• El agua viva

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    12 de marzo de 2023 – Tercer Domingo de Cuaresma

    Cada vez hay más padres que no bautizan a sus hijos el primer año. Como párroco me estoy encontrando con niños no bautizados cuando empiezan la catequesis de preparación para la primera comunión. El por qué mandan a sus hijos a esta catequesis tiene diversas explicaciones en las que no voy a entrar. Algunas veces son los mismos niños los que piden hacerla para recibir la comunión con sus compañeros. Otras son los mismos padres los que han reflexionado y decidido bautizarlos. En algunos casos el bautismo y comunión de sus hijos ha hecho que los padres se replanteen su compromiso cristiano.

    La Cuaresma ha tenido siempre una dimensión catequética centrada en el bautismo, como sacramento que nos sumerge en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo. El bautismo sellaba un encuentro con Cristo, un encuentro que cambia la vida. La persona afortunada  de este domingo no tiene nombre, es simplemente una mujer samaritana, una pagana (Jn 4,5-42). A través de la revelación progresiva de la persona de Jesús, llega a la fe, que hará de ella una misionera en su tierra. El cristiano es un discípulo misionero.

    Todo comienza con la irrupción de Jesús en su vida que va a producir un profundo remolino en el interior de aquella mujer. Ella se va a descubrir como un ser sediento, como la generación del desierto (Ex 17,3-7). Experimenta una sed, que hace que todos los días tenga que ir a buscar agua al pozo y que su sed nunca esté saciada. Al escuchar la promesa de un agua viva, su corazón se abre y ve la realidad de su propia existencia. Una vida sedienta de amor, que ha ido consumiendo maridos y ahora vive con uno que no es su marido. Es decir, ha ido pasando a través de diversas experiencias religiosas, alejadas de la verdadera fe.

    En el diálogo, descubre que Jesús es un profeta y eso hace que su corazón se abra y dé el salto a la trascendencia, pero ¿dónde encontrar a Dios? ¿Dónde darle culto? Las contradicciones de las opiniones humanas crean una desorientación profunda. Jesús va a ayudarle a ver claro. Dios es Espíritu y hay que adorarlo en Espíritu y verdad. La cuestión ya no es “dónde” sino “cómo”. La sed de nuestra existencia tan sólo puede ser saciada por el Espíritu, que ha derramado en nuestros corazones el amor mismo de Dios (Rm 5,1-2.5-8).

    También ella esperaba la venida del Mesías, del Cristo, que lo aclararía todo. Su sorpresa es mayúscula cuando Jesús se presenta como el Mesías esperado. De pronto su vida cambia. Deja el cántaro y se convierte en misionera para su pueblo. Cuando se ha vivido una gran alegría, uno siente necesidad de contárselo a los demás.

    Sus paisanos no quieren perderse la oportunidad de encontrarse con el Mesías. Van donde Jesús y lo invitan a quedarse con ellos. También ellos van a creer en Jesús, unos a causa del testimonio dado por la samaritana, otros porque han hecho ellos mismos la experiencia. Ya no sólo han oído hablar de Él sino que han podido escucharlo directamente y descubrir que es el Salvador del mundo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía produzca un verdadero cambio en nuestra manera de vivir y nos convirtamos en anunciadores de la buena noticia de Jesús.


  • Escuchar a Cristo

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    5 de marzo de 2023- Segundo Domingo de Cuaresma

      

    El tiempo de cuaresma es un tiempo de conversión, o sea, de transformación, ante todo interior, pero también de nuestra conducta. Se trata de transformarnos en Cristo por la participación en su misterio pascual. Para ello se nos brindan los medios de siempre: oración, ayuno y limosna. Pero no debemos confundir los medios con el fin. Es verdad que estos medios son adecuados para llegar el fin, pero cada uno tiene que ir evaluándose durante el camino cuaresmal.

    La segunda etapa en nuestro camino hacia la Pascua anticipa el triunfo del Resucitado, que se transfigura ante sus discípulos (Mt 17,1-9). Es a Él al que hay que escuchar. Para vencer las tentaciones, Jesús acudía a la Palabra de Dios. Nosotros tenemos que escuchar la Palabra de Cristo, que es el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne. A través de todas las palabras de Escritura descubrimos la única Palabra, que es el contenido de la revelación de Dios. Esa Palabra es realidad, acontecimiento, fuerza, y sobre todo es una persona. Nuestra vida está orientada hacia una persona y no hacia una realidad abstracta e impersonal. La contemplación del Señor transfigurado nos transformará en él, de la misma manera que Jesús apareció radiante y glorioso cuando estaba rezando al Padre.

    Es en la persona de Jesús en la que descubrimos la meta y el sentido de nuestra existencia. En Él se nos manifiesta claramente la figura del hombre creado a imagen de Dios y que fue deformada por el pecado. Es necesario todo un trabajo de restauración para volver a tener la imagen original. Es Jesús el que ha restaurada esa imagen mediante la acción de su Espíritu. Jesús destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del evangelio (1 Tim 1,8-10). El nos introduce en el amor de su Padre. Tan sólo el amor y misericordioso de Dios puede reconstruir su imagen deformada por nuestro pecado.

    Celebrar el misterio pascual de Cristo es celebrar nuestro propio misterio, descubrir nuestra realidad más profunda. En Jesús se nos aclara el misterio que somos cada uno de nosotros. Es en Jesús en quien contemplamos el proyecto original de Dios sobre el hombre. Dios nos ha elegido desde toda eternidad en Cristo Jesús para que seamos uno en Él. En Cristo transfigurado descubrimos cuál es la auténtica vocación del hombre. El hombre está llamado a entrar en la intimidad de Dios, que nos concede su propia vida sin romper los límites de nuestra finitud. La meta del hombre es Dios. Sabemos que no podemos alcanzar esa meta, ese sueño de la humanidad de “ser como Dios”, mediante nuestra técnica. Sabemos que es un don de Dios.

    Pero para poder acoger ese don de Dios en nosotros hace falta vaciarnos de nosotros mismos, salir de nosotros mismos. Abrahán salió de su tierra, de su parentela y fue a donde Dios le indicó (Gen 12,1-4). Así se convirtió en un gran pueblo y en bendición para todos los pueblos. Dios, origen de toda bendición, asocia a sí a Abrahán para bendecir a todas las naciones. También Jesús  tuvo que vivir su propio éxodo, salir de su vida tranquila de Nazaret y embarcarse en la predicación del Reino. Tuvo que caminar hacia Jerusalén y desprenderse de su propia vida para recibir la vida misma de Dios. Que la celebración de la eucaristía vaya transfigurando nuestras vidas dando un sentido a los sufrimientos de nuestro mundo vividos unidos a Cristo.


  • Fijos los ojos en Cristo

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    26 de febrero de 2023 – Primer Domingo de Cuaresma

     

    El mensaje del papa Francisco para la cuaresma de este año, lleva por título, “«Ascesis cuaresmal, un camino sinodal». El papa comenta el evangelio de la Transfiguración que leeremos en el segundo domingo de cuaresma. Nos invita durante este tiempo a escuchar la voz de Cristo y a no tener miedo a los cambios que comporta el vivir la sinodalidad de la Iglesia.

    En el primer domingo de cuaresma contemplamos la creación y el pecado que distorsionó el proyecto original de Dios (Gen 2, 7-9; 3, 1-7). Con Cristo el hombre es redimido y hecho nueva criatura, pero sigue expuesto a la tentación y tiene que vencerla como hizo Jesús (Rom 5, 12-19).

    Jesús, al comienzo de su vida pública, tuvo que hacer una opción radical entre los valores del Reino que estaba despuntando y los valores del viejo mundo caduco del pecado que nos siguen seduciendo a todos (Mat 4, 1-11). El mundo nos sigue ofreciendo como sentido de la vida una especie de mesianismo terreno político. Es la tentación de crear una sociedad de espaldas a Dios en la que el “pan y espectáculos” lleva a adorar al dios de este mundo con la promesa de tenerlo todo. A Jesús, no sólo el maligno, sino también sus contemporáneos, incluso sus discípulos,  el propusieron un camino, lleno de éxitos espectaculares, pero lo rechazó. A la gente no se la salva mediante la seducción, sino  haciendo que se abra a la voluntad del Padre. Fue lo que siempre hizo Jesús.

    Jesús tomó la opción de ser un Mesías sufriente, que terminaría en la cruz por fidelidad al Reino y a sus hermanos necesitados de salvación. Tan sólo descubriendo las necesidades profundas de la persona, que no vive sólo de pan, y aceptando una vida sin milagros se puede permanecer fiel a Dios y a su Reino.

    En ese discernimiento que Jesús tuvo que hacer, encontró su norte en la Palabra de Dios. La Escritura es el libro del discernimiento porque denuncia los falsos mesianismos, las falsas ofertas de salvación barata y nos muestra la manera de actuar de Dios, de salvar a su pueblo.

    A lo largo de la cuaresma tenemos que rehacer la imagen de Dios en nosotros, deformada por el pecado. Para ello tenemos que tener fijos los ojos en Cristo, imagen verdadera del Padre. La victoria de Cristo sobre el mal es la promesa y garantía de nuestra propia victoria. También un día nosotros triunfaremos totalmente sobre el pecado. No estamos solos en esta lucha contra la seducción del mal. Cristo está a nuestro lado y Él ha vencido ya el mundo. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

    Mientras estamos en camino experimentaremos las tentaciones e incluso las caídas. Lo importante es no abandonar el camino que es Cristo. Con Él un día venceremos. En la celebración de la eucaristía actualizamos la victoria de Cristo y la hacemos nuestra de manera que nos disponemos a seguir combatiendo para vencer también nosotros el pecado.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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