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Tampoco yo te condeno

17 de marzo de 2013- Quinto Domingo de Cuaresma

 

Toda la Iglesia se alegra con la elección del papa Francisco que ha despertado muchas expectativas por la novedad del caso. Nada hay más nuevo que el actuar de Dios en la historia (Is 43,16-21). El venir del otro extremo del mundo, el ser el primer papa jesuita, el escoger un nombre sin precedentes aportan sin duda un nuevo tipo de sensibilidad en la Iglesia. Habrá que esperar a ver cómo eso se va traduciendo en las decisiones que vaya tomando.

Como obispo, Bergoglio tenía como lema “sintiendo compasión y eligiendo”, frase tomada de San Beda el Venerable en su comentario a la vocación de San Mateo. Jesús tuvo compasión del publicano Mateo y lo eligió para el colegio apostólico. Ese sentir compasión es sintomático de Jesús en su relación con las víctimas de la vida. Fue sin duda lo que sintió ante la mujer sorprendida en adulterio, a la que defendió e invitó a cambiar de vida (Jn 8,1-11).

Esa mirada compasiva es la que se está pidiendo a la Iglesia. La pide el mundo, pero también una parte de la misma Iglesia que se siente excluida por las situaciones irregulares a las que nos condena la vida La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega. Existen leyes morales y leyes civiles que regulan la conducta de las personas. Pero ni unas ni otras pueden ser aplicadas de manera mecánica. Hace falta siempre un discernimiento espiritual. Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, pero al preguntar a Jesús por su opinión están admitiendo que toda ley necesita ser interpretada a la luz de la complejidad de la vida. En la vida civil son los jueces los que aplican la ley en el caso concreto.

La respuesta de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin darle la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas. Es lo que nos está pasando hoy día en la Iglesia. Una Iglesia de pecadores no puede ser simplemente un Iglesia que condena sino que tiene que ser una Iglesia que perdona y ayuda a sus miembros a cambiar de vida. El que Jesús abra un período de silencio durante el cual escribe en el suelo invita sin duda a la reflexión, al discernimiento, a no actuar mecánicamente.

Jesús invita también a la mujer adúltera al discernimiento. El perdón que él le otorga  debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. El ejemplo de Pablo muestra cómo un pecador pueda ver su vida totalmente transformada (Filp 3,8-14) Es lo que había experimentado también el publicano Mateo, de cuyo pasaje el papa había tomado su lema al ser consagrado obispo. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta eucaristía para transformar nuestras vidas y vivir en adelante de acuerdo con el Evangelio.

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