16 de agosto 2026 – 20 Domingo Ordinario
La conciencia de pertenecer a un pueblo y una cultura determinada y querer formar un estado independiente está profundamente arraigada en el corazón de las personas. Es el principio de encarnación, que hizo suyo Jesús, abriéndolo a nuevas perspectivas. Lo purificó del peligro de considerar al otro como un extraño, un extranjero, un enemigo, alguien que no tiene la misma dignidad y derechos. Jesús es consciente de ser un judío del pueblo de Israel y sabe que los samaritanos y los del Líbano pertenecen a otra cultura y religión (Mt 15,21-28).
Para Jesús, sin embargo, eso no es una barrera que impida que los otros formen parte del nosotros del Pueblo de Dios, como ya lo habían anunciado los profetas (Is 56, 1.6-7). El rechazo del otro suele venir de la conciencia de las diferencias, que, en realidad, no nos empobrecen, sino que nos enriquecen y nos ayudan a vivir una vida verdaderamente encarnada. Para ello es necesario ir más allá de nuestros prejuicios, acercarnos a ellos y reconocerlos como miembros de una única familia de hermanos, como diría san Francisco de Asís: Fratelli tutti.
El proceso de acercamiento comienzo cuando se deja de hablar de manera abstracta de los extranjeros y se descubre y reconoce a la persona concreta con la que tengo una relación. Es llamativo en este evangelio el que el primer paso lo da la persona extranjera contando su historia personal. Es una madre que necesita ayuda para su hija enferma. Es alguien que abre su intimidad y espera que Jesús sienta compasión por su tragedia. Tanto Jesús como los discípulos parecen indiferentes a esa realidad. A los discípulos solo les preocupa el que esa mujer viene dando gritos molestos y por eso es mejor prestarle atención. A los discípulos Jesús les dice que su misión se limita al pueblo de Dios. A la mujer que le pide ayuda, le habla de manera ofensiva, como judío que considera a los paganos como perros, mientras los miembros del pueblo de Dios son los hijos del amo de casa.
Pero la mujer no se desanima y retuerce el argumento. Dios, el amo del mundo, se preocupa también de los perrillos. A lo largo de la historia de la religión cristiana, la práctica religiosa se ha considerado cosa de mujeres pues son del consuelo espiritual que los hombres. En los pueblos antiguos, la religión, tanto la pública como la familiar, era responsabilidad ante todo del padre de familia. Pero el evangelio nos presenta cómo las mujeres van adquiriendo un protagonismo en la vida cristiana hasta aparecer como auténticos modelos de fe. No sólo la persona de la Virgen María, sino que también incluso esta mujer extranjera encarna la actitud de la persona que se fía totalmente de Dios, cuando fallan los apoyos humanos. Jesús mismo se admira de la fe de esa mujer.
Cuando abandonamos los estereotipos y nos acercamos a la persona concreta descubrimos que los extranjeros son como nosotros, forman parte de nuestra vida cotidiana. Tienen otra cultura pero eso no impide que cada vez haya más matrimonios entre personas de culturas diferentes. El amor vence los miedos y nos hace descubrir dimensiones que nunca hubiéramos soñados encerrados en esta especie de endogamia que son los nacionalismos con esa creencia estúpida de la supremacía del hombre blanco. La Iglesia es la institución más globalizada y con más experiencia de lo que sería una auténtica globalización de la compasión y no simplemente de la miseria.
La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ninguna de ellas, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados

