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¡Felices los pobres en el espíritu!

29 de enero de 2023 – 4 Domingo Ordinario

La guerra de Ucrania ha venido a agravar la crisis económica de los quince últimos años y que se había agudizado con el parón de la productividad causada por la pandemia del Covid 19. Como siempre, en las guerras hay un grupo que se está forrando: los que producen y los que venden armas. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Lógicamente este mundo genera, como dice Francisco, una cultura del descarte. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.

La propuesta de  Jesús en las Bienaventuranzas va por ahí. A algunos les parecerá una propuesta poco atractiva. Es verdad que el ideal del sufridor o perdedor tiene menos atractivo que el de triunfador. Pero quizás habría que pensar en otros términos, en una sociedad de personas felices porque son capaces de hacer felices a los demás.

Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Lo que cuenta no es la pobreza o la riqueza en sí sino el uso que el hombre hace de la riqueza. Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad eclesial, sobre todo de los necesitados.

Lo que cuenta, pues, es el sistema de valores que está en el corazón del hombre y que se traduce en las opciones concretas de cada día. Los valores evangélicos no son un sistema abstracto, producto de una filosofía moral. Son el resultado del encuentro con Jesús y su estilo de vida. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidaridad, en la igualdad, en el compartir. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.

La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.

Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.

 

 

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Está cerca el Reino de Dios

22 de enero de 2023- Tercer Domingo Ordinario

 

La Familia Marianista celebra la fiesta de sus Fundadores, los Beatos Guillermo José (22 de enero), y Adela (10 enero). Ambos fueron personas apasionadas por Jesús y por el Reino. Ambos vieron cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicaron todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

El Reino comporta una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús que comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida. Uno cambia de vida cuando deja de pensar cómo ganar más dinero para consumir más y se preocupa, en cambio, de hacer de todos los hombres la única familia de Dios. Cuando Dios reina, todos somos hermanos.

El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). No quiere ser un grupo selecto aparte sino que quiere colaborar con todos a la renovación de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, necesita cambio, reforma. El Papa Francisco nos está indicando cuál es el camino concreto de ese cambio. Se trata de pasar de una Iglesia en la que la jerarquía lleva la voz cantante y los demás obedecen callados, a una Iglesia sinodal en la que todos caminamos juntos y somos miembros activos y corresponsables en la misión. Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.

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Nuestra fe en Jesucristo

15 de enero de 2022 – Segundo Domingo Ordinario

 

En el origen de la fe cristiana está el encuentro con Jesús. Ya durante su vida pública su persona ejerció una fascinación especial que llevó a sus discípulos a dejarlo todo para irse con él. Compartiendo su vida llegaron al conocimiento de su intimidad. Después los apóstoles trataron de formular en palabras la experiencia que habían hecho, para ser conscientes de lo que había acontecido y para anunciarlo a los demás. Ese seguimiento es la primera formulación de la fe de los discípulos antes de la Pascua. Siguiendo a Jesús reconocían que Dios estaba actuando en Él de manera definitiva para salvar el mundo. Después de la resurrección fue claro para ellos que Jesús era la salvación. Entonces el seguimiento se convirtió en fe en el Resucitado, presente en la comunidad mediante su Espíritu.

Cuando los apóstoles quisieron formular sus experiencias echaron mano de su tradición religiosa. La figura del Siervo del Señor del libro de Isaías les ayudó mucho en su comprensión del misterio de Jesús (Isaías 49,3-6). La tradición judía había visto en el Siervo unas veces una figura individual, otras la realidad del mismo pueblo de Israel.  Esta figura misteriosa es escogida por Dios para hacer presente la salvación no sólo de Israel sino también de todas las naciones. Esa salvación es una luz que ilumina la vida de los hombres. No cabe duda que esa profecía ayudaba a comprender el destino de Jesús y su significado para los pueblos. Jesús no es sólo un instrumento al servicio de la salvación sino que es la salvación misma. En Él, Dios se hace presente, se nos comunica y nos introduce en su intimidad divina.

El evangelio de hoy nos transmite la experiencia del encuentro de Juan Bautista con Jesús (Juan 1,29-34). Nada más verlo, sin necesidad de conocerlo a fondo, Juan descubre la misión salvadora confiada a Jesús: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Jesús va a ser el destructor del pecado y del maligno que lo provoca. Jesús se entregó por nuestros pecados y así quitó el pecado del mundo. Juan parece haber captado la misión de Jesús por lo que ocurrió en su bautismo. Al salir Jesús del agua, el Espíritu de Dios descendió sobre Él. Jesús es, pues, una persona ungida por el Espíritu de Dios para poder realizar su misión. El Espíritu, que es amor, puso en el corazón de Jesús una fuerza tal que es capaz de permanecer fiel a Dios y al mismo tiempo entrar en las realidades más alejadas de Dios, como el mundo de los pecadores, sin traicionar ni a Dios ni a los hombres.

Juan escuchó sin duda la voz del Padre que proclamaba a Jesús su hijo amado. Jesús es el Hijo de Dios y por eso es capaz de introducirnos en la intimidad del Padre, haciendo que participemos de su condición de hijos. En Jesús encontramos la manera de acercarnos al Padre y de tener las actitudes filiales correspondientes, ante todo, obediencia y confianza.

También Pablo (1 Cor 1,1-3) nos transmite su encuentro con Jesús resucitado. Pablo se siente llamado por Jesús resucitado que lo hace su apóstol, es decir, su misionero, su enviado. Pero también los creyentes han sido llamados por Jesús y, consagrados por su Espíritu, somos discípulos misioneros. Hemos sido santificados y tenemos como misión consagrar este mundo haciendo presente el Reino de Dios.

Cada uno a lo largo de su vida trata de vivir su fe como un encuentro personal con la persona de Jesús. Pero ese encuentro es una fe proclamada en el seno de la comunidad eclesial que necesita fórmulas que nos ayuden a hacer la misma experiencia. Por eso es tan importante compartir nuestra fe en comunidad y que cada uno pueda expresar lo que significa Jesús para su persona. Jesús es el que nos reúne en Iglesia. Como Juan Bautista y Pablo, la Iglesia continúa anunciando a los hombres que Jesús es la salvación del mundo. Que la celebración de la eucaristía proclame nuestra fe y nuestra adhesión a Jesús de manera que recibamos por Él la salvación y el perdón de nuestros pecados.

 

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Este es mi Hijo

8 de enero de 2023 – El Bautismo de Jesús

Cada vez son más los padres que no bautizan a sus hijos, probablemente porque creen que es una decisión demasiado importante que debe ser tomada por la persona misma. Tampoco en nuestra cultura los padres deciden el matrimonio de sus hijos. Es el estado el que nos obliga a enviarlos a clase, pero cada vez menos los padres les imponen dónde y qué han de estudiar. Ese respeto a la persona es algo de lo que debemos alegrarnos y debemos favorecer. Eso posibilita que haya niños que quieren ser bautizados, aunque a los padres no les agrade mucho.

 En la vida no tenemos más remedio que tomar decisiones e ir eligiendo lo que queremos hacer y ser. Incluso cuando uno no quiere elegir, está ya eligiendo dejarse llevar por la vida, por los demás. Jesús vivió treinta años a la sombra de su madre. No conocemos qué decisiones fue tomando. Una sin duda fue la de no casarse. Pero llegó un momento en que decidió empezar una vida nueva. Dejó a su madre y se fue con los seguidores de Juan el Bautista que anunciaba la llegada del Reino de Dios. Como muestra de la acogida del Reino, se hizo bautizar por el Bautista. De esta manera Jesús se solidariza con la masa de pecadores que busca la conversión para acoger el Reino. En el bautismo Jesús percibió y confirmó la llamada de Dios, su vocación al servicio del Reino.

El bautismo es el rito de paso, un gesto profético, que marca el final de una época y el comienzo de otra: es una muerte y una resurrección. El sumergirse en el agua representa la muerte, el salir de ella la resurrección. El horizonte de la vida nueva es la palabra de Dios Padre: “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto” (Mt 3,13-17). Jesús aparece como el siervo de Yahvé. Dios mismo presenta a su  siervo con el que mantiene una relación especial de predilección y complacencia (Is 42,1-7). Por eso le ha dado su espíritu y le ha encomendado la misión de anunciar el derecho a las naciones, es decir, la verdadera religión, fuente de justicia y de paz. Realizará esa misión curiosamente de una manera muy discreta y suave, sin hacerse notar y sin violencia, desde la propia debilidad.

El Señor que lo ha elegido es el creador y dueño de todo y por eso puede encomendarle una misión universal. Esa misión tiene que ver con la alianza de Dios con su pueblo y con la salvación de los paganos. La elección del siervo es una garantía de que el Señor mantendrá los compromisos asumidos en la alianza con su pueblo y al mismo tiempo los extenderá a todas las naciones. En último término se trata de una misión de liberación, en primer lugar de su pueblo, que está en el destierro, en segundo lugar, liberación de los paganos que yacen en sombra de muerte. Queda  ya prefigurado cuál será el camino de Jesús: no un mesianismo político sino el mesianismo del siervo de Yahvé, solidarizado con el pueblo pecador que busca convertirse para entrar en la alianza.

Jesús rechazará los valores del mundo viejo y caduco, que todavía el diablo le propondrá en las tentaciones, y hará suyos los nuevos valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. San Pedro, al resumir  el ministerio de Jesús, que había empezado en el bautismo, dijo que “pasó haciendo el bien, porque Dios estaba con Él” (Hech 10,34-38). El bien se concreta en la curación de los oprimidos por el diablo. Jesús es el exorcista que expulsa al príncipe de este mundo que usurpa el poder de Dios. Cuando Dios reina, ningún otro poder puede reinar sobre el hombre. Jesús es el gran bienhechor de la humanidad. No sólo es el salvador sino la salvación misma, ya que en Él se nos hace presente y se nos comunica Dios mismo.

La Iglesia continúa la acción salvadora de Cristo Jesús a través de la historia. Para cada uno de los creyentes, todo empieza con el bautismo, que nos configura con Cristo muerto y resucitado, nos da la nueva vida del Espíritu, y nos hace pertenecer a la comunidad de los salvados, que es la Iglesia. Esta situación nueva en la que somos colocados exige de nosotros una adhesión personal a Cristo y a su mensaje y una vivencia de los valores evangélicos. Supone un romper con mundo viejo, que continúa viviendo a nuestro alrededor y que sigue proponiendo valores supuestamente nuevos, cuando en realidad son conductas y actitudes muchas veces negativas a las cuales Jesús opuso un no radical. Que la celebración de  esta eucaristía renueve en nosotros la gracia del bautismo y nos haga vivir como verdaderos hijos de Dios, haciendo el bien en nuestro mundo.

 

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Encontraron al Niño con María su madre

6 de enero de 2023 – La Epifanía del Señor

Los hombres han sido constantemente en el pasado, y lo siguen siendo, buscadores de Dios. La creencia de hace unas décadas de una desaparición de la religión, ante los avances de la secularización y de la ciencia, se ha demostrado con el tiempo una ilusión. Repito las palabras del papa Francisco en su mensaje para la Jornada de la Paz: «También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica,  comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz».

Como San Pablo, el papa ha intentado, con sus palabras y sus gestos, ayudarnos a descubrir el misterio (Ef 3,2-3.5-6). Su invitación se dirige también a la Iglesia. Es necesario salir, ponerse en camino hacia los más pobres. Fue lo que hicieron los magos cuando vieron la estrella. Dejaron su torre de observación y si pusieron a seguirla. También la Iglesia tiene que dejar sus torreones en los que se ha atrincherado muchas veces para salir a la intemperie.

¿Cómo buscar a Dios en nuestra cultura secularizada? Ante todo es necesario seguir los deseos  profundos de nuestro corazón, que no se dejan satisfacer simplemente con los bienes de consumo. San Agustín dirá: “nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Hay, pues, que ponerse en camino siguiendo la estrella que brilla en nuestros corazones y no permanecer cómodamente instalados.

Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos (Mt 2,1-12). Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos o queremos que digan lo que la cultura dominante nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero no es ahí donde se puede encontrar a Jesús; la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista.

Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Pero necesitamos a alguien que nos interprete esa Palabra escrita hace más de dos siglos. Es verdad que el gran intérprete de la Escritura es el Espíritu Santo que todos hemos recibido en nuestro bautismo. Él es el maestro interior, pero se sirve de la Iglesia, Madre y Maestra, para ayudarnos en nuestra búsqueda de Dios. Con la Iglesia hoy estamos aprendiendo a leer la Biblia desde los pobres. A los ojos de Dios una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María, su Madre, como gustaba repetir el Beato Chaminade.

Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Sus vidas quedan transformadas. Tendrán que volver a vivir en su país en la monotonía de cada día, muchas veces sin estrellas, pero han regresado por otro camino. Los Herodes y los potentes de este mundo ya no cuentan para ellos. Tan sólo cuenta Jesús en quien han encontrado a Dios.

En la celebración de la Eucaristía, nos encontramos con Jesús, que nos revela al Padre y nos introduce en la intimidad de la vida de Dios. Acojámosle en nuestro corazón, presentémosle el regalo de nuestra vida y compartamos con los demás la alegría del encuentro con Jesús.

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El Señor te conceda la paz

1 de enero de 2023 – Santa María Madre de Dios

 

Os deseo a todos un Feliz Año 2023, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Acabamos de dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. A los problemas existentes causados por el Covid ha venido a sumarse la guerra de Ucrania. Por eso el papa Francisco ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz” Os invito a leerlo y os resumo algunos de sus puntos.

«Seguramente, después de haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica,  comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz».

«Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado».

«Estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades».

Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.

María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. Que la celebración de la eucaristía haga de  nosotros educadores de justicia y  de paz. Feliz Año.

 

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Hoy os ha nacido un salvador

25 de Diciembre de 2022 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

 

En nuestro mundo preocupado por la crisis, irrumpe la gracia salvadora de Dios (Tit 2,11-14). Por un tiempo podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. Con la Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño. Entró en nuestro mundo sin que apenas nadie lo advirtiera. Tan sólo José y María y un grupo de pastores (Lc 2,1-20).

Todo parece desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.

Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

 

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Le pondrás por nombre Jesús

18 de diciembre de 2022 – Cuarto Domingo de Adviento

Los progresos de la ciencia parecen confirmar la ilusión de que el hombre es el dueño de la vida y que puede fabricarla. Conocemos hoy día los mecanismos de la transmisión de la vida, pero no por eso la vida debiera deja de ser un misterio que nos maravilla y que nos desborda y, en último término, es un don de Dios, el primero de sus regalos. Las familias cristiana se abren a la vida, la acogen con amor, la cuidan y acompañan hasta que la persona llegue a su madurez e incluso hasta el final de la vida. Si Dios es el origen de la vida, tampoco podemos disponer de la vida a nuestro antojo, ni al principio ni al final de la vida.

José y María formaban una pareja de prometidos, que todavía no vivían juntos. Sin duda, como todas las parejas de aquel tiempo, soñaban con poder finalmente vivir como esposos y tener hijos. Pero de pronto Dios irrumpió en la vida de María a la que eligió para ser su madre por obra del Espíritu Santo. José de pronto se da cuenta de que María está encinta, pero en un primer momento no conoce el misterio de la concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-24).

José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.

En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador.  José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14).

Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador. La salvación es obra de Dios y el hombre no puede fabricarla con sus recursos. La concepción virginal muestra de manera palpable ese misterio. Jesús no ha sido concebido por obra de varón sino que ha sido recibido y acogido virginalmente por María. Es el Espíritu de Dios el que ha hecho surgir en su seno la vida como una nueva creación. Tampoco el primer hombre nació por obra de varón sino que salió de las manos de Dios.

Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.

 

 

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