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¡Qué hermoso es estar aquí!

24 de febrero de 2013 -Segundo Domingo de Cuaresma

 

Estos tiempos difíciles que nos tocan vivir ponen, sin duda, a prueba nuestra fe. Es difícil fiarse de alguien cuando no se ve ningún signo de su presencia. Todo parece desarrollarse de manera mecánica sin que haya nadie que se preocupe de nuestro dolor. La alegría de ser creyente ha ido desapareciendo del rostro de los cristianos que se ven interpelados cada día, como dice el salmo: ¿dónde está tu Dios?

Los discípulos de Jesús empezaron a darse cuenta de que aquello no progresaba. Después de unos éxitos iniciales, es el mismo Jesús el que empieza a desorientarlos pues les habla de su pasión, de su Pascua en Jerusalén. Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por eso se transfiguró ante de ellos (Lc 9,28-36).

Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el ser glorioso de Jesús que no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos y nada en él traducía que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de nosotros mismos, transformamos este mundo y hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar caminando hacia la Pascua del Señor.

 

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