• Una muerte de cruz

    Categoría:

    2 de abril de 2023 – Domingo de Ramos

    La celebración de la Semana Santa este año volverá a tener su dimensión de espectáculo tradicional, una vez superada más o menos la pandemia. Pero es importante que la celebremos con intensidad pues se trata de la pasión y resurrección de Jesús.  Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar en Jerusalén como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.

    El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

    Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

    El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

    Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad. Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.

    El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Confiemos también nosotros en este tiempo de prueba y mantengámonos fieles a Jesús. Ya que compartimos su pasión, tendremos también parte en su resurrección.


  • Yo soy la resurrección

    Categoría:

    26 de marzo 2023 – 5 Domingo de Cuaresma

    La pandemia nos ha hecho tomar conciencia de nuestra fragilidad. Somos mortales. Quizás ya este último año hemos tratado de olvidarlo. Los gobiernos han optado por no seguir dando cifras de muertos. Nos consuela, sin embargo, saber que ellos están ya con el Señor, liberados de las ataduras de la muerte ¿Es capaz Dios de abrir nuestros sepulcros? (Ezequiel 37,12-14).

    La fe cristiana nos confirma que Dios es el Dios de la vida y que Jesús triunfó sobre la muerte. El Espíritu del Señor que habita en nosotros dará vida a nuestros cuerpos mortales (Rom 8,8-11). La quinta etapa en nuestro caminar cuaresmal anuncia la resurrección de Jesús, anticipada en la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). La vida triunfa sobre la muerte. Por el bautismo hemos resucitado con Cristo.  La muerte de Lázaro, amigo de Jesús, había sido precedida de una breve enfermedad de la cual Jesús había tenido noticia por un mensaje enviado por las hermanas del enfermo. Jesús ante sus discípulos relativizó la gravedad de la enfermedad en la que vio una ocasión de manifestar la gloria de Dios.

    Cuando finalmente decide ir a verlo, sus discípulos le recuerdan las amenazas que pesan sobre Él de parte de sus enemigos. Eso no parece inquietarle y puede comentar con sus discípulos la muerte de Lázaro, presentada como un estar dormido. Esa es la visión cristiana de la muerte. Ésta no es un final sino un descanso en espera de la resurrección. Tomás, como buen discípulo, expresa su disponibilidad a morir con el maestro.

    Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta le reprocha a Jesús el llegar demasiado tarde. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

    También María, la otra hermana, fue al encuentro de Jesús que la llamaba y le reprocha su tardanza. Al ver llorar a todos, Jesús se conmovió mostrando claramente el amor que tenía por Lázaro. ¿Es capaz el amor de triunfar sobre la muerte? Uno que hace milagros ¿puede impedir que alguien querido muera?

    Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

    El muerto obedeció. El milagro se realizó y tuvo como consecuencia el que muchos creyeran en Él. Jesús es el dueño de la vida y de la muerte. Nada va a impedir el que vaya libremente hacia la muerte porque confía que el Padre lo resucitará para siempre. La resurrección de Jesús ha irrumpido con toda su fuerza en nuestro mundo y ha transformado nuestra vida y nuestra muerte al creer en Él. Que la celebración de la eucaristía sea para nosotros, como decían los Padres, “medicina de inmortalidad”.


  • Ahora veo

    Categoría:

    19 de marzo de 2023 – Cuarto Domingo de Cuaresma

    Con los años vamos perdiendo facultades. Cada vez oímos y vemos peor. Cuando nos quitan las cataratas y nos ponen una lentilla volvemos a ver las cosas en todo su esplendor y color. Desgraciadamente los sinsabores de la vida también nublan nuestro visión de los acontecimientos y tenemos la sensación de que Dios está ausente. Nuestra fe se va debilitando. La cuaresma con su dimensión bautismal es la gran oportunidad de redescubrir la fe como luz que ilumina nuestra vida y todos los acontecimientos. La cuarta etapa de nuestro itinerario cuaresmal está centrada en el bautismo como iluminación del corazón y de la mente, de la que habla la carta a los Efesios (5,8-14).

    La curación del ciego de nacimiento va mostrando las diversas fases de esa iluminación progresiva, desde las tinieblas a la luz (Jn 9,1-41). Al principio, no sólo el ciego sino también los discípulos de Jesús, están en la oscuridad. Éstos no comprenden la causa de la ceguera de aquel hombre  y se dejan llevar de las opiniones imperantes o de las apariencias (1 Sam 6,1.6-7.10-13).

    El milagro pone al descubierto la ceguera de los vecinos del curado, que ya no son capaces de reconocerlo y creen que lo confunden con otro. No sólo los vecinos estaban ciegos sino también sobre todo los fariseos que creen que ven bien. También ellos parecen interesarse por el milagro, pero el relato de lo ocurrido los deja perplejos. Algunos están tan obcecados en sus convicciones legalistas que descalifican a Jesús porque ha curado en sábado. Otros parecen abrirse a la luz y reconocer que un pecador no puede realizar tales milagros. Interrogado el curado sobre la persona de Jesús, empieza a ver claro y lo considera un profeta, un hombre de Dios.

    Las autoridades judías, en su obcecación, en su voluntad de negar el milagro evidente, creen que el hombre no era ciego. Para ello llamaron a sus padres. Éstos confirman que era ciego pero no saben cómo ha ocurrido el milagro, o mejor, no quieren saber nada del milagro, pues sería reconocer a Jesús como el Mesías. Esto provocaba la exclusión de la comunidad judía, cosa que ellos no quieren. Por eso se lavan las manos y piden que interroguen directamente al hijo, que es mayor y no necesita que otros respondan por él.

    Cerrados en su ceguera, las autoridades inician un segundo interrogatorio del curado, acusando a Jesús de pecador. Es la manera de descalificar su persona y su obra liberadora. El ciego, beneficiario de la obra salvadora, no puede admitir que Jesús sea un pecador. Más bien en el interés de las autoridades por escuchar de nuevo el hecho cree descubrir un deseo de parte de ellas de hacerse discípulos de Jesús. Ellos lo niegan categóricamente y se declaran discípulos de Moisés, el enviado de Dios. El ciego curado sostiene que también Jesús tiene que ser un enviado de Dios porque ha hecho este milagro.

    Las autoridades no se dejan dar lecciones de un pecador, castigado por Dios con la ceguera, y lo expulsan de la comunidad. Es entonces cuando es acogido por Jesús, que le pide una fe absoluta en su persona como Hijo del Hombre y Señor. Es lo que el ciego curado confesará, adorándolo como a Dios. De esa manera el ciego ha llegado a la iluminación plena. En cambio los que creen ver no tienen remedio. Están condenados a la ceguera para siempre. Que la celebración de la eucaristía ilumine nuestras vidas con el misterio de Cristo para que también nosotros podamos ser pequeños puntos de luz que indican el camino a los que lo buscan.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo