• Mantener la esperanza

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    16 de noviembre de 2025 – 33 Domingo Ordinario

    La situación mundial, a pesar de los pasos dados en el conflicto de Israel y Palestinos, sigue siendo complicada. La guerra en Ucrania continúa encarnizada, sin que se vean pasos hacia el diálogo. Son siempre los pobres los que pagan las consecuencias de los desastres en el mundo. Siempre, sin embargo, hay también un grupo de muy ricos, sobre todo los que comercian con las armas, que se enriquecen cada vez más.  Como los papas han repetido, las causas de esta crisis son, ante todo, la ausencia de valores en nuestra sociedad centrada únicamente en el tener y consumir. Muchos países son ahora sin duda más ricos, pero esa riqueza no está bien distribuida.

    Los aires de pesimismo que circulan por nuestro mundo, al ver que las cosas no cambian, se nos pueden colar también en la Iglesia. Tampoco en ella las cosas van como nos gustaría. Disminuye y envejece no sólo el clero sino también los creyentes, sobre todo en Europa. Desgraciadamente en muchos países donde el cristianismo es una minoría se experimenta a veces la persecución.   Se necesita mucha paciencia y coraje para continuar siendo cristianos sin abandonar esos lugares.

    En tiempos difíciles, y sobre todo de persecución, los creyentes han deseado que llegue el día final del juicio de Dios, en el que finalmente sea establecida la justicia (Mal 3,19-20). Los profetas han alentado esa esperanza y la convicción de que ese día está cercano. El interés se fue centrando en los acontecimientos anunciadores de esa final. La destrucción de Jerusalén en el año 70 fue vista por muchos como el inicio de la etapa definitiva. Lucas, por el contrario, pone en guardia contra esa creencia porque en realidad “el final no vendrá enseguida”. La destrucción de Jerusalén fue sin duda el castigo de la ciudad pecadora que no ha querido reconocer al Mesías. Se terminaba una etapa de la historia de la salvación, y se daba paso a una nueva fase centrada en Cristo Jesús (Lc 21,5-19).

    Entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo hay un tiempo intermedio. Es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del testimonio. Si la historia continúa es porque Dios está dando una oportunidad para que se anuncie el evangelio y los hombres puedan alcanzar la salvación. Desgraciadamente el tiempo del testimonio es a veces el tiempo de la persecución. Gracias a Dios vivimos en países en los que la fe cristiana, aunque sea rechazada, no es perseguida.

    El evangelio, sin duda, resulta conflictivo. El rechazo que experimentó Jesús lo viven ahora sus seguidores. La situación puede parecer desesperada porque provoca la división en el interior mismo de la familia y de la Iglesia, pero los creyentes saldrán vencedores. No tendrán que preparar su defensa frente a los acusadores pues el Espíritu de Dios será el Defensor. Lo único que se le pide al creyente es la perseverancia, la fidelidad, sabiendo que sus vidas están en buenas manos.

    La historia camina sin duda hacia su fin. Ese fin está muy lejano, pero Lucas lo sigue poniendo delante de los ojos de sus lectores. Aunque parece una especie de final catastrófico, Lucas no intenta atemorizarnos. Al contrario, es entonces cuando hay que levantar las cabezas porque la salvación está cerca.

    La espera del retorno de Cristo no debe distraernos del compromiso con el momento presente (2 Tes 3,7-12). La primera forma de ese compromiso es el trabajo diario, el no estarse con las manos cruzadas a que venga el Señor a instaurar la justicia. Debemos ser nosotros los que trabajemos por crear un mundo más justo y fraterno. Mediante nuestro testimonio cristiano estamos anunciando a Cristo y preparando la venida de su Reino. Pero tampoco podemos hundirnos en este presente fugaz olvidando que estamos a la espera del Señor. Ninguna realización humana, por más sublime que sea, puede considerarse como definitiva. El cristiano mantiene siempre una distancia crítica respecto a todo lo histórico sabiendo que lo definitivo tan sólo se nos dará en Cristo.

    En la celebración de la eucaristía anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva. Que la esperanza de su venida nos mantenga atentos a los desafíos de la vida cristiana y nos dé la fuerza para ser testigos fieles del Resucitado.


  • Los santos de la puerta de al lado

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    1 de noviembre 2025 – Todos los Santos

    Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. El Papa Francisco nos ha sorprendido al hablar de los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero hacen bien lo que hacen. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos. Mientras muchos en la Iglesia creían que después de la Revolución Francesa no había nada que hacer, Chaminade supo descubrir las oportunidades que la nueva época le ofrecía. Se podía finalmente volver al cristianismo primitivo en el que, según él, todos eran santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.


  • Orar con humildad

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    26 de octubre de 2025 – 30 Domingo Ordinario

    Hay muchas personas que no rezan. Es posible que todavía crean que Dios existe, pero no mantienen ninguna relación personal con él, porque  piensan que no les aporta nada. Los cristianos creemos que Dios es alguien con quien podemos mantener una relación de hijos. Hay, sin duda, hijos que, al llegar a adultos, se desentienden de sus padres porque creen que no van a recibir nada de ellos ni tienen nada que agradecerles. Pero los creyentes pensamos y experimentamos que estamos recibiendo constantemente signos de su amor y se los agradecemos y le pedimos que nos siga acompañando. No se trata de una actitud infantil de dependencia sino una relación amorosa adulta en la que se goza de la presencia de las personas queridas.

    Cada uno reza según su fe, según la imagen que tiene de Dios. El fariseo reza según la teología farisea, que cree que el hombre se salva gracias a los méritos de sus buenas obras (Lc 18,9-14). Es posible que la imagen que los evangelios nos transmiten de este grupo judío esté condicionada por la polémica cristiano-judía después de la destrucción de Jerusalén. Los nuevos dirigentes judíos, los fariseos, creyeron que los seguidores de Jesús era un grupo fanático que había contribuido a la rebelión contra Roma y al consiguiente desastre. Los fariseos del tiempo de Jesús no sólo parecían buenos sino que también en la mayoría de los casos lo eran y mantenían una relación auténtica con Dios y con el prójimo.

    El fariseo del que habla el evangelio es el fariseo de todos los tiempos y lo encontramos en todas las religiones y en los que no tienen religión. También acontece lo mismo con la figura del publicano, que es sin más la del pecador. El fariseo es irreprochable ante la ley y por eso se considera justificado ante Dios. Su oración de acción de gracias, más que dirigirse a Dios, está dedicada a sí mismo. Su Dios es el legalismo. El fariseo ora como su vida de fariseo, erguido, delante, donde lo vean. La falsedad de su Dios aparece en que no se sitúa ante él sino que se compara con los pecadores, con el publicano. El Dios del fariseo está a favor de la ley y en contra de los pecadores. Como no se reconoce pecador, sino justo, no recibe el perdón y la justificación de Dios. Por eso vuelve a casa con su pecado, pecado agravado por su oración.

    En cambio el publicano reza como publicano, como pecador. Se mantiene atrás, se da golpes de pecho y pide humildemente perdón ante Dios. El publicano se sitúa ante Dios y no ante la ley. Cree en un Dios misericordioso que acoge al pecador. En su parábola, Jesús hablaba de ese Dios que él hace presente a través de la acogida de los pecadores y comer con ellos. El publicano, al reconocerse pecador y pedir perdón, Dios lo perdona y lo justifica, hace de él una persona justa. Volvió a casa totalmente transformado. Su oración había sido escuchada por Dios, que acogió su petición de perdón (Ecco 35,12-14.16-18). La Iglesia, como Jesús, debe ser sacramento de perdón y no condenar a nadie.

    San Lucas saca una conclusión general para su comunidad. “El que se enaltece, será humillado, el que se humilla será enaltecido”. Se trata sin duda de vivir la humildad que Santa Teresa definía como “caminar en la verdad”. La humildad tiene que ver con la percepción real de nuestra situación. No se trata de una humildad tonta sino del reconocimiento realista de que todo lo recibimos de Dios. Probablemente tengamos cualidades superiores a muchas personas, pero eso no debe llevarnos a despreciar a los demás. Ni nosotros hemos merecido los dones recibidos, ni los demás son culpables y por eso no los habrían recibido. Dios los da a quien quiere y como quiere, pero se complace de manera especial en derribar de sus tronos a los poderosos y en ensalzar a los humildes. Es la inversión de valores que trae consigo el evangelio y que hacemos presente en cada celebración de la eucaristía.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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