1 de febrero de 2026 – 4 Domingo Ordinario
Cuando se anunció el final de guerra entre judíos y palestinos, todos respiramos aliviados. Inmediatamente, sin embargo, nos dimos cuenta de que eso no significaba la paz. Como siempre, en las guerras hay un grupo que se está forrando: los que producen y los que venden armas. Ahora esos grupos quieren reconstruir Gaza expulsando a los palestinos y construyendo en las playas urbanizaciones para ricos. No se piensa en la situación de los actuales habitantes, dejados en la miseria, a los que se les quiere robar sus tierras y expulsarlos de ellas. Y mucho menos se cuenta con ellos para definir el futuro del país.
Fácilmente se ve que esa manera de establecer la paz no es la paz desarmada y desarmante que viene proponiendo el Papa León. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.
La propuesta de Jesús en las Bienaventuranzas se sitúa en la línea de la fraternidad universal ya que todos somos hijos de un mismo Padre. Esa amista social es la que posibilita que todos puedan ser felices. Somos una única familia en la que nos preocupamos por los pobres. Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad, sobre todo de los necesitados.
En las Bienaventuranzas Jesús ha formulado su utopía social que será posible cuando se vivan los valores evangélicos que él encarnó y vivió. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidaridad, en la igualdad, en el compartir. Es la civilización del amor. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.
La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.
Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.

