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María, signo de esperanza

15 de agosto de 2022 – Asunción de la Virgen María

El gran reto que la cultura actual lanza al cristianismo es el de ofrecer una plena realización de la persona humana simplemente en este mundo y durante esta vida. Le basta esta felicidad y rechaza como ilusoria la fe cristiana en la resurrección. Por eso curiosamente las encuestas muestran que, mientras casi un noventa por ciento de los españoles dicen que creen en Dios, en cambio son poco más del cincuenta por ciento los que creen en la resurrección después de la muerte. Y todavía es más sorprendente el que son muchos los que creen en la reencarnación, idea típicamente oriental, que se ha ido infiltrando en nuestra cultura. Para nosotros, marianistas, esta fiesta nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, al que el Beato Chaminade daba tanta importancia al mismo tiempo que recomendaba su meditación frecuente: credo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26).

La Asunción de María muestra toda una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas. La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida. María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) .

María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza. Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos lleve a trabajar por la venida del Reino.

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No he venido a traer la paz…

14 de agosto de 2022 – 20 Domingo Ordinario  

 

La guerra de Ucrania ha echado por tierra las esperanzas de construir una Europa en Paz. Es verdad que las naciones europeas y americanas se han solidarizado con el país injustamente atacado. . Estamos asistiendo a dos tendencias opuestas en nuestro mundo. De un lado está la globalización del mercado que hace que todos los pueblos sean interdependientes los unos de los otros. Echaremos de menos el gas ruso. Algunos consideran que se da  una globalización de la miseria, mientras necesitamos una globalización de la misericordia. De otra parte los conflictos entre los pueblos, y dentro de los propios países, parecen agudizarse cada vez más. En esta situación ya suficientemente peligrosa, Jesús parece echar todavía más leña al fuego diciendo: “He venido a traer división (Lc 12,49-53). El fuego en la Biblia es una imagen del juicio de Dios. Cuando Dios se manifiesta establece la justicia. Dios se manifestará sobre todo en la pasión y resurrección de Jesús, que está caminando ahora hacia Jerusalén. Va deseoso de sumergirse en el bautismo de sufrimiento. El bautismo cristiano en agua y Espíritu, representado también como un fuego, es una participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús podía haber optado por una vida sin complicaciones, sin embargo tomó sobre sí la cruz sin preocuparse del deshonor e infamia que comportaba. Fuego y agua serán los instrumentos de purificación y salvación del pueblo en el juicio de Dios. Éste se va a mostrar como un Dios de perdón y de misericordia. El crucificado y resucitado será la bandera discutida ante la cual las personas tendrán que tomar postura y decidirse a favor o en contra de Él. Las primeras generaciones vivieron en su propia carne la división que producía en las familias la conversión del cristianismo y el abandono de la religión tradicional familiar. En ese sentido Jesús no ha venido a traer una paz fácil, como la que hoy día se busca en las familias. En nombre de la paz familiar se evita la confrontación sobre los valores que dan sentido a la convivencia familiar. Jesús es causa de división en el interior mismo de las relaciones familiares. No se nace cristiano sino que se convierte uno en cristiano mediante una decisión personal muchas veces dolorosa porque cuestiona la herencia cultural recibida. La opción a favor de Jesús tendrá que soportar muchas veces la oposición de los pecadores, que pueden formar parte del mismo círculo familiar. Son muchas veces los padres los que disuaden a sus hijos de abrazar la vocación religiosa o sacerdotal y se la pintan como una vida aburrida o como una profesión sin relieve social. Hay que mantener siempre fija nuestra mirada en Jesús, que inició y completa nuestra fe. Él es nuestra meta que no debemos perder de vista. No nos debe importar lo que digan nuestros familiares o nuestros mejores amigos. Nunca estaremos solos en ese seguimiento valiente de Jesús. Toda una nube ingente de testigos creyentes que han llegado ya a la meta nos contemplan y nos están animando (Hb 12,1-4). Pertenecemos a un pueblo profético, que es capaz de descubrir la voluntad de Dios en cada momento. No siempre será cómodo el ponerla en práctica. Los profetas, buen ejemplo Jeremías, tuvieron que sufrir mucho de parte del pueblo por proclamar las exigencias de Dios en cada momento concreto de la historia (Jr 38,4-10). Su figura anuncia la de Jesús, rechazado también por el pueblo, del cual se verá excluido. Que nuestra participación en la eucaristía nos lleve a tomar partido a favor de Jesús y del evangelio.

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Hombres de fe

7 de agosto de 2022 – 19 Domingo Ordinario

Los cambios acelerados de nuestros tiempos nos han traído a esta época de incertidumbre en la que van desapareciendo las certezas que antes daban una estabilidad y referencia a la vida de los hombres. Incapaces de conocer y dominar el futuro, a pesar de todos los adelantos, las personas se resignan a vivir al día, como la única certeza todavía posible. No es de extrañar que se haya tirado por la borda la fe como un fardo inútil o como una ilusión sin fundamento en la realidad pura y dura, que no admite paliativos ni consuelos fáciles.

Efectivamente la fe es eso, una manera de poseer ya lo que se espera, un medio de conocer las realidades que no se ven (Hb 11,1-2.8-19). A los ojos de nuestros contemporáneos la actitud de fe traduce una ingenuidad, que hace que uno sea víctima de una ilusión. Freud habló del porvenir de una ilusión, refiriéndose a la religión cristiana. No cabe duda que para él esa ilusión será despejada por la ciencia. A pesar de todo, aquí nos tienen de creyentes por la vida.

Nos anima a ello el ejemplo de los grandes creyentes de todos los tiempos que caminaron en la fe, sin haber visto realizadas de todo las promesas, pero viéndolas y saludándolas de lejos. En particular Abrahán y Sara son nuestros padres en la fe, que supieron esperar contra toda esperanza. Las promesas del Señor se fundan en su palabra todopoderosa que liberó a nuestros padres de la esclavitud de Egipto (Sab 18,6-9).

La fe nos lleva a no abandonar el puesto y a estar en guardia, incluso durante el verano y las vacaciones, con las lámparas encendidas a la espera del Señor (Lc 12,32-48). La cultura actual no sólo es una cultura de la noche, celebrada de noche, sino que la noche proyecta su sombra y su inconsciencia sobre el día. El mundo del consumismo crea una especie de letargo y de sopor que facilita el que seamos manipulados por todos los mensajes de falsa felicidad. El cristiano sabe que estamos viviendo en los últimos tiempos, es decir en los definitivos y que todo minuto es precioso y no se puede desperdiciar. No se puede pasar la vida adormilados simplemente disfrutándola. Hay que realizar la misión que el Señor nos ha encomendado. La única manera de estar despiertos y velar es sentirse responsables ante Alguien. Sólo el vivir ante Dios nos puede dar esa capacidad de atención al presente. Dios es una presencia total que nos circunda y nos envuelve. Pero no es una presencia puramente estática de algo que está ahí. Es una presencia dinámica que nos implanta en la vida y en el ser y que nos da las energías necesarias para vivir. El hombre actual puede tener la sensación de que Dios está ausente, o que está lejos, o que tarda en venir. En realidad Dios está viniendo a nuestro encuentro en cada persona, en cada acontecimiento. Cada momento de nuestra existencia se entrecruza con la eternidad de Dios y nos ofrece la oportunidad de la salvación, de ser arrancados a esta realidad falsa y engañosa en la que nos toca vivir. Pero hay que confrontarse con esta realidad y no huir de ella. Saber que somos responsables de la construcción del Reino de Dios en este mundo que todavía tiene tantas marcas del anti-Reino. Que la celebración de la eucaristía alimente nuestra fe y nos ayude a mantener nuestras lámparas encendidas hasta que el Señor vuelva.

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Tienes dinero para muchos años

31 de julio de 2022 – 18 Domingo Ordinario

Caritas ha celebrado 75 años. No cabe duda que es la institución eclesial que da credibilidad a la Iglesia. Caritas no se reduce a recaudar dinero para hacer frente a las urgencias personales y colectivas. Favorece la investigación de cuáles son las causas de que en nuestro mundo los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres. Pues bien, hay pobres porque hay ricos y hay ricos porque hay pobres. Los informes que Cáritas va publicando confirman que muchos millones de españoles están en el borde la pobreza. Es lo que vemos en las colas delante de Cáritas y de otras instituciones asistenciales. La guerra y los refugiados han agravado la situación. Si hay esperanza es porque la sociedad esta vez ha reaccionado de manera solidaria. Sin duda los excluidos por esta cultura del descarte”, de la que habla el papa Francisco, sienten una gran frustración (Ecles 1,2; 2,21-23) y piden que los hermanos «repartan la herencia». No sabemos muy bien a quién apelar. Desgraciadamente el mismo Jesús no quiso meterse en asuntos de dinero (Lc 12,13-21). Jesús se niega a intervenir en un caso en que la injusticia parece evidente. El hijo mayor se ha quedado con toda la herencia. Con su negativa Jesús denuncia el que los bienes de este mundo sean más importantes que el amor fraterno. Eso es lo que tantas veces se pone de manifiesto cuando está por medio el dinero. Todo proviene de la ilusión de pensar que la vida depende de los bienes, que con ellos uno tiene un seguro para esta vida y para la otra. Esa creencia lleva a la codicia y a querer acaparar los bienes para asegurarse el futuro. La parábola del hombre rico, que quiere darse la buena vida, pone al descubierto el engaño en que vive el hombre. No es posible asegurarse el futuro mediante los bienes. La vida del hombre está siempre pendiente de un hilo y depende de Dios. ¿Cómo asegurarse la vida? Se trata de ser rico ante Dios y no de amasar riquezas para sí mismo. Es rico ante Dios el que ha cultivado las relaciones personales, empezando por las relaciones familiares. Esa es la verdadera riqueza, la riqueza del amor, que no disminuye cuando se la comparte sino que por el contrario crece en el amor mutuo. El peligro de la cultura actual es que nos lleva a buscar la felicidad en el tener, en las cosas que se pueden comprar con el dinero. El consumismo lleva a acaparar todas nuestras energías y nuestro tiempo y nos esclaviza. Trabajamos para tener. No tenemos tiempo para cultivar nuestras amistades, para compartir con las personas. De esa manera la persona humana se va empobreciendo cada vez más. La persona es siempre una relación personal. Cuando desaparecen las relaciones personales y quedan sólo las relaciones con las cosas, con los aparatos. El hombre mismo se cosifica. El apóstol nos invita precisamente a buscar las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-5.9-11). Las cosas de arriba no están en otro mundo distinto. Son realidades también de nuestro mundo. No son las cosas materiales perecederas. Lo único que tiene garantía de eternidad es aquello que se ha amado. Se trata ante todo de las personas. Pero también las cosas que han sido verdaderamente amadas y que no han sido tratadas simplemente como objetos de usar y tirar podrán adquirir ese sabor de eternidad. Desgraciadamente son pocas las cosas que adquieren esa propiedad y que las conservamos a lo largo de la vida con amor. El encuentro con Jesús en la eucaristía es la única garantía de vida. Sólo dando la vida como Jesús estamos seguros de poder tener vida en abundancia, vida eterna.

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Llamad y se os abrirá

24 de julio de 2022 – 17 Domingo Ordinario

La mayoría de las personas parece que se han ido desconectando de la oración, de ese trato de amistad con Dios, de el diálogo con alguien que sabemos que nos ama. Sabemos que nos aman nuestros padres y a ellos acudimos en nuestras necesidades. Tenemos, en cambio, la impresión de que, si Dios existe, no se preocupa de nosotros, no es ese Padre que viene inmediatamente en nuestra ayuda. Tampoco la mayoría de las personas que conocemos suelen echarnos una mano cuando la necesitamos. La guerra de Ucrania, sin embargo, ha demostrado que en el corazón del hombre sigue habitando la bondad y el deseo de hacer el bien a los necesitados.  Jesús, al enseñarnos el Padre Nuestro, afirma que la oración es siempre escuchada. Es verdad que hay que insistir una y otra vez (Lc 11,1-13). Por eso el papa Francisco nos pide constantemente que recemos por él.

El Padre Nuestro nos introduce en la intimidad de Dios para ver el mundo con los ojos de Dios. Dios ve el mundo con amor y por eso establece su Reino. El nombre de Dios es santificado cuando con nuestras vidas manifestamos que Dios es santo, es decir que Dios nos ama y nos salva. Es entonces cuando se establece su Reino de santidad, de justicia, de amor y de paz. Se trata del don de Dios mismo que nosotros acogemos y hacemos presente en el mundo. Es un Reino de perdón, que crea la unión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí. Por eso somos ministros del perdón, perdonando a los demás. Al vivir todavía en este mundo, necesitamos el sustento diario y la protección de Dios frente a la tentación de abandonar la fe y vivir la vida simplemente de tejas abajo.

Debemos pedir ante todo el don del Espíritu Santo. Él contiene todos los demás dones y cosas buenas que pedimos a Dios. Pedir el Espíritu Santo significa pedir el amor de Dios. Dios lo ha puesto en nuestros corazones y es el Espíritu el que reza en nosotros. El hombre necesita muchas cosas, pero sobre todo busca ser amado y acogido por Dios. Y Dios nos ama y nos acoge dándonos su Espíritu.

A pesar de todo, algunas veces, quizás no somos escuchados. Darnos cuenta de ello es una gracia pues descubrimos que Dios es una persona libre, que nos ama libremente y que no la debemos ni podemos forzar. Hay que respetarla en su libertad. Gracias a Dios sabemos que Él está siempre de nuestra parte. Por eso para los que aman a Dios, todo coopera para su bien. En la oración de petición no se trata de querer vencer a Dios para que haga lo que nosotros queremos. La verdadera victoria para el creyente consiste más bien en dejarnos vencer por Dios, en rendirnos ante Él, en aceptar su amor incondicional.

Abrahán es el amigo de Dios. Dios no le oculta nada de lo que piensa hacer (Gn 18,16-33). Incluso se aconseja con Abrahán cuando tiene que tomar una decisión grave, como la de castigar a toda una ciudad pecadora. Abrahán razona con gran sensatez, buscando el que Dios quede bien y no cometa una injusticia, castigando a justos e injustos. Su amistad es tan grande que Abrahán se atreve a sugerir que perdone a los culpables a causa de los justos.

Lástima que Abrahán en su regateo con Dios no se atreviera a rebajar todavía un poquito más el precio que Dios iba poniendo a la salvación de la ciudad. Un justo salva el mundo: “Quien salva un hijo de Israel es como si salvara el mundo entero”, recuerda un dicho rabínico. A Abrahán le pareció que ya había obtenido un buen precio. Desgraciadamente en la ciudad no había ni diez justos. Y, sin duda, Dios hubiera estado dispuesto a perdonar por un justo. Y quizás no era necesario que estuviera en la ciudad. Bastaba que su amigo Abrahán, un justo, se lo pidiera. De hecho cuando Jesús pidió el perdón para todos, el Padre lo concedió. Lo importante no es el número de los justos sino el que el amor de Dios encuentre una respuesta de amor. En la eucaristía acogemos ese amor y respondemos con nuestro amor hecho oración y servicio.

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Activos y contemplativos

17 de julio de 2022 – 16 Domingo Ordinario

Nuestra cultura del activismo y de la necesidad consecuente de la diversión acapara todo nuestro el tiempo, el libre y el de trabajo. Al final no tenemos tiempo para prestar atención a las personas mayores para acompañarlas y escucharlas. La búsqueda continua de experiencias cada vez más excitantes nos hace vivir estresados. Jesús no era una persona solitaria dedicada a la contemplación. Su agenda de cada día estaba siempre a tope, pero no caía en un activismo febril sino que sabía buscar sus momentos de descanso. Marta, María y Lázaro eran tres amigos entrañables de Jesús con los que pasaba sus buenos momentos. Las dos hermanas aparecen en el evangelio de hoy realizando actividades distintas.

Aunque la tradición cristiana ha visto en ellas algunas veces la representación de la vida activa y de la vida contemplativa, parece que más bien encarnan dos de las dimensiones de la vida, que todos debemos cultivar. Hay muchas más, sin olvidar el sufrimiento del que nos habla san Pablo (Col 1,24-28). En todas ellas somos a la vez activos y pasivos.  En la vida recibimos y damos, damos para recibir y recibimos para dar. Ante todo queremos recibir amor para dar amor. Ese amor uno lo experimenta cuando presta atención a la fuente del amor: Dios que nos ha amado primero.

El que escucha la palabra, el que escucha a las personas, encuentra a Dios y a Cristo en la vida. Así  experimenta una transformación interior que se traducirá en su manera de vivir y en sus acciones y sufrimientos. Es lo que uno vive de manera especial en la oración cuando ésta es auténtica, cuando uno se expone a la presencia de Dios. Por eso Jesús aparece muchas veces en el evangelio orando a solas. Dios está siempre actuando y ponerse en su presencia es entrar en su acción de salvar el mundo.

Marta sirve al maestro, María lo escucha. Marta pretende que María abandone su propio ministerio de escucha de la palabra a favor del servicio (Lc 10,38-42). Jesús no sólo la defiende sino que indica que la escucha de la palabra  es lo único necesario y al mismo tiempo es lo mejor. Que sea lo único necesario no excluye la existencia de otros ministerios. La vida eclesial no se rige por la ley de la necesidad sino por la riqueza de dones del Espíritu.

Jesús alaba a María porque ha sabido centrarse en su vida, buscando lo único necesario y escogiendo la parte mejor. No siempre la parte necesaria es la mejor. Pero en este caso sí. Escuchar la palabra del Señor es lo único necesario y lo mejor que uno puede hacer. Pero la piedra de toque de la calidad de nuestra vida será siempre el servicio. San Ignacio de Loyola comprendió muy bien que no se podían separar ambas realidades y lo formuló diciendo: “en todo amar y servir”.

Probablemente el error de Marta es querer reducir todo unilateralmente al servicio práctico y pretender que es lo único que uno debe hacer y no perder el tiempo como su hermana. Eso es lo que le pierde a Marta. Quiere imponer su punto de vista a su hermana y para ello busca el apoyo de Jesús. Jesús no se lo da. María, en cambio, respeta lo que Marta está haciendo y no le pide dejar de moverse y venir a sentarse a los pies de Jesús para escucharlo.

El ejemplo de Abrahán (Gn 18,1-10) es muy elocuente. Da hospitalidad al Señor bajo la forma de los tres mensajeros. Los acoge en su tienda, les dedica tiempo y prepara todo lo necesario para servirlos. Da órdenes, pero también él se mueve y pone manos a la obra. Más tarde tendrá un sabroso coloquio con ellos. Ha sabido integrar la atención a las personas y el servicio concreto a su necesidad de comer.

En la celebración de la eucaristía se integran la escucha de la palabra de Dios, la participación en el banquete que el Señor prepara para nosotros, y el envío a hacer presente el amor de Dios que hemos experimentado. Así vivimos en plenitud toda la riqueza de vida eclesial.

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¿Quién es mi prójimo?

10 de julio de 2022 – 15 Domingo Ordinario

El panorama mundial ha retrocedido al tiempo no sólo de la guerra fría sino propiamente de la guerra caliente, con amenazas veladas al empleo de bombas atómicas. Existen actualmente más de quince guerras que están produciendo millares de víctimas y destruyen las ciudades y hacen de la vida una pesadilla. El ideal de fraternidad universal acariciado por el Papa Francisco en «Fratelli tutti» se ha venido abajo e impera el poder del más fuerte. Los más débiles, están cayendo  en manos de los bandidos como el pobre hombre del que habla Jesús en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37). Las mafias hacen el agosto a cuenta de los emigrantes y refugiados.

Hoy más que nunca necesitamos una Iglesia samaritana, que sepa acercarse a las víctimas de nuestro mundo. El Papa Francisco la ha llamado “hospital de campaña”. Es momento de actuar, de hacerse próximo y cercano a todos los que yacen maltrechos. Es un mandamiento sencillo de cumplir. Basta querer ponerlo en práctica (Dt 30,10-14). No se nos pide ir al fin del mundo sino simplemente de hacernos cargo de nuestra realidad circundante.

La Iglesia ha sido especialista a lo largo de la historia en ver las necesidades y crear respuestas adecuadas en forma de instituciones. Las necesidades hoy día son tan grandes que superan la capacidad de acción de los creyentes. Por eso debemos estar dispuestos a colaborar con todos los hombres de buena voluntad, que sienten compasión y están dispuestos a mancharse las manos para hacerse cargo de las personas heridas y sangrantes. Es necesario seguir impulsando el voluntariado como la manera concreta de realizar hoy día las obras de misericordia, que están en el centro del programa evangélico.

El maestro de la Ley del que habla el evangelio estaba interesado en saber qué tenía que hacer, y de la mano de Jesús va a encontrar la respuesta concreta . Al final experimenta  una invitación a salir de los estrechos moldes de la fe judía para acercarse a todo hombre sufriente y doliente. Jesús, mediante una historia inventada, va a poner patas arriba todos los planteamientos anteriores. En la Ley estaba muy claro quién era el prójimo. Era el perteneciente al pueblo de Israel. Es posible que algunos se abrieran tímidamente a los de fuera.

Lo genial de Jesús es que define la proximidad no como un dato objetivo, que está ahí presente ante uno. Ser prójimo depende no del otro sino de mí mismo. Si soy capaz de acercarme al otro, existe el prójimo. Si estoy cerrado en mí mismo y en mis propios intereses, el prójimo no existe. Es lo que  nos puede ocurrir hoy día en Europa. Antes los africanos estaban relativamente lejos, y no digamos los hispanoamericanos,  y no nos inquietaban como prójimos. Hoy día viven entre nosotros, pero es muy difícil reconocerlos como prójimos porque no queremos acercarnos a ellos

Los representantes de la religión judía, el sacerdote y el levita, ven al hombre en necesidad, uno de su propio pueblo, pero dan un rodeo y pasan de largo. No son capaces de hacerse prójimos, de acercarse y quedarse al lado del herido. En contraste con ellos, Jesús describe la conducta del samaritano, del extraño, del extranjero, como el modelo de cercanía a la realidad del hombre. El acercamiento a las personas viene de la capacidad de sentir compasión ante los males del otro. Es el corazón el que impulsa a acercarse a las personas y a hacer por ellas todo lo que está en nuestra mano. Los sentimientos de compasión del samaritano no se quedan en meros sentimientos sino que le llevan a tomar diversas medidas prácticas a favor del herido.

Tan sólo una persona como Jesús, que siendo imagen de Dios invisible, ha sido capaz de acercarse al hombre malherido por el pecado (Col 1,15-20). Jesús es verdaderamente el Buen Samaritano en el que Dios se nos ha hecho cercano. Siguiendo sus huellas también la Iglesia hoy día, quiere ser  una Iglesia samaritana para tantos hombres que siguen cayendo en mano de los bandidos. Que la celebración de esta eucaristía haga de nosotros ministros de la compasión, capaces de curar las heridas de nuestro mundo.

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Paz a esta casa

3 de julio de 2022 – 14 Domingo Ordinario

Las guerras pasadas y actuales son la prueba más clara de que la fe cristiana no ha penetrado ni penetra la vida de las personas y de la sociedad. Cristianos y sociedades que consideramos cristianas, que dicen que quieren defender la paz, no utilizan para ello los medios que verdaderamente pueden llevar a la paz. La defensa de la paz justifica de manera absurda una carrera de armamentos que, en lugar de preparar la paz, preparan las guerras. De esa manera se desvía a favor de fabricantes y vendedores de armas, miles de millones que debieran invertirse en el desarrollo sobre todo de los más pobres.

Jesús, sin duda alguna, optó a favor de la paz a través de la no violencia y la opción a favor de los pobres. Hoy, sin duda se dice que es una postura ingenua e insostenible y que los que la defienden son poco realistas, como también lo fue Jesús. Los poderes de este mundo llaman realismo a lo que les ayuda a mantener su situación privilegiada. Las otras realidades, como la pobreza, para ellos no cuentan. Eso es problema de los pobres que no quieren trabajar. Los poderosos no quieren reconocer que hay pobres precisamente porque hay ricos que se están apoderando de los bienes de todos. 

Tan sólo la presencia de testigos creíbles puede hacer actual la Buena Noticia de Jesús. En cada época de la historia es el mismo Jesús el que sigue enviando a sus discípulos (Lc 10,1-12.17-20). Éstos deben asumir la misión de Jesús y no inventarse otro estilo de vida. Cada vez más estamos descubriendo que la Iglesia ha seguido muchas lógicas humanas y no las orientaciones de Jesús, reafirmadas en el Vaticano II.

El contenido del anuncio evangélico es siempre el mismo: “está cerca de vosotros el Reino de Dios”, es decir: “Dios te ama”. Ésta es la buena noticia que porta la consolación a todos los oprimidos y afligidos (Is 66,10-14). La cercanía de Dios anuncia el final del sufrimiento y de la opresión. Dios va a intervenir a favor de su pueblo y a traerle la paz y la abundancia de bienes.

La Iglesia resultará creíble si lleva a cabo el programa de Jesús, de lo contrario le pasará lo que a los partidos políticos. Como ellos no gozará de ningún aprecio por parte de las personas porque predica una cosa pero hace otra. En vez de continuar la obra liberadora de Jesús, muchas veces los creyentes oprimimos sobre todo a los débiles y pobres, a los refugiados y emigrantes.

La manera de realizar la misión repite es muy importante y por eso Jesús dio sus enseñanzas tanto a los a los doce apóstoles como al grupo más amplio de discípulos. En ellas se muestra el estilo propio de la misión de Jesús. Pablo lo entendió muy bien cuando dice: “Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6,14-18), “mi vida ha sido transformada por Cristo”. Jesús envía sus discípulos  de dos en dos para ser testigos creíbles de la experiencia que anuncian: el Reino construye comunidad. La misión es siempre difícil pues uno se encuentra siempre indefenso como ovejas en medio de lobos. No se le permite al discípulo proveerse de los medios más necesarios para subsistir. Debe confiar en la Providencia y en la buena acogida de las personas a las que anuncian el Reino, que hacen presente mediante las curaciones. Pero no deben hacerse ilusiones, muchas veces serán rechazados.

Los discípulos volvieron muy contentos de aquella misión porque hicieron grandes prodigios en el nombre de Jesús. El anuncio del evangelio significa, según Jesús, la ruina de Satanás. Pero la alegría del discípulo no debe basarse en los milagros que realizará sino porque le espera una gran recompensa en el cielo. Participar en la misión de Jesús significa también tener parte en su destino glorioso junto al Padre.

La Iglesia se construye en torno a la Eucaristía como Iglesia misionera porque en ella pedimos al Padre que reúna a todos los hombres por medio de su Espíritu. En cada Eucaristía experimentamos que el Reino de Dios está cerca y que el Señor Jesús está viniendo a nuestro encuentro

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