• Entregar la vida

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    2 de julio 2023- 13 Domingo ordinario

    Darse la buena vida ha sido la máxima aspiración de muchas personas. La crisis del coronavirus y la guerra de Ucrania han puesto en cuestión el ideal del consumismo que ha dominado el último  siglo. Tenemos que redescubrir el verdadero sentido de la vida. La vida es sin duda el primero de los bienes que hemos recibido de Dios. La Palabra de Dios confirma, sin duda, la importancia del bien de la vida, una vida que debe ser respetada y protegida desde su concepción hasta su muerte.

    Dios es el origen de la vida. Los hombres son sólo los transmisores de esa vida, no sus creadores. Los casos de esterilidad provocaban lástima tanto en las antiguas culturas como hoy día. Antes nos hacían caer en la cuenta que la vida viene de Dios (2 Re 4,8-11.14-16). Ahora se busca todo tipo de métodos, a veces no del todo morales, para tener hijos a cualquier precio.  El evangelio, sin embargo, nos invita a estar dispuestos a renunciar a la propia vida, cuando está en juego la fidelidad al Señor (Mt 10,37-42).

    Pero sobre todo el evangelio nos pone en guardia contra ciertas maneras de vivir, hoy día de moda, que parecen ser la expresión de una vida a tope, cuando en realidad llevan a arruinar la propia existencia. No se consigue la vida queriéndola simplemente disfrutar y consumir egoístamente. En la medida en que uno se cierra en sí mismo y en sus propios intereses, la vida acaba corrompiéndose como el agua encharcada. De nada sirve ganar el mundo si echamos a perder la propia vida. No se puede identificar la vida plena simplemente con las experiencias placenteras excitantes o con el conseguir un buen puesto, que nos permita ganar mucho dinero.

    La vida es para darla. Y dándola uno experimenta una gran alegría. Es lo que viven todos los matrimonios que tienen el coraje de traer hijos a este mundo. Sin duda que los hijos son una carga costosa y pero también proporcionan una alegría incomparable. Por el bautismo hemos muerto con Cristo y hemos adquirido una vida nueva, la vida del resucitado (Rm 6,3-4.8-11). Su vida debe reflejarse en nuestra vida. Como él, tenemos que estar dispuestos a entregar la vida.

    El don de la propia vida no se refiere sólo a las circunstancias extremas. En realidad se trata de ir dando la vida en el día a día para que, cuando llegue la muerte, hayamos hecho ya de la vida un don total. Ese don de la vida se traduce en tomar la cruz y seguir a Jesús. Lo más importante es seguir a Jesús, caminar con él, estar en el grupo de sus discípulos. La cruz vendrá por añadidura. Cuando se quiere ser discípulo de Jesús y vivir el evangelio, con todas sus exigencias de la letra y del espíritu, la cruz se va presentando sin necesidad de buscarla. Pero llevada en compañía de Jesús, será una cruz que no nos romperá sino que de ella brotará la vida.

    Las palabras de Jesús parecen contener tan sólo una exigencia de renuncia. No es ése el contenido fundamental de su mensaje. Por eso el Señor hace la promesa de que encontraremos en Él la vida. Todos nuestros pequeños gestos de dar la vida, de acoger a los enviados de Jesús y a todas las personas en las que Él viene a nuestro encuentro no quedarán sin recompensa. Dios mismo será nuestra recompensa. Ahora en la celebración de la eucaristía vivimos con Jesús el don de la vida para la salvación del mundo. Es de ese don del que brota la vida nueva que nosotros creyentes debemos vivir, testimoniar e infundir en el mundo.


  • No tengáis miedo

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    25 de junio de 2023 – 12 Domingo Ordinario

    Desgraciadamente los grupos fanáticos e integristas no quieren saber nada de diálogo y golpean con la violencia. Ese fanatismo no siempre es de carácter propiamente religioso, sino que muchas veces es abiertamente político y suele usar la religión para sus fines. Sigue habiendo persecución religiosa y sigue habiendo mártires. Jesús experimentó el rechazo de los grupos fanáticos de su tiempo que querían a toda costa conservar el poder. Gracias a Dios vivimos en un país donde podemos practicar libremente nuestra fe. En este momento hay una cierta crispación social agitada por los partidos políticos que quieren sacar ventajas de cara a las diversas votaciones. Como creyentes, queremos establecer puentes de diálogo y de encuentro entre todos los españoles para poder afrontar el futuro difícil que ya está ahí.

    La Iglesia está al servicio del hombre. La Iglesia sabe que la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo y revela el misterio de la persona humana. La Iglesia se reconoce servidora de la verdad de Dios y confía que esa verdad es capaz de abrirse paso por sí misma en el corazón del hombre. No ignora, sin embargo, las resistencias que encuentra esa verdad a causa del pecado del hombre (Rom 5,12-15). Cree, sin embargo, en la fuerza de la gracia y de la verdad y por eso la anuncia con valentía y no la disimula. No trata de dorar la píldora ni hacer las exigencias del evangelio más llevaderas, porque sería traicionar a su Señor.

    El anuncio del evangelio es peligroso porque pone en cuestión la situación de nuestro mundo y de manera particular de los poderes de este mundo que lo organizan de una manera tan injusta. La proclamación de la venida del Reino de Dios afirma que Dios va a cambiar la situación y hacer justicia a los que sufren. Ello supone derribar del trono a los poderosos. Nada de extraño que éstos reaccionen incluso con la persecución sangrienta (Mt 10, 26,-33). Ese rechazo lo experimentaron ya los antiguos enviados de Dios (Jer 20,10-13), y en particular Jesús. El poder para amordazar la palabra empieza con prohibiciones y amenazas. Si uno no se calla, el poder pasará a la acción violenta y sangrienta.

    La existencia de amenazas o de persecuciones no debe atemorizarnos. Nada escapa a la providencia de Dios, que vela por sus hijos. Sin duda las situaciones de la Iglesia en nuestro mundo son muy variadas. Gracias a Dios en muchos países podemos practicar públicamente nuestra fe, aunque algunos se burlen de nosotros. En otros, por desgracia, proclamar las exigencias de la fe desencadena una persecución más o menos violenta. Existen, por desgracia, todavía regímenes en los que reina totalmente el silencio y la fe cristiana vive en las catacumbas. Nuestra solidaridad en la oración con todos ellos.

    La fe nunca estará de moda. Por eso es necesario ser capaz de resistir y vivir a contracorriente. Es la manera de conservar nuestra fidelidad a Cristo. De esta fidelidad depende el destino de nuestro Iglesia y de nuestras vidas. Renegar al Señor con el respeto humano o con una conducta tibia o miedosa es exponerse a que Él no nos reconozca en el día del juicio. Que la celebración de la eucaristía, “pan de los fuertes”, nos dé la fuerza que necesitamos para ser testigos valientes de Cristo en todas las situaciones.


  • La mies es abundante

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    18 de junio 2023 – Domingo 11, Tiempo Ordinario

    La preocupación por las vocaciones seglares, religiosas y sacerdotales brota de la constatación de la abundancia de la mies y de la escasez de los obreros para recogerla (Mat 9,36-10,8). Tendemos a fijarnos en la escasez de obreros en vez de mirar la gran esperanza que suscita la abundancia de la mies. El espectáculo de nuestro mundo, de las masas solitarias cansadas, sin encontrar un sentido a su vida, nos interpela, porque conmueve el corazón de Jesús. Jesús entregó su vida por nosotros para reconciliarnos entre nosotros y con Dios (Rm 5, 6-11).

    La verdad es que todos vemos las necesidades, todos sentimos una cierta compasión ante las imágenes que nos ofrecen de tantos hermanos nuestros en la miseria. ¿Qué es lo que hace que nuestros pies no se muevan y nuestras manos no actúen? Nuestro estilo de vida cómodo que nos ha paralizado y no nos permite actuar. Tan sólo Dios puede removernos y hacer que de espectadores pasemos a ser obreros activos en la misión. Tenemos que construir una Iglesia sinodal que continúe la obra que Jesús encomendó a los doce apóstoles, núcleo de nuestra Iglesia en la que todos somos corresponsables de la misión. Es una misión grandiosa la que no es confiada (Ex 19,2-69).

    Anunciar la Buena Noticia del Reino fue la pasión de Jesús, la que dio sentido a toda su vida y a su muerte y resurrección. Proclamar que el Reino de Dios está cerca es también la misión de los apóstoles y de la Iglesia. La Iglesia se construye como Iglesia en cuanto anuncia el Evangelio. No es primero la Iglesia y luego anuncia el Evangelio, sino que la Iglesia existe en cuanto anuncia el Evangelio de Jesús. Sin ello la Iglesia queda reducida a una simple organización humana. La venida del Reino de Dios, como noticia de que Dios viene a instaurar la justicia, la paz, la libertad y la fraternidad, concierne a todo hombre. Se dirige de manera especial a los pobres, que se ven privados de sus derechos y de la posibilidad de vivir esos valores evangélicos que dan sentido a dignidad humana.

    El anuncio del Reino va acompañado de los signos que hacen creíbles la presencia del Reino y el inicio del cambio de las situaciones humanas. La Iglesia debe anunciar el Evangelio con palabras y obras. La palabra de la Buena Noticia de la salvación en Cristo Jesús es importante en una cultura en que se quieren resolver los problemas a través de la palabra y del diálogo, y no a través de la violencia. Nos sentimos cómodos en esta cultura pues fue ya el camino que inició Jesús en su tiempo. Jesús invitó a crear, a través de pequeños signos, un nuevo tipo de cultura al servicio del hombre y de la comunidad humana.

    Esos pequeños gestos indican el camino que hade seguir la Iglesia, pero que también puede ser compartido y realizado con todos los hombres de buena voluntad. Donde se cura a los enfermos y se cuida de los ancianos, está presente el Reino de Dios. Cuando un desesperado redescubre el sentido de la vida y encuentra razones para vivir, está viniendo el Reino de Dios. Si limpiamos las lepras de la corrupción que afligen a nuestras sociedades modernas, estaremos dando un paso para la venida del Reino de Dios. Si expulsamos los demonios de la cultura moderna que seducen las personas para llevarlas hacia lo más fácil, hacia el egoísmo y el desprecio de los demás, hacia el ansia de tener y poder sin límites, hacia una vida facilona de placer, entonces podrá irrumpir el Reino de Dios. Se creará una humanidad nueva, con una cultura nueva y una civilización del amor, donde los derechos de todos serán respetados, una civilización del amor donde lo importante serán las relaciones humanas y no el acaparar los bienes. Una Iglesia creíble será aquella que dé gratis todo lo que ha recibido gratuitamente.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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