitia». Es una iniciativa del Papa Francisco que se propone llegar a todas las familias del mundo a través de propuestas espirituales, pastorales y culturales.  El objetivo es ofrecer a la Iglesia oportunidades de reflexión y profundización para vivir concretamente la riqueza de la exhortación apostólica Amoris Laetitia (la Alegría del Amor). El 19 de marzo de este año se cumplían los cinco años de la publicación de esta Exhortación. Terminará la celebración el 26 de junio de 2022 con el 10º Encuentro Mundial de las Familias en Roma con el Papa.

Ya en Sínodo de la familia, cuyas conclusiones publicó el papa en esa Exhortación, la Iglesia intentó un ejercicio de escucha de la realidad en vez de moverse en las tradicionales formas abstractas e ideales. La Iglesia, sin duda, por fidelidad a su Señor, no tiene más remedio que defender la indisolubilidad del matrimonio como el ideal de la familia cristiana. Las leyes, en cambio, tienen que ver con las realidades que no se dejan ajustar fácilmente a los ideales. Pero siempre es buena una voz profética que recuerde a los hombres cuál es el plan original de Dios. Así ocurrió también en los orígenes del cristianismo, cuando tanto en el mundo romano como judío existía legalmente el divorcio.

Incluso la ley de Moisés tuvo que hacer sus componendas en la cuestión de la indisolubilidad del matrimonio y la posibilidad del divorcio. En el judaísmo tan sólo el hombre podía divorciarse. La discusión en tiempo de Jesús versaba tan sólo sobre en qué casos el hombre podía divorciarse. A los más liberales les bastaba que el hombre hubiera encontrado una mujer más guapa. No cabe duda de que esta  situación era profundamente injusta con la mujer.

Jesús ha querido defender a la mujer y ha proclamado la igualdad esencial del hombre y de la mujer en el plan de Dios (Mc 10,2-16). Por eso ha cuestionado el divorcio, aunque esté permitido en la ley de Moisés. Hay alguien más importante que Moisés, Dios mismo. ¿Por qué entonces Moisés permitió el divorcio? Para que aparezca claramente la dureza del corazón del hombre que trata a la mujer como un ser inferior, como un objeto de deseo y de disfrute. La realidad del divorcio en la ley de Moisés pone de manifiesto que algo no está funcionando bien en el pueblo de Dios. El divorcio era tan sólo un síntoma de esa profunda injusticia con la que se trataba y se sigue tratando a la mujer en muchas de nuestras sociedades. Es verdad que hoy día no siempre es la mujer la víctima del divorcio, sino que es ella la que muestra esa dureza de corazón.

Jesús dio una respuesta desconcertante a una pregunta con mala intención, que no estaba interesada en saber la respuesta, pues es evidente que, según la ley de Moisés, el hombre podía divorciarse. Jesús adopta una postura profética de denuncia, volviendo al plan original de Dios en el momento de la creación (Gn 2,18-24). A pesar del ropaje literario del relato de la creación de la mujer, se afirman una serie de verdades fundamentales sobre la realidad del hombre y de la mujer. Hombre y mujer son personas en relación, que no existen aisladas en sí mismas. Sin la mujer, el hombre se encontraba solo perdido entre los animales.

Con la creación de la mujer, el hombre tiene una compañía con la que puede hablar cara a cara, lo cual supone la igualdad esencial en la diversidad sexos. Esa reciprocidad de hombre y mujer está expresada en el hecho de que la mujer ha sido creada de un lado, de un costado del hombre (no de una costilla). Hombre y mujer separados son tan sólo la mitad de la realidad global. Pidamos en la eucaristía por todos los matrimonios cristianos que intentan vivir fielmente unidos en el amor a pesar de las dificultades que se experimentan hoy día.

 

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El que no está contra nosotros está con nosotros

26 de septiembre de 2021 – 26 Domingo Ordinario

El papa Francisco, desde el primer momento, quiso recuperar el clima de diálogo que reinó en el Vaticano II. Diálogo dentro de la Iglesia y diálogo con el mundo. El Papa ha pedido que todos opinen con libertad y está estableciendo los cauces para caminar hacia una Iglesia en la que somos compañeros de camino con el mundo, pues todos estamos en la misma nave. Ese clima ha favorecido la aparición de nuevos fanáticos defensores de la verdad de siempre que creen amenazada por el Papa actual. No se dan cuenta de que no hay ningún cambio doctrinal sino tan solo una forma nueva de  pastoral al abordar las situaciones cambiantes de los tiempos y lugares.

También entre los servidores de Moisés o los seguidores de Jesús existían esos fanáticos, de los cuales se distanciaron tanto Moisés como Jesús. Tan sólo el convencimiento de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere y como quiere puede llevarnos a presentarnos desarmados ante los demás.

Es lo que hizo Moisés cuando reconoció la acción del Espíritu en aquellos dos ancianos que estaban en la lista, pero no habían ido a la tienda del encuentro sino que se habían quedado en el campamento (Nm 11,25-29). Para ello necesitamos tener ese espíritu profético, que nos ayuda a discernir la acción de Dios en nuestro mundo a través de la lectura de los signos de los tiempos. El deseo de Moisés de que todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor se hizo realidad en Pentecostés. La comunidad eclesial es toda ella carismática y ministerial. Todos somos protagonistas en la construcción de la Iglesia al servicio del mundo.

Los diversos fanatismos existentes en nuestro mundo se basan en la teoría de la exclusión: el que no está con nosotros está contra nosotros; los que no son como nosotros son enemigos nuestros. Jesús, en cambio, formula el principio de inclusión: el que no está contra nosotros está a favor nuestro (Marc 9,37-47). Más que mirar a qué grupo pertenecen las personas, debemos ver cuál es su conducta, si su conducta es liberadora porque hace el bien, o si por el contrario están causando sufrimiento a los demás.

Como ninguna religión tiene el monopolio de la verdad y sus miembros son pecadores, todos podemos dar y recibir de los demás. Eso supone que debemos dejarnos interrogar por los demás. No sólo por las religiones sino también por la razón. Las religiones no pueden atrincherarse en sus fórmulas reveladas y llevarlas al extremo del irracionalismo destructor. La historia europea muestra cuánto hubiera podido aprender la Iglesia del pensamiento moderno y cuántos sufrimientos se habrían ahorrado si no se hubiera opuesto a la libertad de las personas. Hemos tenido que esperar al Vaticano II para ver reconocidas todas esas libertades.

Curiosamente ese talante ecuménico y universal de Jesús aparece antes de formular toda una serie de exigencias para sus discípulos. Para no caer en el mal y no dar escándalo, es decir no hacer caer a los demás, hay que estar dispuesto a extirpar el mal de raíz en la propia persona, por más que eso pueda parecer absurdo. Sin duda que no se trata de cortarse el pie o la mano o sacarse uno ojo. Se trata de no firmar compromisos con el mal. Es al mal, que tiene sus cómplices dentro de nosotros mismos, al que hay que declararle la guerra, y no tanto a las personas buenas que son distintas de nosotros. Debemos aliarnos con todos los hombres de buena voluntad que buscan la verdad, la bondad, la justicia y el amor. El apóstol Santiago pone el dedo en la llaga cuando denuncia el egoísmo de los ricos, sea de la religión que sean, en este caso la cristiana, que construyen un mundo injusto explotando a los pobres (Sant 5,1-6).

En torno a la eucaristía construyamos esa comunidad abierta al mundo, que celebra la acción liberadora del Espíritu, y abramos nuestros corazones para acoger la gran diversidad de dones que el Señor nos está dando a través de la variedad de razas, religiones y culturas.

 

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Servidor de todos

19 de septiembre de 2021 – 25 Domingo Ordinario

 

A los problemas ya existentes durante la pandemia se ha añadido el de los refugiados de Afganistán. La realidad de los refugiados y la situación de los emigrantes interpela a la conciencia cristiana como símbolos de las personas cuyos derechos  muchas veces no son reconocidos ni respetados. Europa puede presumir lo que quiera de ser defensora de los derechos humanos pero, en la práctica, ante estos problemas mira para otro lado. Prefiere dar dinero para que otros países mantengan a los refugiados lejos de aquí pues afean nuestra foto.

Jesús nació en un país sin importancia del imperio romano, en una aldea que estaba también entre las  últimas de Galilea y probablemente sus padres eran gente corriente de esa aldea. Ser de los últimos, de los poco importantes, significa que uno no cuenta nada, que tiene poca o nula influencia, que no se tiene quien le eche a uno una mano, que hay que trabajar duramente para salir adelante. Normalmente se trata de trabajos manuales en los que uno se juega la salud y el tipo. Nada extraño que Jesús reclutase sus amigos y colaboradores entre los rudos pescadores y que mostrase siempre una predilección por los pobres, por los últimos.

Jesús en el evangelio de hoy se identifica con el niño (Mc 9,29-36). Todos recordamos nuestra infancia. Éramos pobres pero confiábamos totalmente en nuestros padres. Vivíamos en el presente y todo era don gratuito. Experimentábamos que el mundo está bien hecho. Al hablar del niño, Jesús pensaba sobre todo en la persona que necesita ser defendida y protegida porque no cuenta, porque todavía no tiene derecho a voto. Aunque en nuestra cultura los  niños están cada vez más protegidos, en los países del tercer mundo muchas veces son las víctimas de la violencia, del trabajo explotado y de la explotación sexual.

Jesús se identifica con todas las personas indefensas que no pueden defender sus derechos. En su vida, aunque fue llamado “maestro”, nunca rehuyó el trabajo del servidor, los trabajos serviles. Dejó de lado sus vestidos  de señor y se ciñó el mandil para lavar los pies de sus discípulos y nos invitó a todos a hacer lo mismo (Jn 13).

Acoger a una persona indefensa, como los que en este momento piden asilo en Europa,  es acoger al mismo Jesús; acoger a Jesús es acoger al mismo Dios. Porque Dios mismo curiosamente no es el primero de todos sino el que ocupa el último lugar en la vida de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Eso no le impide el seguir manos a la obra intentando que este mundo que creó no se le vaya de las manos, sino que esté siempre al servicio del hombre. Para ello cuenta con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad que no tienen miedo a mancharse las manos metiéndose hasta al fondo en los subterráneos de nuestro mundo.

Así Dios hace avanzar el mundo con la ayuda de todas las víctimas y todos los descontentos del sistema actual. De los que siempre quieren ser los primeros no se  puede uno fiar mucho pues se puede estar seguro que nos usarán para sus fines y sus intereses. Los que ocupan los primeros puestos no están interesados en que el mundo avance y cambie pues ven sus puestos en peligro. La codicia y la ambición corrompen la vida de los hombres ( Sant 3,16-4,3). En este contexto de corrupción social, querer ser honrado suena a tonto, y no ya a ingenuo y honesto (Sab 2,17-20). Pero precisamente, gracias a estas personas buenas y justas, el mundo  sigue adelante sin hundirse en la maldad. Con esa esperanza y con el compromiso de estar al servicio de los demás, celebramos juntos la eucaristía este domingo.

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El encuentro con Jesús

12 de septiembre de 2021 – 24 Domingo Ordinario

La Santa Madre Iglesia lleva unos años de purificación y penitencia por los pecados de sus ministros. No nos ha venido mal, al contrario. Estamos aprendiendo a no poner la fe en los hombres sino únicamente en Jesús. Desgraciadamente el lado humano, demasiado humano de la Iglesia es la que impide muchas veces acercarnos a Jesús. Queremos, sin embargo, a la Iglesia porque es nuestra Madre y la acogemos tal y como es: al mismo tiempo santa y pecadora.  Es a través de ella como hemos llegado al encuentro con Jesús. Sólo Jesús, tiene la capacidad de transformar la vida del creyente, cuando éste se toma en serio el seguimiento de Jesús. Creer en Jesús no es simplemente repetir fórmulas dogmáticas impecables sino que es una adhesión total a su persona, estando dispuestos a compartir su vida y destino.

La Iglesia debe huir de todo triunfalismo mesiánico y aceptar de corazón la realidad del Crucificado (Mc 8,27-35). Eso no le hizo ninguna gracia a Pedro ni tampoco nos gusta a nosotros que, como nuestros contemporáneos, queremos un cristianismo vistoso y atractivo, que cada uno define a la carta. Jesús vio ya al peligro de convertirse en un Mesías populachero que atraía las multitudes y las hubiera podido manipular según sus intereses. Desde el principio, sin embargo, interpretó su destino a través de la figura enigmática del Servidor de Dios que aparece en el libro del profeta Isaías (50,5-10).

Fueron los profetas los que denunciaron las falsas salvaciones que los hombres buscan a través de las políticas de alianzas, de poder, de imperialismo. Jesús, en su tiempo, tuvo también que confrontarse con las autoridades políticas y religiosas que mantenían al pueblo en la miseria. Como todo profeta, huyó de soluciones simplistas de tipo revolucionario y confió que Dios traería su Reino. Tan sólo Dios es capaz de cambiar de raíz la situación del hombre y de los pueblos.

Esta fe en la intervención de Dios no nos lleva a cruzarnos de brazos. La fe, sin obras, está muerta por dentro, nos recuerda con gran realismo el apóstol Santiago (Sant 2,14-18). La fe cristiana a lo largo de la historia ha sabido dar respuesta a los interrogantes humanos y soluciones a los problemas concretos. Ha desplegado el dinamismo de la caridad al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Hoy día parece que el estado ha ocupado el lugar que tenía la Iglesia y ésta se siente incómoda sin encontrar su puesto en la sociedad. Debemos alegrarnos de que los estados modernos se hayan hecho responsables de muchas de las necesidades de los ciudadanos. La crisis actual, sin embargo, sigue mostrando que quedan muchos campos a los que no llega el estado. De hecho cada día vemos surgir nuevas necesidades que interpelan nuestra fe.  Hay que exigirle al estado que, en vez de hacerle la concurrencia a lo que ya funciona en la sociedad civil, se preocupe de los problemas que todavía no somos capaces de resolver los grupos sociales.

La cultura del éxito  de nuestro tiempo no logra, sin embargo, eliminar la figura del Crucificado. A pesar de todos los esfuerzos por transformar el mundo, los crucificados siguen estando presentes ante nuestros ojos. Pueden ir con su cruz a cuestas o sin carné en una patera. El Crucificado murió precisamente para que no hubiera más crucificados. Por eso el creyente que se ha adherido a Cristo, experimenta en sí la fuerza del Resucitado que tiene poder para cambiar nuestro mundo. Pero para ello tenemos que movilizarnos y estar dispuestos a dar la vida, porque “el que pierda la vida por el Evangelio, la salvará”.  Ahora que estamos celebrando la eucaristía, renovemos nuestra adhesión al Señor muerto y resucitado y salgamos decididos a infundir vida en nuestro mundo.

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Todo lo hizo bien

5 de septiembre de 2021 – 23 Domingo Ordinario

La existencia de tanto sufrimiento en nuestro mundo interpela a todo hombre de buena voluntad, tanto a creyentes como no creyentes. Sigue siendo el gran escándalo de la fe en la bondad de Dios. Jesús luchó sin tregua contra todo lo que impide la felicidad del hombre. No hizo una revolución mágica y milagrosa que hiciera desaparecer todos los males de manera instantánea. Introdujo, en cambio, una revolución silenciosa que ha ido dando fruto a lo largo de los siglos. Se trata de vencer el mal con el bien.

Para llevar adelante este proyecto Jesús invitó a un grupo de jóvenes a los que formó como discípulos suyos. A ellos les contagió su pasión por la justicia y por el Reino. A través de sus milagros, hoy hemos escuchado la curación de un sordomudo, se nos muestra hasta qué punto Jesús se siente tocado por las miserias humanas y actúa para poner remedio. Eso hace exclamar a las muchedumbres: “Todo lo hizo bien” (Mc 7,31-37).

Frente al sufrimiento, muchos se preguntan: ¿”Dónde está Dios”? O ¿”Qué le he hecho yo a Dios para que me trate así”? En vez de perdernos en preguntas con las que intentamos justificar nuestra pereza, debemos más bien pensar: ¿”Qué puedo hacer yo para aliviar ese sufrimiento”? Se trata de inyectar constantemente el bien en este mundo plagado de males, poner vida en este estas realidades de muerte. En realidad, eso es lo que está haciendo Dios incesantemente. Si el mundo no se hunde en el caos, es porque Dios y los suyos están constantemente luchando para que exista el orden y la felicidad. El Pueblo de Dios vivió con la confianza en esa utopía de que Dios iba a intervenir inmediatamente para cambiar la situación del mundo (Is 35,4-7). Los escépticos dirán que son buenas palabras, pero que el mundo sigue siendo un desastre.

Nuestros ojos y nuestros oídos están ya condicionados y educados por los medios de comunicación para descubrir inmediatamente los males. No está mal si ese espíritu crítico nos ayuda a cambiar las cosas. Ante tanta miseria nuestros corazones se conmueven y experimentamos una cierta mala conciencia. Desgraciadamente, a veces, simplemente echamos las culpas a los demás y nos sentimos impotentes para hacer algo. Al final nos quedamos tan tranquilos esperando que las autoridades arreglen el mundo.

El apóstol Santiago nos pone un caso concreto en el que la fe cristiana nos invita a actuar para cambiar las relaciones sociales (Sant 2,1-5). En el mundo son los ricos los que mandan y los que tienen voz. A los pobres se los silencia y se les ignora. A veces desgraciadamente también en la Iglesia nos hemos comportado así y hemos buscado el estar a bien con los ricos. En cambio, para Jesús, los pobres fueron los preferidos porque ellos eran los herederos del Reino. El camino de la Iglesia pasa a través de los pobres. La opción preferencial por los pobres, sin por ello excluir a los ricos, implica una conversión profunda de nuestra manera de pensar y de administrar los recursos eclesiales. Que la celebración de esta eucaristía nos haga sensibles a los pobres de nuestro entorno y nos lleve a trabajar por un  mundo más justo y fraterno.

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Ser creyente hoy

29 de agosto de 2021 – 22 Domingo Ordinario

La Iglesia aparecía muchas veces en la historia como la guardiana de las tradiciones de la humanidad. Nuestro tiempo ha creado una gran ruptura en la manera de vivir de los hombres, con una pérdida de la memoria histórica. En nombre del progreso y de la novedad se ha ido olvidando la tradición que constituía el humus vital de la cultura de cada pueblo. El peligro ha sido de una pérdida de identidad. Por eso se está produciendo una reacción de recuperación de elementos folclóricos característicos de cada lugar. Incluso las manifestaciones religiosas típicas han experimentado una revalorización motivada muchas veces por el interés turístico.  El problema es si esas fiestas religiosas pueden subsistir sin el espíritu y los valores que estaban en su origen.

La Iglesia sin duda es la gran defensora y portadora de una tradición vital que se ha ido encarnando en diversas culturas. La tentación es la de sacralizar unas realidades culturales, hijas de una época determinada, y creer que se identifican sin más con la fe y el evangelio. El Vaticano II pidió una vuelta al evangelio para superar una vida cristiana un tanto lánguida y anquilosada, hecha de ritos y costumbres tradicionales que ya no encarnaban los verdaderos valores evangélicos. Los ritos entonces se vacían de sentido y de contenido (Mc 7,1-23). En buena medida era lo que pasaba con la religión judía del tiempo de Jesús. Las tradiciones humanas habían ahogado el espíritu de la Ley que manifestaba la voluntad de Dios para con su pueblo.

La reforma de Jesús es una invitación a volver a una religión profética que tiene su centro en el corazón que trata de escuchar a Dios para hacer lo que Él quiera. Una religión del corazón no significa una religión sentimental cálida frente a una religión ritualista de prácticas externas. Más bien se trata de colocar a Dios en el centro de las preocupaciones y proyectos del hombre, hacer de Él el único tesoro, porque “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Una religión del corazón engloba toda la realidad de la persona y de la sociedad. Es lo contrario de una religión puramente privada. Interioridad y exterioridad son las dos caras de una misma realidad. Sin interioridad la religión y el culto se tornan vacíos. Sin exterioridad, la religión se hace invisible y acaba desapareciendo.

La fe en Dios genera toda una serie de valores que dan sentido a la vida de la persona y del pueblo (Dt 4,1-8). Esos valores crean actitudes profundas en la persona, que finalmente se traducirán en actos exteriores que dan origen a diversas normas y costumbres. Éstas tienen sentido mientras están en contacto con los grandes valores que les dieron el ser. Una religión del corazón debe traducirse en una conducta práctica que se hace cargo de la realidad. No basta con escuchar la Palabra, hay que llevarla a la práctica. Es el realismo cristiano. “La religión que Dios quiere es visitar a los huérfanos y viudas en sus dificultades y no mancharse las manos con este mundo” (Sant 1,17-27)

La eucaristía es el verdadero culto cristiano. En ella se actualiza el misterio de Cristo que nos compromete también a nosotros a hacer de nuestras vidas una auténtica ofrenda de nuestro ser.

 

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Señor, ¿a quién iremos?

22 de agosto de 2021 – 21 Domingo Ordinario

La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento. ¿Se han alejado ellos de la vida eclesial o es la Iglesia la que se ha alejado de ellos?  No cabe duda que muchos han nacido ya en una familia alejada de la Iglesia por la que no muestran ningún interés porque ven que tampoco la Iglesia se interesa por ellos.

En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro. ¿Quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

Aunque hoy día la decepción parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo, lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. La mayoría de las personas no tiene nada contra Dios. Lo único que no tienen es tiempo para él. Tienen la agenda de cada día llena y además Dios no aparece en la pantalla del móvil. La persona de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús y en su proyecto es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

También Josué, al introducir el pueblo en la tierra prometida, lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

 

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Dichosa tú que has creído

15 de agosto de 2021 – La Asunción de la Virgen María

La actual pandemia con sus muertes y estragos ha acentuado la conciencia de nuestra vulnerabilidad. Nos sentimos amenazados en nuestra existencia. Cada uno ha reaccionado según sus convicciones profundas sobre el sentido de la vida. Muchos han dicho que la vida no tiene sentido, que es una pasión inútil. Otros se han agarrado a la ciencia y la tecnología que ha fabricado vacunas en un tiempo récord. Los creyentes hemos sentido miedo como todos, pero estamos convencidos de que Dios no nos ha abandonado a un ciego destino. En medio de la prueba queremos dar razón de nuestra esperanza.

El olvido del destino eterno del hombre se ha ido acentuando en las últimas décadas. Incluso muchos creyentes piensan que después de la muerte no existe resurrección y se agarran a doctrinas orientales sobre la reencarnación. Existe, sin duda,  el peligro de pensar que una vida lograda y de calidad es aquella a la que no le falta nada en bienes materiales. Por eso la contemplación de la persona de María sigue siendo actual para el creyente. Ella fue una de nuestra raza, una como nosotros. Fue una mujer pobre y, sin embargo, encontró la realización de su existencia en entregar su vida a la misión de Jesús.

La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo (1 Cor 15,20-27), ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta. La fe fue el fundamento de su felicidad.

María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10). María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María.

Por eso los creyentes somos portadores de una gran esperanza para nuestro mundo. La vocación del hombre es llegar a participar de la vida y de la intimidad misma de Dios. Ése es el horizonte de nuestra existencia. Esa esperanza no nos hace evadirnos de las responsabilidades de la ciudad terrestre, de la construcción del Reino. Al contrario, nos impulsa a dedicarnos con todas nuestras fuerzas a luchar contra el anti-reino del dragón, que mantiene en la opresión y en la frustración a tantos millones de hermanos nuestros.

Con esa esperanza no nos dejamos seducir por las ofertas baratas de la cultura actual de una felicidad que se puede comprar fácilmente con dinero. Nuestra esperanza, como la expresó María, se basa en el descubrimiento de que Dios está constantemente actuando en nuestra historia, derribando a los poderosos de los tronos y ensalzando a los humildes (Lc 1,39-56). La propia historia de María nos lo confirma. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra esperanza y nos dé fuerzas para colaborar con Dios en la transformación de nuestro mundo.

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