• Vivir para siempre

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    11 de junio 2023- Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    La crisis del coronavirus nos ha hecho tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad. Frente a las ilusiones de la ciencia ficción de una prolongación indefinida de la vida, nos hemos descubierto mortales. Hoy día, sin duda, la ciencia ha prolongado increíblemente la vida de las personas, pero no siempre se ha logrado la ansiada calidad de vida que todos deseamos.

    Esa calidad no se puede reducir a tener una vida más confortable, en la que podamos consumir más, sino que debe ser una vida más plena, en la que todo lo que hagamos tenga más sentido porque está más conforme con nuestro ser auténtico y no simplemente con unas necesidades artificialmente creadas.

    El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano, que nosotros seguimos pidiendo al Señor (Deut 8,2-3.14b-16). No debe sobre todo olvidar que el hombre vive no sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Además del hambre física, existen otras necesidades que saciar si queremos realizar la vocación humana. Como el hombre está destinado a vivir la vida de Dios, tiene que alimentarse de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

    Los alimentos humanos no pueden garantizar una vida sin fin. Tan sólo un alimento espiritual puede darnos la vida eterna. Jesús prometió ese alimento y declaró que era su persona. Un hombre acosado, condenado a muerte, en vez de resistirse o de maldecir a sus enemigos, se entrega libremente en sus manos, da la vida por los demás. Y anticipa esa donación en ese gesto genial que es la eucaristía, instituida en la Última Cena. Jesús nos alimenta con su persona, su vida y su palabra. Nos alimenta incorporándonos a sí y haciendo que circule por nosotros su misma vida. Esa vida que Él ha recibido del Padre, una vida divina que dura para siempre (Juan 6,51-58).

    Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.

    La Eucaristía es sacramento de comunión. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros.

    Todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios (1Cor 10,16-17). La vida humana nace y se desarrolla en el seno de la familia. La Familia Marianista quiere ser un reflejo del seno maternal de María. En familia podemos crecer espiritualmente en Cristo, alimentados por su cuerpo y su sangre. Que la celebración de la eucaristía construya nuestra Iglesia como Familia de Dios, que vive solidaria los problemas de todos los hombres.


  • Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo

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    4 de junio de 2023 – La Santísima Trinidad

    En tiempos de guerras, conviene recordarnos que toda la humanidad es una única familia, la familia de los hijos de Dios. Nuestro Dios no es un ser solitario, fundador del individualismo, sino una trinidad de personas que se aman. El amor tiende a comunicarse y por eso el Dios- familia se abre a la creación y, de manera particular, a la humanidad. Es un contrasentido el que los hombres se maten entre sí. El misterio de la Trinidad no es otra cosa que el misterio del amor de Dios, que nos envuelve y acompaña, que se nos manifiesta y se nos da a lo largo de la historia de la salvación, que continúa hoy día.

    Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad y algunos como Moisés pudieron experimentar esa amistad de Dios que se manifiesta como el Dios de la Alianza, que crea una familiaridad de Dios con su pueblo (Ex 34,4b-6.8-9). Es un Dios compasivo, de entrañas maternales, a la vez padre y madre. San Ireneo dirá que Dios actúa en el mundo mediante el Verbo y el Espíritu, que son las dos manos de Dios. La Palabra creadora es una mano masculina. El Espíritu de amor es la mano de Dios que da un toque femenino a todo lo que Dios hace.

    Ha sido el Hijo, enviado por el Padre, el que nos ha revelado el misterio de la Trinidad, el misterio del amor de Dios. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo sino para salvarlo (Jn 3,16-18). Dios ha enviado su Espíritu a nuestros corazones y con Él su amor, de manera que podemos participar en la vida misma de Dios. Desde esta realidad podemos incluso releer el Antiguo Testamento y descubrir varia figuras, como la Sabiduría y el Espíritu de Dios, que anuncian al Hijo y al Espíritu. Dios ha ido revelando progresivamente su intimidad, después de haber ido preparando pacientemente a su pueblo para que pudiera acoger esa revelación.

    Dios no es un ser aislado encerrado en sí mismo. Es una comunidad de personas que mantienen entre ellas una serie de relaciones de amor, que traducimos con nuestras experiencias humanas de Padre, Hijo y Espíritu. La persona es apertura, es relación y se constituye y realiza sólo en la relación. El Padre se da totalmente al Hijo. El Hijo acoge este don y lo devuelve al Padre. Y en ese dar y recibir se constituye el Espíritu como el lazo de amor entre el Padre y el Hijo.

    Es el misterio de la Trinidad el que ilumina el misterio que somos cada uno de nosotros, creados a imagen y semejanza de la Trinidad. Tampoco el hombre es un ser aislado, cerrado en sí mismo, sino que somos una apertura a los demás. Nos constituimos y realizamos como personas, precisamente en relación con los demás, sobre todo en esa relación privilegiada que es el amor y que consiste en dar y recibir.

    Todos nosotros tenemos la capacidad de dar vida y amor, de salir de nosotros mismos para buscar el bien de los demás porque estamos hechos a imagen del Padre. Pero también somos capaces, como el Hijo, de acoger el don de los demás, su intimidad. Y en ese compartir nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor, se constituye la comunidad humana y eclesial, verdadera familia de Dios. En ella el Espíritu anima la misión, haciendo que no nos quedemos encerrados en nosotros mismos como Iglesia sino que sea siempre una Iglesia misionera abierta y orientada hacia el mundo para salvarlo, para convertirlo en Reino de Dios. Eso es lo que queremos vivir en esta Eucaristía.


  • El Espíritu renueva el mundo

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    28 de mayo de 2023 – Domingo de Pentecostés

    Las negativas de Rusia y Ucrania a una misión de paz por parte del Vaticano no han desanimado al papa Francisco sino que le han llevado a encargar esa misión al cardenal Zuppi, arzobispo de Bolonia, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, que ha intervenido y solucionado casos tan difíciles como el de Mozambique. Sin duda el papa está convencido de que Dios quiere un mundo en paz, que hay que construir a través del encuentro y el diálogo.

    Es el Espíritu del Señor el que posibilitó el día de Pentecostés escuchar la Palabra de Dios y entenderla cada uno en su propia lengua. Se trata sin duda alguna del lenguaje del amor, que hace la unidad a partir de la diversidad, respetando a cada pueblo y a cada persona. Es la hora de que callen las armas que hacen ruido y confusión y hable el lenguaje del entendimiento y comprensión.

    Se trata, sin duda alguna, de construir la fraternidad universal, la amistad social, entre las personas y los pueblos. No podemos permitirnos el lujo de malgastar los recursos de los países en destruirse unos a otros. Necesitamos una nueva civilización que se haga cargo de los descartados, de los pobres y los débiles, que son las víctimas de nuestra manera consumista de vivir.

    La Iglesia tiene que ser una Iglesia de los pobres y para los pobres. Sólo así será fiel al mensaje de Jesús y podrá ser fermento de nueva humanidad. Es precisamente el Espíritu Santo, el Espíritu del amor del Padre y del Hijo, enviado a la Iglesia el que hizo posible la unidad a partir de la diversidad de pueblos y culturas extrañas a la tradición judía, de la que procedían Jesús y sus discípulos. “El Espíritu renovó la faz de la tierra”.

    El Espíritu hizo el milagro (Hechos 2,1-11). Él da fuerza a los apóstoles, que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús. Él abre el corazón y los oídos de los presentes para entender en su propia lengua las maravillas de Dios. Es decir, el Espíritu reúne la Iglesia, dándole unidad en la diversidad, para poder ser testigo ante todos los pueblos. Es el Espíritu el que pone en el corazón de los pueblos la búsqueda de la unidad, de la justicia y de la paz.

    La Iglesia nace de la proclamación del Evangelio, del anuncio de Jesús. No es que primero existe la Iglesia y después empiece a predicar. La Iglesia tan sólo existe en la medida en que anuncia y hace presente a Jesús en el mundo mediante su palabra y sus obras. Esta acción no es una simple acción humana sino que es el mismo Dios el que está actuando mediante su Espíritu. No es que la Iglesia tenga el monopolio del Espíritu, que “sopla donde Él quiere”, pero podemos decir que en la Iglesia actúa con una intensidad especial.

    En la comunidad eclesial todos somos protagonistas, porque todos hemos recibido el don del Espíritu, es decir, sus carismas (1 Cor 12,3-13). No tenemos que pensar sólo en dones extraordinarios, como el hablar lenguas extranjeras sin estudiarlas o hacer curaciones. Todos los dones y talentos que tenemos, sean de salud, de inteligencia, de arte y de bondad son dones del Espíritu. Cuando los reconocemos y los empleamos al servicio de la construcción del cuerpo de Cristo y de la comunidad humana, esas cualidades son verdaderos carismas. Cuando, por el contrario, las utilizamos para el provecho propio, para imponernos a los demás, las cualidades siguen siendo dones de Dios, pero no las usamos como Dios quiere.

    Nosotros experimentamos que el Espíritu está presente en nosotros porque sabemos que nuestros pecados han sido perdonados ya en nuestro bautismo, antes de que nosotros pudiéramos hacer nada de bueno (Jn 20,19-23). El perdón de Dios ha sido el gran signo de su amor y ha tenido lugar con el don del Hijo y del Espíritu. Éste derrama en nuestros corazones el amor de Dios. Pidamos en esta Eucaristía que el Espíritu sigue renovando su Iglesia para que sea siempre joven y promueva iniciativas nuevas según las necesidades de estos tiempos.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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