• Dios nos reconcilió consigo

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    10 de marzo de 2013 – Cuarto Domingo de Cuaresma

     

    Toda la Iglesia está en este compás de espera de que los cardenales elijan un nuevo Papa. Parece ser que éstos no tienen prisa y quieren conocer cuál es la realidad de la Iglesia para poder acertar en su elección. La mal llamada parábola del hijo pródigo les ayudará, sin duda,  a la hora de redescubrir la misión de la Iglesia en el mundo de hoy. En realidad estamos ante la parábola del padre bueno y sus dos hijos. Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan, él sigue siendo un padre.

    Fácilmente a lo largo de la historia se ha visto en la figura del hijo menor una imagen del mundo moderno que no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

    En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

    Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Ese “hijo fiel” hasta hace poco podía ser considerado un retrato de nuestra Iglesia. Una Iglesia en continua confrontación con el mundo al que trata a veces como un extraño, casi como un enemigo, como si fuera un hijo que el padre tuviera, pero que para ella ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. Desgraciadamente los acontecimientos vividos estos últimos años muestran que el hijo mayor tan sólo en apariencia era hijo fiel. En realidad ha caído en los mismos vicios que el hijo pródigo, vicios que él pretende fustigar.

    El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Somos hermanos en el pecado, en la necesidad de ser perdonados. Todos estamos al pie de la cruz de Cristo para recibir la reconciliación con Dios y con los hermanos (2 Cor 5,17-21). La Iglesia tiene que reconciliarse con el mundo. No se trata, sin duda de hacer componendas fáciles, como por desgracia vemos que existen. No se trata de adoptar el estilo del mundo sin más. Se trata ante todo de perder ese sentido de superioridad que a veces muestra nuestra Iglesia, ese creerse mejores, ese querer enseñar a los demás lo que tienen que hacer.

    La Iglesia debe encarnar en nuestro mundo el rostro misericordioso de Dios encarnado en Cristo. Un rostro paterno y materno que sabe acoger tanto a los hijos fieles como a los hijos pródigos. Fue, sin duda, este rostro el que el Vaticano II quiso para la Iglesia, una Iglesia que camina con los hombres compartiendo con ellos las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias, sobre todo las de los pobres. Una Iglesia verdaderamente samaritana que se hace cargo de las víctimas que yacen al borde de los caminos de la vida. Como compañeros de camino que comparten el mismo pan, acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos invita a reconciliarnos con el hermano.

     

     

     

     

     

     


  • Señor, déjala todavía este año

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    3 de marzo de 2013 – Tercer Domingo de Cuaresma

    La renuncia de Benedicto XVI es un aldabonazo a la conciencia de la Iglesia. En el fondo él se ha dado cuenta de que ésta lleva un cierto tiempo, como la higuera del evangelio, sin producir los frutos que cabría esperar de ella (Lc 13,1-9). El papa cree sinceramente que la obra necesaria de reforma de la Iglesia necesita otro guía con fuerza que sea capaz de confrontarse con las situaciones que impiden que la Iglesia produzca verdaderos frutos evangélicos.

    El Vaticano II tuvo una voluntad de reforma de la Iglesia, tanto en su cabeza como en sus miembros, que no se ha llegado todavía a realizar, porque se han opuesto obstáculos, aparentemente por parte de las personas que más hubieran debido promover esa reforma. En vez de reforma de la Iglesia se nos ha colado una voluntad de restauración de un pasado, que quizás en su tiempo produjo frutos, pero que hoy día no los puede producir porque ha cambiado el clima en que esos frutos pudieran florecer y madurar. Una Iglesia que no es capaz de dar los frutos que Dios le ha encomendado, corre el peligro de desaparecer porque los hombres la van abandonando, al constatar que no aporta nada importante a la vida de las personas.

    El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

    La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Una conversión que debe traducirse en frutos.  El cambio de vida no consiste sólo en cambiar nuestros proyectos, nuestra manera de pensar, de sentir y de hablar sino que al final debe reflejarse en nuestras obras. Serán éstas las que al final de la cuaresma nos harán ver si nuestro trabajo de conversión ha sido un trabajo serio o si hemos quedado a medio camino y estamos ocupando un terreno en balde. Los frutos no vendrán de manera automática o por el puro voluntarismo. Será necesario convertir nuestro corazón, nuestro ser profundo para que el árbol bueno dé frutos buenos. Sólo escuchando la llamada de Dios y oyendo el grito de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-159.Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.


  • ¡Qué hermoso es estar aquí!

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    24 de febrero de 2013 -Segundo Domingo de Cuaresma

     

    Estos tiempos difíciles que nos tocan vivir ponen, sin duda, a prueba nuestra fe. Es difícil fiarse de alguien cuando no se ve ningún signo de su presencia. Todo parece desarrollarse de manera mecánica sin que haya nadie que se preocupe de nuestro dolor. La alegría de ser creyente ha ido desapareciendo del rostro de los cristianos que se ven interpelados cada día, como dice el salmo: ¿dónde está tu Dios?

    Los discípulos de Jesús empezaron a darse cuenta de que aquello no progresaba. Después de unos éxitos iniciales, es el mismo Jesús el que empieza a desorientarlos pues les habla de su pasión, de su Pascua en Jerusalén. Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por eso se transfiguró ante de ellos (Lc 9,28-36).

    Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el ser glorioso de Jesús que no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos y nada en él traducía que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

    La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de nosotros mismos, transformamos este mundo y hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

    Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

    El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar caminando hacia la Pascua del Señor.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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