• Ahí tienes a tu madre

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    29 de marzo 2024 – Viernes Santo

    La Iglesia es santa, pero el personal de la Iglesia somos pecadores. Hoy es el día más adecuado para “alcanzar misericordia y gracia” (Hb 4,14-16; 5,7-9). Acerquémonos con confianza a adorar al Señor crucificado. El tiene los brazos extendidos para abrazarnos y fundirse con nosotros. Dios Padre nos contempla siempre como hijos en el Hijo que nos lleva sobre sus hombros como ovejas perdidas y vueltas a encontrar. No perdamos esta oportunidad que se nos ofrece.

    El Domingo de Ramos empezábamos la Semana Santa con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Rey. Pero inmediatamente pasábamos a leer la pasión de San Lucas pues el triunfo de Jesús fue demasiado efímero. Inmediatamente todo se volvió en contra suya y precipitó todos los acontecimientos que lo llevaron a la cruz. De nuevo somos invitados este Viernes Santo a vivir intensamente la pasión a través de los diversos personajes.

    La narración de san Juan cuenta más o menos los mismos hechos que san Lucas, pero en una perspectiva diferente (Jn 18,1- 19,42). Aquí no tenemos ya al justo sufriente sino al Señor exaltado en la cruz, que reina sobre el mundo y reparte sus dones. Jesús es el protagonista que maneja los hilos de toda la trama. En el huerto de los olivos, sus enemigos caen por tierra, simplemente al escuchar su voz. Sólo cuando Jesús se lo permite, para que se cumpla la Escritura, lo pueden prender. El proceso ante Pilato muestra que Jesús es Rey, es decir, el Mesías esperado por Israel, pero rechazado ahora por el pueblo y sus autoridades.

    Jesús es condenado a muerte como Rey de los judíos. Es el título que aparece en la cruz como causa de su condena. Exaltado en la cruz, empieza a atraer a todos hacia sí. La crucifixión es ya el momento de la exaltación gloriosa de Jesús. Desde la cruz, dueño de las circunstancias, empieza a repartir sus dones regios, en una especie de testamento. La túnica echada en suerte significa la unidad de la Iglesia, que brota de su costado abierto, que mana sangre y agua, fuente de los sacramentos del bautismo y eucaristía. Da su madre al discípulo amado y en él a todos los creyentes como el gran regalo que acompañará la vida de la Iglesia. El evangelista, en vez de decir que Jesús muere, dice “entregó su espíritu”, da su Espíritu a la Iglesia. Es ya Pentecostés. Confortados por ese Espíritu, sus discípulos Nicodemo y José de Arimatea, hasta ahora escondidos, empiezan a dar la cara. Su entierro es verdaderamente el de un rey, con un derroche increíble de perfumes y ungüentos,  pagados por Nicodemo.

    En su testamento, Jesús hace don de su mayor tesoro, de su Madre, al Discípulo Amado. Los Marianistas recordamos este hecho todos los días en la Oración de las Tres. Hoy hacemos memoria agradecida de esta acción fundacional, que está al origen de la Iglesia, representada en María y Juan. Todos hemos nacido de esta Iglesia, que brotó del costado de Cristo, nuevo Adán, con los sacramentos del agua del bautismo y de la sangre de la eucaristía.

    Como el Discípulo Amado acogemos a María en nuestras vidas, y en ella acogemos la Familia Marianista, célula de la Iglesia, en la que vamos siendo formados en el seno de su ternura maternal. Acogemos esta Iglesia-Familia como madre nuestra, con sus grandezas y limitaciones. Al mismo tiempo nos comprometemos a colaborar con María en su misión de engendrar nuevos hijos para su Hijo Primogénito. En esta hora histórica de nuestro país queremos renovar a fondo nuestra Iglesia para que aparezca ante el mundo con su verdadero rostro de madre. Con ello nos abrimos a las dimensiones de nuestro mundo con todas sus necesidades y las presentamos ante el Señor Crucificado, que reina ya glorioso e intercede por todos ante el Padre


  • Haced esto en memoria mía

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    28 de marzo 2024 – Jueves Santo

    Todos los pueblos tienen una serie de fiestas patrias que conmemoran acontecimientos importantes de la historia del pueblo. Israel recordaba y celebraba ante todo su acontecimiento fundacional. Empezó a existir como pueblo libre con la liberación de la esclavitud de Egipto. De esa manera Israel pasó de la esclavitud al servicio.

    La serie de acontecimientos liberadores quedaron representados en la celebración de la Pascua, que da identidad al Pueblo de Dios (Ex 12,1-8.11-14). La muerte de los primogénitos de Egipto y el pasar de largo ante Israel fue el acontecimiento que desencadenó la liberación. Dejó bien a las claras el poder de Dios para liberar a su pueblo. El cordero pascual, comido a toda prisa y con hierbas amargas, recuerda la esclavitud pasada y sostiene la esperanza del banquete del Reino.

    Jesús, antes de su pasión y glorificación, celebró la cena pascual con sus discípulos. Era el momento de pasar de este mundo al Padre, de realizar su éxodo, su marcha liberadora. En esa cena instituyó el gesto sacramental, memorial de su misterio pascual, la Eucaristía (1 Cor 11,23-26). Este gesto de amor constituye la identidad profunda de la Iglesia. Jesús se dona con su cuerpo y sangre al mundo para sellar la nueva alianza. El Pueblo de Dios vive en alianza esponsal con Cristo, acogiendo su amor y dándolo al mundo.

    El amor es siempre concreto y normalmente es un amor sacrificado. Comporta la renuncia a sí mismo y la apertura al otro. Jesús empezó aquella cena con otro gesto verdaderamente memorable, el lavatorio de los pies. Se lavaba uno las manos antes de comer. Jesús lava los pies de sus discípulos, no para cumplir con una pureza ritual, sino para darles ejemplo (Juan 13,1-15). Se trata de un acto de servicio en el que el autor desaparece en la obra realizada. El trabajo de esclavo no permite realizarse a sí mismo de manera muy satisfactoria. Sin embargo, Jesús elige ese trabajo para enseñar a su Iglesia a hacer lo mismo.

    Uno no pertenece a la Iglesia para realizarse a sí mismo, para cultivar la espiritualidad y sentirse superior a los demás. Uno está en la Iglesia al servicio del mundo realizando las tareas cotidianas en las que uno apenas puede expresar su propia personalidad. No importa. Lo importante no es lo que uno hace sino el amor que pone en ello: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

    El amor de Jesús se manifiesta hasta en el más mínimo detalle. Tan sólo una persona que está dispuesta a dar su vida es capaz de dar sentido a los pequeños actos de la vida. El amor es servicio. A través de cada acción útil se manifiesta el amor de la persona.  Que la celebración de esta eucaristía renueve nuestro compromiso de entregar nuestra vida en lo pequeño a ejemplo de Jesús


  • Este hombre era hijo de Dios

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    24 de marzo de 2024 – Domingo de Ramos

    Los creyentes empezamos este domingo la Semana Santa, semana verdaderamente grande, porque en ella celebramos los misterios de nuestra salvación en Cristo Jesús. Celebramos que el amor de Dios es capaz de triunfar sobre la muerte, incluso la que parece más sin sentido, la que hemos visto durante los comienzos de la pandemia, que nos ha arrebatado a nuestros seres queridos, sin poder acompañarlos, sin poder despedirnos de ellos, sin poder rendirles el último homenaje de acompañarlos en su entierro. Los creyentes sabemos que después de la resurrección de Jesús, nadie muere solo, que a su lado están siempre Jesús y María y todos los miembros de la familia que están ya en la casa del Padre.

    Durante su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús es aclamado como Rey (Mc 11,1-10). En cierto sentido el mismo había escenificado el acontecimiento. Todo lo que va a vivir durante esa semana, Jesús lo había previsto y lo había aceptado libremente. Era la consecuencia lógica de lo que había predicado, la venida del Reino de Dios. Ese Reino está unido a la muerte y resurrección de Jesús.

    Ya su manera de presentarse, montado en un borrico, sin un ejército, en contacto directo con el pueblo, indica qué tipo de Rey va a ser. En cierto sentido se trata de una parodia de los reyes de la tierra y de los desfiles triunfales. A través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios a lo largo de la semana, iremos descubriendo el estilo del Reino de Dios. Jesús había hablado ampliamente de él durante su predicación y lo había presentado como un cambio profundo no sólo de las relaciones sociales sino también del corazón del hombre.

    Jesús es un rey extraño. Se nos presenta como el Servidor de Dios, como un discípulo, como un iniciado que tiene una relación íntima con Dios. Cada día escucha su palabra y por eso puede decir una palabra de aliento al afligido (Is 50,4-7). Se trata por tanto de un rey cercano y accesible a sus súbditos, que le pueden confiar sus problemas. En su actuación experimenta la oposición de sus enemigos que lo golpean y  hacen escarnio de él. Eso no le arredra porque sabe que el Señor está a su lado y no le dejará fracasar. Mientras los reyes se dedican a hacer alarde de su categoría y a mandar, Jesús va a vivir como un hombre cualquiera y seguirá el camino de la obediencia. Su muerte en la cruz parecerá una muerte infame, pero en realidad es el camino hacia su glorificación a la derecha del Padre (Filp 2,6-11).

    Empezamos la semana y ya evocamos el desenlace final. La lectura del evangelio de la Pasión pone delante de nosotros no sólo el argumento sino toda la narración para que nos sumerjamos en ella (Mc 14,1-15,47). Es en la pasión donde se nos revela el misterio de Jesús, el Mesías sufriente y no el triunfador esperado por sus contemporáneos. Será precisamente el centurión romano, un pagano el que sepa reconocer en aquel crucificado al Hijo de Dios.

    No podemos vivir la pasión como simples espectadores sino que debemos entrar de lleno en ella identificándonos con los diversos personajes que aparecen. Esta historia habla de nosotros mismos como discípulos del Señor. Como ellos también nosotros hemos querido seguir a Jesús, pero tantas veces lo hemos negado y traicionado, lo hemos abandonado y dejado solo. A pesar de ello Jesús sigue creyendo en nosotros y nos sigue llamando para llevar su salvación al mundo.  Que la celebración de la eucaristía nos disponga a celebrar con amor y compasión los misterios de nuestra redención.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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