• Vivían todos unidos

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    12 de abril de 2026 – Segundo Domingo de Pascua

    La crisis actual, provocada por la pandemia y por las guerras, nos ha hecho experimentar que todos vamos en el mismo barco y que dependemos los unos de los otros. En este momento necesitamos comunidades cristianas acogedoras, que se solidaricen con los más necesitados, en las que se viva el perdón y se descubra al Espíritu, que nos urge a la misión para transformar nuestro mundo.

    Tan sólo en comunidad se puede hacer la experiencia del Señor resucitado, superando la tentación de escepticismo que amenaza a los individuos desarmados ante las realidades sociales. También los discípulos tuvieron miedo a ser víctimas de ilusiones y cuentos. El Apóstol Tomás, en nombre de todos, pidió un encuentro personal con el Resucitado, sin fiarse de lo que los demás le contaban (Jn 20,19-31).

    Jesús se dejó encontrar personalmente por Tomás y quiere que también cada uno de nosotros lo experimentemos vivo en nuestras vidas. El que Jesús proclame felices a aquellos que han creído sin haber visto no significa que la fe no sea una verdadera experiencia religiosa. En la vida hay muchas experiencias que no se reducen a ver y tocar. ¿De qué tipo de experiencia estamos hablando?

    La experiencia del Resucitado tiene tres dimensiones, una objetiva, otra subjetiva y otra comunitaria. No se pueden separar unas de otras. Es una experiencia objetiva en el sentido de que no la fabrico yo sino que me es dada. Es el Señor el que se hace encontrar y nos da la fe para reconocerlo. Mediante la fe acontece un encuentro verdaderamente personal que pone en juego toda mi persona. Este elemento personal ha sido unilateralmente separado por la cultura moderna, que reduce todo a una experiencia subjetiva individualista. Cada uno trata de encontrar ante todo consuelo en el encuentro con Jesús y solución para sus problemas. De esa manera hemos vivido un cristianismo demasiado intimista que no incide en la transformación del mundo.

    La transformación del mundo es obra no de una persona sino de la comunidad humana. Tenemos que recuperar para nuestra fe la dimensión comunitaria, que tuvo al principio, y que hizo que las comunidades cristianas cambiaran la historia humana o al menos indicaran en la dirección en que debe ser cambiada. Los primeros cristianos crearon unas comunidades alternativas a las existentes en el imperio romano.

    Lo que más llamó la atención es que estaban muy unidos y compartían los bienes, vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según lo que necesitaba cada uno” (Hech 2, 42-47). Los cristianos, siguiendo a Jesús, cuestionaron uno de los pilares del mundo antiguo: la propiedad privada. Las propiedades no están simplemente para transmitirlas a los hijos sino que están al servicio de los necesitados.

    Hoy día necesitamos comunidades creíbles en las que sea posible el encuentro con el Resucitado. Tomás sólo se encontró con Jesús cuando se integró en la comunidad. El Beato Chaminade quería ofrecer al mundo “el espectáculo de un pueblo de santos”, pues hoy día no basta la santidad individual. Son necesarias numerosas comunidades portadoras de esperanza que viven la alegría de la salvación (1 Pedro 1, 3-9). Por eso fundó la Familia Marianista formada por religiosas, religiosos, laicos y miembros de un instituto secular. Que la celebración de la eucaristía nos lleve a construir comunidades cristianas en las que se pueda hacer la experiencia del Señor Resucitado.


  • Ha resucitado

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    5 de abril de 2026 – Vigilia Pascual de la Resurrección

    Hay reuniones de familia en las que hacemos memoria de la historia familiar. Esta noche leemos algunos momentos más significativos de esa historia del amor de Dios a favor de su pueblo. Todo empezó con la creación, inicio de esa historia y momento de gracia, porque Dios crea al hombre a su imagen y semejanza para poder compartir con él su vida divina (Gn 1,1-2,2). La resurrección de Jesús inaugura la nueva creación en la que todo el universo será transformado y adquirirá la plenitud a la que Dios lo tenía destinado. No sólo el hombre sino la creación entera son redimidas por la resurrección de Cristo.

    Ninguno de los evangelios narra propiamente lo que pasó en el momento de la resurrección. Todos utilizan un lenguaje eminentemente simbólico, el único que puede unir el tiempo y la eternidad. Mateo es el único que aparentemente intenta una explicación del hecho (Mt 28,1-10). Lo presenta como una intervención de Dios en la historia mediante la figura de un ángel, que provoca una especie de terremoto al correr la piedra de la entrada del sepulcro.

    Ante la acción divina, tanto los guardias como las mujeres quedan presos de pánico. El ángel trata de tranquilizar tan sólo a las mujeres, que son las destinatarias del mensaje celeste. Se proclama el mensaje cristiano: el crucificado, que buscan las mujeres, no está allí sino que ha resucitado, según lo había anunciado. Es, por tanto, un hecho que no debiera sorprenderlas. Ellas mismas pueden constatar que no está en el sitio donde yacía.

    El ángel confía a las mujeres el anuncio de la resurrección a los discípulos. Éste contiene no sólo el hecho de la resurrección sino también su interpretación. Jesús tiene de nuevo la iniciativa. El resucitado, presente en la historia, les da cita en Galilea para encontrarse con ellos allí. También las mujeres deben recordar a los discípulos que todo esto había sido ya anunciado por Jesús y, por tanto, es la confirmación de sus palabras.

    Las mujeres, impresionadas y llenas de alegría, corrieron a dar la buena noticia a los discípulos. Para ellas había sido suficiente el escuchar el anuncio de la boca del ángel. Pero, de pronto, van a tener la confirmación al ver a Jesús que vino a su encuentro. Su saludo es una invitación a la alegría, como en otras apariciones es un deseo de paz. Paz y alegría es el saludo cristiano, fruto de la buena noticia de la resurrección del Señor.

    Las mujeres, postrándose ante Él y abrazándole los pies, muestran su temor reverencial ante su persona. Por eso Jesús tiene que tranquilizarlas. Les da el mismo encargo que el ángel para sus discípulos, aquí llamados “hermanos”; les cita en Galilea. ¿Por qué en Galilea? Jesús había empezado su ministerio en Galilea. Allí había llamado a sus discípulos. La muerte había interrumpido aparentemente su misión. Ahora les va a mostrar que la misión continúa, porque Jesús sigue vivo. Jesús está vivo y eso es lo que hace que su Evangelio siga siendo una fuerza de salvación para el que cree en él, en Jesús. Que en la celebración de la eucaristía experimentemos la presencia del Señor resucitado que nos envía a anunciar esta Buena Noticia.


  • Mirar al crucificado

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    3 de abril 2026 – Viernes Santo

    Creyentes y no creyentes vivimos en el mismo mundo y compartimos los mismos problemas, sobre todo estas guerras absurdas. Cada uno tratará de encontrarle sentido a esta prueba a partir de sus convicciones o considerará simplemente que es una manifestación más de la falta de sentido de la vida. Para los creyentes, el Señor crucificado  constituye el centro de nuestra fe, hecho escandaloso que no debemos traicionar silenciándolo. Nosotros creemos que participando en su Pasión tendremos parte también en su Resurrección.

    Hoy escuchamos de nuevo la historia de su pasión. San Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Mateo, que escuchábamos el Domingo de Ramos, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Pero su poder es el del servicio, el de dar la vida a favor de los demás. Es un servicio que, como insistía el papa en el inicio de su pontificado, que se hace cargo de los demás, que cuida con ternura no sólo a  los hombres sino también a toda la creación.

    En la narración de Juan, Jesús ya no es simplemente la víctima pasiva y silenciosa sino el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades. Jesús es condenado por ser testigo de la verdad, de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. La verdad es siempre incómoda pero se abre siempre camino. También la Iglesia está al servicio de la verdad, no para usarla como instrumento arrojadizo contra los adversarios sino para que ésta se abra paso en el corazón de todo hombre que busca el bien, la verdad y la belleza.

    Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

    En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

    Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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