• Estar vigilantes

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    12 de noviembre de 2023 – 32 Domingo Ordinario

    La pandemia mundial y las guerras de Ucrania y Palestina nos han despertado del letargo de la civilización del bienestar, en la que un grupo de países privilegiados hemos estado viviendo durante varias décadas. Se ha puesto de manifiesto que la civilización que hemos construido no se mantiene en pie. En estos tiempos difíciles en que nos toca vivir tenemos que estar vigilantes para que no se nos perpetúen los problemas que nos han llevado a esta situación sin salida. Es necesario ante todo crear unas nuevas actitudes y valores basados en la solidaridad, la fraternidad y la amistad universal, como nos ha recordado el papa Francisco. Nuestras esperanzas no  se basan en los cálculos puramente humanos sino en la certeza del compromiso de Dios con los hombres. El quiere una única familia en la que todos cuidemos a todos y cuidemos al planeta tierra para las generaciones futuras.

    Nuestra fe cristiana se ha ido extinguiendo en el corazón de las personas y como consecuencia también en la vida de la sociedad han ido desapareciendo muchos valores cristianos, sustituidos por otro tipo de valores o  simplemente por un vacío de valores. Ha ido desapareciendo de nuestra cultura ese horizonte de esperanza y de eternidad que la fe cristiana infunde en el corazón de los creyentes (1 Tes 4,12-17). El impacto ha sido particularmente intenso en los jóvenes que ven su futuro cada vez más bloqueado y tienen la tentación de hundirse en una cultura de la diversión y disfrute.

    La fe se ha ido extinguiendo por falta de combustible, como las lámparas de la parábola, en la que las jovencitas por falta de previsión se quedaron sin aceite (Mt 25,1-13). En algunos países da la impresión que estamos ante la última generación de creyentes. Última porque no ha querido o no ha sabido transmitir la fe a las generaciones más jóvenes. Probablemente en nuestra cultura europea, ha sido también esa falta de previsión la que ha hecho que de pronto la Iglesia se haya encontrado sumergida en una cultura para la que no había preparado a sus hijos. En un mundo en el que todos eran cristianos por tradición y ambiente, y porque no se podía ser de otra manera, la fe funcionaba a base de ese combustible: tradición, rutina, devociones, prácticas cristianas y una moral que no desentonase. Ese combustible se ha ido agotando poco a poco porque han ido desapareciendo ese tipo de estaciones en las que repostar.

    ¿Cuál es el combustible que nos falta hoy? Nos falta, como ya vio el P. Chaminade, la alegría de la fe. Cuando uno siente una gran alegría, la quiere compartir inmediatamente con los demás. Los cristianos hoy día damos la impresión de que no tenemos ninguna buena noticia que anunciar a este mundo sin horizontes en el que nos toca vivir. Nuestra fe es raquítica y puramente intelectual. Nos falta  una fe del corazón, asumida de manera personal, y  vivida comunitariamente al servicio del mundo. Eso es lo que quiere vivir el carisma marianista inspirado en la persona de María. Los cristianos, como el resto de las personas, vivimos en esta suave cultura del bienestar que nos adormece a todos, cristianos y no cristianos. La única manera de permanecer en vela y con combustible de reserva es “una fe que opera a través del amor”, que intenta contagiarse de unos a otros. La fe que no se transmite desaparece, como la lámpara que dispone de una cantidad determinada de aceite. Sólo encendiendo otras lámparas se podrá resistir en esta noche de la fe.

    Para mantener el fuego sagrado necesitamos una comunidad eclesial que avive nuestra fe. El P. Chaminade ponía una comparación elocuente. Cuando hace frío y uno enciende fuego para calentarse, si se encienden varios trozos de leña, separados unos de otros, acaban por apagarse. En cambio, si se les ponen a arder juntos, dan una gran llama que puede caldear el ambiente. Que esta eucaristía nos lleve a entrar en el corazón de Cristo para que su amor nos renueve y nos ayude a ser testigos de su luz y de su amor en el mundo.


  • Todos sois hermanos

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    5 de noviembre de 2023 – 31 Domingo Ordinario

    El domingo pasado concluyó la primera sesión de la Asamblea Sinodal sobre la sinodalidad de la Iglesia. La sinodalidad es un modo de ser Iglesia que fomenta la comunión, la misión y la participación de todos los miembros, incluidos los presbíteros y obispos. La sinodalidad se vincula estrechamente con la misión de la Iglesia, que implica compartir la fraternidad con personas de diversas religiones, creencias y culturas.

    Jesús fustigó a las autoridades políticas, religiosas y doctrinales de su tiempo porque se aprovechaban del pueblo para sus propios intereses. Hacían incluso de la religión un medio para medrar en la sociedad, ganarse títulos y reverencias. Imponían fardos pesados a los demás y no estaban dispuestos a mover un dedo para ayudar a la pobre gente. Daban leyes y normas para los otros y ellos no las respetaban. Por eso Jesús recomendará: “haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23,1-12).

    Jesús reunió en torno a sí una comunidad de discípulos que debía ser la alternativa a como estaba organizada la sociedad de su tiempo que consagraba la desigualdad. Es una comunidad en la que también tienen lugar las mujeres, con las que nunca un rabino habría perdido el tiempo en enseñarles la doctrina de Moisés. En esa comunidad, no es la ley o la tradición aprendida de memoria la que ocupa el centro. El centro es siempre la persona de Jesús, el único maestro. Los demás siempre seremos discípulos, y por eso todos iguales como hermanos.

    Ese ideal de igualdad y fraternidad venía ya, como lo muestra el profeta, de la vivencia de la alianza con Dios y de la realidad de la creación (Mal 1,14-2,2.8-10). Sólo hay un único creador que nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, lo que excluye toda discriminación. En la alianza todos somos su pueblo y formamos una comunidad de hermanos, la familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia.

    El Vaticano II ha hecho un esfuerzo sincero por recuperar la imagen evangélica de la Iglesia. No una Iglesia- sociedad, copiada de los estados políticos, sino una Iglesia- comunión: comunión de los hombres con Dios y comunión entre sí. Se trata de una Iglesia-familia. El apóstol Pablo se presenta como una madre que cuida de sus hijos (1 Tes 2, 7-9.13). Debe buscar el bien de todos sus hijos sin partidismos. En este momento en que en nuestras sociedades experimentamos tanto discriminación social, e incluso legal, la Iglesia, como Jesús, debe estar siempre del lado de los marginados y excluidos.

    Jesús en la eucaristía nos invita a sentarnos a la misma mesa del mundo como hermanos para celebrar su banquete de fraternidad, que anticipa la realidad del Reino. Salgamos de esta eucaristía decididos a luchar a favor de un mundo más justo y más fraterno.


  • Un pueblo de santos

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    1 de noviembre de 2023 – Todos los Santos

    El Papa Francisco nos ha hablado de los santos de la puerta de al lado. Estos son necesarios en este tiempo de confrontación y de guerra en que hay que tener el valor de salir de sí mismo al encuentro de los demás. Estos santos son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista, quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Los santos son personas que trabajan por la paz, en la familia, en el barrio, en el país, entre las naciones, Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudo: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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