• Los santos de la puerta de al lado

    Categoría:

    1 de noviembre 2026 – Todos los Santos

    La tragedia del accidente de trenes de este miércoles, 28 de octubre, nos ha sumido a todos en el dolor y la consternación. Nuestras lágrimas se suman a las de Dios Padre bueno al ver el sufrimiento de sus hijos. El número de víctimas es elevado, las familias afectadas son numerosas. Hacia ellas van nuestro afecto y nuestras oraciones en esta fiesta de Todos los Santos, un día antes del recuerdo de Todos los Difuntos. Como en la mayoría de estas tragedias, las víctimas son los santos de la puerta de al lado que mencionaba el Papa Francisco. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero hacen bien lo que hacen. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo, a vivir el amor con todo el corazón.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos. Mientras muchos en la Iglesia creían que después de la Revolución Francesa no había nada que hacer, Chaminade supo descubrir las oportunidades que la nueva época le ofrecía. Se podía finalmente volver al cristianismo primitivo en el que, según él, todos eran santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3), trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.


  • El amor lo es todo

    Categoría:

    25 de octubre de 2026 – 30 Domingo Ordinario

    Cuando se habla del amor, todos los corazones, desde los adolescentes hasta los ancianos, empiezan a palpitar fuertemente. Como san Agustín, todos deseamos amar y ser amados. Y no cabe duda de que el amor, incluso en las manifestaciones más elementales, cambia la vida de las personas.

    El amor no es monopolio de los creyentes sino que ha sido puesto por Dios en el corazón de todas las personas. ¿Por qué Jesús ha hecho del amor el mandamiento más importante y principal ? ¿No es algo puramente espontáneo y natural? Sin duda, si reducimos el amor un sentimiento pasajero de amar al que nos ama. En ese sentido nuestro amor es siempre una respuesta. Pero los sentimientos pasan. Y Dios quiere que recordemos y no olvidemos que Él nos ha amado primero.

    El amor hay que ponerlo más en las obras que en los sentimientos y las palabras. Se trata, ante todo, de querer y hacer el bien a la persona amada con la que crea una unión. Por eso se nos pide un amor total, a Dios, con todo nuestro ser y con todo lo que tenemos. (Mt 22,34-40). Se supone, sin duda que ese Dios es alguien con el que uno está familiarizado y es el que ha liberado a Israel de Egipto y ha hecho alianza de amor con su pueblo. Un Dios, que nos ha mostrado su amor entregándonos a Jesús para nuestra salvación.

    Mientras el hombre actual se coloca a sí mismo en el centro de todo, el hombre religioso de todos los tiempos ha hecho de Dios el centro de su existencia. Sólo Dios es el absoluto, que exige abandonar los ídolos (1 Tes 1, 5c-10). Los hombres, yo o los demás, y las cosas nos situamos en relación con Dios. Somos relativos. Por eso el mandamiento principal es el “amar a Dios”, lo cual implica orientar hacia El todo lo que existe, personas y cosas. Este amor a Dios es una relación que brota de la alianza entre Dios y el hombre, vivida por el pueblo de Dios. En esta alianza es Dios el que ha tenido la iniciativa. Nuestro amor es una respuesta al que nos amó primero.

    Lo más original de la respuesta de Jesús es que no cita solo el mandamiento principal sino que menciona  dos mandamientos, uno semejante al otro. Lo que Jesús ha unido no lo separemos los hombres. La alianza con Dios crea también unas relaciones entre los miembros del pueblo de Dios. Son también unas relaciones de amor. Los miembros del pueblo se pertenecen unos a otros. No se pueda practicar la exclusión del extranjero, de la viuda, del huérfano, del pobre. El amor a Dios se expresa en unas relaciones concretas con el prójimo, empezando por el más cercano y necesitado y abriéndose a todo hombre (Ex 22,20-26).

    En esas relaciones de amor, no se excluye el amarse a sí mismo aunque sin caer en el egoísmo. Sólo una persona que se ama, porque se siente amada por Dios, es capaz de amar a los demás, que también son amados por Dios. Amar al prójimo como a sí mismo significa amarlo mucho, porque uno se ama mucho a sí mismo, y porque Dios lo ama mucho. El amor es la clave de comprensión de toda la Escritura, de la Ley y los Profetas, que tratan de explicitar las exigencias del amor en las diversas situaciones de la vida. En realidad la Escritura, como historia de la salvación, es esa gran novela del amor de Dios, con sus alegrías y frustraciones. Ese amor se derrama a raudales cuando Dios en Jesús se hace Eucaristía y sella la nueva alianza en su sangre.


  • Uno en Cristo, unidos en la misión

    Categoría:

    18 de octubre de 2026 – 29 Domingo Ordinario

    En nuestro país hoy día la mayoría considera normal la separación de la Iglesia y el estado.  Es verdad que para algunos separación significa oposición y en último término imposición de uno de los dos. Pero en general se busca la colaboración al servicio de los ciudadanos, sobre todo de los más pobres. Más difícil es en el estado la separación de poderes poder político, judicial y económico. Jesús se vio atrapado en una realidad en la que se confundían todos los poderes, religioso, político, judicial y económico, y en el fondo todos estaban para exprimir al pueblo. Fue precisamente Jesús el que abrió una brecha en aquella sociedad, que al final lo condenará a muerte.

    En la cuestión de los impuestos, Jesús no cayó en la trampa que le tendían, aunque su respuesta era claramente subversiva para el que quisiera entender, y probablemente los fariseos y herodianos comprendieron muy bien lo que Jesús decía y al final le pasarán la factura. Jesús no entra en la cuestión concreta de los impuestos (Mt 22,15-21). Va a la raíz de lo que está pasando con su pueblo en el momento de la ocupación romana. Es un poder impuesto por la fuerza, que ha usurpado el señorío de Dios sobre su pueblo. Es un poder que no respeta el mandamiento de no hacer imágenes ni de Dios ni del hombre y que mediante ellas hace omnipresente al emperador, como si fuera un Dios. Jesús no puede aceptar que un poder puramente humano desplace al único que tiene derecho sobre su pueblo que Dios liberó de Egipto.

    Al mismo tiempo que denunciaba aquel poder blasfemo, acusa también a sus cómplices judíos, a las autoridades de su tiempo, que se aprovechan de la situación, sin hacer ascos al dinero romano con el que pagaban el tributo. Las autoridades religiosas no podían tolerar la libertad con la que actuaba Jesús y lo entregaron al poder romano para que lo crucificara.

    Jesús cuestiona el aparato político y religioso que utiliza a Dios para sus propios intereses, a los que es inmolado el pueblo fiel. Trata de situar al poder político y religioso en su sitio, sin que eso signifique que sean una esfera independiente de Dios (Is 45.1,4-6), en la que uno puede hacer lo que le da la gana, sobre todo con el dinero. Para Jesús, también el dinero debe ser administrado según el plan de Dios, es decir al servicio de los más pobres.

    Hoy es el Día de las Misiones. En su mensaje «Uno en Cristo, unidos en la misión», el Papa León nos invita a ser discípulos misioneros unidos en Cristo y con los hermanos. Ser cristianos no es ante todo un conjunto de prácticas o ideas; es una vida en unión con Cristo, en la que participamos de la relación filial que Él vive con el Padre en el Espíritu Santo. De esta unión brota la comunión recíproca entre los creyentes y nace toda fecundidad misionera. La comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión. La misión evangelizadora, que Cristo confió a sus discípulos, requiere ante todo corazones reconciliados y deseosos de comunión. En esta perspectiva, será importante intensificar el compromiso ecuménico con todas las Iglesias cristianas.

    Ser “uno en Cristo” nos llama a mantener siempre la mirada fija en el Señor, para que Él sea verdaderamente el centro de nuestra vida personal y comunitaria, de cada palabra, acción y relación interpersonal, de modo que podamos decir con asombro: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20).

    El anuncio del Evangelio es siempre una acción coral, comunitaria, sinodal (Papa Francisco). Por eso, estar unidos en la misión significa custodiar y alimentar la espiritualidad de comunión y colaboración misionera. Al crecer cada día en esta actitud, aprendemos con la gracia divina a mirar cada vez más a nuestros hermanos y hermanas con ojos de fe, a reconocer con alegría el bien que el Espíritu suscita en cada uno, a acoger la diversidad como riqueza, a llevar las cargas los unos de los otros y a buscar siempre la unidad que viene de lo Alto.

    Si la unidad es la condición de la misión, el amor es su esencia. La Buena Nueva que estamos enviados a anunciar al mundo no es un ideal abstracto; es el Evangelio del amor fiel de Dios, encarnado en el rostro y en la vida de Jesucristo. La misión de los discípulos y de toda la Iglesia es la prolongación, en el Espíritu Santo, de la misión de Cristo; una misión que nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor.

    Los misioneros han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. Que Él nos conceda el don de jóvenes y adultos dispuestos a dejarlo todo para seguir a Cristo en el camino de la evangelización hasta los confines de la tierra. Apoyémoslos con nuestra oración y nuestra limosna misionera.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo