• Bajó sobre El el Espíritu

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    10 de enero de 2016 – El Bautismo del Señor

     

      La Iglesia sigue bautizando a los niños. Sigue fiándose de los padres que piden el bautismo para sus hijos, sin exigir una demostración de la fe de los padres. Basta con que ellos se declaren creyentes que quieren que sus hijos también lo sean. A la Iglesia le basta esa palabra y el compromiso de que los padres educarán cristianamente  a los hijos. Pero eso es sólo un comienzo. Con el tiempo, y a lo largo de toda la vida, cada uno de los bautizados tiene que ir asumiendo plenamente el significado del propio bautismo. Pero eso es verdad también del que se bautiza de adulto. Durante toda su vida tiene que tratar se asimilar lo que significa haber sido bautizado en Cristo Jesús.

    El bautismo es un sacramento, un gesto profético, que expresa una realidad de gracia divina. Hoy día desgraciadamente el signo bautismal ha quedado reducido a echar un poco de agua sobre la cabeza del niño y no se ve claramente lo que queremos expresar. El bautismo de Jesús en el Jordán o el de los adultos en la Iglesia primitiva en una especie de piscina manifestaba claramente su contenido. Con la inmersión en el río, Jesús hacía suyo un gesto de algunos grupos judíos y en especial de Juan Bautista. Se trataba de un gesto de conversión, y por tanto, de ruptura con el pasado. En las aguas del río quedaba sepultada una manera de vivir. Del agua salía una persona nueva, transformada por el Espíritu de Dios (Lc 3,15-22). Todos los que habían experimentado esa transformación formaban la comunidad de los salvados.

    Hasta entonces Jesús había vivido al lado de su madre en Nazaret dedicado a su profesión de artesano. Llamativamente no se había casado, sin duda porque intuía que algo nuevo estaba ocurriendo que iba a cambiar totalmente su vida. Cuando oyó a Juan Bautista hablar de la venida del Reino de Dios, vio claramente que su vida tenía que estar al servicio del Reino y que no podía dedicar su tiempo a una familia y a una profesión.

    La venida del Espíritu Santo sobre Jesús inaugura la llegada de los tiempos definitivos y hace de Jesús el profeta de esa nueva era, marcada por la venida del Reino de Dios. Jesús se hace el mensajero de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que anunciaban ya de antiguo los profetas (Is 40,1-5.9-11). Se realiza así la promesa de la irrupción de Dios en la historia. El Señor viene con poder a ejercer su realeza, su dominio sobre Israel y sobre todos los pueblos. Él va a instaurar la justicia y el derecho. Jesús, ungido con el Espíritu, tendrá una fuerza especial para poner su vida al servicio de la causa del Reino.

    También el bautismo cristiano es un gesto profético, pero ahora cargado de un sentido cristológico. Al sumergirse en el agua, el creyente se sumerge en la muerte de Cristo. Se muere con Él a todo lo que significa el mundo del pecado y del mal. En el bautismo lo expresamos mediante las tres renuncias, formuladas de manera tradicional como el mundo, el demonio y la carne. Renunciamos a todo lo que es opuesto al Reino de Dios. Pero sobre todo el bautismo nos hace experimentar la resurrección de Jesús. Al salir del agua somos una criatura nueva, ungida con el óleo del Espíritu Santo que hace de nosotros, como gusta decir el Papa Francisco, “discípulos misioneros”,  miembros de un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes. Se nos  vistió un vestido blanco para significar esa vida nueva, la vida misma de Jesús, la vida de Dios. Hicimos la profesión de fe, a través de la cual, acogíamos a Dios en nuestras vidas.

    A través del bautismo acogemos la bondad de Dios y su amor al hombre manifestados en el acontecimiento de Cristo Jesús (Tit 2,11-14;3,4-7). Nosotros no habíamos hecho nada para merecerlos. Ha sido un regalo de su misericordia. De la misma manera que la vida es un don de Dios, este segundo nacimiento, realizado en el bautismo, es el don por excelencia que Dios nos hace, es el don de su Espíritu que renueva todas las cosas. Renovemos hoy con gozo nuestras promesas bautismales, que comportan un compromiso a favor del Reino de Dios y una lucha contra todo lo que se opone a él.


  • La estrella comenzó a guiarlos

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    6 de enero de 2016 – Epifanía del Señor

    (En casi toda la Iglesia, esta fiesta se celebra este año el domingo 3 de enero)

    Los resultados de las recientes elecciones abren un período de incertidumbre respecto a la gobernabilidad del país y de la capacidad de nuestros políticos de saber negociar y pactar. Los creyentes no debemos dejar que nos roben las esperanzas sino que debemos contribuir a que nuestro país siga adelante y no vuelva hacia atrás. También el pueblo de Dios en momentos de crisis se puso a soñar su futuro y se lo imaginó de color de rosa (Is 60,1-6). Probablemente le sirvió para endulzar las amarguras del presente. Imaginó una movida de pueblos que orientaban sus pasos hacia Jerusalén como el lugar donde encontrar a Dios y proclamar sus maravillas.

    Los magos se pusieron en camino cargados de tesoros para encontrarse con el recién nacido rey de los judíos. Abrigaban la esperanza de que también la familia de ese rey intercambiaría con ellos sus regalos (Mt 2,1-12). Aparentemente la experiencia debió ser de lo más frustrante. En la capital y el palacio del rey no sabían nada de ese nacimiento. Los letrados y los sumos sacerdotes orientaron su atención hacia una pequeña aldea, Belén. Las expectativas de encontrar a alguien importante debieron verse bastante rebajadas. La realidad que descubrieron debió ser decepcionante, una simple casa, una mujer y un niño. Allí no había palacios, ni guardias, ni porteros ni criados.

    Y, sin embargo, los magos no cambiaron su proyecto inicial. No dijeron: apaga y vámonos. Así que debieron considerar realizadas sus esperanzas. Ellos abrieron sus cofres y le ofrecieron sus regalos. No se sabe qué es lo que María les daría. Pero algo cambió en ellos en aquel encuentro, por eso regresaron por otro camino. Les importaba ya poco el rey de los judíos que estaba en Jerusalén.  Sin duda recibieron el don de la fe, que es el gran regalo que Jesús nos hace junto con el don de la vida.

    La fe es una búsqueda de Dios. Esta búsqueda sigue caminos intrincados como el de los Magos. Sintieron inmediatamente la tentación de buscar al Rey de los judíos en la capital, en Jerusalén, en el palacio de Herodes. Era lo más natural. No es fácil lo que llamamos la lectura de los signos de los tiempos, que tantas veces nos desconciertan porque no sabemos interpretarlos. Muchas veces nos dejamos seducir por los mensajes de la cultura dominante. Ésta nos repite constantemente: para ser felices, hay que tener dinero, consumir, pasarlo bien; lo que ayude a esto es verdadero progreso. Si se busca un rey, se piensa inmediatamente en palacios, en servidores, soldados, lujo y vida fácil. Pero si uno se aventura por esos caminos, la estrella que le guía a uno desaparece inmediatamente de la vista. No es por ahí por donde se puede encontrar a Jesús.

    Para entender los signos de los tiempos es necesario hacer una lectura de ellos a la luz de la Palabra de Dios. Dios ve las cosas de otra manera. A sus ojos una población sin importancia como Belén puede ser el lugar ideal para nacer. No hace falta un palacio. Es suficiente una habitación de pastores. Es entre los pobres donde podemos encontrar a Jesús, con María. María, en efecto, pertenece a ese grupo de pobres de Yahvé, que no tenían nada que esperar de la vida y de los gobiernos y ponían toda su confianza en Dios. Cuando los Magos van hacia Belén, la estrella reaparece de nuevo. Jesús se deja encontrar de los Magos, de los pueblos paganos, mientras Herodes y los sacerdotes judíos quedan tranquilamente anclados en sus tradiciones de pueblo elegido y se pierden la oportunidad de encontrarse con el Salvador (Ef 3,2-6).

    Los Magos experimentan una gran alegría, que da sentido no sólo a la aventura emprendida sino a toda su vida. En el niño Jesús, reconocen a Dios y por eso lo adoran y le ofrecen sus regalos para corresponder al gran regalo que Dios nos ha hecho en la persona de Jesús. Ofrezcamos al Señor en esta eucaristía nuestra sed de Dios. Él será feliz de poder calmarla. Esa sed de Dios es sed de justicia, sed de su Reino de paz y amor.

     

     


  • Eché raíces entre un pueblo glorioso

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    3 de enero de 2016 -2º Domingo después de Navidad

          

    Las recientes elecciones abren sin duda alguna un nuevo período en nuestra historia democrática reciente. Ha terminado la transición consensuada y se abre de nuevo un período de confrontación aguda. La historia de los pueblos de España está siendo sometida últimamente a una completa revisión. Es bueno que la misma Conferencia Episcopal haya empezado a hacer una autocrítica en la línea pedida por el Papa Francisco de no caer en una Iglesia auto-referencial, en función de sí misma. La Iglesia está al servicio de los hombres y de los pueblos. En nuestro país debiera contribuir a crear consensos. Para ello se requiere que también las fuerzas políticas sean capaces de hacer esa autocrítica.

    En determinados períodos la historia de nuestros pueblos ha sido interpretada en una clave cristiana, y por más vueltas que se le dé, habrá que reconocer que el cristianismo ha sido un factor determinante, para el bien y para el mal, de esta historia. Historia que siempre estaremos tentados de mitificar y de considerarnos un pueblo glorioso con una misión especial respecto a los otros pueblos. Esa conciencia ha llevado a tantos de nuestros cristianos a poner su vida al servicio de la evangelización y a intentar crear una sociedad fundada sobre el evangelio. Visto desde nuestro tiempo, no siempre los logros han correspondido a sus intenciones, pero debemos evitar también los anacronismos de querer juzgar el pasado con nuestros criterios.

    Esos cristianos estaban convencidos de que Jesús era el centro de la historia, no sólo de nuestros pueblos, sino de toda la historia universal. Al encontrarse con otras culturas  los cristianos creyeron ver siempre lo que los Padres llamaban “semillas del Verbo”. Es el Verbo el que ilumina a todo hombre (Juan 1,1-18). Por eso la fe cristiana tiene una vocación universal que va más allá de todo nacionalismo estrecho. Y, sin embargo, sabe que la encarnación exige tomar carne en la vida concreta de las personas que pertenecen a una cultura y a un pueblo concreto. Jesús nació en el pueblo judío, pero se ha convertido en el hermano universal.

    Dios ha querido habitar con los hombres (Sir 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo han podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano, sino al contrario de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

    El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos asimila a sí y hace de nosotros un solo Cristo para gloria de Dios Padre.

    En determinados períodos la historia de nuestros pueblos ha sido interpretada en una clave cristiana, y por más vueltas que se le dé, habrá que reconocer que el cristianismo ha sido un factor determinante, para el bien y para el mal, de esta historia. Historia que siempre estaremos tentados de mitificar y de considerarnos un pueblo glorioso con una misión especial respecto a los otros pueblos. Esa conciencia ha llevado a tantos de nuestros cristianos a poner su vida al servicio de la evangelización y a intentar crear una sociedad fundada sobre el evangelio. Visto de nuestro tiempo, no siempre los logros han correspondido a sus intenciones.

    Esos cristianos estaban convencidos de que Jesús era el centro de la historia, no sólo de nuestros pueblos, sino de toda la historia universal. Al encontrarse con otras culturas  los cristianos creyeron ver siempre lo que los Padres llamaban “semillas del Verbo”. Es el Verbo el que ilumina a todo hombre (Juan 1,1-18). Por eso la fe cristiana tiene una vocación universal que va más allá de todo nacionalismo estrecho. Y, sin embargo, sabe que la encarnación exige tomar carne en la vida concreta de las personas que pertenecen a una cultura y a un pueblo concreto. Jesús nació en el pueblo judío, pero se ha convertido en el hermano universal.

    Dios ha querido habitar con los hombres (Sir 24,1-4.12-16). Dios hubiera podido vivir en su espléndido aislamiento trinitario en el que no carecía de nada. Sin embargo ha querido convivir con nosotros para asociarnos a su vida divina. Y para ello ha creado la comunión y convivencia más íntima que se puede uno imaginar. Se ha inspirado en la comunión de amor de Padre e Hijo y ha querido que todos nosotros fuéramos también sus hijos en el Hijo (Ef 1,3-6.15-18). Ese plan de salvación existe desde antes de la creación del mundo. Ni tan siquiera el pecado y el rechazo del hombre lo han podido anular. El hombre sigue llamado a participar de la vida misma de Dios, de su amor, de su santidad. No se trata de una santidad de separación de lo profano, sino al contrario de una santidad que se traduce en el amor a todo lo creado.

    El hombre descubre esa llamada a vivir en relación con Dios cuando entra en el profundo de su ser, yendo más allá de la banalidad y la dispersión de la vida cotidiana inauténtica en la que vivimos manipulados desde el exterior. El misterio de la encarnación es el misterio de nuestra divinización. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos asimila a sí y hace de nosotros un solo Cristo para gloria de Dios Padre.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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