Preparar el futuro de la humanidad

10 de diciembre de 2023 – Segundo Domingo de Adviento

La cumbre de Dubai sobre el cambio climático se está desarrollando entre promesas y escepticismos negacionistas, sobre todo por parte de las empresas y países que se enriquecen con el petróleo. El Papa Francisco y el gran Imán de Egipto han enviado un comunicado pues no han podido asistir presencialmente. Advierten que la paz y el cambio climático son los dos más preocupantes de la humanidad en este momento histórico. Ambos están íntimamente relacionados, pues están causados por una civilización tecnológica al servicio del enriquecimiento de las grandes empresas armamentistas y las petroleras, que están retrasando todo lo posible la transición a energías renovables. Todavía no sabemos si los acuerdos de crear un fondo solidario va a ser una realidad significativa o simplemente un juego para tener buena conciencia. La esperanza es que las organizaciones sociales se movilicen y presionen decididamente a los gobiernos para que estos controle a esas empresas.

Necesitamos, sin duda, mantener la esperanza basada, no tanto en los cálculos humanos como en el amor de Dios, que se ha comprometido para siempre a favor de los hombres. Es comprensible que para muchos la mejor noticia sería oír que la crisis ha terminado. Algo así anunciaba el profeta consolando a su pueblo (Is 40,1-5). Claro que para que la noticia fuera creíble, muchos exigirían que fuera acompañada de ofertas de trabajo, mejor no precario. Desgraciadamente, por el momento, serán pocos los que tengan esa suerte. ¿Qué nos aporta en estos momentos la esperanza cristiana? Ante todo nos dice que Dios quiere siempre nuestra felicidad y que no nos va a dejar solos en la estacada. Él nos ha ayudado a superar situaciones más difíciles en el pasado y también ahora nos sacará de la crisis.  La Palabra de Dios pone ante nuestros ojos la esperanza de un mundo nuevo en el que habite la justicia (2 Pedro 3,8-14).

Ese mundo nuevo es un regalo de Dios pero hace falta nuestra colaboración, poner en movimiento todos los recursos personales y sociales. Son necesarios sin duda pequeños gestos que muestren que se puede avanzar en ese camino hacia la tierra nueva. El profeta habla de valles que hay que levantar y montes que hay que abajar. El contraste entre la pobreza y la riqueza en nuestro mundo es cada vez más sangrante. La Palabra de Dios exige de nosotros allanar los caminos, luchar contra la injusticia y la desigualdad. Existen en nuestros caminos con demasiadas curvas peligrosas que ponen en peligro nuestra vida y la de los demás; muchos baches que pueden provocar una catástrofe. De vez en cuando suena la alarma social, pero pronto nos olvidamos de las situaciones que la provocan.

¿Cómo salir de esos caminos que no llevan a ninguna parte, que tan sólo nos hacen dar vueltas en torno a nosotros mismos? Se trata de encontrar el verdadero camino, que es Jesús. Para ello hay que escuchar la voz  del evangelio que resuena en desierto de nuestras conciencias aletargadas (Mc 1,1-8). Es una palabra que nos invita a la conversión, a reconocer nuestro pecado estructural y personal, y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. Se trata de tomarse en serio los compromisos que formulamos en nuestro bautismo. Que la celebración de la Eucaristía, que anticipa ya esa tierra nueva de la fraternidad, renueve en nosotros la esperanza y  nos lleve implicarnos a favor de la justicia y de la paz.


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