19 de julio de 2026 – 16 Domingo Ordinario
La serie de desastres naturales que estamos experimentando muestran que el mal está entre nosotros. Se dice que la existencia del mal es la roca firme del ateísmo: o Dios no se preocupa del hombre o Dios es impotente. Los creyentes no negamos la existencia del mal sino que creemos que el mal no tiene la última palabra.
La última palabra la tiene siempre Dios, Padre Bueno, que envió a su Hijo al mundo para vencer al mal. Jesús nos descubre que todos los acontecimientos son una llamada a convertir nuestra vida, a orientarnos hacia el Señor que nos confía el cuidado de nuestros hermanos. Muchas veces el mal no es algo proveniente de la naturaleza sino provocado por nosotros mismos, que nos convertimos en enemigos del Reino de justicia y de paz.
La experiencia del mal lleva tantas veces a preguntarse: ¿Dónde está Dios? En realidad la pregunta es: ¿Por qué hay personas dedicadas a explotar a los demás? ¿Por qué Dios permite que reine la injusticia en el mundo? ¿Qué estás haciendo tú para mejorar el mundo? Si nuestro corazón se rebela contra la injusticia es precisamente porque estamos creados a imagen de Dios que hace justicia a los oprimidos.
Hay que tener paciencia y saber esperar, como Dios, que no se desanimó ante tantas negativas humanas. Supo usar siempre de moderación y no quiere imponer su Reino por la violencia (Sab 12.13.16-19). Dios da siempre una oportunidad para que sus enemigos se conviertan. El Reino, como la siembra, tiene sus ritmos, que hay que respetar. En el mundo de la técnica estamos, en cambio, habituados a apretar un botón y ver cumplidos nuestros deseos.
Ahora bien, Dios no permanece impasible o de brazos cruzados ante el mal en el mundo. Él está constantemente luchando contra el mal a través de los buenos. Gracias a Dios, el bien es siempre mayor que el mal, pues de lo contrario el mundo volvería al caos. Dios está constantemente trabajando en traer su Reino. Tenemos que colaborar con él para crear una civilización del amor y no simplemente una civilización tecnológica que utiliza la inteligencia artificial para destruir al enemigo y apoderarse de sus bienes.
Cambiar ese modelo de civilización no va a ser fácil, pero es necesario ponerse a trabajar ya, empezando por pequeños gestos. El Reino tiene siempre unos comienzos pequeños. Todo empezó con un pequeño grupo en torno a Jesús. Toda la fuerza del Reino le viene de Dios y de su Espíritu. Así también a la Iglesia. Su misión es ser levadura en la masa. Lo importante es la masa, el que la masa fermente (Mt 13,24-43). Uno no utiliza toneladas de levadura. Para que la levadura realice su efecto tiene que desaparecer en la masa, ciertamente sin perder su condición de levadura que le da eficacia.
Los cristianos no vivimos en un mundo aparte, ni tan siquiera habitamos en países cristianos. Vivimos con todos los hombres, utilizamos la misma lengua y cultura, aunque cultivamos una serie de valores que nos vienen del evangelio y que creemos que son importantes para todos los hombres y para la sociedad. Sólo conviviendo con los demás hombres, acompañando su peregrinar hacia Dios, la Iglesia puede realizar su misión. La celebración de la Eucaristía anticipa el Reino. En ella los elementos de este mundo, el pan y el vino, son transformados en el cuerpo y sangre de Cristo. Son signos de la fraternidad que Jesús vino a crear.

