• La herencia cristiana

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    4 de octubre de 2020 – 27 Domingo Ordinario

    El hombre moderno se ha adueñado del planeta y ejerce sobre él un dominio despótico, habiendo interpretado mal el mandamiento de Dios de dominar la tierra. Dios en realidad encarga al hombre el cuidado de la tierra. El papa Francisco no se cansa de recordarlo y de nuevo lo acaba de hacer en la encíclica Laudate Deum, recién publicada. En ella prolonga sus reflexiones sobre la ecología integral, abordada ya en Laudato Si’ (2015).

    La parábola de los viñadores homicidas (Mt 21,33-43) es en cierto sentido una imagen del hombre de hoy que construye un mundo de espaldas a Dios. En la parábola, el dueño de la viña va a intervenir para castigar a aquellos asesinos, y se supone que así lo hará. Pero quizás si el mismo dueño de la viña se hubiera presentado, en lugar de su hijo, los viñadores lo hubieran liquidado también a él. Nuestro mundo en cierto sentido ha llevado a cumplimiento esa empresa: quitarle a Dios el dominio sobre el mundo y sobre el hombre que ha creado. El hombre quiere usurpar el lugar que pertenece solamente a Dios y erigirse él mismo en dueño absoluto sobre su vida y sobre las de los demás. Y así nos va. Como decía el profeta Isaías: “Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Is 5,1-7).

    El hombre ha descartado de la construcción del mundo la piedra angular, Jesús. ¿Podremos ir muy lejos en la construcción o terminaremos como la torre de Babel? Nuestra cultura y convivencia democrática se basa en una serie de valores compartidos que tienen un indudable origen cristiano, aunque lo hayamos olvidado. El olvido de la historia nos puede llevar a repetir los mismos errores del pasado. San Pablo recuerda esos valores: “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra” (Filp 4,9).

    ¿Pero pueden esos valores seguir floreciendo desarraigados de la tierra en que crecieron? ¿Podemos quedarnos con la herencia del cristianismo sin querer ser y vivir como cristianos? La historia está mostrando cómo al perderse el sentido de Dios se pierde también el sentido del hombre. Querer organizar la sociedad como si Dios no existiera lleva a organizarla como si el hombre no existiera. La vida social y económica entonces ya no está al servicio del hombre, de todos los hombres, sino al servicio del lucro y ganancia de unos pocos.

    ¿Por qué tiene miedo el mundo a Cristo? Algunos ven en Él una amenaza para la libertad del hombre. Es verdad que muchas veces en nombre de la fe cristiana la Iglesia se ha opuesto a las verdaderas libertades. Es necesario pedir perdón por ello y evitar que se repitan esas situaciones. Jesús es sin duda el heredero del Padre, pero no es un heredero egoísta sino que ha hecho de todos nosotros, sus hermanos, coherederos del Reino. El no nos quita nada, sino que al contrario nos da todo lo que tiene. No tengamos, pues, miedo. Abramos las puertas al Redentor. Abramos también las puertas a todos los hombres. No tengamos miedo  pensando que pueden quitarnos la herencia del bienestar que hemos construido con nuestros sudores.

    Celebrar la eucaristía significa sentarse todos a la misma mesa en torno a Jesús, modelo de la humanidad nueva y redimida, que nos libera de todo lo que de inhumano hay en el mundo y en la historia. Colaboremos con él para implantar ese Reino nuevo centrado en el hombre, como hijos de Dios y hermanos en Cristo.


  • Obras son amores

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    1 de octubre 2023 – 26 Domingo Ordinario

    El día 4 de octubre comienza la primera sesión de la Asamblea Sinodal sobre la sinodalidad. En la larga preparación que la ha precedido ha quedado claro que no se trata de discutir doctrinas sino de cómo llevar a la práctica una serie de propuestas sobre la misión, la comunión y la participación en la Iglesia. Lo que cuenta e importa, como nos recuerda el profeta, son nuestras obras (Ez 18,25-28).

    Decir o hacer es la alternativa ante la que nos pone el evangelio (Mt 21,28-32). Nos presenta una parábola que, para ser más clara, divide las personas en dos clases, la que obedecen de palabra y las que obedecen de hecho, aunque con sus palabras se habían negado a hacerlo. Esta presentación en blanco y negro permite que podamos fácilmente identificarnos con uno de los dos hijos de la parábola. En realidad en nuestra vida habrá de todo, pero, al tener que elegir uno de los personajes,  podemos ver cuál es la orientación fundamental de nuestra existencia.

    Se trata de buscar siempre hacer la voluntad del Padre, lo que Él quiere, lo que a Él le agrada. El amor hay que mostrarlo sobre todo con obras y no quedarnos en meras palabras. Eso es lo que hizo Jesús, que dio un sí incondicional al Padre.  Por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, Jesús se encarna para realizar el proyecto divino de salvar a los hombres (Filp 2,1-11). Jesús, que era Dios, en vez de vivir como Dios, optó por vivir como un hombre cualquiera, pobre y humilde. Sobre todo aceptó por los demás la muerte más deshonrosa, típica de un esclavo, la muerte de cruz. Lo importante es la vida de Jesús y no simplemente sus enseñanzas. Son su vida y sus acciones las que nos han salvado y las que han hecho que el Padre lo exalte a su derecha. Así Dios realizaba su proyecto de amor sobre los hombres.

    Para poder colaborar con el proyecto del Padre, hay que ponerse a la escucha de lo que Dios nos dice, no sólo a través de los mandamientos, que ha dado para todos los hombres, sino tratando de descubrir cuál es la manera particular como yo debo responder a la llamada de Dios. Dios normalmente revela su voluntad a través de su palabra, que resuena en el interior de nuestro corazón y que debemos escuchar en el silencio y la oración. Pero a veces habla a gritos a través de las provocaciones de la historia que vivimos, ante la que no podemos quedar insensibles. Hay que saber interpretar los signos de los tiempos. A través de los acontecimientos de la vida diaria, sobre todo del encuentro con las personas, Dios me está constantemente interpelando.

    Yo puedo acoger el proyecto de Dios  y realizar mi vida orientada hacia Dios, o por el contrario puedo negarme a ello y querer definir yo mismo mi propio proyecto. Dios nos ha dado la libertad, que nos permite hacer con nuestra vida lo que nos da la gana: realizarla o echarla a perder. Para hacer un buen uso de esa libertad que hemos recibido, es necesario discernir constantemente los valores que están en juego en cada una de las decisiones que tomamos. Aparentemente parece que estamos eligiendo realidades ajenas a nosotros, en realidad es siempre nuestra vida la que estamos eligiendo y estamos modelando poco a poco. En esta situación difícil en que nos toca vivir, el Señor nos interpela sobre todo a través de todas las personas que necesitan de nuestra ayuda, solidaridad y afecto.

    Nuestra participación en esta Eucaristía es una manifestación de nuestro sí al Señor. Que el Señor nos conceda trabajar en su viña y colaborar con Él a la venida de su Reino.


  • Nadie nos ha contratado

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    24 de septiembre de 2023 – 25 Domingo Ordinario

    El paro sigue siendo el mayor problema y preocupación para las familias españolas. Encontrar trabajo es cada día más difícil. Los que pierden el puesto de trabajo a una cierta edad experimentan que las puertas se le van cerrando. Existen sin duda trabajos, pero son trabajos precarios con fecha de caducidad. Y luego vuelta a empezar. Si el trabajador es un emigrante sin papeles, tendrá que trabajar en unas condiciones de explotación. Los jóvenes ven el futuro bloqueado. Ante esa situación, se pierden las ganas de estudiar, al constatar de que prácticamente las cosas están tan difíciles para los que tienen estudios como para los que no los tienen. La falta de preparación complica todavía más la situación.

    También en tiempo de Jesús los hombres se arracimaban ociosos en la plaza a ver si alguien venía a ofrecerles trabajo (Mt 20,1-16). La invitación de Jesús es reconfortante porque sigue ofreciendo trabajo en su viña. En la viña del Señor, en su Iglesia, no hay paro. Al contrario, hay mucho trabajo y pocos trabajadores.

    El dueño de la viña no parece un buen pagador y desde luego hoy día habría corrido el riesgo de ser denunciado por los sindicatos. El dueño de la viña, dando la misma paga a todos, parece que quiso asegurar una especie de salario mínimo que garantice a cada persona poder vivir con dignidad junto con toda su familia. El Señor parece hacer una opción a favor de la igualdad en vez de favorecer las horas extras o el grado de rendimiento. Es verdad que una vez más la lógica del evangelio no es la de nuestros especuladores, que buscan únicamente el lucro. Nuestra manera de actuar está muy lejos del estilo de Dios, de sus planes y caminos (Is 55,6-9).

    Es una maravilla el que Dios haya querido tener necesidad de los hombres para poder realizar su misión de establecer el Reino. Llama a todos y nunca es tarde para incorporarse a esta tarea. Las generaciones actuales tenemos la responsabilidad de asegurar el futuro de la Iglesia, llamando a las generaciones más jóvenes. Éstas siguen siendo generosas cuando se les presenta una misión que merezca la pena, en la que esté en juego el futuro del hombre, de la humanidad y del planeta tierra. Tendremos que seguir preguntándonos por qué nuestras iglesias se van quedando vacías de jóvenes.

    El ejemplo de Pablo es admirable (Filip 1, 20c-24. 27ª). Ha dedicado toda su vida a los demás para que sus fieles puedan llevar una vida digna del evangelio de Cristo. En la vejez pudiera pensar en un retiro cómodo e incluso considerar la muerte como una liberación de los trabajos y sobre todo como el ansiado encuentro con Cristo. Pero ahí lo tenemos dispuesto a seguir dando el callo porque sigue siendo necesario a los demás. Es lo que veo también en tantos de nuestros sacerdotes y religiosos que han superado ampliamente la edad de jubilación y siguen ahí en la brecha, porque consideran que su servicio a los demás es necesario para que los fieles puedan llevar una vida digna del evangelio. Pidamos en esta Eucaristía que el Señor siga enviando obreros a su viña.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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