• Jesús, el Hijo de Dios

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    23 de agosto de 2023 – 21 Domingo Ordinario

    La persona de Jesús sigue atrayendo el interés de nuestros contemporáneos, como lo prueban las repetidas películas y musicales. Pero este interés no pasa muchas veces de ser anecdótico. Se lo presenta como una de tantas figuras famosas del pasado, como ya creían los contemporáneos de Jesús. Veían en Él una reencarnación de alguno de los grandes profetas como Jeremías o Juan Bautista. Por eso Jesús se encara con sus discípulos para que ellos den una respuesta personal y no simplemente aprendida en la historia o la catequesis.

    Fue Pedro el que entrevió y confesó el misterio de Jesús, el Hijo de Dios vivo. La respuesta de Pedro no era de las de manual sino inspirada directamente por el Padre. Aun así la continuación del evangelio mostrará que Pedro entendía el mesianismo de Jesús de una manera excesivamente política, como muchos de sus contemporáneos, que esperaban una liberación del poder de los romanos (Mt 16,13-20). Como ya el papa Benedicto insistía y el papa Francisco ha repetido nadie llega a ser cristiano porque ha leído el catecismo sino porque se ha encontrado personalmente con Cristo. El que ha hecho esta experiencia se siente fascinado por Jesús, quiere vivir como él y está dispuesto a entregar su vida por él.

    Los creyentes necesitamos profesar comunitariamente nuestra fe, que nos une como Iglesia. Lo importante no son las fórmulas en sí sino la realidad a la que apuntan. Pedro dio una de esas confesiones de fe que presentan a Jesús como el Mesías, como el Hijo de Dios. La fórmula tiene su sentido en el contexto del mundo judío y apunta a la especial vinculación de Jesús con Dios. De hecho las fórmulas cristológicas posteriores se irán concentrando en la filiación divina de Jesús. La respuesta de Pedro fue alabada por Jesús que la consideró una formulación directamente sugerida por Dios y no simplemente por la sabiduría del pescador de Galilea. Esta confesión de fe le valió a Pedro el ser la roca sobre la que Jesús construirá su Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza. Este gesto fundacional coloca ya a Jesús en un puesto semejante al de Dios pues hace unas promesas sobre su comunidad que sólo Dios puede mantener.

    La fe de la Iglesia en Cristo Jesús ha mantenido siempre la realidad inseparable de su ser: verdadero Dios y verdadero hombre. La teología tradicional se preocupó sobre todo de la divinidad de Jesús, la investigación histórica más reciente ha ido descubriendo su realidad humana. Cada uno tendrá sus preferencias, pero siempre habrá que mantener ambos aspectos y sobre todo no querer condenar a los que dan formulaciones distintas a las mías, pero que quieren traducir esta doble dimensión del ser de Jesús. Es verdad que no todas las formulaciones son aceptables, pero debe ser el examen eclesial el que lo decida.

    No se entiende la realidad de Jesús si no se le reconoce como verdadero Dios. No basta decir que es un enviado de Dios o un mediador de salvación de parte de Dios. Jesús es la revelación definitiva de Dios al hombre, es decir la donación total de Dios al hombre. Jesús no sólo es el salvador sino que es la salvación. La salvación consiste en que Dios se nos comunica en Cristo Jesús, que nos incorpora a sí y nos introduce en la realidad de la vida divina. Por eso Jesús es objeto de nuestra fe. Y yo no puede creer en un simple hombre por más sublime que sea. Sería creer en un ídolo. Tan sólo puedo creer en Dios que es el absoluto. Si creo y pongo toda mi confianza en Jesús es porque Él es Dios. La celebración de la eucaristía actualiza la salvación en Cristo Jesús. Confesémoslo como nuestro Dios y nuestro Señor.


  • Mujer, grande es tu fe

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    16 de agosto 2026 – 20 Domingo Ordinario

    La conciencia de pertenecer a un pueblo y una cultura determinada y querer formar un estado independiente está profundamente arraigada en el corazón de las personas. Es el principio de encarnación, que hizo suyo Jesús, abriéndolo a nuevas perspectivas. Lo purificó del peligro de considerar al otro como un extraño, un extranjero, un enemigo, alguien que no tiene la misma dignidad y derechos. Jesús es consciente de ser un judío del pueblo de Israel y sabe que los samaritanos y los del Líbano pertenecen a otra cultura y religión (Mt 15,21-28).

    Para Jesús, sin embargo, eso no es una barrera que impida que los otros formen parte del nosotros del Pueblo de Dios, como ya lo habían anunciado los profetas (Is 56, 1.6-7). El rechazo del otro suele venir de la conciencia de las diferencias, que, en realidad, no nos empobrecen, sino que nos enriquecen y nos ayudan a vivir una vida verdaderamente encarnada. Para ello es necesario ir más allá de nuestros prejuicios, acercarnos a ellos y reconocerlos como miembros de una única familia de hermanos, como diría san Francisco de Asís: Fratelli tutti.

    El proceso de acercamiento comienzo cuando se deja de hablar de manera abstracta de los extranjeros y se descubre y reconoce a la persona concreta con la que tengo una relación. Es llamativo en este evangelio el que el primer paso lo da la persona extranjera contando su historia personal. Es una madre que necesita ayuda para su hija enferma. Es alguien que abre su intimidad y espera que Jesús sienta compasión por su tragedia. Tanto Jesús como los discípulos parecen indiferentes a esa realidad. A los discípulos solo les preocupa el que esa mujer viene dando gritos molestos y por eso es mejor prestarle atención. A los discípulos Jesús les dice que su misión se limita al pueblo de Dios. A la mujer que le pide ayuda, le habla de manera ofensiva, como judío que considera a los paganos como perros, mientras los miembros del pueblo de Dios son los hijos del amo de casa.

    Pero la mujer no se desanima y retuerce el argumento. Dios, el amo del mundo, se preocupa también de los perrillos. A lo largo de la historia de la religión cristiana, la práctica religiosa se ha considerado cosa de mujeres pues son del consuelo espiritual que los hombres. En los pueblos antiguos, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso esta mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos. Jesús mismo se admira de la fe de esa mujer.

    Cuando abandonamos los estereotipos y nos acercamos a la persona concreta descubrimos que los extranjeros son como nosotros, forman parte de nuestra vida cotidiana. Tienen otra cultura pero eso no impide que cada vez haya más matrimonios entre personas de culturas diferentes. El amor vence los miedos y nos hace descubrir dimensiones que nunca hubiéramos soñados encerrados en esta especie de endogamia que son los nacionalismos con esa creencia estúpida de la supremacía del hombre blanco. La Iglesia es la institución más globalizada y con más experiencia de lo que sería una auténtica globalización de la compasión y no simplemente de la miseria.

    La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ninguna de ellas, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que  hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados


  • Feliz tú, que has creído

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    15 de agosto de 2026 – Asunción de la Virgen María

    La pandemia del coronavirus nos ha hecho palpar nuestra fragilidad, somos personas expuestas, amenazadas y mortales. No somos necesarios ni tenemos en nosotros el fundamento de nuestra existencia. Los sueños de inmortalidad que han fomentado los progresos tecnológicos siguen siendo eso: sueños.

    No por eso nos vamos a hundir en el pesimismo y la desesperación. Dios es el Dios de la vida y nos llama a la vida en Jesús resucitado. Para nosotros, marianistas, la fiesta  de la Asunción de María nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, que el Beato Chaminade recomendaba  meditar frecuentemente: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

    La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

    María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza.

    Como señalaba el entonces cardenal Ratzinger (Benedicto XVI), “María no está, ni simplemente en el pasado, ni sólo en lo alto del cielo, asentada en el ámbito reservado de Dios; está aquí y sigue presente y activa en el actual momento histórico; es aquí y ahora una persona que actúa. Su vida no está sólo detrás de nosotros, ni simplemente sobre nosotros; como el Papa Juan Pablo II subraya continuamente, nos prece­de. Nos explica nuestro momento histórico, no mediante teorías sino actuando, mostrándo­nos el camino a seguir».

    Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos proteja y nos lleve a trabajar por la venida del Reino.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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