• El fruto que pide la conversión

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    7 de diciembre de 2025 – Segundo Domingo de Adviento

    Estamos viviendo tiempos de crisis que nos tienen desorientados. No sabemos cómo abordar el tema de la guerra y de la paz, de la violencia y el terrorismo. A pesar de los progresos tecnológicos, ahí siguen las epidemias, el hambre y la polarización social. No se ve cómo resolver el problema de la emigración sentida como una amenaza. Esta civilización del bienestar no ha cumplido sus promesas. Necesitamos un cambio que nos lleve a una civilización del amor. Como los dos últimos papas han insistido, se trata de una crisis de valores, eminentemente religiosa. En efecto tiene que ver con el sentido de la vida y del trabajo. Un sistema montado en beneficio de unos pocos no puede funcionar. Está ya agotado.

    Tanto Juan el Bautista como Jesús vivieron también en un tiempo de crisis más aguda que la nuestra y suscitaron grandes esperanzas en el pueblo. Juan es el último de los profetas del Antiguo Testamento que anuncia la presencia del Profeta Definitivo de Dios, Jesús. Es en Jesús en quien Dios mismo se hace presente y nos trae la salvación definitiva. Juan aparece en el desierto porque es allí donde se hace sentir más agudamente la necesidad de la salvación (Mt 3,1-12). El pueblo de Dios en su travesía del desierto, después de salir de Egipto, se dio cuenta de que su vida dependía totalmente de Dios. Tan sólo orientándose hacia Él podían vivir en un desierto inhabitable.

    Al contrario de los políticos, Juan el Bautista proclama la verdad y hace ver a sus oyentes la parte de responsabilidad que tienen en la crisis en que están viviendo. Les hace sentir a sus contemporáneos cómo sus vidas se parecen a un desierto, a pesar de estar viviendo en la tierra que Dios dio a Abrahán. El simple hecho de pertenecer al pueblo de Dios no es garantía de que las personas estén produciendo los frutos de conversión que Dios pide de ellas. Ante el juicio de Dios, que se avecina en la persona de Jesús, la amenaza del castigo debe sacudir las conciencias.

    Juan invita a cambiar de vida y a sellar el comienzo de ese cambio con un gesto profético, el bautismo. A través de él, uno se reconoce pecador y necesitado de la salvación de Dios. Es el primer paso para poder ser salvado. Si uno se considera ya bueno por el hecho de ser cristiano, no se ve la necesidad de cambiar. Aceptar lavar el propio cuerpo expresa la disponibilidad a purificar la propia vida, situándola en el horizonte de la voluntad de Dios. Juan no se hace ilusiones sobre la eficacia de ese gesto. Su bautismo expresa tan sólo la voluntad de convertirse, pero la conversión es un proceso que dura toda la vida. Tan sólo la conducta concreta, los frutos que se van produciendo, dirán la verdad de ese gesto.

    Pero al mismo tiempo Juan anuncia otro tipo de bautismo, el bautismo que realizará Jesús mediante el Espíritu y el fuego. El fuego es capaz de consumir todos nuestros pecados, pero es el Espíritu el que crea en nosotros una realidad nueva, configurándonos con la muerte y la resurrección de Cristo. El bautismo y la fe hacen de nosotros una nueva criatura, que responde verdaderamente al plan original de Dios sobre el hombre. Pero tampoco aquí caben las ilusiones. El bautismo cristiano no es un rito mágico. Comporta la fe y la apertura a la acción del Espíritu, que inaugura una vida nueva.

    Esa vida nueva nos sitúa en el horizonte de los tiempos mesiánicos anunciados por el profeta Is 11,1-10). La venida del Mesías, de Cristo Jesús, comporta una efusión del Espíritu, no sólo sobre su persona, sino sobre toda la humanidad y toda la creación que vuelve a su estado original en el paraíso. Allí el hombre vivía pacíficamente con los animales y éstos no se hacían daño los unos a los otros. Era un reino de justicia en el que se respetaban todas las manifestaciones de la vida. Que la celebración de la eucaristía avive nuestro deseo de la venida de Jesús para que vivamos en ese mundo nuevo que Él ha inaugurado.


  • La paz es posible

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    30 de noviembre de 2025 – Primer Domingo de Adviento

    Como todos los hombres de buena voluntad, la Iglesia está preocupada por el destino de los hombres y los pueblos en guerra. Las guerras de Ucrania y de Palestina han sido un duro golpe para nuestras esperanzas. Como creyentes seguimos, soñando que otro mundo es posible, que no hay que resignarse a la guerra, que hay que emprender políticas de paz. La paz es fruto de la justicia y del desarrollo humano, del buen empleo de los recursos, no en armas sino en instrumentos al servicio del progreso material de los pueblos.

    Empezamos una vez más el Año Litúrgico con el Adviento. La Iglesia comparte con muchos pueblos y culturas el año civil, pero tiene también su manera propia de ver el tiempo y la historia como el despliegue del misterio de Cristo. Nos acompañará el Evangelio de San Mateo que muestra la Iglesia como una comunidad en la que sigue vivo el Señor. Esa comunidad tiene como misión transformar el mundo en la gran familia de los hijos de Dios.

    Esa esperanza lo que proclama el profeta, no en forma de utopía que nunca vemos realizada, sino como invitación a crear “otros lugares” donde se vive la esa paz desarmada y desarmante que propone el Papa León (Is 2,1-5). Se trata de construir esa paz que nos parece imposible, pero sin la cual no podemos vivir. Como decía el Papa, no nos dejemos robar nuestra esperanza cristiana. Esa esperanza tiene que movilizar todas nuestras energías y ayudarnos a abrir caminos que lleven a la paz. El único camino es el diálogo.

    La Palabra de Dios, que nos anuncia la salvación de Dios en Cristo, continúa a abrir para nosotros el futuro de Dios, un futuro de esperanza.  Es esta esperanza la que va a animar todo nuestro Adviento. El Reino de Dios no viene de manera espectacular sino que está viniendo en el vivir cotidiano. Dios irrumpe constantemente en la historia, de improviso, sin anunciarse ni pedir permiso (Mt 24,37-44). Hay que estar atentos a los signos de los tiempos para descubrir qué es lo que el Espíritu está diciendo a su Iglesia.

    En los tiempos anteriores al diluvio, tan sólo Noé y su familia supieron discernir lo que se les venía encima. Los demás siguieron su vida tranquila que les llevó a la perdición. Lo mismo va a pasar con la segunda venida de Cristo, como Juez definitivo de la historia. Su juicio hará una separación entre los que lo han reconocido y los que se han cerrado a su gracia. Jesús vendrá y se llevará a los suyos, mientras dejará a los otros a su suerte, es decir, ir a la perdición.

    San Pablo nos recuerda que ya es hora de despertarnos del sueño porque ya está amaneciendo la salvación (Rm 13,11-14). Hemos dormido suficientemente y no se puede seguir adormilados. Durante el sueño y la noche uno baja la guardia. Se sumerge uno agradablemente en el alcohol y la diversión, que luego da resaca al despertar. No cabe duda que la cultura actual necesita este tipo de hombre adormilado e inconsciente, que es mucho más fácil de manejar que la persona lúcida y crítica.

    Necesitamos un programa de vida, como Iglesia y cada uno de nosotros. El papa lo ha propuesto desde el principio y lo ha desarrollado en sus documentos. Se trata de sentirnos y vivir caminando juntos, como una Iglesia en salida que es un hospital de campaña para todos los hombres heridos que se encuentran por la vida.  Es toda la humanidad la que está en camino y tratando de abrir nuevos caminos que no desemboquen en el desastre. Entre todos tenemos que construir la paz, que es siempre obra de la justicia. Para nosotros creyentes, ese impulso nos viene de nuestra fe en Cristo. Él es el Príncipe de la paz.  Que la celebración de la Eucaristía mantenga vivo en nosotros el deseo de la venida y del encuentro con Jesús, que celebraremos en la Navidad.


  • Cristo Rey

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    23 de noviembre de 2025 – Cristo Rey del Universo

    El llamado “título” de la cruz, “Jesús Nazareno Rey de los Judíos”, indicaba la acusación por la que Pilatos condenó a Jesús a la crucifixión (Lc 23,35-43). De esa manera los romanos justificaban la transparencia del proceso condenatorio. Jesús crucificado es objeto de burlas por parte de las autoridades judías, de los soldados y de uno de los malhechores crucificados con Él. Todos aluden a su pretendida realeza. Las autoridades judías evocan el título de Mesías de Dios, que es el título hebreo del Rey esperado, descendiente de David (2 Sam 5,1-3), que liberaría al pueblo. Jesús había hecho algunos milagros que podían indicar su poder mesiánico de salvación, pero ahora en la cruz  no es capaz de salvarse a sí mismo. Los soldados aluden irónicamente al rey de los judíos y, siguiendo a las autoridades judías, le increpan que se salve a sí mismo del suplicio de la cruz. Lo mismo hace el malhechor, que pide también  que salve a sus compañeros de cruz. Asistimos a una especie de farsa a través de la cual, sin embargo, se va a revelar la verdad.

    La verdad del mesianismo y del poder liberador  de Jesús la descubre el otro malhechor que se toma en serio el momento que están viviendo y la realidad de la persona de Jesús. El momento de la muerte no es para hacer burlas a propósito del Mesías de Dios y de la salvación. Es la hora de temer respetuosamente a Dios. El buen ladrón reconoce la diferencia del suplicio de Jesús y el de ellos. Ellos lo han merecido con sus acciones mientras Jesús no ha hecho nada digno de tal castigo.  El buen ladrón reconoce que Jesús va a entrar en el Reino y le pide que se acuerde de él. Es la confesión de fe del mesianismo de Jesús, precisamente cuando todas las circunstancias parecen desmentirlo.

    Jesús le promete le salvación inmediata en el mismo día. Esa salvación consiste en estar con Él. En cierto sentido el haber sido crucificado juntos anticipa ya esa salvación cuando uno sabe descubrir en el crucificado al Mesías, al salvador del mundo. De esa manera la salvación de Dios irrumpe en el presente angustioso y no queda aplazada para un futuro lejano. El momento de la crucifixión es como en san Juan la entronización de Jesús como Rey que empieza a distribuir sus dones espléndidos. El que cree en Él recibe la salvación. En su muerte en la cruz Jesús lleva a cumplimiento el misterio de su condición de hijo, que recibe todo del Padre, desde el momento de la encarnación por obra del Espíritu de Dios. Es un misterio de obediencia en el que se fía totalmente del Padre, que lo engendra de toda eternidad y ahora en el tiempo. En su muerte, que es al mismo tiempo el momento de su glorificación, se convierte verdaderamente en el Primogénito de toda criatura, en el que también nosotros llegamos a ser hijos de Dios (Col 1,12-20).

    Los cristianos terminamos el año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey. Su realeza tiene poco que ver con los sistemas políticos de este mundo. Su muerte en cruz es la prueba del fracaso de todo tipo de triunfalismo puramente humano. Pero al mismo tiempo la cruz manifiesta la venida del Reino de Dios, precisamente en la persona del crucificado. En la cruz Dios comienza a reinar y a hacer justicia. Su juicio no es simplemente una condena del pecado, sino más bien una oferta de misericordia para el pecador que se convierte. Que la celebración de la Eucaristía haga de nosotros constructores del Reino de Cristo, Reino de verdad, de justicia, de amor y de paz.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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