• No a la violencia

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    15 de febrero de 2026 – 6 Domingo Ordinario

    La guerra de Ucrania, y las demás guerras que nos pasan desapercibidas porque están lejos, ponen de manifiesto que las naciones no respetan las leyes internacionales y estamos impotentes porque no existe una autoridad que las pueda hacer cumplir. Necesitamos leyes que protejan la vida de las personas pero sabemos que las leyes solas no garantizan esa protección. La fe, como encuentro personal con Jesús, hace que los cristianos tengamos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios y no simplemente con la ley. Ésta, sin duda, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

    El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

    ¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

    Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

    La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús, que es la Verdad, y su mensaje liberador, como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.


  • Luz de los hombres

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    8 de febrero 2028- 5º Domingo Ordinario

    La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El Papa Francisco adoptó una nueva manera de proponer la verdad haciéndola más comprensible y atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. Lo mismo intenta el Papa León. No se cambian las las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

    Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). La comunidad primitiva supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

    El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

    Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

    No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

    Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.


  • Felices los que trabajan por la paz

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    1 de febrero de 2026 – 4 Domingo Ordinario

    Cuando se anunció el final de guerra entre judíos y palestinos, todos respiramos aliviados. Inmediatamente, sin embargo, nos dimos cuenta de que eso no significaba la paz. Como siempre, en las guerras hay un grupo que se está forrando: los que producen y los que venden armas. Ahora esos grupos quieren reconstruir Gaza expulsando a los palestinos y construyendo en las playas urbanizaciones para ricos. No se piensa en la situación de los actuales habitantes, dejados en la miseria, a los que se les quiere robar sus tierras y expulsarlos de ellas. Y mucho menos se cuenta con ellos para definir el futuro del país.

    Fácilmente se ve que esa manera de establecer la paz no es la paz desarmada y desarmante que viene proponiendo el Papa León. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.

    La propuesta de  Jesús en las Bienaventuranzas se sitúa en la línea de la fraternidad universal ya que todos somos hijos de un mismo Padre. Esa amista social es la que posibilita que todos puedan ser felices. Somos una única familia en la que nos preocupamos por los pobres. Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad, sobre todo de los necesitados.

    En las Bienaventuranzas Jesús ha formulado su utopía social que será posible cuando se vivan los valores evangélicos que él encarnó y vivió. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidaridad, en la igualdad, en el compartir. Es la civilización del amor. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.

    La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.

    Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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