• Ahí tienes a tu Madre

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    15 de abril de 2022 – Viernes Santo

    La Iglesia como persona es santa, pero el personal de la Iglesia somos pecadores. Hoy es el día más adecuado para “alcanzar misericordia y gracia” (Hb 4,14-16; 5,7-9). Acerquémonos con confianza a adorar al Señor crucificado. El tiene los brazos extendidos para abrazarnos y fundirse con nosotros. Dios Padre nos contempla siempre como hijos en el Hijo que nos lleva sobre sus hombros como ovejas perdidas y vueltas a encontrar. No perdamos esta oportunidad que se nos ofrece.

    El Domingo de Ramos empezábamos la Semana Santa con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Rey. Pero inmediatamente pasábamos a leer la pasión de San Lucas pues el triunfo de Jesús fue demasiado efímero. Inmediatamente todo se volvió en contra suya y precipitó todos los acontecimientos que lo llevaron a la cruz. De nuevo somos invitados este Viernes Santo a vivir intensamente la pasión a través de los diversos personajes.

    La narración de san Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Jesús es el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades.

    Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

    En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, de su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

    Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre.


  • Los amó hasta el extremo

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    14 de abril de 2022 – Jueves Santo

    Ante la realidad cruel de la guerra es difícil creer en Dios. Es difícil también creer en el hombre. Vemos, sin embargo, personas que creen en las víctimas y que corren a socorrerlas.  Los creyentes seguimos creyendo en el amor  misericordioso de Dios nuestro Padre  que entrega a su Hijo Jesús por nosotros. Este nos da su cuerpo y su sangre en la última cena como signo visible del amor del Padre. Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en la última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

    Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

    Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

    Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.


  • Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen

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    10 de abril de 2022 – Domingo de Ramos

    Durante toda la cuaresma nos ha acompañado la guerra de Ucrania, que representa el fracaso del «Fratelli tutti, todos hermanos». La presencia de los refugiados nos recordará que la pasión de Jesús es siempre actual. Sigue habiendo millares de crucificados que mueren injustamente porque han querido defender su patria y sus familias. Probablemente los soldados que los atacaron no tienen nada contra el pueblo de Ucrania, pero siguen la órdenes de los poderosos. Para muchos la Semana Santa será un tiempo de vacaciones. El recuerdo de la muerte de Jesús, de un inocente condenado injustamente, cada vez le dice menos a nuestro mundo que se ha ido acostumbrando a ver los muertos en la tele y se ha vuelto más o menos insensible, aunque hay muchos que han reaccionado y se han solidarizado con las víctimas. Esta Semana Santa va a ser una oportunidad única de enfrentarnos con el mal en el mundo y de creer que se puede vencer el mal a fuerza de bien.

    El Domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa. En él vemos ya presente los dos grandes acontecimientos de la vida de Jesús, su muerte y su gloria. La entrada triunfal en Jerusalén anuncia su triunfo definitivo (Lc 19,28-40). No debemos perder de vista que caminamos hacia la resurrección, pero antes es necesario pasar por la pasión. Jesús anunció el Reino de Dios y lo hizo presente a través de diversos gestos proféticos, como el comer con los pecadores o sus milagros. Quiso inaugurarlo con su solemne entrada en la capital, aclamado por todos los que esperaban el Reino. En ese Reino entrará de manera inmediata el buen ladrón, que confiesa su fe y su confianza en Jesús.

    La lectura de la pasión, hoy y el Viernes Santo, da una densidad especial al misterio de la cruz, con la que Jesús redimió al mundo. Vamos a contemplar la pasión del Señor no como simples espectadores, que permanecen fuera del juego, sino entrando también nosotros en ella. Metámonos dentro de los diversos personajes. Ante todo identifiquémonos con Jesús “que me amó y se entregó por mí”. Descubramos sus sentimientos profundos de amor al Padre y a los hombres. Siendo Dios, se despojó de toda gloria y compartió la condición de los pobres y humildes. Más aún, se hizo obediente hasta la muerte de cruz (Filp 2,6-11).

    Es ese vaciamiento de sí mismo, para poder ser solidario con los últimos de la tierra, el que le permitirá llenarse totalmente de Dios en la resurrección. A los ojos de la sabiduría humana, el misterio de la cruz es una locura, pero para los que creen en Cristo es la manifestación del amor, de la fuerza y de la sabiduría de Dios. Hay que entrar en el misterio de la cruz con un corazón de discípulo, que quiere aprender de su Señor, sin tener miedo a arriesgar la vida.

    En la Pasión de san Lucas, Jesús aparece como el justo inocente perseguido injustamente por sus enemigos (Lc 22,14-23,56). Su sufrimiento revela el amor y la misericordia del Padre para con todos sus hijos descarriados. La cruz de Cristo no tiene nada de trágico sino que encarna el amor con el que cada discípulo tiene que llevar en su vida las contrariedades y contradicciones  a causa del seguimiento de su Señor.

    Pero también la contemplación de los demás personajes de la pasión, nos ayudan a descubrir la realidad de nuestras vidas y de nuestro pecado. Judas, el discípulo que lo entregó, es para todos nosotros una seria advertencia de que también nosotros podemos traicionar a Jesús y hundirnos después en nuestra desesperación. También Pedro lo negó, pero supo llorar su pecado. Los otros discípulos lo abandonaron por miedo, pero volvieron a creer en Él cuando lo vieron resucitado.

    Pilato se lava las manos en signo de inocencia, pero condena al inocente para no perder la amistad con el emperador. Herodes, curioso por poder ver algún milagro, se reconcilia con Pilato que le envió a Jesús para que lo juzgara. Los sumos sacerdotes consideran a Jesús un blasfemo, porque ha anunciado un Dios de misericordia y de perdón. ¿Qué personaje eres tú en la pasión de Jesús que continúa hoy día? La pasión de Jesús se actualiza en la celebración eucarística. Al comulgar el cuerpo de Jesús participamos en su destino de muerte y resurrección. Empecemos con ánimos la Semana Santa y acompañemos a Jesús a lo largo de ella para llegar a la alegría de la Pascua.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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