• Los caminos del Señor

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    5 de diciembre de 2021 – Segundo Domingo de Adviento

     

    El Papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia a caminar juntos, no solo los pastores con los fieles,  sino también los cristianos con todos los hombres de otras religiones, o con los que no quieren saber nada de religión. Todos estamos en el mismo barco y hacemos el mismo camino. Es algo que la pandemia ha venido a confirmar. O nos salvamos todos juntos o estaremos siempre amenazados. Dejar sin vacuna a la mayor parte de la población de África es preparar el camino para que sigan viniendo los virus con mutaciones insospechadas.

    No hay manera de encontrar a Dios fuera de la historia concreta, porque Dios es el Señor de la historia, que actúa en ella a favor de la liberación del hombre. El centro de esa historia es un hecho histórico incontrovertible, el nacimiento de Jesús. El evangelio tiene mucho cuidado en fecharlo como escucharemos la noche de Navidad. Pero hay otros hechos históricos importantes asociados a ese acontecimiento. La proclamación de la Buena Noticia de la salvación por parte de Jesús viene precedida de la predicación de Juan el Bautista, cuyas coordenadas históricas espacio-temporales se nos presentan en el evangelio de hoy (Lc 3,1-6).

    Juan es presentado como el predicador del desierto, de donde parte la aventura mesiánica. También Jesús empezará en el desierto. Juan invita a preparar el camino del Señor, como ya antes lo habían hecho los profetas. Dios ciertamente no necesita que nosotros le preparemos el camino para venir al encuentro de la humanidad. En realidad tan sólo Él puede establecer un camino entre Él y el hombre. Nosotros sabemos que ese camino es Cristo. No es el hombre el que puede subir hacia Dios sino que fue Dios el que descendió por amor hacia el hombre. Ese amor es capaz de abrir caminos en el desierto y en el mar donde es imposible trazar una vía permanente.

    La Segunda Lectura de hoy (Baruc 5,1-9) presenta a Dios dando órdenes directamente a los montes, a las colinas, a los barrancos para que se conviertan en una especie de autopista por la que pueda regresar el pueblo desterrado. No faltarán los árboles a uno y otro lado de la calzada y Dios irá por delante guiando a su pueblo. La manifestación de la gloria de Dios, de su justicia y de su misericordia será motivo de fiesta para el pueblo rescatado. No somos nosotros los que preparamos el camino del Señor. Más bien nos preparamos nosotros para entrar en el camino del Señor. Para ello tenemos que esforzarnos en crear un mundo en el que no existan tantas desigualdades, tantos valles hundidos y tantas simas escarpadas.

    Es necesario abrirse al Señor para que Él pueda llevar a cumplimiento la obra buena que ha iniciado en nosotros (Filp 1,4-11). La vida del cristiano está orientada hacia el retorno de Cristo. Mientras tenemos tiempo se trata de producir frutos por medio de Cristo para gloria y alabanza de Dios. Es la forma concreta de anunciar el evangelio a nuestro mundo. No son las simples palabras las que dan credibilidad sino un estilo de vida en el que resplandece la acción de Dios en Cristo. Ese estilo de vida tiene que ver con el amor y el servicio a los demás, sobre todo a los más pobres. Sólo este amor nos dará sensibilidad para apreciar los valores y hacer un verdadero discernimiento a la hora de tomar decisiones.

    Para hacer posible esos frutos es necesaria la oración, por eso Pablo reza constantemente por sus fieles, e invita a orar constantemente. Tan sólo la oración abre la persona a la acción de Dios, que es el protagonista en la obra de la salvación. La oración nos permite poner ante nuestros ojos el ejemplo de Jesús. Jesús es el camino concreto que Dios eligió para venir a nuestro encuentro, por eso es también el camino del encuentro del hombre con Dios. Pidamos en la Eucaristía que el Señor nos vaya preparando para su venida en Navidad de manera que nos encuentre centrados en Él, sin dejarnos llevar por el consumismo, sino solidarios con los pobres.

     


  • Se acerca nuestra liberación

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    28 de noviembre 2021 – Primer Domingo de Adviento

     

    El año pasado casi nos quedamos sin Navidades, sin las acostumbradas celebraciones tradicionales, a causa de la pandemia. Este año, con la mayoría de la población vacunada, confiamos que las cosas no se tuerzan. Confiamos que todo haya vuelto a la normalidad, a lo de siempre.   Los cristianos empezamos este domingo el año litúrgico, que marca nuestra manera particular de situarnos en el tiempo, actualizando los misterios de Jesús. Lo empezamos con esperanza, puestos nuestros ojos en las promesas de Dios que es un Dios con nosotros, el Emmanuel. Somos conscientes de que vivimos en medio de una crisis, pero sabemos que también en ella podemos experimentar la cercanía del Dios misericordioso que no abandona a su pueblo.

    Con todos los hombres compartimos el calendario civil pero vivimos el paso del tiempo con un espíritu  particular. Para muchos el año es simplemente un sucederse de días de trabajo muchas veces agotador, con la pausa del fin de semana, a  la espera de las vacaciones. Lo que se desea es poder comprar más cosas y gastar más. En cambio los creyentes experimentamos a lo largo del año la perpetua novedad de Dios que viene a salvarnos, que  ya nos ha salvado. Al inicio del año litúrgico actualizamos ya el final, no simplemente del año, sino la etapa final de la historia de la salvación  pues estamos viviendo en los tiempos finales y definitivos en el acontecimiento de Cristo Jesús.

    El recuerdo del final de los tiempos no pretende meternos miedo sino más bien hacernos caer en la cuenta de la densidad e importancia del momento presente. El tiempo está cargado de eternidad porque ha irrumpido ya de una vez para siempre el Reino de Dios (Lc 21,25-36). Esa era la gran promesa que Dios había anunciado sobre todo a través de los profetas y que había mantenido viva la esperanza de Israel en medio de todas sus aventuras históricas que políticamente habían terminado en un fracaso. Se perdió la tierra, se perdió la monarquía, pero nació la esperanza de un Mesías que instauraría en el futuro la justicia y el derecho (Jer 33,14-16).

    Israel fue descubriendo que no es el hombre el que puede fabricar el futuro, sino que el futuro nos es dado por Dios. Dios, en realidad, es siempre el Dios del futuro, el que estará siempre al lado de su pueblo, compartiendo sus experiencias, buenas y malas. Aunque uno pueda pensar a veces que no hay futuro, que todo está bloqueado, Dios es capaz de abrir caminos en el mar y de encontrar una salida para toda situación desesperada.

    Los cristianos sabemos que la promesa ha tenido cumplimiento en Jesús de Nazaret. Con Él la historia humana ha llegado a su plenitud. En Él Dios se nos ha comunicado definitivamente y ningún acontecimiento posterior, por más grandioso que sea, puede superar esa comunicación de Dios al hombre en la persona de Jesús. Esto no quiere decir que la historia, después de Jesús, haya perdido su importancia. Ni mucho menos. En la persona de Jesús se ha realizado totalmente el plan de Dios. En nosotros todavía está por realizarse. Vivimos pues en la esperanza. El tiempo que tenemos a disposición se nos da para hacer nuestra esa oferta de salvación y liberación dada en Cristo.

    El amor pertenece ya al orden de lo definitivo. Por eso San Pablo exhorta ante todo al amor mutuo, porque es la señal inequívoca de que uno ha acogido el Reino en su vida (1 Tes 3,12-4,2). Es ese amor el que nos da la confianza para poder presentarnos ante Jesús cuando Él venga a recogernos, sea al final de nuestra vida, sea al final de los tiempos. La santidad a la que nos invita el apóstol consiste precisamente en el amor. No se trata de hacer cosas extraordinarias ni raras sino de vivir la vida y sus exigencias, toda ella animada por el amor fraterno. La eucaristía es el momento privilegiado para renovar nuestra esperanza y seguir clamando: Ven, Señor Jesús.

     


  • He venido para ser testigo de la verdad

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    21 de noviembre de 2021 – Jesucristo, Rey del Universo

    Jesús se vio atrapado por la situación política de su tiempo:  un pueblo sometido al yugo extranjero, que sufría en sus propias carnes la opresión y la explotación. Cultura del descarte, en palabras del Papa Francisco, que legitimaba como querido por Dios el que unos pocos lo tuvieran todo y la mayoría no tuviera nada. La predicación de Jesús sobre el Reino de Dios fue dinamita pura porque cuestionaba el estado de cosas. Cuando Dios reina ningún otro poder puede pretender someter y explotar a las personas. Los enemigos encontraron un buen pretexto para acusar a Jesús de agitador político peligroso, con veleidades de querer ser rey.

    Jesús declaró: “mi reino no es de este mundo” (Jn 18,33-37), no porque estuviera pensando en un reino en otro mundo o en las nubes. Hablaba de otro tipo de reino que no necesite de una guardia para poder sobrevivir. A muchos les parecerá una utopía irrealizable, de la misma manera que no les parece viable un país sin ejército. Por eso muchos han espiritualizado de tal manera el reino de Cristo, que al final se volatiza y desaparece de la esfera de los asuntos humanos. Crea un cristianismo, indiferente a los problemas de los hombres, que quedan sometidos a los poderes de este mundo. Todo lo contrario de lo que Cristo intentaba cuando anunciaba la venida del Reino de Dios.

    Jesús anunciaba la intervención de Dios que iba a establecer la justicia y la paz en las relaciones humanas, estableciendo un reino que no tiene fin (Dan 7,13-14). Nosotros creemos que ese ideal se ha hecho realidad en la propia persona de Jesús Resucitado. El es el príncipe de los reyes de la tierra. Es un rey que ama a los suyos hasta dar su vida para rescatarlos de sus pecados. Más aún. No está agarrado a su título de rey sino que hace a todos los suyos reyes y sacerdotes para Dios (Apoc 1,5-8). El vendrá al final de los tiempos sobre las nubes ceñido de poder y todos verán que El es el que fue atravesado con la lanza a causa de nuestros pecados.

    Lo que diferencia el reino de Jesús de los otros reinos o repúblicas es la manera de regirse. No se rige por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes y poderes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para poder atraerse a los súbditos. Otras veces tienen que complacer a los súbditos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social. Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. El proclamarla delante de las autoridades religiosas y civiles le llevó a jugarse el tipo. El creyente reconoce que Cristo reina precisamente desde el madero de la cruz. Ese es su trono. Todo el que busca la verdad sabe bien hacia quién debe orientar su vida: hacia Cristo crucificado y exaltado.

    Al mundo actual le importa poco la verdad de las personas o de las cosas, quiere simplemente que el sistema funcione en provecho de unos grupos privilegiados, sin demasiadas disfunciones. Es lo que hizo ya Pilatos, lavarse las manos ante el problema de la verdad o de la inocencia de la persona. Para él contaba conservar su cargo, complacer a los judíos y mostrar que con el poder romano no se puede jugar pues hace caer sobre las personas todo el peso de la ley. La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor y la atracción ejercida por su persona nos lleva hacia Él, al que reconocemos como nuestro Rey. Es su Reino de verdad, de justicia, de amor y de gracia el que celebramos en cada eucaristía a la espera de que un día venga de manera definitiva.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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