• Tampoco yo te condeno

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    3 de abril de 2022 – Quinto Domingo de Cuaresma

    Finalmente la Iglesia española se ha tomado en serio la investigación de  los abusos de menores y quiere ir hasta al final. Tiene que poner siempre en el centro a las víctimas, acogerlas, escucharlas, llorar con ellas, pedirles perdón, acompañarlas y ayudarlas a reconstruir su vida. Los abusos son de un delito terrible, además de pecado, y hay que repararlos, también económicamente. Se trata sin duda de depredadores concretos, pero implica también a toda la Iglesia y la sociedad que no han sido capaces de crear un entorno seguro para los menores. Sobre todo hay que garantizar que en el futuro esos abusos no se van a repetir. Con humildad tenemos que colocarnos todos, pecadores, iguales, ante la cruz de Cristo, para recibir el perdón. La Iglesia, en cuanto realidad humana, es una iglesia de pecadores, en cuanto realidad divina es una iglesia santa. Como tal debe mostrar al mundo la misericordia del Señor que acoge y perdona, acompaña y reconstruye.

    La adúltera no puede negar su pecado y tampoco Jesús lo niega (Jn 8,1-11). Los adversarios de Jesús piden que se aplique la ley de Moisés que condena a los adúlteros, aunque aquí no sabemos por qué no es acusado también el hombre sino sólo la parte débil. Jesús toma su defensa (y también hubiera defendido la vida del hombre) y se coloca decididamente contra la pena de muerte.

    La argumentación de Jesús demuestra que nadie está sin pecado y, por tanto, nadie puede condenar a otro, sin dar la posibilidad de enmendarse. Se trata de no identificar a la persona con su crimen. La persona sigue estando orientada en su ser hacia el bien y tiene la capacidad de rescatarse. Hay que dar siempre una segunda oportunidad. Sin duda los que se erigían en jueces habían cometido también sus pecados pero no por eso se consideraban pecadores sin salvación, sino que también ellos esperaban una oportunidad para corregir sus vidas.

    Pero ese perdón debe transformar la vida de la persona. Por eso le pide a la mujer que no peque más. Es esa oferta de perdón del Padre en Cristo Jesús la que nosotros tratamos de acoger en esta cuaresma para transformar nuestras vidas y vivir una vida nueva (Is 43, 16-21). La Iglesia está compuesta de pecadores, pero no puede renunciar a denunciar el pecado en el mundo y en ella misma. Su misión es ser siempre sacramento de reconciliación de los hombres con Dios y entre ellos mismos.

    El ejemplo de Pablo puede ayudarnos en este camino (Filp 3,8-14). Pablo, enemigo de Cristo, se ha sentido no sólo perdonado, sino incluso llamado a ser su enviado. Ese perdón le ha venido por pura gracia de Cristo y no en virtud de las obras buenas que él hubiera hecho según la Ley (según la cual eliminar cristianos sería una obra agradable a Dios). Como él debemos olvidar nuestro pasado pecador para dedicarnos a correr hacia la meta donde nos ha precedido Cristo. Así recibiremos el premio: participar en su resurrección después de haberlo acompañado en su pasión.

    Que la celebración de la eucaristía nos ayude a acoger el perdón del Señor. Acerquémonos también durante este tiempo al sacramento de la reconciliación para así tener la garantía de que Jesús nos perdona a través de los ministros de su Iglesia.

    Dios sin duda nos perdona siempre que se lo pedimos, pero algunas veces necesitamos un signo visible que nos lo confirme. Con nuestro pecado no hemos ofendido solamente a Dios. Hemos ofendido también a nuestros hermanos, a nuestra Iglesia. Con nuestros pecados impedimos que la Iglesia pueda mostrar el verdadero rostro de Cristo. Por eso necesitamos también reconciliarnos con ella. Queremos contribuir a tener una Iglesia santa que hace presente el amor de Dios en medio de los hombres, sobre todo de aquellos que no se sienten aceptados y amados.


  • He pecado contra el cielo y contra ti

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    27 de marzo de 2022 – Cuarto Domingo de Cuaresma

    Durante esta cuaresma nos está acompañando la guerra de Ucrania. Contemplamos a los crucificados de nuestro tiempo. En todos ellos se refleja el rostro del justo inocente, condenado a muerte.  La Iglesia hoy día, como la sociedad, se encuentra ante el problema de conjugar la justicia con la misericordia y el perdón. Ante los delitos que claman al cielo, todos estamos convencidos de que no basta pedir perdón y darse golpes de pecho sino que es necesario hacer justicia y compensar el mal hecho y garantizar que el culpable no va a repetir los mismos delitos.

    La mal llamada parábola del hijo pródigo al padre bueno y sus dos hijos a los que tiene que tratar con amor y conseguir la reconciliación entre ambos. No le va a resultar fácil. Es el padre el verdadero protagonista de la parábola. Es un padre que no se deja llevar por la conducta de sus hijos. Hagan lo que hagan él sigue siendo un padre.

    No es difícil descubrir en la figura del hijo menor una imagen del mundo moderno que no se siente a gusto en casa y pide su parte de herencia y se va lejos de la mirada del padre. Piensa que así podrá disfrutar de la vida a sus anchas, con dinero, sin nadie que le coarte, saboreando la libertad.

    En vez de encontrar la anhelada libertad y disfrute, pronto se hunde en la esclavitud y la miseria y desciende casi al nivel de los animales. Pero le queda todavía una conciencia de lo que ha vivido en casa de su padre. Ahora descubre lo que ha perdido y quiere recuperar  en parte mediante un trabajo de jornalero. En realidad no conocía el corazón del padre que se muestra en todo su amor cuando no le deja terminar su confesión. Inmediatamente lo perdona y le restituye su antigua dignidad de hijo, sino que  le da su anillo, lo que significa capacidad de disponer de los recursos económicos, y celebra una gran fiesta.

    Ese amor le parece al hijo mayor un total disparate. Ese “hijo fiel” hasta hace poco podía ser considerado un retrato de nuestra Iglesia. Una Iglesia en continua confrontación con el mundo al que trata a veces como un extraño, casi como un enemigo, como si fuera un hijo que el padre tuviera, pero que para ella ya no significa nada. En el fondo el hijo mayor parece envidiar al hijo menor a pesar de que ve que su aventura de la libertad terminó en un desastre. Desgraciadamente los acontecimientos vividos estos últimos años muestran que el hijo mayor tan sólo en apariencia era hijo fiel. En realidad ha caído en los mismos vicios que el hijo pródigo, vicios que él pretende fustigar.

    El padre hará lo imposible para la reconciliación de ambos, haciendo que el hijo mayor comprenda. Le hace ver que siguen siendo hermanos. Somos hermanos en el pecado, en la necesidad de ser perdonados. Todos estamos al pie de la cruz de Cristo para recibir la reconciliación con Dios y con los hermanos (2 Cor 5,17-21). La Iglesia tiene que reconciliarse con el mundo. No se trata, sin duda de hacer componendas fáciles, como por desgracia vemos que existen. No se trata de adoptar el estilo del mundo sin más. Se trata ante todo de perder ese sentido de superioridad que a veces muestra nuestra Iglesia, ese creerse mejores, ese querer enseñar a los demás lo que tienen que hacer.

    La Iglesia debe encarnar en nuestro mundo el rostro misericordioso de Dios encarnado en Cristo. Un rostro paterno y materno que sabe acoger tanto a los hijos fieles como a los hijos pródigos. Fue, sin duda, este rostro el que el Vaticano II quiso para la Iglesia, una Iglesia que camina con los hombres compartiendo con ellos las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias, sobre todo las de los pobres. Una Iglesia verdaderamente samaritana que se hace cargo de las víctimas que yacen al borde de los caminos de la vida. Como compañeros de camino que comparten el mismo pan, acojamos en la eucaristía el amor misericordioso de Dios nuestra Padre que nos perdona en Cristo Jesús y nos invita a reconciliarnos con el hermano.


  • Construir la paz

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    19 de marzo de 2022 – Tercer Domingo de Cuaresma

    La guerra de Rusia y Ucrania ha causado miles de muertos y millones de fugitivos que empiezan a llamar a nuestras puertas. Lo han perdido todo. Las guerras las ganan los fabricantes y vendedores de armas que han armado a ambos bandos y se han forrado de dinero. La guerra la pagamos todos. Esta guerra, en nuestro continente, nos está conmoviendo a todos y está provocando una oleada de solidaridad. Las guerras en África o en Siria parecen cosas de países no desarrollados, no democráticos.

    Esta guerra, en cambio, es de países europeos, de historia cristiana, hoy día más o menos democráticos, que debieran saber solucionar sus diferencias a través del diálogo. Desgraciadamente no hemos aprendido de las dos guerras mundiales del siglo XX. Ante tanto sufrimiento, tenemos la impresión de que no existe Dios o que el mundo está dejado de las manos de Dios o se le ha escapado de sus manos. Son muchos los que lanzan inmediatamente la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios puede permitir la muerte de tantos inocentes? ¿Qué le he hecho yo a Dios?

    A estas preguntas el creyente no puede dar otra respuesta que la de Jesús ante las trágicas muertes que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 13,1-9). Ni los hombres ni Dios tienen la culpa de estos desastres. Dios, sin embargo, nos quiere decir algo a través de ellos. Es ese mensaje el que debemos acoger. ¿A qué nos invitan esos desastres? Ante todo a la solidaridad y a luchar contra el mal. En eso estamos de acuerdo creyentes y no creyentes. Sufrimos con los que sufren e intentamos con nuestra ayuda paliar ese dolor. Pero el creyente descubre además una llamada a la conversión, a reorientar nuestra vida hacia Dios.

    Nuestra conversión no va a impedir que siga habiendo erupción de volcanes pero puede logra que no sigan muriendo inocentes y que los menores estén protegidos. Jesús está preocupado por el destino del hombre, sin duda ligado al destino de esta tierra que puede terminar de manera trágica. El destino eterno del hombre nos lo jugamos con nuestra vida. Lo terrible no es morir sepultado por la lava de un volcán, sino morir tranquilamente en la cama, sumergido en el egoísmo, de espaldas a Dios. Entonces sí que se perece seriamente y se echa a perder la vida. Convertirnos constantemente a Dios es la manera de asegurar nuestra vida, no contra los volcanes sino contra la perdición definitiva.

    El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

    La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. Sólo escuchando la llamada de Dios y el clamor de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-15). Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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