• Enseñaba con autoridad

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    28 de enero de 2024 – 4 Domingo Ordinario

    El Papa Francisco ha aportado una gran novedad a la manera de enseñar que tenían los papas. Lo hace tan bien que hasta los no creyentes lo escuchan y se sienten concernidos. Por primera vez escuchamos a un papa que habla el lenguaje corriente y no una jerga teológica que nadie entiende. Pero sobre todo habla de los temas que al mundo le preocupan hoy. Se podrá estar de acuerdo o no con sus propuestas pero no deja a nadie indiferente. Su autoridad no le viene de su saber, que sin duda alguna lo tiene, sino sobre todo de su coherencia entre lo que dice y lo que hace, de su estilo de vida sencillo y cercano.

    Jesús fue considerado un profeta, una persona que tiene la capacidad de hablar en nombre de Dios. No tenía tan siquiera necesidad de decir que aquello era “Palabra de Dios”, pues se la percibía inmediatamente como tal. Era sin duda el profeta definitivo anunciado por Moisés, a través del cual Dios no sólo revelaba su voluntad salvadora sino que hacía presente al mismo Dios salvando a su pueblo (Dt 18,15-20).

    La palabra de Jesús tenía la misma autoridad y efectos que la palabra del mismo Dios. Era una palabra de salvación que hacía presente aquello que anunciaba. No era una palabra que simplemente transmitía información acerca de Dios o del mundo, sino que era una palabra-acción que hacía presente la liberación prometida por Dios. Jesús era una persona con capacidad de hacer milagros, signos extraordinarios que, para los hombres de aquel tiempo mostraban que el Reino de Dios estaba irrumpiendo en la vida de los hombres.

    Si Dios reina, ninguno otro puede usurpar su poder. Si Dios reina se realiza aquello de la creación: “vio Dios que todo era muy bueno”. Jesús toma sobre sí el empeño de vencer el mal a fuerza de bien. Lucha contra todo tipo de mal, de enfermedad, de miseria. Va a la curación global de la persona herida por tantos males, sobre todo por este mundo de pecado, por el propio pecado y por los que manejan la realidad del pecado al servicio del Príncipe de este mundo (Mc 1,21-28).

    El sufrimiento y el mal siguen presentes en este mundo. Cuando creíamos que el  sufrimiento físico y la enfermedad iban a ser pronto vencidos, no hemos encontrado con el coronavirus que ha sembrado dolor, sufrimiento y muerte. El sufrimiento psíquico y moral causado, tanto a los afectados como a los familiares, amenaza nuestra esperanza y está hundiendo a muchos en la depresión y  la desesperación. Las esperanzas puestas en la vacuna no acaban de realizarse a causa de los intereses económicos que aparecen por doquier.

    A veces tenemos la impresión de que la fuerza del mal va en aumento y de que no podemos hacer nada por detenerla. Los cristianos, sin embargo, estamos convencidos de que si el mal es un enemigo fuerte, Jesús es todavía más fuerte. Él ha vencido con su muerte a las potencias del mal y no nos dejará sucumbir a su poder en la lucha que mantenemos contra el espíritu del mal. En la celebración de la Eucaristía Jesús nos libera y nos fortalece con su cuerpo y con su sangre para que salgamos victoriosos en todas nuestras luchas.


  • El Reino de Dios está cerca

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    21 de enero 2024- 3 Domingo Ordinario

    Estamos acostumbrados a los continuos cambios, sobre todo de los productos tecnológicos, cada vez más perfectos. En realidad está teniendo lugar un cambio de época que todavía no sabemos adónde nos llevará. No cabe duda de que se ha producido una crisis existencial y económica y se ha creado una incertidumbre respecto al futuro.  Sobre todo nos vamos dando cuenta de que el modelo de civilización basado en el consumo sin límites ya no es sostenible.

    También Jesús tuvo la impresión de que el tiempo se había acelerado y que se había cumplido el plazo (Mc 1,14-20). La historia había salido de su letargo y de pronto el Reino de Dios, que había animado la esperanza del pueblo durante siglos, estaba finalmente cerca. De la noche a la mañana, todos los valores anteriores que habían sostenido la vida de los hombres, y también la de Jesús,  se habían vuelto viejos y pasados de moda porque estaba irrumpiendo otro tipo de valores acordes con los nuevos tiempos del Reino. Es verdad que la situación política y social bajo el imperio romano parecía sin fisuras pero los judíos estaban ya hartos pues vivían al límite de sus posibilidades. Esperaban que Dios interviniera y cambiara la situación.

    Jesús se dio cuenta de que no bastaba cambiar de manera de vivir externamente. Era necesario cambiar la mentalidad para asimilar los nuevos valores. Hacía falta una conversión profunda, de corazón, espíritu y conducta, una ruptura con el pasado que amenazaba con dejar a muchas personas a la intemperie, sobre el vacío  y sin fundamentos. Pero no había alternativa. Para vivir la novedad de Dios había que morir a todo un sistema tradicional de creencias, de ritos y de obras.

    El encuentro con el Reino de Dios hizo que los habitantes de Nínive se convirtieran y que se evitara la catástrofe (Jon 3,1-5.10). El encuentro con Jesús cambió la vida de aquellos pescadores que dejaron sus redes y su familia para hacerse discípulos suyos. Ya no pescarán más peces sino que “pescarán” hombres, es decir los salvarán del mar tempestuoso del error y de la perdición.

    El nuevo principio que va a animar la vida del Reino y va a permitir asimilar los nuevos valores y que será uno de los valores supremos, será la fe. Para entrar en el Reino, hay que creer en Dios, que trae el Reino, hay que creer en Jesús y su Evangelio. Es la vida en torno a Jesús la que va a generar nuevos valores y la que permitirá vivirlos con actitudes nuevas. El único valor absoluto es la persona de Jesús, todos los demás son relativos. Las formas y apariencias de este mundo pasan (1 Cor 7,29-31). No se trata de negar el valor de los bienes de este mundo sino de situarlos en relación al verdadero Bien. Por eso uno no puede apegarse a ellos y hacer de ellos ídolos que ocupan el lugar de Dios.

    El Beato Chaminade, cuya fiesta celebramos mañana, 22 de enero, se dio cuenta de que los tiempos nuevos piden respuestas nuevas. En una civilización cada vez más individualista, centrada en la producción y consumo de bienes, la persona se pierde si no creamos una comunidad que pueda animar su fe. Por eso Chaminade fundó la Familia Marianista, para que fuera una comunidad en misión permanente, que invitara a los hombres a reunirse para construir el Reino. Es unidos, viviendo solidariamente como hermanos, como podremos afrontar los nuevos retos que ya están a la puerta.


  • Qué buscamos

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    14 de enero de 2024 – Segundo Domingo Ordinario

    Los participantes en la Asamblea Sinodal el mes de octubre pasado nos han compartido su experiencia de lo que significa una Iglesia sinodal. La han formulado en forma de convicciones, recomendaciones y peticiones. Todo ello ha supuesto un gran ejercicio de discernimiento de lo que el Espíritu está pidiendo a su Iglesia. Han experimentado lo que significa la comunidad eclesial, con sus carismas y ministerios y vocaciones al servicio de la misión de crear comunión en el mundo. Se trata de caminar juntos, no solo en la Iglesia sino también con toda la humidad, pues somos una única familia, la familia de los hijos de Dios, en la que todos somos hermanos.

    La vocación cristiana fundada en el bautismo se realiza en las diversas formas de vida que son siempre una respuesta a la llamada de Cristo. Desgraciadamente, no solo los jóvenes sino también los adultos tienen dificultades hoy día para reconocer la voz de Dios.

    Dios, sin duda, llama pero las personas no han sido iniciadas en cómo reconocer su voz  (1 Sam 3,3-10.19). Hacen falta personas, como el sacerdote Elí o Juan Bautista, que sepan indicar claramente la presencia del Señor (Jn 1,35-42). ¿Dónde están esos testigos de la fe, esos pedagogos? Antes eran los padres, el sacerdote, los maestros, los religiosos. Ahora da la impresión de que todos hemos sido víctimas de esta cultura que crea un desierto espiritual. No existen iniciados y maestros espirituales. Curiosamente muchos, cuando buscan espiritualidad, se dirigen a los gurus orientales.

    Dos de los primeros discípulos de Jesús tuvieron la suerte de tener ese maestro, Juan Bautista. Persona generosa y desprendida, no los quiso retener con él sino que les indicó con quién podían encontrar verdaderamente el sentido de su vida. Juan y Andrés se quedaron con Jesús una vez que convivieron con él apenas unas horas (Jn 1,35-42). Fue tal el impacto y la alegría que causó Jesús en ellos, que Andrés inmediatamente se lo comunicó a su hermano Simón Pedro. El encuentro con el Mesías llenó de tal alegría su vida que no se lo pudo callar. Quiso compartirlo con el más cercano e hizo que  Pedro viniera a encontrarse con Jesús. Curiosamente Pedro no dijo nada ni sabemos qué es lo que experimentó; simplemente se quedó con el grupo. Pero Jesús lo empezó a considerar ya como la Piedra o fundamento de la futura comunidad de los discípulos una vez que Jesús haya desaparecido de entre ellos.

    Hoy día nos interrogamos no sólo sobre la escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas sino simplemente de cristianos. ¿Qué está pasando? Probablemente es la ausencia de invitación a “venid y veréis”, o la pobreza de experiencia de fe de nuestras comunidades, la causa del poco tirón que tenemos entre los jóvenes. La cultura actual es una cultura de la experiencia. Sólo cuenta aquello que se puede experimentar, ver, tocar, manipular y hacer interactivo. Solo el compartir experiencias suscita la experiencia. ¿Tenemos alguna experiencia bella que compartir de encuentro con el Señor?

    Las personas buscan encontrar al Señor, hacer una auténtica experiencia de Dios, pero una experiencia religiosa encarnada en la realidad de nuestro mundo, que no huya de los problemas en los que todos estamos inmersos. ¿Dónde existen esos laboratorios de experiencia cristiana en los que uno puede experimentar que el Señor sigue vivo entre nosotros?

    La Familia Marianista, que durante el mes de enero celebra a sus fundadores, el beato Guillermo José Chaminade y la Beata Adela de Trenquelleon, quiere ser uno de esos laboratorios de experiencia de Dios, de un Dios descubierto actuando en el mundo, que lucha por establecer su Reino y que tiene necesidad de nosotros para conseguirlo. Que nuestro encuentro con Jesús en la eucaristía nos transforme y haga de nosotros testigos creíbles que son capaces de decir a los demás: “venid y veréis”.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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