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Haced lo que Él os diga

16 de enero de 2022 – 2 Domingo del Tiempo Ordinario

La situación de crisis provocada por la pandemia con sus consecuencias económicas y sociales nos está interpelando y no podemos cruzarnos de brazos y seguir viviendo como hasta ahora en el dulce bienestar de la sociedad de consumo. La Iglesia sinodal quiere caminar con nuestro mundo y está a la escucha de los signos de los tiempos. Probablemente la Virgen María, modelo de la Iglesia, al contemplar nuestro mundo, le seguirá diciendo a Jesús: no tienen vino, no tienen vacunas, no tienen casa, no tienen país donde refugiarse, son emigrantes, no tienen para pagar tal y tal factura, no tienen para llegar a final de mes (Jn 2,1-12).

María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando.

El Beato Chaminade ha meditado detenidamente este evangelio y ha descubierto en él la misión de la Familia Marianista. Se trata de hacer lo que Él diga.  «Haced todo cuanto él os diga (Jn 2,5); es decir, Haced cua­lquier cosa que os mande, aunque parezca extraña a la ra­zón. Es como si María les dijera: Tened fe en El. Pues bien, tales son también las palabras que nos dirige la Virgen a nosotros que somos sus hijos: haced todo cuanto mi Hijo os diga. Pero ¿cómo nos hablará Jesucristo? Por la fe: escuchemos lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El espíritu de la Familia Marianista es un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe».

Es la fe la que nos permite descubrir lo que el Espíritu está diciendo a la Iglesia a través de las provocaciones de los acontecimientos actuales. Detrás de las estadísticas de la pobreza en el mundo y en nuestro país,  están los rostros concretos de personas sufrientes y dolientes a través de las cuales Dios nos interpela: “Dónde está tu hermano?”. La tentación hoy día es la de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestras butacas.

Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar.

Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado  completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Cuada uno tiene su puesto en la Iglesia según los dones que ha recibido. La celebración de la eucaristía hará que nuestra fe no se quede sólo en lo ritual sino que saldremos de ella dispuestos a hacer lo que Jesús nos haya dicho.

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Eres mi Hijo Amado

9 de enero de 2022 – El Bautismo del Señor

Son ya muchos los padres que fueron cristianos y dicen que ya no lo son y  por eso no bautizan a sus hijos. Consideran que es mejor que estos, cuando sean conscientes, decidan bautizarse o no. Más o menos están convencidos de que el bautismo no sirve para nada. No hay ninguna diferencia entre creyentes o no creyentes. Hay simplemente personas buenas y personas malas, tanto entre los creyentes como entre los no creyentes. Todo depende de lo que que uno haya decidido ser. En cierto sentido es verdad. Hayan decidido los padres o lo hagan ya los hijos el bautismo es solo el comienzo de un proceso. A lo largo de toda la vida, cada uno de los bautizados tiene que ir asumiendo plenamente el significado del propio bautismo. Eso es verdad también del que se bautiza de adulto. Durante toda su vida tiene que tratar de asimilar y vivir lo que significa haber sido bautizado en Cristo Jesús.

El bautismo es un sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar. El bautismo de Jesús en el Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina manifestaba claramente su contenido. Con la inmersión en el río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua salía una persona nueva, transformada por el Espíritu de Dios (Lc 3,15-22). Todos los que habían experimentado esa transformación formaban la comunidad de los salvados.

Hasta entonces Jesús había vivido al lado de su madre en Nazaret dedicado a su profesión de artesano. Llamativamente no se había casado, sin duda porque intuía que algo nuevo estaba ocurriendo que iba a cambiar totalmente su vida. Cuando oyó a Juan Bautista hablar de la venida del Reino de Dios, vio claramente que su vida tenía que estar al servicio del Reino y que no podía dedicar su tiempo a una familia y a una profesión.

La venida del Espíritu Santo sobre Jesús inaugura la llegada de los tiempos definitivos y hace de Jesús el profeta de esa nueva era, marcada por la venida del Reino de Dios. Jesús se hace el mensajero de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que anunciaban ya de antiguo los profetas (Is 40,1-5.9-11). Se realiza así la promesa de la irrupción de Dios en la historia. El Señor viene con poder a ejercer su realeza, su dominio sobre Israel y sobre todos los pueblos. Él va a instaurar la justicia y el derecho. Jesús, ungido con el Espíritu, tendrá una fuerza especial para poner su vida al servicio de la causa del Reino.

También el bautismo cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. En el bautismo lo expresamos mediante las tres renuncias, formuladas de manera tradicional como el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de Jesús. Al salir del agua somos una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros, como gusta decir el Papa Francisco, “discípulos misioneros”,  miembros de un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Se nos  vistió un vestido blanco para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios. Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras vidas.

A través del bautismo acogemos la bondad de Dios y su amor al hombre manifestados en el acontecimiento de Cristo Jesús (Tit 2,11-14;3,4-7). Nosotros no habíamos hecho nada para merecerlos. Ha sido un regalo de su misericordia. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento, realizado en el bautismo, es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Renovemos hoy con gozo nuestras promesas bautismales, que comportan un compromiso a favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que se opone a él.

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Dónde encontrar a Jesús

6 de enero de 2022 – Epifanía del Señor

En este tiempo de crisis sanitaria y económico social, la fiesta de los Reyes Magos nos recuerda que todo en nuestra vida es don, todo es gratuidad. Jesús es el gran regalo del Padre a la humanidad. Él es el que abre siempre un futuro para el hombre, también hoy día. También el pueblo de Dios en momentos de crisis se puso a soñar su futuro y se lo imaginó de color de rosa (Is 60,1-6). Probablemente le sirvió para endulzar las amarguras del presente. Imaginó una movida de pueblos que orientaban sus pasos hacia Jerusalén como el lugar donde encontrar a Dios y proclamar sus maravillas.

Los magos se pusieron en camino cargados de tesoros para encontrarse con el recién nacido rey de los judíos. Abrigaban la esperanza de que también la familia de ese rey intercambiaría con ellos sus regalos (Mt 2,1-12). Aparentemente la experiencia debió ser de lo más frustrante. En la capital y el palacio del rey no sabían nada de ese nacimiento. Los letrados y los sumos sacerdotes orientaron su atención hacia una pequeña aldea, Belén. Las expectativas de encontrar a alguien importante debieron verse bastante rebajadas. La realidad que descubrieron debió ser decepcionante, una simple casa, una mujer y un niño. Allí no había palacios, ni guardias, ni porteros ni criados.

Y, sin embargo, los magos no cambiaron su proyecto inicial. No dijeron: apaga y vámonos. Así que debieron considerar realizadas sus esperanzas. Ellos abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos. No se sabe qué es lo que María les daría. Pero algo cambió en ellos en aquel encuentro, por eso regresaron por otro camino. Les importaba ya poco el rey de los judíos que estaba en Jerusalén.  Sin duda recibieron el don de la fe, que es el gran regalo que Jesús nos hace junto con el don de la vida.

La fe es una búsqueda de Dios. Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos. Muchas veces nos dejamos seducir por los mensajes de la cultura dominante. Ésta nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero si uno se aventura por esos caminos, la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista. No es por ahí por donde se puede encontrar a Jesús.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se pierden la oportunidad de encontrarse con el Salvador (Ef 3,2-6).

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Ofrezcamos al Señor en esta eucaristía nuestra sed de Dios. Él será feliz de poder calmarla. Esa sed de Dios es sed de justicia, sed de su Reino de paz y amor.

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El Verbo se hizo carne

2 de enero de 2021 – 2º Domingo después de Navidad

La encarnación y nacimiento del Hijo de Dios caracterizan la fe cristiana. Es, sin embargo, sorprendente que, en un país como la India, también musulmanes, hinduistas y budistas se asocian a la celebración de la Navidad. Es un misterio que habla al corazón del hombre y ayuda a comprender el misterio del hombre, llamado a la fraternidad universal. La encarnación del Verbo manifiesta la verdadera vocación y dignidad del hombre, ser hijo de Dios.

En todas las religiones hay lo que los Padres llamaban “semillas del Verbo”. Es el Verbo el que ilumina a todo hombre (Juan 1,1-18). En todas las religiones hay elementos de verdad y ninguna religión, ni siquiera la cristiana, agota el misterio de Dios. Por eso los últimos papas han favorecido el diálogo religioso, no sólo como camino hacia la paz, sino también hacia la verdad de Dios y del hombre. Las religiones auténticas son amigas de la paz. El peligro está en que grupos politizados utilicen la religión para sus fines promoviendo incluso el terrorismo. Por eso es necesario que las religiones se abran las unas a las otras desde el respeto mutuo de las creencias de las demás.

Por la encarnación, la humanidad ha entrado en el ámbito de Dios. Dios es un Dios de hombres. Pero también Dios ha entrado en la realidad humana. El hombre es un hombre de Dios y para Dios. Podemos reconocerlo o negarlo, pero la realidad es esa. Las religiones nos lo recuerdan. El misterio del hombre sólo se puede entender a partir de Dios que, según la fe cristiana,  se nos ha manifestado definitivamente en la persona de Cristo.

Dios ha querido habitar con los hombres (Sir 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo. (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo ha podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano sino, al contrario, de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. Cuando uno en el silencio y en la reverencia de lo sagrado entra en su santuario interior del corazón, descubre no sólo que allí está Dios sino que su ser de hombre está creado a imagen de Dios. Descubre que los deseos infinitos de felicidad que existen en su corazón sólo se pueden satisfacer con el encuentro personal con alguien que nos ama incondicionalmente desde toda la eternidad y por eso nos ha traído a la existencia. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos asimila a sí y hace de nosotros un solo Cristo para gloria de Dios Padre.

 

 

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El Señor te conceda la paz

1 de enero 2022- Santa María, Madre de Dios

Os deseo a todos un Feliz Año 2022, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Todos queríamos dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. La crisis sigue y amenaza este nuevo año. Empezamos el Año 2022 con más contagiados que nunca. El año 2021 ha sido una año malo, pero quizás hayamos aprendido alguna lección nada agradable que puede, sin embargo, cambiar nuestra vida: Todos estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o perecemos todos. Es difícil admitir que no podemos seguir viviendo como vivíamos. Desde el comienzo de la pandemia el Papa Francisco ha recordado que la cultura del consumismo es insostenible y además inhumana. Es una cultura contra la vida. Necesitamos cultivar una cultura del amor, de la fraternidad y de la cercanía a todos los hombres. Necesitamos una cultura del cuidado de nosotros mismos, de los demás y de todo el planeta. Una de las exigencias, sin duda, es la vacuna gratuita para todos, no solo para los países ricos.

Es también el tema que el Papa Francisco ha elegido para el tradicional Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz con el lema Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera. Todavía hoy, el camino de la paz permanece desafortunadamente alejado de la vida real de muchos hombres y mujeres y, por tanto, de la familia humana, que está totalmente interconectada. En cada época, la paz es tanto un don de lo alto como el fruto de un compromiso compartido, alcanzado a través del diálogo.

Todo diálogo sincero, aunque no esté exento de una dialéctica justa y positiva, requiere siempre una confianza básica entre los interlocutores. Debemos recuperar esta confianza mutua. La actual crisis sanitaria ha aumentado en todos la sensación de soledad y el repliegue sobre uno mismo. La instrucción y la educación son las bases de una sociedad cohesionada, civil, capaz de generar esperanza, riqueza y progreso. Desgraciadamente aumentan las inversiones en armamento y disminuyen en educación. El trabajo es la base sobre la cual se construyen en toda comunidad la justicia y la solidaridad. Por eso, no debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se dañaría a sí misma.

La fiesta de Santa María, Madre de Dios, sigue siendo como la Navidad, ante todo la fiesta de la vida (Lc 2,16-21). Una vida confiada a los cuidados de los hombres y mujeres. Una vida que debe ser protegida desde su concepción hasta el momento final. Una vida siempre amenazada por el egoísmo humano y las tendencias destructoras que residen en el corazón del hombre y que se pueden desbordar cuando son manipuladas por las ideologías políticas.

María, Madre de Jesús, que es el Hijo de Dios, nos enseña a mirar al hombre concreto, al hombre sufriente y doliente que las ideologías consideran un número dentro de la nación, el pueblo, el estado. La verdad del hombre es siempre una verdad concreta, con un nombre propio, con un rostro único e  irrepetible, que traduce el rostro humano de Dios manifestado en Cristo Jesús. De la misma manera que los padres dan un nombre al hijo antes de nacer, Jesús fue llamado con ese nombre ya en el momento de la Anunciación. María es la puerta que abre este nuevo año y que nos introduce siempre en el Reino, porque Ella nos lleva siempre hacia Jesús. Que Ella nos acompañe a lo largo de todo este año y nos conceda la Paz y la Felicidad.

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Tu padre y yo te buscábamos

26 de diciembre de 2021 – La Sagrada Familia

 

 Estamos viviendo el «Año Familia Amoris Laetitia», que durará hasta el 26 de junio 2022. La familia ha sido el gran regalo de Dios a la humanidad, por eso el mismo Dios ha querido nacer en el seno de una familia humana. La familia no es monopolio de los cristianos. Ella es la célula de la sociedad donde se acoge la vida y se forma a las personas. La Iglesia ofrece hoy diversas posibilidades de lecturas. Aquí yo he escogido unas concretas de entre  las propuestas.

Cada vez se experimentan mayores dificultades en la educación de los hijos. La culpa se le echa muchas veces a los padres acusándoles de que les consienten todo. Otras veces se dice que la escuela ha dimitido de su misión. En general estamos tentados de educar a los niños en los mismos valores que nosotros consideramos ahora importantes, pero los niños vivirán en otro mundo distinto al de ahora. Es verdad que los grandes valores no pasan nunca, pero la manera de vivirlos está cambiando constantemente.

A José y María se les confió la educación de Jesús. No debió ser fácil precisamente porque se trataba de un niño especial, aunque las cosas parecían desarrollarse con toda normalidad. Se sirvieron de sus pequeñas luces de personas religiosas no estudiadas pero que tenían una cierta familiaridad con la Palabra de Dios escuchada en la sinagoga y meditada en el corazón. José y María sabían que ese niño venía de Dios, pero todo parecía tan normal que casi lo olvidan. Cuando Jesús a los doce años se queda en el templo y se justifica diciendo que debe ocuparse de las cosas del Padre, no entienden lo que les quiere decir (Lc 2,41-52). Pero respetan la decisión del muchacho y no reaccionan violentamente.

Los padres aprenden a ser padres poco a poco. Al principio es difícil adaptarse a ese nuevo miembro que ha irrumpido en la familia y que solicita toda la atención de los padres. Normalmente los padres jóvenes solicitan el consejo de sus padres. José y María debieron aprender de la tradición de su pueblo a ser padres. El ejemplo de Ana, que nos propone la primera lectura, es elocuente (1 Sam 1,20-22.24-28). Ella reconoce que su hijo es un don de Dios y por eso pertenece a Dios. Los padres hoy día no debieran olvidar esa verdad. Los hijos no les pertenecen totalmente. Son los padres los que pertenecen a los hijos, sobre todo hasta que lleguen a poder desenvolver la propia vida. No se debe utilizar a los hijos para realizar aquello que nosotros no hemos podido hacer. Debemos prepararlos para que puedan realizar el plan de Dios sobre ellos.

Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, el misterio del hombre, el misterio del amor. Por eso ha empezado experimentando el amor en el seno de una familia. Se ha sentido deseado, amado y acogido ya antes de nacer. María y José dejaron sus planes personales para acogerlo a él como el gran don del Padre. Ese amor incondicional de sus padres le marcó para toda su vida y le preparó para poder hablar de Dios desde la experiencia vivida. Tan sólo con el paso de los años comprendemos lo que han sido nuestros padres para nosotros. Saber lo que significa ser hijo de Dios, tan sólo lo experimentaremos en plenitud cuando lleguemos a la casa del Padre (1 Jn 3,1-2.21-24).

Son los valores del Evangelio los que dan sentido a la familia humana e impiden que ésta se convierta en un egoísmo a dos o egoísmo a tres. Sólo abriéndonos a la perspectiva de la familia de Dios que es la Iglesia, nuestras familias humanas descubren su misión en el mundo: hacer presente a Jesús para construir el Reino. Que la celebración de esta eucaristía sea ante todo una celebración agradecida a Dios por el regalo de nuestras familias.

 

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Os anuncio una gran alegría

25 de Diciembre de 2021 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

Desgraciadamente tampoco este año la Navidad transcurre en la antigua normalidad a la que estábamos acostumbrados, rodeada de fiesta, reuniones de familia, juergas con los amigos. La primera Navidad sucedió en la pobreza, que en aquellos tiempos era la tónica dominante (Lc 2,1-20). Todo parecía desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. Pero ese acontecimiento pertenece a la historia mundial del imperio romano donde los poderosos hacen y deshacen a su antojo, y por supuesto a su favor. No les importa que los pobres tengan que pagar las consecuencias y salir de la tranquilidad de sus hogares. Tampoco la celebración de Navidad de este año va a cambiar la vida de tantas personas que han caído en la pobreza por falta de trabajo y se han visto desahuciadas y han tenido que buscar cobijo donde han podido. El drama de la Sagrada Familia buscando posada sigue todavía en nuestro mundo.

El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones casi infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada. Pero todos comprendemos que gracias a esa pobreza Jesús pudo solidarizarse con todos los hombres de la tierra, la mayoría de los cuales vive en pobreza.

Por eso el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia, pero la pobreza nos hace a todos hermanos. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

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María se puso en camino

19 de diciembre de 2021 – Cuarto Domingo de Adviento

Estamos preparando el futuro Sínodo de los Obispos sobre «La sinodalidad de la Iglesia». Queremos caminar juntos con nuestros pastores, pero también con todos los hombres de nuestro mundo. También María se puso en camino para visitar a su prima. María personifica esa Iglesia en salida, hacia las periferias de nuestro mundo. Los hombres no solo viajamos hacia los lugares turísticos sino que vamos también muchas veces hacia nuestro pequeño pueblo de origen. Pueblos anónimos como el que habitaba su prima Isabel. Pueblos poco conocidos como el de María de Nazaret, o en el que nació Jesús.  La aldea de Belén había salido del anonimato gracias a que en ella nació el rey David. Pero aún así continuaba siendo una aldea pequeña al decir del profeta (Miq 5,1-4). A pesar de todo, allí iba a nacer el Mesías de Israel. Eso cambiará la suerte de esa aldea y pasará a ser conocida de todos en la historia cristiana. También Jesús hizo su salida del seno de la Trinidad para venir a la periferia de nuestro mundo, en el seno de una familia pobre y desconocida. No es uno de esos héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos.

Los pobres se echan una mano entre los familiares, porque no pueden permitirse el lujo de tener criados. Los pobres y sencillos saben percibir la grandeza de los gestos más pequeños. Isabel descubre inmediatamente que su prima María lleva en su seno a alguien que es más importante. Esa prima es ahora la Madre de mi Señor.  La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45). Pero el gran regalo que María hace a Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.

Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.

La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza,está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo hará partícipe de su vida. Dio se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

El hombre, como María, tiene que acoger a Dios con fe en su vida. La historia de la salvación es una historia de fe. Es la historia de unos hombres y mujeres que intentan seguir el ejemplo de Abrahán y el ejemplo de María. Abrahán, fiado de la promesa de Dios, abandonará su patria y su familia y se pondrá en camino. También María, habiendo acogido la promesa de Dios, se pondrá en camino. Cuando uno ha experimentado una gran alegría no se la puede guardar para sí sino que corre a comunicarla a los familiares y amigos. Que María nos ayuda  a acoger con fe a Jesús en esta eucaristía y nos prepare al encuentro con Él en la Navidad.

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