• El pan de los hijos

    Categoría:

    20 de agosto de 2020 – 20 Domingo Ordinario

    La pandemia del coronavirus nos ha hecho caer en la cuenta de que hay millones de personas que viven amenazados constantemente por virus más terribles, sobre todo el virus del hambre. Hay unas categorías de personas que ya la Biblia resumía: el extranjero, el huérfano y la viuda. A menudo esas categorías se superponían. Y eso que la Biblia no añadía la de ser mujer.

    Hoy día se ha añadido el pobre que se presenta como una amenaza para las sociedades ricas. Ya no se trata del pobre que no quiere trabajar sino, por el contrario, del emigrante que busca trabajo y realiza los trabajos que los ciudadanos no quieren hacer. De nuevo en la pandemia se le ha echado la culpa a los temporeros que suelen ser emigrantes y los empresarios que los han contratado han intentado escurrir el bulto al no asegurarles unas condiciones de trabajo dignas. La Iglesia es la institución más globalizada y con más experiencia de lo que sería una auténtica globalización de la compasión y no simplemente de la miseria.

    Hoy día los emigrantes extranjeros, hombres y mujeres, nos dan lecciones de fe. Es verdad que ellos, como muestra la escena del evangelio, están atormentados por el peor de los demonios, el de la miseria, y muchas veces tienen que comer las migajas que caen de la mesa de los amos ( Mt 15,21-28). Éstos normalmente son los del país que los contratan y muchas veces se aprovechan de ellos. Muchos probablemente llevan todavía una vida de perros pues no han encontrado un trabajo legal que les permita ganarse la vida con dignidad. En esas situaciones desesperadas, tan sólo se puede esperar un milagro de Dios.

    La Iglesia, desde el principio, rompió los estrechos moldes del judaísmo para ir al encuentro de todos los pueblos y culturas y ser verdaderamente católica, es decir, universal. Ella tuvo esa capacidad admirable de encarnarse en la diversidad de culturas sin identificarse con ningún nacionalismo político, sino abierta siempre a la gran comunidad de los hijos de Dios. Los profetas habían tenido ya una intuición de que Dios no podía ser el patrimonio de un solo pueblo sino que también los extranjeros podían entregarse al Señor para servirlo (Isaías 56, 1.6-7).

    El gran reto es el pasar de un mundo de amos y “perros” a ser verdaderos compañeros de mesa que pueden compartir el mismo pan. Ése es el ideal cristiano que  hacemos presente en la celebración de la eucaristía. Todos sentados a la misma mesa, compartiendo un mismo pan y un mismo vino. El problema es que, cuando salimos de la iglesia, establecemos de nuevo las barreras y discriminaciones que habíamos suprimido al entrar.

    La tentación de excluir a los emigrantes es más grande cuando estamos viviendo un período de crisis económica. Tenemos la sensación de que los emigrantes nos quitan el trabajo y el bienestar. Olvidamos fácilmente que ellos han contribuido con su trabajo y esfuerzo al bienestar y la abundancia de hace pocos años. Nuestra solidaridad debe manifestarse en estos momentos de prueba de manera que no queramos descargar las consecuencias de la crisis sobre los colectivos más débiles. Que la celebración de la eucaristía nos dé entrañas de compasión de manera que estemos dispuestos a no excluir a nadie del banquete de la vida al que todos estamos invitados.


  • Dichosa tú, que has creído

    Categoría:

    15 de agosto de 2023 – Asunción de la Virgen María

    La pandemia del coronavirus nos ha hecho palpar nuestra fragilidad, somos personas expuestas, amenazadas y mortales. No somos necesarios ni tenemos en nosotros el fundamento de nuestra existencia. Los sueños de inmortalidad que han fomentado los progresos tecnológicos siguen siendo eso: sueños.

    No por eso nos vamos a hundir en el pesimismo y la desesperación. Dios es el Dios de la vida y nos llama a la vida en Jesús resucitado. Para nosotros, marianistas, la fiesta  de la Asunción de María nos sitúa de lleno en el último artículo del credo, que el Beato Chaminade recomendaba  meditar frecuentemente: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna (1 Cor 15,20-26). La Asunción de María muestra una imagen de la humanidad nueva que ha sido inaugurada ya en la resurrección de Jesús. No se trata del superhombre sino de la realización del sueño de Dios en la humildad de una mujer, hermana nuestra, que comparte con nosotros todas nuestras limitaciones y grandezas.

    La Asunción es el coronamiento de toda una vida en la que el último toque lo da Dios, haciendo que la Madre se parezca lo más posible al Hijo ya que había estado asociada a todos sus misterios. Es en cierto sentido el resultado de una vida de fe por la cual Dios vino a habitar en su seno. Eso no cambió su vida sencilla sino que siempre fue peregrina en la fe, tratando de discernir los signos de los tiempos en su historia concreta.

    La fe fue el fundamento de su felicidad (Lc 1,39-56). María puso en el centro de su vida a Dios, manifestado en Cristo Jesús, y se dedicó totalmente a la causa de su Hijo, la salvación de los hombres. Porque se fue vaciando de sí misma, al final pudo llenarse totalmente de Dios y dejarse transformar por la gloria del Resucitado. Esa transformación afectó a la persona entera, cuerpo y alma, con toda la historia concreta vivida.

    María, exaltada en la gloria, no está lejos de nosotros que nos debatimos todavía en medio de las dificultades de la lucha contra el dragón, que amenaza siempre con devorar la vida naciente (Ap 11,9-12,10) . María, siempre solidaria con la Iglesia que peregrina, aparece para todos nosotros como un signo de esperanza.

    Como señalaba el entonces cardenal Ratzinger (Benedicto XVI), “María no está, ni simplemente en el pasado, ni sólo en lo alto del cielo, asentada en el ámbito reservado de Dios; está aquí y sigue presente y activa en el actual momento histórico; es aquí y ahora una persona que actúa. Su vida no está sólo detrás de nosotros, ni simplemente sobre nosotros; como el Papa Juan Pablo II subraya continuamente, nos prece­de. Nos explica nuestro momento histórico, no mediante teorías sino actuando, mostrándo­nos el camino a seguir».

    Nuestra vida no es una pasión inútil que termina con la muerte en la nada. Estamos destinados, también nosotros, a ver transformados nuestros cuerpos y nuestras almas, las historias que hemos vivido y todas las realidades que hemos amado. Todo esto es el germen de la nueva creación inaugurada por Cristo y que vemos resplandecer también en María. En esta eucaristía alegrémonos con María porque ha llegado ya a la meta deseada y pidámosle que ella sea siempre para nosotros un signo de esperanza que nos proteja y nos lleve a trabajar por la venida del Reino.


  • ¿Por qué has dudado?

    Categoría:

    13 de agosto 2023 – 19 Domingo Ordinario

    Vivimos en unos tiempos de incertidumbre, en que se han ido derrumbando las certezas que hasta ahora sostenían nuestra vida. Ante esta situación, la reacción de muchos es la de vivir al día, disfrutar todo lo posible del presente y no plantearse problemas. Pero hay también quienes intentan repensar las cuestiones importantes y contribuyen a dar una respuesta a los desafíos de la vida. Lo hemos visto. En menos de un año teníamos vacunas para el coronavirus.

    El cristiano comparte con todos los demás los desafíos del presente y la fe que lo sostiene no le libra de tener que vivir a la intemperie. Tiene que ser capaz de dar razón su esperanza ante los demás. El evangelio de este domingo nos ayuda a entender lo que es la fe, el fiarse de Dios para quien nada es imposible. La fe es, ante todo un encuentro con Jesús. Cuando Jesús no está, inmediatamente los vientos nos son contrarios.  En medio de las dificultades que experimentamos, muchas veces perdemos la cabeza y estamos de confundir al mismo Jesús con un fantasma (Mat 14, 22-33).

    Jesús nos invita precisamente a no tener miedo. Tener fe es, como Pedro, tirarse al agua y empezar a caminar sobre las olas. Pero pronto le asaltó el miedo y empezó a hundirse. Pero supo gritar a tiempo: Señor, sálvame, y encontró enseguida la mano de Jesús que lo sostenía sobre las aguas. Jesús le reprochó su poca fe. Y es que en nuestras vidas conviven el fiarnos de Dios y al mismo tiempo nuestras dudas. Pero no nos olvidemos nunca de invocar la salvación del Señor.

    Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave.

    Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Dios, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

    Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos.

    El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado dominado por las fuerzas del mal. Éstas, sin embargo, han sido ya derrotadas por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía que aumente nuestra fe para vivir arraigados en Él.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo