• Tanto amó Dios al mundo que le dio su propio Hijo

    Categoría:

    14 de septiembre de 2025 – Exaltación de la Santa Cruz

    Este año del Jubileo de la Esperanza no podemos olvidar que nuestra esperanza tiene como fundamento la cruz de Cristo. La Iglesia proclamaba: salve cruz, única esperanza. Aunque la imagen de la cruz haya llegado a incorporarse como elemento decorativo, incluso para los no creyentes, su contenido continúa siendo un escándalo. Incluso los creyentes, ante la realidad del sufrimiento, reaccionamos pensando que algo no funciona en Dios. Si nosotros fuéramos los creadores y administradores del mundo, éste funcionaría mejor y no habría tantas desgracias.

    El escándalo sube de tono cuando la fe nos proclama que Dios ha querido salvar al mundo precisamente con la cruz y no con un despliegue de sabiduría y de poder. El sentido de la cruz ha cambiado totalmente a partir de la muerte de Cristo. Ha dejado de ser el suplicio infame, propio de esclavos para ser la revelación del amor de Dios y de Cristo (Juan 3,13-17). La cruz ya no es instrumento de condena sino de salvación. La fuerza de la serpiente ha sido totalmente vencida. Sus mordiscos ya no pueden hacernos daño (Nm 21,4-9).

    El amor auténtico, el amor cristiano, es un amor crucificado. Es un movimiento que nos lleva a salir de nosotros mismos y dar la vida por los demás. El valor salvador de la muerte de Cristo no viene de sus sufrimientos y padecimientos sino de su inmenso amor al Padre y a los hombres. Ni Dios ni Jesús querían los sufrimientos ni quieren nuestros sufrimientos, pero su amor es tan grande que es capaz de cambiar el sufrimiento en fuente de vida. El odio de los verdugos es vencido con la fuerza del amor.

    Muerte y resurrección van estrechamente unidas. Querer llegar a la vida sin pasar por la pasión es totalmente ilusorio. Muerte y resurrección son las dos dimensiones inseparables, como las dos caras de una moneda, del misterio de Cristo. El misterio de Cristo es presentado como un doble movimiento, de descenso y ascensión, de humillación y exaltación (Filip 2,6-11). El segundo es consecuencia del primero, la resurrección es efecto de la pasión. Ésta es centro de ambos movimientos. En ella Jesús toca fondo en su humillación y al mismo tiempo experimenta la fuerza de la glorificación, como cuando una pelota da un bote y rebota hacia lo alto.

    En el movimiento de humillación o vaciamiento de sí mismo el sujeto es Jesús que emprende ese camino de abajamiento marcado por tres etapas. Siendo Dios, se hace hombre, pero no un hombre rico y distinguido sino un hombre cualquiera. Como todo hombre se hace obediente hasta la muerte, pero en este caso una muerte infame, la de la cruz. De esa manera Jesús se ha solidarizado con todo hombre, incluso con el esclavo y el que aparentemente ha perdido su dignidad humana con una muerte infame.

    En el movimiento de ascensión y glorificación ya no es Jesús el sujeto activo sino que lo es Dios Padre. Es Dios el que lo exalta y le concede la dignidad misma de Dios, el nombre de “Señor” con el que se traduce el nombre de Yahvé. Como Dios, también Jesús es adorado en cielo y tierra. Hoy nosotros adoramos una vez más su cruz gloriosa como manifestación de su amor por nosotros. Al anunciar su muerte proclamamos también su resurrección que transforma totalmente nuestras vidas. Nos solidarizamos con todos los crucificados por las guerras, la violencia, el hambre y la pobreza.


  • Renunciar a todos los bienes

    Categoría:

    7 de septiembre de 2025 – 23 Domingo Ordinario

    Las dificultades que hoy día experimenta el cristianismo en la cultura del bienestar y la abundancia no son del todo nuevas. Desde el principio el estilo de vida de los ricos apareció como un gran obstáculo para la fe cristiana. Lucas tiene un gran realismo a la hora de abordar los temas del dinero y de los bienes (Lc 14,25-33). Se ha dado cuenta de los peligros que representan a la hora de seguir a Jesús. El fundamento de la sociedad antigua era la familia y la propiedad. Ambos elementos eran inseparables. Constituían la base de la libertad personal y eran sagrados. En el mundo antiguo se hereda la religión de los padres como se heredan las propiedades. El evangelio de Jesús va a cuestionar los cimientos de esa sociedad al relativizar su dimensión religiosa y situarlos ante las exigencias de Dios y del seguimiento de su persona.

    Hacerse seguidor de Jesús en los primeros tiempos suponía romper con la familia, perder la herencia, colocarse en unas condiciones sociales bajas. No hay que extrañarse que el miedo a perder esa posición social de bienestar bloqueara la conversión de muchas personas. Seguir a Jesús supone abrazar la cruz, es decir una posición casi de esclavo, que humanamente no tiene nada de atractivo. Nada de extraño que los primeros cristianos en general vinieran de la clase más baja, de los que tenían poco que perder. Es lo que constataba san Pablo. No había muchos aristócratas, ni ricos, ni intelectuales. Por eso no podemos dejar de admirar a las personas de buena posición social que se atrevieron a dar ese paso.

    Una de ellas es sin duda Lucas. La tradición hace de él un médico. Lo que no cabe duda es que es una persona de gran cultura, que no se sintió humillado por unirse a un grupo de gente, la mayoría inculta, y por poner sus talentos al servicio del evangelio y de la fe de sus hermanos. Conoce bien la realidad de los ricos y por eso invita a la renuncia de los bienes. Es la única postura sensata del que quiere construir su vida y calcula bien cuáles son sus recursos. No se trata, pues, de un idealismo ingenuo sino del realismo cristiano en la manera de contemplar la persona, la sociedad y el mundo.

    El hombre sabio intenta adecuar los medios a los fines. Los cálculos necesarios en la construcción o en la guerra son necesarios también en el seguimiento de Cristo. La Palabra de Dios nos aporta toda una visión del mundo, que nos descubre la verdad de Dios y del hombre. Sin esta sabiduría que viene de Dios, el hombre es fácilmente víctima de las ilusiones. El hecho de ser un espíritu encarnado hace que tendamos a razonar de una manera interesada en lo inmediato y en el horizonte de los valores materiales (Sab 9,13-18). Tendemos así a olvidar el horizonte de eternidad en el que vive el hombre. Sólo abriéndonos a la revelación de Dios podemos comprender el misterio que somos cada uno de nosotros y buscar los medios adecuados para realizar nuestra existencia auténtica.

    Muchas veces tendremos que tomar decisiones dolorosas que comportan una renuncia a realidades que parecen sagradas e intocables. Descubriremos así que el único absoluto en nuestra vida es Dios. Pablo apela a esa manera de pensar cuando intercede a favor de un esclavo que se ha refugiado junto a él huyendo de su amo (Fil 9-10.12-17). Pablo se lo devuelve y pide el perdón para él, apelando a la condición común de cristianos, que está por encima de los intereses puramente jurídicos y materiales. Que la celebración de la eucaristía nos ayude a avanzar en el seguimiento de Cristo, renunciando a todo lo que se interpone en nuestro camino.


  • El último puesto

    Categoría:

    31 de agosto 2025 – 22 Domingo Ordinario

    Parece lo más natural desear tener un buen puesto en la sociedad. A menudo los estudios se eligen pensando en los resultados económicos, que uno va a obtener después con el ejercicio de tal profesión. Pocas veces se tiene en cuenta la verdadera utilidad social y la propia vocación. Todos queremos que los demás nos vean como personas triunfadoras.

    Jesús en el evangelio recomienda buscar siempre el último puesto (Lc 14,1.7-14). La verdad es que los últimos puestos solían estar siempre libres. Si Jesús recomienda el último puesto es porque Él mismo ha querido ocuparlo y situarse entre los últimos. Siendo Dios podía haber elegido una vida sin problemas, naciendo en un país rico en una familia que tuviera todo resuelto. Pero de esa manera su vida tan sólo hubiera sido atractiva para una élite intelectual o aristocrática, que se habría identificado con sus ideales. Escogiendo vivir como uno de tantos millones, ha podido convertirse en el hermano de todos, sobre todo de los pobres y de los que no cuentan a los ojos del mundo.

    El mismo Dios, que nosotros imaginamos como todopoderoso e importante, busca la compañía de los humildes y permite ser ignorado en nuestro mundo (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29). El banquete recuerda siempre el Reino de Dios. Allí habrá sorpresas. Como Jesús dice varias veces: “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La irrupción del Reino de Dios en este mundo ha provocado ya una inversión de todos los valores. La sociedad no se transforma a base de voluntad de dominio sino con la disponibilidad al servicio y solidaridad con los más débiles. En el Reino de Dios los poderosos de este mundo serán los que ocuparán los últimos puestos. Fruto de este nuevo estilo de vida es la recomendación de Jesús de invitar o hacer el bien a las personas que no te pueden corresponder.

    La vida social está basada en el intercambio de dones, en el dar y el recibir. Desgraciadamente ese intercambio se toma en sentido puramente material y entonces vemos que hay personas que no nos pueden aportar nada porque no tienen nada. Entonces los excluimos y verdaderamente no cuentan a la hora de organizar nuestro mundo. Los países pobres, sin embargo nos aportan tanto. El sentido religioso de la vida, el valor de la familia, el aprecio por la comunidad, el gozo de vivir, son siempre inyecciones de alegría en nuestro mundo triste y cansado. También tantas personas sencillas, que pasan desapercibidas a los ojos de la sociedad, hacen presente todo un tesoro de bondad y generosidad que verdaderamente salva el mundo.

    Se trata de redescubrir el valor de la auténtica humildad, que Santa Teresa definía como «caminar en verdad». Consiste en reconocer que todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Dios para ponerlo al servicio de los demás.

    La participación en la eucaristía anticipa el banquete en el Reino. Comporta un compromiso por nuestra parte de compartir con nuestros hermanos todos los bienes, mostrándonos solidarios los unos con los otros.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo