• Escuchar a Jesús

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    28 de febrero de 2026- Segundo Domingo de Cuaresma

    El tiempo de cuaresma es un tiempo de conversión, o sea, de transformación, ante todo interior, pero también de nuestra conducta. Se trata de transformarnos en Cristo por la participación en su misterio pascual. Para ello el Papa León nos ha invitado a escuchar durante esta cuaresma porque Dios mismo se presenta en la historia de la salvación escuchando los gritos de su pueblo. Eso mismo tenemos que hacer nosotros hoy: escuchar el clamor que surge de las guerras, la violencia, la injusticia, el hambre. Dios prometió la liberación y condujo a su pueblo de la esclavitud al servicio.

    La segunda etapa en nuestro camino hacia la Pascua anticipa el triunfo del Resucitado, que se transfigura ante sus discípulos (Mt 17,1-9). Es a Él al que hay que escuchar. Para vencer las tentaciones, Jesús acudía a la Palabra de Dios. Nosotros tenemos que escuchar la Palabra de Cristo, que es el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne. A través de todas las palabras de Escritura descubrimos la única Palabra, que es el contenido de la revelación de Dios. Esa Palabra es realidad, acontecimiento, fuerza, y sobre todo es una persona. Nuestra vida está orientada hacia una persona y no hacia una realidad abstracta e impersonal. La contemplación del Señor transfigurado nos transformará en él, de la misma manera que Jesús apareció radiante y glorioso cuando estaba rezando al Padre.

    Es en la persona de Jesús en la que descubrimos la meta y el sentido de nuestra existencia. En Él se nos manifiesta claramente la figura del hombre creado a imagen de Dios y que fue deformada por el pecado. Es necesario todo un trabajo de restauración para volver a tener la imagen original. Es Jesús el que ha restaurado esa imagen mediante la acción de su Espíritu. Jesús destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del evangelio (1 Tim 1,8-10). El nos introduce en el amor de su Padre. Tan sólo el amor y misericordioso de Dios puede reconstruir su imagen deformada por nuestro pecado.

    Celebrar el misterio pascual de Cristo es celebrar nuestro propio misterio, descubrir nuestra realidad más profunda. En Jesús se nos aclara el misterio que somos cada uno de nosotros. Es en Jesús en quien contemplamos el proyecto original de Dios sobre el hombre. Dios nos ha elegido desde toda eternidad en Cristo Jesús para que seamos uno en Él. En Cristo transfigurado descubrimos cuál es la auténtica vocación del hombre. El hombre está llamado a entrar en la intimidad de Dios, que nos concede su propia vida sin romper los límites de nuestra finitud. La meta del hombre es Dios. Sabemos que no podemos alcanzar esa meta, ese sueño de la humanidad de “ser como Dios”, mediante nuestra técnica. Sabemos que es un don de Dios.

    Pero para poder acoger ese don de Dios en nosotros hace falta vaciarnos de nosotros mismos, salir de nosotros mismos. Abrahán salió de su tierra, de su parentela y fue a donde Dios le indicó (Gen 12,1-4). Así se convirtió en un gran pueblo y en bendición para todos los pueblos. Dios, origen de toda bendición, asocia a sí a Abrahán para bendecir a todas las naciones. También Jesús  tuvo que vivir su propio éxodo, salir de su vida tranquila de Nazaret y embarcarse en la predicación del Reino. Tuvo que caminar hacia Jerusalén y desprenderse de su propia vida para recibir la vida misma de Dios. Que la celebración de la eucaristía vaya transfigurando nuestras vidas dando un sentido a los sufrimientos de nuestro mundo vividos unidos a Cristo.


  • Fijos los ojos en Jesús

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    22 de febrero de 2026 – Primer Domingo de Cuaresma

    El mensaje del Papa León para la cuaresma de este año, lleva por título, “«Escuchar y ayunar. La Cuaresma como tiempo de conversión». El papa nos recuerda que nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real.

    El papa nos propone una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. 

    En el primer domingo de cuaresma contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).

    Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. A Jesús, no sólo el maligno, sino también sus contemporáneos, incluso sus discípulos,  el propusieron un camino, lleno de éxitos espectaculares, pero lo rechazó. A la gente no se la salva mediante la seducción, sino  haciendo que se abra a la voluntad del Padre. Fue lo que siempre hizo Jesús.

    Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.

    En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.

    A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

    Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.


  • No a la violencia

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    15 de febrero de 2026 – 6 Domingo Ordinario

    La guerra de Ucrania, y las demás guerras que nos pasan desapercibidas porque están lejos, ponen de manifiesto que las naciones no respetan las leyes internacionales y estamos impotentes porque no existe una autoridad que las pueda hacer cumplir. Necesitamos leyes que protejan la vida de las personas pero sabemos que las leyes solas no garantizan esa protección. La fe, como encuentro personal con Jesús, hace que los cristianos tengamos que confrontar nuestra vida con la búsqueda de la  voluntad amorosa de Dios y no simplemente con la ley. Ésta, sin duda, es necesaria, sobre todo en una sociedad pluralista en la que muchas veces hay que salvaguardar los valores que dan sentido a la convivencia democrática. Jesús no ha venido abolir o quitar derechos humanos sino más bien a confirmarlos y consolidarlos (Mt 5,17-37).

    El mensaje de Jesús, como toda la Palabra de Dios, es una salvaguarda de los grandes valores del hombre: la vida, el amor, la verdad. Ni Jesús ni el mismo Dios pretenden hacer una imposición de sus mandamientos. Los proponen y dejan libertad al hombre, que tiene que elegir entre la muerte y la vida (Ecles 15,16-21). La propuesta de Jesús intenta dar plenitud a lo que ya decían los mandamientos del decálogo, que coinciden con aquello que ayuda al hombre a realizar su vocación. El hombre, sin que Dios se lo tenga que imponer, busca la vida, el amor y la verdad y trata de realizar esos valores en la existencia concreta.

    ¿Qué ha añadido entonces Jesús? Jesús ha intentado ayudarnos a vivir intensamente esos valores. Nos ha ayudado con su ejemplo de defensa de esos derechos, hasta tal punto que los príncipes de este mundo lo crucificaron (1 Cor 2,6-10). Por experiencia sabemos cuán frágil es nuestro compromiso con la vida, con el amor y con la verdad. Fácilmente los traicionamos. Jesús, mediante la fuerza de su Espíritu nos ayuda a permanecer fieles a estos valores.

    Para que todo no sea un puro ideal y se puedan consolidar estos valores, Jesús nos da unas propuestas concretas. La defensa de la vida del otro está por encima de las prácticas religiosas, que sólo tienen sentido en la medida en que ayudan a unas relaciones humanas reconciliadas. La vida del hombre se puede destruir no sólo por la violencia asesina sino también mediante el insulto y la difamación. Hoy día vemos la fragilidad del amor matrimonial. Jesús anima a un amor fiel y nos indica el camino. Hay que estar atentos sobre todo al corazón. Es ahí donde se incuba el pecado y la traición. No se puede andar con componendas. Hay que evitar todo lo que nos pueda llevar a traicionar el amor prometido.

    La verdad tiene hoy día pocos defensores. Algunos la dan por perdida y como no existente. Lo que es verdad para ti no lo es para mí. Las relaciones humanas no encuentran fácilmente un consenso en el que fundarse. La corrupción existente mina las relaciones sociales. La mentira y el engaño aparecen como signos de la persona lista, mientras al honrado se le tacha de ingenuo o tonto.  Sin verdad, sin embargo, ninguna relación personal o social puede durar mucho tiempo. Que la celebración de la eucaristía nos lleve al encuentro personal con Jesús, que es la Verdad, y su mensaje liberador, como la manera de realizar nuestra vocación humana y cristiana.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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