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Se levantó una gran tempestad

20 de junio de 2021 – XII Domingo del Tiempo Ordinario

Como dijo el Papa, a los pocos días del confinamiento por la pandemia, en una plaza de San Pedro desierta: “Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos… también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos“. Todavía está por ver si habrá vacunas para todas las personas o solo para los países que pueden pagarlas.

Los discípulos, que eran profesionales del mar, comprenden la gravedad de la tempestad, mientras increíblemente Jesús duerme apaciblemente en la barca. Los discípulos piensan que a Jesús no le importa el que se hundan, mientras Jesús se extraña de que ellos sientan su vida amenazada estando en su compañía (Mc 4,35-40). Su miedo es el indicio de que todavía no tienen fe en Dios ni en el propio Jesús. Jesús tiene una confianza absoluta en el Padre y sabe que su vida está en sus manos. Por eso puede dormir despreocupado mientras ruge la tempestad.

Muchas veces a lo largo de la historia los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job, en su querella contra Dios, expresaba ya esa visión pesimista del mundo. Dios tiene que abrirle los ojos y mostrarle cómo Él está continuamente luchando contra el mal. Éste, a pesar de su aspecto impetuoso y devastador como el mar, tiene ya establecidos unos límites. Frente a Dios, el monstruo marino es como un recién nacido al que hay que envolver amorosamente entre pañales (Job 38,1.8-11).

Los lamentos de tantos cristianos ante la situación del mundo y de la Iglesia traducen simplemente nuestra falta de fe. La fe significa sentirse apoyados sobre el fundamento sólido de Dios. La falta de fe viene de la impresión de que ese fundamento es movedizo, como el agua, y que fácilmente puede fallar. Se juzga de Dios a partir de lo que normalmente vemos que sucede en las cosas humanas. Hace un año todavía nos las prometíamos las más felices y de pronto vemos cómo nuestras esperanzas se volatizan y el mundo entra en crisis. El peligro es que también nuestra fe entre en crisis.

Muchas veces tenemos la impresión de que la barca de Pedro hace agua. Es normal. Está en medio de la tempestad en la que vive todo el mundo hoy, no sólo los creyentes. La institución eclesial tiene un elemento humano sometido al desgaste y envejecimiento. Eso no significa que la barca se vaya a hundir, pero sí que es un toque de atención a reparar las brechas de nuestros pecados, a reconocerlos con humildad, a pedir perdón por ellos y a reparar el mal, ocupándose de las víctimas.

Si, como nos recuerda San Pablo (2 Cor 5,14-17), en Cristo lo antiguo ha pasado y lo nuevo ha comenzado, entonces podemos estar convencidos de la intervención definitiva de Dios a favor del hombre. El mal y el pecado han sido definitivamente vencidos aunque todavía tienen capacidad de dar algunos zarpazos peligrosos. La Iglesia, y con ella los cristianos, seguimos expuestos a las tormentas de este mundo. Pero no tengamos miedo. Muchas son tormentas en un vaso de agua. La frágil barca de Pedro está habituada a bregar con este tipo de tempestades peligrosas.

Debemos ser conscientes de que los peligros peores están provocados, no por los elementos externos, sino por la infidelidad de los de dentro. La Iglesia puede ser una frágil barquilla, pero será siempre, por pura gracia de Dios y no por méritos propios, esa tabla de salvación que necesitan los náufragos de nuestro mundo. La mayoría de estos náufragos han perdido toda esperanza y no saben a qué agarrarse. Que la celebración de la eucaristía aumente nuestra fe en el Señor Resucitado, presente en su Iglesia, y haga de nosotros testigos creíbles ante el mundo.

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El Reino de Dios

13 de junio de 2021 – 11 Domingo Ordinario

Las sucesivas crisis económicas experimentadas estos últimos años, sobre todo esta última debida a la pandemia, ponen de manifiesto que la idea del progreso económico continuo es una mentira. Cada vez vamos comprobando que los recursos de los que disponemos son limitados. Si queremos cuidar la vida del planeta y de los pobres, en vez de crecer, habría que optar por decrecer. Esto sin duda es muy doloroso para los que no tienen y sueñan con tener algo, al menos  lo suficiente para llevar una vida digna. Vemos con dolor cómo un pequeño grupo acapara los bienes y derrocha mientras que la mayoría de la humanidad tiene que contentarse con las migajas. Ya en tiempo de Jesús ocurría esto y Jesús proclamó que Dios no quería esta situación tremendamente injusta y anunció el Reino de Dios. Anunció que Dios iba a reinar y, cuando Dios reina, ningún otro poder puede usurpar su señorío sobre el mundo.

¿Qué es lo que está ocurriendo pues seguimos constatando que los poderes del mundo siguen siendo los señores? Jesús comparó el Reino de Dios a realidades pequeñas, pero significativas, aunque nada más sea por la fascinación que producen sus efectos o el verlas crecer.  Nada más admirable que la germinación y crecimiento de las diversas semillas, en particular se cita el grano de mostaza (Mc 4,26-34). Otras veces hablará de la sal o de la levadura.

Jesús contó esas parábolas para animarse a sí mismo y a sus discípulos. Aunque muchas veces parece que le seguían multitudes, en realidad al final el grupo, más o menos fiel, era pequeño. Si no tiró la toalla y siguió predicando fue porque estaba convencido que todas las realidades grandes e importantes han tenido un comienzo pequeño, con un crecimiento constante.

El pueblo de Dios estaba familiarizado con las realidades pequeñas. Situado en medio de los grandes imperios y a merced de ellos, un país pequeño sólo podía tener futuro confiando en Dios. Los grandes intervenían y quitaban y ponían reyes a su antojo (Ez 17,22-24). A pesar de todo, Dios promete que va a suscitar un Rey Mesías que realizará todas las esperanzas del Pueblo de Dios.

También Pablo, aunque ve que su vida se va desmoronando, conserva la confianza (2 Cor 5,6-10), porque camina a la luz de la fe y no de lo que ve. También nosotros en estas horas oscuras en que nos toca vivir no debemos desanimarnos por lo que vemos sino confiar en lo que la fe nos promete.

Tanto la parábola del grano de mostaza como la de la levadura hablan del crecimiento del Reino de Dios cuyos inicios debieron parecer pequeños y poco prometedores. El reino no es una realidad aparte de aquella en que estamos viviendo sino que irrumpe en ella y la cambia. La levadura tiene su importancia no por la cantidad sino por sus virtualidades. Lo que cuenta no es el número sino la energía que somos capaces de desplegar en el mundo. Para ello tenemos que entrar dentro del mundo y mezclarnos con él. Eso sí, tenemos que conservar siempre la identidad cristiana, no dejar de ser levadura siguiendo la tentación fácil de convertirse en masa. La masa, ella sola, no puede fermentar. Que la celebración de la Eucaristía nos dé las energías que necesitamos para seguir impulsando la construcción del Reino.

 

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Esta es mi sangre derramada por todos

6 de junio de 2021 – Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

El coronavirus se ha llevado a muchos de nuestros seres queridos sin que hayamos podido despedirnos de ellos ni tan siquiera con la celebración de su funeral de cuerpo presente. Nos quedan en el recuerdo y en las fotos. Y los creyentes los sentimos vivos con un nuevo tipo de presencia en nuestra vida. Jesús no pudo permitirse el lujo de que le hicieran retratos ni retratos ni estatuas. Él tuvo, sin embargo, la intuición de inventar un pequeño gesto que resumía su vida y su muerte: la Eucaristía. Ese signo será un memorial perpetuo que no sólo nos recordará sino que hará presente la vida y la muerte de Jesús.  Es su mejor retrato junto con los evangelios. Su muerte no será una condena sino más bien el don de su vida a favor de los demás (Mc 14,12-26). Así se realizaba lo que Dios y el pueblo estuvieron anhelando a través de la historia, la alianza perpetua y definitiva.

A través de la alianza se entra en una comunión amorosa y familiar con Dios. La manera privilegiada en el Antiguo Testamento para entrar en comunión era el ofrecer un sacrificio de comunión. A través de los sacrificios y ofrendas, el creyente expresaba su deseo y disponibilidad a entrar en la alianza que Dios le ofrecía. Esa comunión quedaba sellada con un banquete en el que Dios mismo participaba, pues Dios es el origen de la vida y del alimento que mantiene esta vida (Ex 24,3-8). También Jesús estaba celebrando la cena pascual cuando instituyó la eucaristía. La vida viene representada por la sangre, que es el principio vital, con la que se realiza la aspersión del pueblo. El pueblo tiene vida entrando en la alianza con Dios. El cristiano tiene vida participando en la eucaristía porque en ella Jesús se nos da como alimento.

No se trata de un simple ritual que crea automáticamente la comunión con Dios. Tan sólo el amor es capaz de unir. Ese amor se expresa en el don de la vida. Los sacrificios del Antiguo Testamento apuntaban al don de la propia persona. Desgraciadamente los hombres prometemos ese amor pero fallamos en su realización. Tan sólo Jesús ha sido capaz de ser totalmente fiel al amor del Padre y de responder totalmente con amor. Su fidelidad le llevó a una obediencia filial al Padre hasta la muerte.

El sacrificio de Cristo, que nosotros actualizamos en la eucaristía, nos lleva al culto del Dios vivo (Hebreos 9,11-15) y establece la comunión definitiva con el Padre en virtud del Espíritu. Esa comunión supone el perdón de los pecados que ha tenido lugar en el sacrificio de Cristo de una vez para siempre. Nosotros ya no ofrecemos sacrificios de animales para entrar en comunión con Dios. Jesús con su único sacrificio ha realizado esa unión definitiva entre Dios y el hombre. Nosotros celebramos la eucaristía como memorial del sacrificio de Cristo para no olvidarnos de Él y para hacer actual para cada uno de nosotros su sacrificio redentor.

Esta fiesta celebra de manera especial la presencia real de Jesús en la Eucaristía. No se trata de un simple hacer memoria o recordar sino de actualizar la vida y la muerte de Jesús para sumergirnos nosotros en ellas. El amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, se vuelca hacia los pequeños, haciéndose pequeño. Es la fuerza de este amor la que sostiene a los creyentes en el camino de la vida y nos empeña a vivir como Jesús, a dar nuestra vida a favor de los demás. Por eso el cristiano no entra en comunión con Dios sólo a través de los actos de culto sino sobre todo mediante el servicio a los más pobres. La Iglesia celebra hoy el día de la caridad. Nos invita a sostener Caritas que es su mejor carta de presentación. El lenguaje de la caridad lo entienden todos. La caridad abarca a todos los hombres y a todo el hombre.

Reavivemos nuestra fe y nuestro amor a la Eucaristía. Hagamos de ella el centro de nuestra semana, si fuera posible, de cada día. A través de ella estamos dejando que la vida de Dios en Cristo Jesús irrumpa en nuestras vidas y éstas se transformen en Cristo.

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Amor de Padre, Hijo y Espíritu Santo

30 de mayo de 2021 – La Santísima Trinidad

El misterio de la Trinidad seguirá siendo para muchos el ejemplo por excelencia del absurdo del cristianismo, una especie de cuadratura del círculo, totalmente irracional, tres personas y un único Dios. El racionalismo, en nombre de una cierta idea de Dios y siguiendo una lógica natural, quiere dictar a Dios cómo debe ser y cómo debe actuar. Se olvida así que Dios tiene como característica esencial su libertad y caemos en la tentación de hacer con Él lo que con las personas. Las encasillamos en nuestras ideas preconcebidas y no estamos dispuestos a descubrir su misterio. Nos negamos a admitir la novedad que representa cada libertad, incluso una libertad limitada como la del hombre. Para conocer a Dios y poder hablar de Él, hay que ponerse a la escucha de Jesús, su Enviado.

Para los cristianos, la Trinidad es el misterio central que ilumina toda la realidad de la existencia. Aunque suele oponerse el Dios del Nuevo al del Antiguo Testamento, los cristianos confesamos que se trata del mismo y único Dios que se ha revelado plenamente en el envío del Hijo y del Espíritu.

Dios es libertad. Dios es amor. Dios no es un ser absoluto y aislado. Dios es en sí mismo relación amorosa. Sólo se le conoce cuando uno entra en una relación amorosa con Él. Dios es libre para entrar en la historia humana, para elegirse un pueblo, para hacerse hombre, y sigue siendo libre para recrear constantemente la historia (Deut 4,32-40). Por el bautismo entramos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu y esa comunión nos abre a la comunión con los demás en la Iglesia, familia de Dios (Mt 28,16-20). Dios es familia, la Iglesia es familia y el mundo está llamado a ser una gran familia en la que se mantienen lazos de solidaridad y de amor.

Para los primeros cristianos la experiencia del Espíritu era tan evidente y cotidiana que era el punto de partida de toda su vivencia de fe. Era esa experiencia del Espíritu la que los introducía en la intimidad con el Padre y con el Hijo. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la de ser hijos de Dios (Rom 8,14-17). Se trataba de una experiencia revolucionaria en un mundo dominado más bien por unos dioses, preocupados tan sólo de sus intereses y a los que había que tener contentos para que no castigaran con desgracias.  La experiencia cristiana nos pone en relación con un Dios Padre y Madre a la vez, fuente y origen de la vida, del amor y de la felicidad. En contacto con Dios nuestro Padre descubrimos que nuestra vida es un don, que somos frutos del amor.

Los cristianos interpretaron esta experiencia a la luz de la vida de Jesús. Fue Jesús el que se dirigía a Dios Padre con el nombre cariñoso e infantil de Abbá, papá. Es Jesús el que nos ha enseñado a perder el miedo a Dios y a considerarlo como la realidad más cercana y amorosa. Contemplando la vida de Jesús, vemos cómo se deja guiar por el Espíritu. Es tan grande su confianza en Él que puede dejarle tranquilamente las riendas de su vida. Es en la vida de Jesús donde descubrimos su familiaridad con el Padre y con el Espíritu. Nos damos cuenta que Dios no es un ser misterioso y extraño, encerrado en sí mismo, sino una comunidad de amor de personas. Es una realidad familiar.

La Trinidad actúa de manera particular en la eucaristía. Dios Padre entrega a Jesús por nosotros. La acción del Espíritu lo hace presente en los signos del pan y del vino. Acojamos el amor que viene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu, y seamos testigos de ese amor entre los hombres.

 

 

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La fuerza del Espíritu

23 de mayo de 2021 – Pentecostés

Poco a poco, con algo de miedo y prudencia, empezamos a reunirnos en las familias, con los amigos y en la Iglesia. La Iglesia es reunión de los convocados por el Espíritu de Dios que supera las barreras artificiales establecidas por los hombres y nos invita a salir de nuestros confinamientos. Mucho antes de que llegara la actual globalización, la Iglesia era ya católica, es decir, universal, siempre en salida hacia los más pobres. Esa es su vocación y la pandemia ha acentuado la necesidad de su misión en este mundo enfermo. Sin duda que el Espíritu sopla también fuera de la Iglesia y pone en el corazón de todas las personas de buena voluntad el deseo de la fraternidad, de la solidaridad y de la reconciliación. De esa manera  nuevos gestos evangélicos actualizan la vida de Jesús de Nazaret.

En la fiesta de Pentecostés celebramos el cumpleaños de la Iglesia que nació un día como hoy hace casi dos mil años. A pesar de tantos años, la Iglesia se mantiene joven gracias al Espíritu que recibió y le dio vida en aquel Pentecostés. La Iglesia nació precisamente cuando los discípulos tuvieron el valor de ser una comunidad en salida de la sala donde estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas. El Espíritu dio fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús (Hech 2,1-11). Todos somos, como dice el papa, discípulos misioneros.

Y es que la Iglesia no existe en sí misma y luego sale a evangelizar. La Iglesia es convocación de gentes. Sólo existe proclamando el evangelio que reúne a los pueblos para preparar la llegada del Reino. Es el Espíritu el que abre el corazón y los oídos de las personas para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos (1 Cor 12,3-7.12-13). Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz. Por eso la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.

La Iglesia está redescubriendo su misión de sacramento de perdón (Jn 20,19-23). Es mucho más que el sacramento de la confesión. El papa Francisco ha insistido en la necesidad de la ternura en la manera de caminar con el hombre moderno. Dios no condena sino que perdona e invita a todos los hombres a reconciliarse con él y entre ellos. Los cristianos tenemos que testimoniar que hemos sido perdonados y salvados y queremos colaborar con los demás hombres a salvar el mundo.

El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. Aunque tiene su morada en ella, su acción se ejerce en todos, en el mundo y en la historia. Es el Espíritu el que mantiene la historia en movimiento y en la insatisfacción para buscar siempre nuevas metas para los hombres. La realidad, en que vivimos, continúa siendo insatisfactoria. El Espíritu aviva en nosotros la esperanza de que las cosas pueden cambiar si colaboramos todos a que ese cambio se realice. El Espíritu tiene el poder de tocar el corazón de los hombres para que estos cambien y se abran a los verdaderos valores del evangelio que pueden ayudar a la construcción de una civilización del amor. La búsqueda de una cultura del consumo lleva a situaciones sin salidas. Tan sólo un grupo de privilegiados puede gozar de la abundancia mientras la mitad de la población, incluso de los países considerados ricos, tiene que contentarse con las rebajas y los saldos.

El Espíritu es el gran protagonista en la celebración de la eucaristía. Es Él el que con su fuerza transforma nuestras pobres ofrendas del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo. Dejémosle actuar en nuestras vidas para que seamos transformados en Cristo y así podamos hacerlo presente en nuestro mundo.

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El Señor de la historia

16 de mayo de 2021 – Ascensión del Señor

Para muchos la pandemia ha venido a confirmar lo que sospechaban: el mundo va a la deriva y no se sabe muy bien hacia dónde va. Aunque existe la esperanza de volver a la “normalidad”, recuperar la economía costará más de diez años en los países desarrollados. Los otros tienen poco que recuperar. Lo normal para ellos es la pobreza. Algunos pensarán que efectivamente el mundo está dejado de la mano de Dios y que los aprendices de brujo han perdido las riendas de la historia.

Los cristianos creemos, a pesar de todo, que Dios sigue dirigiendo la historia humana hacia la plenitud inaugurada en la ascensión de Cristo a los cielos, constituido Señor y Juez de la historia. Sabemos que ahora hay alguien de nuestra raza que puede hablar al oído de Dios e interceder por nosotros. Él hará justicia a aquellos que no encuentran justicia en nuestro mundo. Mientras tanto nos invita a empujar la historia para pasar de una civilización del consumo a una civilización del amor.

La fiesta de la Ascensión de Jesús traduce de manera sensible la imagen cristiana del hombre. Creado a imagen de Dios, alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre (Ef 1,17-23).  En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido el objeto del amor de Dios y sigue siendo el objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero (Mc 16,15-20).

La acción de la Iglesia, como la acción del Espíritu, no añade nada a la obra del Señor Jesús, único mediador entre Dios y los hombres. Él es el Redentor de todos y su obra está completa. Lo que se le pide a la Iglesia es simplemente que proclame esa Buena Noticia a toda la creación. La salvación no es un fenómeno que afecta únicamente a la humanidad sino que toca a todo el universo. El evangelio es una fuerza de salvación y su proclamación tiene una eficacia sacramental. Las potencias de este mundo saben que sus horas están contadas.

La Iglesia camina junto con los hombres y con ellos discierne los signos de los tiempos a través de los cuales el Señor nos pone en alerta frente a la realidad del pecado y nos invita a acoger siempre su gracia. Como cristianos estamos llamados a ser fermento de vida y de liberación en nuestro mundo. Experimentamos en nosotros la fuerza y la energía del Señor resucitado que nos libra de todos los peligros y nos hace instrumentos de su liberación. Los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo (Hech 1,1-11).

El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. Sólo la conseguiremos si vivimos solidarios los unos con los otros y compartimos con los necesitados los recursos que poseemos. Que la celebración de la eucaristía nos llene de alegría y de esperanza por el triunfo de Cristo y haga de nosotros anunciadores de su salvación.

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El amor es de Dios

9 de mayo de 2021 – Sexto Domingo de Pascua

Los hombres buscamos la alegría y la felicidad. Muchas veces, sin embargo, experimentamos el vacío y la soledad. Desgraciadamente creemos que ese vacío se puede llenar con cosas y que éstas nos van a dar la felicidad. En realidad tan sólo se encuentra la alegría en unas relaciones sanas, en las que uno puede amar y ser amado. El secreto de la alegría de Jesús es su relación amorosa con el  Padre (Juan 15,9-17). El amor da alegría. Si se trata del amor de Dios, la alegría es plena. El amor de Dios es totalmente incondicional. Nos ama, no porque necesite de nosotros sino porque él goza amándonos y entregándose a nosotros. Nuestro amor, en cambio, incluso el más puro, implica también el deseo de ser amado para así sentirnos verdaderamente personas. Sólo existimos en relación con los demás.

Jesús vive su amor en la obediencia filial al Padre. Permanecer en el amor de Cristo y guardar sus mandamientos es el secreto de la felicidad porque nos permite vivir en compañía de Cristo y experimentar su amor. Aquí el mandamiento nuevo del amor, amar como Jesús nos amó, alcanza todo su horizonte de infinitud. Jesús nos ha amado como el Padre lo amó. Se trata de un amor divino. Jesús recibe todo del Padre, recibe el amor del Padre y lo da a sus amigos mediante el Espíritu de amor.  El horizonte de la vida cristiana es el amor.

Nuestro amor es la respuesta a alguien que nos ha amado primero, que nos ha manifestado su amor a través de la entrega de su vida hasta la muerte  y ha hecho de nosotros sus amigos (1  Juan 4,7-10). Entre amigos no hay secretos, todo se dice y se comparte. La religión cristiana no es una religión de sumisión  sino de amor a Dios, para compartir con él toda su intimidad y confiarle toda nuestra intimidad. Elegimos los amigos. Eso es lo que hizo Jesús: nos ha elegido antes de que nosotros pensáramos en elegirle a Él. El nos ha manifestado lo que era su realidad más íntima e importante, su relación con el Padre. No se ha guardado ningún secreto, nos los ha confiado todos, de manera que podemos saber cómo es Dios y cómo vive en nosotros.

La intimidad con Jesús y con el Padre transforma la vida de los creyentes y les lleva a derribar las barreras que artificialmente levantamos los hombres. Pedro tuvo la valentía de reconocer la acción del Espíritu de Dios entre los paganos y los admitió a la fe cristiana (Hechos 10,34-48). El amor cristiano  es universal, porque Cristo murió por todos, incluso por sus enemigos. El amor cristiano  está llamada a transformar totalmente el mundo creando una civilización del amor fundada en  la justicia, la fraternidad, la paz, el respeto de la creación.

El amor es el verdadero secreto del conocimiento. Tan sólo el que ama conoce verdaderamente al otro y lo respeta en su originalidad. Conocer el funcionamiento de nuestro cuerpo nos ayuda a cuidar nuestra salud y a enfrentarnos con muchos de los problemas de la vida diaria. Ese conocimiento, sin embargo, no nos debe llevar a dimitir de nuestra libertad y responsabilidad en la manera como vivimos nuestro amor.

Los amigos se reúnen muchas veces para comer juntos. Compartiendo el mismo pan uno se nutre del mismo alimento. En la Eucaristía celebramos la Cena con los amigos de Jesús y sellamos nuestra amistad bebiendo del mismo cáliz. Que nuestra amistad sea cada vez más fuerte y que formemos un grupo de amigos de Jesús abierto, al que se vayan incorporando otros muchos.

 

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Permaneced en mí

2 de mayo de 2021 – Quinto Domingo de Pascua

El confinamiento nos ha impedido relacionarnos en libertad con los demás, pero nos ha dado la oportunidad de encontrarnos con nosotros mismos, y ojalá también con Dios. Sin duda que sabemos teóricamente el Dios no está lejos de nosotros, aunque muchas veces no lo experimentemos ni nos demos cuenta de que él está ahí. En ese sentido todo lugar es santo, aunque no lo sepamos. alguna vez que otra parece que los cielos se abren y que lo podemos tocar.

Dios habita en nosotros, pero habría que decir más bien: nosotros habitamos en Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. Es lo que Jesús formula con la comparación de la vid y los sarmientos. Jesús no nos habla de conocimientos sublimes de Dios sino más bien de dar frutos en la vida ordinaria inspirándonos en su propia vida y en el evangelio, sobre todo en las bienaventuranzas que constituyen una especie de autorretrato de Jesús.

Jesús nos promete su propia vida de Resucitado, que es la vida misma de Dios. Por el bautismo hemos sido injertados en Cristo, de manera que formamos uno con Él. Por nosotros fluye la misma vida de Jesús. La comparación de la vid y de los sarmientos intenta ayudarnos a comprender esta realidad indecible e inexplicable (Jn 15,1-8). Los creyentes forman una unidad entre sí, vinculados a Cristo. Cada uno por su lado se separa del centro vital y muere. Es como si todos tuviéramos el mismo código genético, que es el del mismo Cristo Resucitado, que lo ha recibido de Dios Padre y nos lo da mediante su Espíritu. Nuestra vida es la vida misma de Dios.

A partir de ahora ya no cuentan los privilegios de un pueblo sino que cada uno tiene que producir fruto. Es verdad que esos frutos no son puramente el resultado de nuestro trabajo. El trabajo principal lo hace Dios mismo. Él es el viñador que cuida su vid y la poda de manera que no le falte nada. Nosotros somos esos sarmientos, a través de los cuales, Jesús produce frutos. Es decir, Jesús no tiene hoy día otros medios de hacerse presente entre los hombres para continuar su obra que nuestras propias personas. Es así como Dios lleva adelante su historia de salvación.

Jesús nos habla de cómo se realiza esa colaboración. En primer lugar hay que permanecer unidos a Él para que su vida pueda circular por nosotros. Pero no es un permanecer estático sino dinámico, que pone en juego todas nuestras posibilidades, a través de una escucha atenta. A través de la acogida con fe de su Palabra, Jesús nos purifica y nos limpia para que podamos producir frutos. Su Palabra tiene esa fuerza de salvación que se despliega en el creyente. Esa Palabra se hace vida y nos lleva a guardar su Palabra, sus mandamientos, sobre todo el mandamiento del amor (1 Jn 3,18-24).

En Pablo vemos de manera palpable los frutos producidos por su adhesión a Cristo (Hechos 9,26-31). Fue su nueva conducta la que convenció a los demás cristianos de que verdaderamente había cambiado de vida, había dejado de ser un perseguidor para convertirse en un apóstol que predicaba públicamente el nombre del Señor. Pablo ya no mira hacia su pasado judío y a los privilegios de su pueblo sino que entiende su vida a partir de su encuentro con Jesús y su llamada a ser apóstol de Cristo. También nosotros tenemos que cuidar ante todo nuestra relación personal con Jesús. Por medio de la eucaristía permanecemos en Jesús y Él en nosotros. De esa manera toda nuestra vida se convierte en acción de gracias a Dios por Jesucristo.

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