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El año de gracia del Señor

24 de enero de 2016 – Tercer Domingo Ordinario

 Estamos viviendo el Jubileo de la Misericordia, el año de gracia del Señor que anunció Jesús en un discurso programático en la sinagoga de su pueblo (Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Jesús proclama abiertamente el cumplimiento de la Escritura que acababa de proclamar. Estamos pues en el tiempo final y, por tanto, tenemos la clave de interpretación de la historia de la salvación que nos transmite la Escritura. Esa historia es la historia del amor misericordioso de Dios para con su pueblo.

Al hablar de misericordia no debemos olvidar que no se trata simplemente de un sentimiento de compasión, que sin duda está también presente, sino de una realidad objetiva que expresa la esencia profunda de Dios. Dios es amor, un amor que se vuelca hacia el mundo, en especial hacia el hombre. Por eso el evangelio invita a “ser misericordiosos como el Padre es misericordioso” (Lc 6,36 ). Jesús es el rostro visible de ese amor misericordioso de Dios. Ese amor no se reduce a buenos sentimientos y palabras sino que se traduce en obras, en obras de misericordia que expresan la entrega de la propia vida a favor de los demás.

Pero lo más llamativo de la interpretación de Jesús es el vincular la Escritura a su propia persona. Él es la realización de la Escritura y no sólo de este pasaje mesiánico, que habla de la misión del futuro Mesías, una misión de gracia y liberación. A partir de este momento la lectura cristiana de la Escritura es una lectura en clave cristológica. La Escritura habla de Cristo. La Escritura es la Palabra de Dios y esa Palabra se ha hecho carne en Jesús, el Verbo de Dios. Todas las palabras de la Escritura nos hablan de la Palabra con mayúscula, que es Cristo. Tan sólo a la luz del misterio de Cristo, de su vida muerte y resurrección, la Escritura se desvela y deja de ser un mensaje sellado que necesita explicación. En Cristo la Escritura alcanza su cumplimiento, es decir, su realización. La Escritura nos habla del amor de Dios y eso se ha hecho realidad definitiva en la persona de Jesús. El lenguaje del amor es el único lenguaje que entienden todos. La acción de Jesús inaugura el gran Jubileo de gracia y de liberación de parte de Dios. Ese anuncio es Buena Noticia para todos los pobres y oprimidos que esperaban la intervención definitiva de Dios.

La comunidad cristiana es una comunidad litúrgica, como lo era también Israel (Neh 8,2-10). En ella la comunidad confronta su vida con la Palabra de Dios y encuentra en ella la luz y la fuerza que necesita para hacer presente a Jesús en el mundo. Esa palabra ilumina sobre todo el misterio pascual, expresión de un amor que ama hasta el extremo. La Iglesia, como comunidad litúrgica, es toda ella carismática y ministerial. Su servicio al mundo consiste ante todo en hacer presente el amor misericordioso de Dios. La Iglesia se siente solidaria del destino de los hombres, sobre todo de los pobres. Cuando uno sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,12-30).

El Espíritu regala en abundancia sus dones para construir el cuerpo de Cristo. Un cuerpo que muchas veces contemplamos sufriente y doliente. Un cuerpo desgraciadamente desgarrado por la falta de unidad entre los cristianos. Durante toda esta semana hemos estado rezando por la unión de los seguidores de Cristo. Esa unidad no elimina, sino que, por el contrario, implica la  diversidad. La unidad es unidad en la diversidad; la diversidad está integrada en la unidad. Cada uno debe considerar que el otro es un don para sí y ser acogido también como don por el otro. En ese diálogo y reciprocidad de carismas se construye el cuerpo de Cristo. Esos dones se traducen en una serie de ministerios eclesiales de manera que el ministerio ordenado o sacerdotal no debe monopolizar la acción de la comunidad. En ella todos somos protagonistas, todos damos y recibimos, todos aprendemos y enseñamos. Sin duda existe un carisma particular de la jerarquía que hace que ella discierna y armonice los diversos carismas.

En la celebración de la eucaristía, mediante la participación de cada uno, en comunión con toda la comunidad eclesial,  construimos el Cuerpo de Cristo. Él sigue vivo, presente en el mundo realizando la obra de liberación del hombre, a la que todos colaboramos con nuestras palabras y obras de misericordia.

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