• Ninguno es profeta en su tierra

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    31 de enero de 2016 – 4 Domingo Ordinario

     

    Las noticias diarias no dejan de sorprendernos con los nuevos casos de corrupción. Da la impresión de que todo está montado sobre la mentira y la ausencia de escrúpulos. En esta cultura débil, la víctima es siempre la verdad, es decir el hombre, sobre todo los más débiles. Menos mal que hay siempre personas honradas, sin tacha, que son capaces de llamar a las cosas por su nombre. Es lo que hacían y continúan haciendo los profetas. Dios los elige consagrándolos con su Espíritu, es decir con la fuerza misma de Dios. Así serán capaces de realizar la misión, que sin duda se presenta difícil. Jeremías experimentó en su carne lo que significa estar al servicio de la Palabra de Dios. Al hablar en nombre de Dios, tiene que armarse de valor y no tener miedo a enfrentarse con las autoridades políticas y religiosas y con el mismo pueblo. Si no se dio por vencido fue porque Dios estuvo con él para librarlo (Jr 1,4-5; 17-19).

    Ese rechazo por parte del pueblo, rechazo que puede llegar a la muerte, fue el destino de todo profeta. Lo mismo le ocurrirá a Jesús, el profeta definitivo enviado por Dios para manifestar su voluntad a los hombres (Lc 4,21-30). El rechazo por parte de sus paisanos de Nazaret, a los que había anunciado un tiempo de gracia y de salvación, anuncia lo que será el rechazo definitivo en Jerusalén y su condena a muerte. Aquí ya lo intentan despeñar, pero Él se abrió paso entre ellos y se marchó.

    La incredulidad de sus paisanos viene provocada por el hecho de que lo conocen demasiado bien y no pueden imaginarse que él sea un profeta enviado de Dios. Aunque se diga que ha hecho milagros en otras ciudades, ellos no han visto ninguno que legitime su pretensión de ser enviado de Dios. Los conciudadanos de Jesús conocían bien su historia, su familia, su falta de formación. No era posible que en aquella persona, tan humana, demasiado humana, Dios estuviera haciendo la oferta definitiva de salvación. Es difícil admitir que la salvación se encarne en las realidades cotidianas de la existencia. Esperamos siempre algún acontecimiento milagroso extraordinario para empezar a convertirnos.

    Jesús comprende bien ese rechazo y lo interpreta a la luz de lo que habían vivido otros dos grandes profetas, Elías y Eliseo. La actividad de ambos profetas se concentra en sus milagros realizados a favor de personas extrañas al pueblo de Israel. De esa manera se da a entender que Jesús será rechazado por su pueblo y acogido por los paganos cuando les sea anunciada la buena noticia. Jesús es el profeta definitivo que hace presente la salvación de Dios y que renueva los grandes prodigios y milagros realizados por los profetas del pueblo de Israel.

    El pueblo, sin duda, consideró a Jesús como un profeta, pero desgraciadamente siguió la tradición de rechazarlos porque eran personas incómodas, que le recordaban las exigencias del Dios de la alianza. Curiosamente Jesús es rechazado, no porque anuncie amenazas sobre el pueblo, sino por anunciar la presencia de la salvación de Dios en su persona y actuación. Jesús es el profeta del Dios del amor y de la vida. Tan sólo una vida vivida en el amor a los demás puede llegar a la plenitud (1 Cor 12,31-13,13).

    Que la celebración de esta eucaristía nos haga más conscientes de la dimensión profética de nuestras vidas, unas vidas que deben testimoniar continuamente a Dios y dar esperanza a nuestro mundo.

     

     

     


  • El año de gracia del Señor

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    24 de enero de 2016 – Tercer Domingo Ordinario

     Estamos viviendo el Jubileo de la Misericordia, el año de gracia del Señor que anunció Jesús en un discurso programático en la sinagoga de su pueblo (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Jesús proclama abiertamente el cumplimiento de la Escritura que acababa de proclamar. Estamos pues en el tiempo final y, por tanto, tenemos la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura. Esa historia es la historia del amor misericordioso de Dios para con su pueblo.

    Al hablar de misericordia no debemos olvidar que no se trata simplemente de un sentimiento de compasión, que sin duda está también presente, sino de una realidad objetiva que expresa la esencia profunda de Dios. Dios es amor, un amor que se vuelca hacia el mundo, en especial hacia el hombre. Por eso el evangelio invita a “ser misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,36 ). Jesús es el rostro visible de ese amor misericordioso de Dios. Ese amor no se reduce a buenos sentimientos y palabras sino que se traduce en obras, en obras de misericordia que expresan la entrega de la propia vida a favor de los demás.

    Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del amor de Dios y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. El lenguaje del amor es el único lenguaje que entienden todos. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.

    La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, expresión de un amor que ama hasta el extremo. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. Su servicio al mundo consiste ante todo en hacer presente el amor misericordioso de Dios. La Iglesia se siente solidaria del destino de los hombres, sobre todo de los pobres. Cuando uno sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,12-30).

    El Espíritu regala en abundancia sus dones para construir el cuerpo de Cristo. Un cuerpo que muchas veces contemplamos sufriente y doliente. Un cuerpo desgraciadamente desgarrado por la falta de unidad entre los cristianos. Durante toda esta semana hemos estado rezando por la unión de los seguidores de Cristo. Esa unidad no elimina, sino que, por el contrario, implica la  diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.

    En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial,  construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras palabras y obras de misericordia.


  • Haced lo que él diga

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    17 de enero de 2016 – 2 Domingo del Tiempo Ordinario

    Se nos ha ido repitiendo en los últimos meses que la situación española mejoraba. Lo que se ha visto en Navidades produce la impresión de que la gente vuelve a consumir, lo cual supone que hay recursos. Es verdad que ahora mismo se plantean muchos interrogantes sobre la estabilidad del país. Probablemente la Virgen María, al contemplar nuestro mundo, le seguirá diciendo a Jesús: no tienen vino, no tienen casa, no tienen para pagar tal y tal factura, no tienen para llegar a final de mes (Jn 2,1-12).

    María presenta la necesidad a Jesús, que en un primer momento parece desentenderse del caso. En realidad quiere que María se sitúe en la verdadera perspectiva del Reino, cosa que sin duda ella hace. En efecto ella orienta la atención de los servidores hacia la persona de Jesús. Tendrán que estar atentos a lo que Él diga y luego hacerlo. Es todo un reto saber qué es lo que Jesús quiere hoy de nosotros ante la situación de nuestro mundo tan necesitado. Hay que saber leer los signos de los tiempos a través de los cuales Dios nos está hablando e interpelando.

    El Beato Chaminade ha meditado detenidamente este evangelio y ha descubierto en él la misión de la Familia Marianista. Se trata de hacer lo que Él diga.  «Haced todo cuanto él os diga (Jn 2,5); es decir, Haced cua­lquier cosa que os mande, aunque parezca extraña a la ra­zón. Es como si María les dijera: Tened fe en El. Pues bien, tales son también las palabras que nos dirige la Virgen a nosotros que somos sus hijos: haced todo cuanto mi Hijo os diga. Pero ¿cómo nos hablará Jesucristo? Por la fe: escuchemos lo que nos dice la fe, recurramos a la fe y pongamos en práctica lo que ella nos enseña; así haremos lo que Jesús nos dice. El espíritu de la Familia Marianista es un espíritu de fe; hay que ir a Dios por la fe».

    Es la fe la que nos permite descubrir lo que el Espíritu está diciendo a la Iglesia a través de las provocaciones de los acontecimientos actuales. En este Año del Jubileo de la Misericordia, estamos invitados a hacer una lectura de la realidad, contemplándola con los ojos de Jesús, con los ojos de María, con esos “ojos misericordiosos”. Detrás de las estadísticas de la pobreza, están los rostros concretos de personas sufrientes y dolientes a través de las cuales Dios nos interpela: “Dónde está tu hermano?”. La tentación hoy día es la de contemplar las necesidades de nuestro mundo como un espectáculo televisivo, que nos impresiona y nos inquieta pero que nos deja cómodamente en nuestras butacas.

    Jesús aparentemente no hizo nada. Tan sólo dio órdenes a los servidores que las ejecutaron con exactitud. No había vino y Jesús les mandó llenar de agua las tinajas. No somos nosotros los que damos el vino del Reino. Nosotros sólo disponemos del agua de las abluciones rituales de la antigua alianza. Pero Jesús tiene esa capacidad de transformar lo viejo en nuevo. La fe y la obediencia a Cristo hace milagros. Jesús se manifiesta como el verdadero esposo que asume el protagonismo en la celebración mientras que el llamado esposo aparece como una figura desdibujada. Es Cristo verdaderamente el que inaugura el Reino. La presencia de María fue providencial para orientar la atención de los servidores hacia Jesús y que éste se pusiera a actuar.

    Este vino bueno que ofrece es el don del Espíritu anunciado para los tiempos mesiánicos, que Jesús inaugura. Ese Espíritu ha renovado  completamente aquella comunidad abandonada y estéril (Is 62,1-5). Ha hecho de la Iglesia una comunidad, toda ella carismática y ministerial. Esa comunidad se construye con la aportación de los diversos carismas y ministerios (1 Cor 12,4-11). Cuada uno tiene su puesto en la Iglesia según los dones que ha recibido. La celebración de la eucaristía hará que nuestra fe no se quede sólo en lo ritual sino que saldremos de ella dispuestos a hacer lo que Jesús nos haya dicho.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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