• Luz del mundo

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    5 de febrero 2023- 5º Domingo Ordinario

    La Iglesia ha querido ser siempre y al mismo tiempo madre y maestra de los hombres. Estos la escuchan mejor cuando se muestra como madre que cuando pretende ser maestra. Sin duda la Iglesia está convencida de que es portadora de una luz, que no procede de ella, sino del Señor Jesús, luz del mundo. El papa Francisco ha adoptado una nueva manera de proponer la verdad haciéndola más comprensible y atractiva para todos a través de la escucha y el diálogo. También muchos no creyentes se han puesto de nuevo a la escucha de la Iglesia, con la esperanza de encontrar una luz para sus vidas y los problemas actuales de la sociedad. El papa Francisco no ha cambiado las verdades de fe,  pero las propone con amor y misericordia, sin rebajar en nada el ideal cristiano.

    Jesús confió a la Iglesia la misión de ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 5,13,16). Ella supo serlo a través de personas sencillas, que convencían, no mediante sabiduría humana sino por la manifestación del Espíritu (1 Cor 2,1-5). Eran sobre todo las obras de misericordia las que hacían brillar su luz (Is 58,7-10). La Iglesia, si quiere ser significativa para el hombre de hoy, tiene que entrar en diálogo en el debate actual en torno al hombre y a su futuro. Tiene pues el derecho y el deber de pronunciar una palabra sobre las cuestiones en que se debate el futuro del hombre y de la sociedad, la justicia, la paz y la integridad de la creación.

    El problema es cómo intervenir en ese debate social. Hasta hace poco, la Iglesia estaba acostumbrada a tener y pronunciar la última palabra sobre todas las cuestiones divinas y humanas. Hoy día la cultura actual no admite ninguna instancia externa a la razón para descubrir la verdad. El Concilio, al reconocer la laicidad o autonomía del mundo, nos ha enseñado a ser más modestos en nuestras pretensiones. No podemos pretender tener sólo nosotros una respuesta para cada uno de los problemas, en general nuevos, que está viviendo la humanidad.

    Hay que tener, por tanto, la humildad necesaria para entrar en diálogo dentro y fuera de la comunidad eclesial. El diálogo supone admitir que uno no tiene el monopolio de la verdad y que la verdad se encuentra precisamente en el diálogo. La Iglesia tiene pues que estar dispuesta a encontrar la verdad no sólo en su patrimonio religioso, presente en la Escritura y en la Tradición, sino también en otras tradiciones religiosas, y en los conocimientos que hoy día nos proporcionan sobre todo las ciencias humanas. Se trata, por tanto, no sólo de no querer imponer a los demás la propia verdad, sino de estar dispuesto a acoger la verdad, que habla también a través de toda persona pues “el Verbo, con su venida al mundo, ilumina a todo hombre” (Jn 1,9).

    No se trata de renunciar a la verdad revelada ni a la misión de ser la luz del mundo. Se trata de reconocer que la Iglesia no tiene una luz propia sino que es la luz de Cristo, que ilumina también a las personas que no pertenecen a la Iglesia visible. Es una misión que nos supera cuando vemos nuestras limitaciones, pero que confiamos poder realizarla siendo testigos trasparentes de la luz de Cristo. Sólo a la luz de Cristo se ilumina el misterio que somos cada uno de los hombres. Para ello los cristianos debemos compartir las alegrías y las esperanzas, las penas y los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, caminar junto con ellos y discernir constantemente los peligros que acechan a la humanidad y las oportunidades de una liberación humana.

    Esto sólo es posible a través del testimonio de nuestras vidas, de nuestras obras buenas. Debemos mostrar cómo la vivencia del evangelio lleva a la realización plena del hombre abierto a Dios y a los demás y responsable del futuro. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a ser fieles a la misión que el Señor nos ha confiado.


  • ¡Felices los pobres en el espíritu!

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    29 de enero de 2023 – 4 Domingo Ordinario

    La guerra de Ucrania ha venido a agravar la crisis económica de los quince últimos años y que se había agudizado con el parón de la productividad causada por la pandemia del Covid 19. Como siempre, en las guerras hay un grupo que se está forrando: los que producen y los que venden armas. Los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres. Lógicamente este mundo genera, como dice Francisco, una cultura del descarte. Los creyentes tienen que dar un no rotundo al dinero como ídolo de nuestra sociedad. Tenemos que luchar por otro tipo de sociedad basada en los valores de la solidaridad y del compartir, que garantice a todos las posibilidades de realizar nuestra vocación de hijos de Dios.

    La propuesta de  Jesús en las Bienaventuranzas va por ahí. A algunos les parecerá una propuesta poco atractiva. Es verdad que el ideal del sufridor o perdedor tiene menos atractivo que el de triunfador. Pero quizás habría que pensar en otros términos, en una sociedad de personas felices porque son capaces de hacer felices a los demás.

    Mateo presenta a los pobres como “pobres en el espíritu” (Mt 5, 1-12). Lo que cuenta no es la pobreza o la riqueza en sí sino el uso que el hombre hace de la riqueza. Jesús no ha canonizado la pobreza y menos todavía la miseria. Ha mostrado, sin embargo, cuáles son los peligros de las riquezas y cuál es la verdadera actitud del cristiano ante ellas. Las riquezas están al servicio de la comunidad eclesial, sobre todo de los necesitados.

    Lo que cuenta, pues, es el sistema de valores que está en el corazón del hombre y que se traduce en las opciones concretas de cada día. Los valores evangélicos no son un sistema abstracto, producto de una filosofía moral. Son el resultado del encuentro con Jesús y su estilo de vida. En las bienaventuranzas tenemos reflejados el estilo de vida de Jesús y los grandes valores del Reino, al que Jesús dedicó toda su pasión y fuerzas. La venida del Reino produce una relativización e incluso inversión de los valores dominantes, del dinero, de la familia, del honor. Se dejan unos valores porque se han encontrado otros nuevos que permiten la construcción de una sociedad nueva basada en la solidaridad, en la igualdad, en el compartir. Se trata de una sociedad de hermanos y ya no simplemente de una clientela imperial.

    La propuesta de Jesús, al comienzo de su vida pública, es en realidad una continuación del obrar de Dios en la historia de su pueblo. Dios no eligió un pueblo importante sino más bien uno insignificante. A lo largo de toda la historia tratará de construirse un pueblo pobre y humilde que confíe en el Señor (Sof 2,3;3,12-13). Los grandes imperios confían en sus propios recursos y suelen olvidar a Dios y sus mandamientos. Dios quiso que Jesús naciera pobre, que viviera pobremente, rodeado de pobres, es decir de personas sencillas que no contaban a los ojos del mundo.

    Lo mismo constató san Pablo observando la realidad de los primeros creyentes de la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31). El cristianismo arraigó entre las personas pobres trabajadoras y no en las clases sociales pudientes, que consideraban la propuesta cristiana como locura y necedad. Pero es así como Dios había salvado al mundo con la necedad de la cruz. La tentación del hombre es la de buscar la salvación en sus propios recursos técnicos, producto de su inteligencia. Olvida que la salvación es una oferta gratuita de Dios. La salvación es el mismo Jesús. Acojámoslo en la celebración de la eucaristía y pidámosle que nos haga experimentar la alegría de las Bienaventuranzas.

     

     


  • Está cerca el Reino de Dios

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    22 de enero de 2023- Tercer Domingo Ordinario

     

    La Familia Marianista celebra la fiesta de sus Fundadores, los Beatos Guillermo José (22 de enero), y Adela (10 enero). Ambos fueron personas apasionadas por Jesús y por el Reino. Ambos vieron cómo el régimen de cristiandad se hundía en Francia con la Revolución (1789) y dedicaron todos sus esfuerzos a reconstruir el tejido social de la Iglesia como instrumento al servicio del Reino.

    El Reino comporta una transformación de la realidad, un paso de las tinieblas a la luz: “el pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande” (Is 8,23-9,3). Son precisamente los que viven en las tiniebla de la opresión y de la miseria los que experimentarán la luz del Reino. El Reino se hace presente en Jesús, en su persona, en sus palabras y en sus acciones. La persona de Jesús encarna el Reino. Dios se nos comunica en Cristo Jesús que comparte con nosotros su intimidad personal trinitaria. Esa vida es el Reino, vida que se hace presente ya ahora en la historia de los hombres que se convierten y cambian de vida. Uno cambia de vida cuando deja de pensar cómo ganar más dinero para consumir más y se preocupa, en cambio, de hacer de todos los hombres la única familia de Dios. Cuando Dios reina, todos somos hermanos.

    El Reino se hace presente en la predicación de Jesús. Sus palabras son como un grande exorcismo que echa afuera los poderes que usurpan la soberanía de Dios. Sus palabras infunden una esperanza nueva en el corazón de los hombres. El evangelio es buena noticia de la cercanía y del amor de Dios. Son palabras de consuelo que curan los corazones afligidos que suspiran porque Dios haga justicia en el mundo. Las palabras de Jesús hablan de una nueva oportunidad para el pecador. Es posible rehacer la vida y empezar de nuevo en amistad con Dios.

    El Reino se hace presente en las obras de Jesús que muestran la transformación individual y social que trae el reino. Los diversos tipos de curaciones son el signo de que Dios actúa a favor de la felicidad del hombre. Dios no reina para sus propios intereses sino que busca el bien de sus hijos.

    El Reino se hace presente en la comunidad de los discípulos (Mt 4,12-23). La venida del Reino cambió la vida de Jesús y cambió la vida de los discípulos, que inauguraron un nuevo estilo de vida en familia basada no en los lazos de la sangre sino precisamente en el seguimiento de Jesús. Esa comunidad está al servicio del Reino, es una parábola que muestra cómo el Reino se hace presente entre los hombres y derriba las fronteras sociales y religiosas que tantas veces separan a los hombres.

    La Familia Marianista está convencida de que su carisma un don para el bien de toda la Iglesia y quiere ser fermento de unidad y de reconciliación en este mundo dividido (1 Cor 1,10-13.17). No quiere ser un grupo selecto aparte sino que quiere colaborar con todos a la renovación de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, necesita cambio, reforma. El Papa Francisco nos está indicando cuál es el camino concreto de ese cambio. Se trata de pasar de una Iglesia en la que la jerarquía lleva la voz cantante y los demás obedecen callados, a una Iglesia sinodal en la que todos caminamos juntos y somos miembros activos y corresponsables en la misión. Pidamos al Señor en la eucaristía que seamos testigos de su Reino saliendo al encuentro de nuestros hermanos los hombres.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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