• La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

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    25 de diciembre 2012- Natividad del Señor, Misa del Día

    En la misa de medianoche de Navidad, hemos contemplado el nacimiento de Jesús, su anuncio a los pastores y los cantos de alegría de los ángeles. Nos hemos sumado a ellos con nuestros villancicos. En la misa del día de Navidad se nos invita a contemplar el misterio de la encarnación. En vez del bullicio de los villancicos y los instrumentos populares nos acompaña una música meditativa.

    El P. Chaminade, fundador de la Familia Marianista, no era muy propenso a las confidencias. Pero a sus 82 años confiaba a uno de sus discípulos: “Lo que no ceso de admirar desde hace algún tiempo, y demasiado poco tiempo, es que María, en el momento de la Encarnación, fue asociada a la fecundidad eterna del Padre, por su viva fe, animada de una caridad inconcebible, y engendró la humanidad de la que se revestía su adorable Hijo. La fe también, querido hijo, nos hace concebir a Jesucristo en nosotros mismos: Que por la fe Cristo habite en vuestros corazones (Ef 3,17)”.

    El misterio de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios está en el centro de la espiritualidad marianista, que es una espiritualidad de fe. Y en este año de la fe estamos invitados a encontrarnos con Jesús, Hijo de Dios, hecho Hijo de María para la salvación de los hombres (Jn 1,1-18). El nacimiento de Jesús no es sólo un hecho de un pasado, que tuvo lugar en Belén. El P. Chaminade se hacía eco del Padre de la Iglesia, Orígenes: “¿De qué me sirve que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace de nuevo por la fe en mi corazón?”.

    La fe viene a través de la escucha de la Palabra. Nuestro Dios no es un Dios solitario. Es un Dios que habla con el hombre a través de sus enviados los profetas (Hb 1,1-6). Son ellos los que fueron revelando la intimidad de Dio y su proyecto de salvación para el hombre en diversas circunstancias de la historia. Ese diálogo se ha ido intensificando progresivamente y ha llegado a su cima en esta etapa final de la historia en la que estamos viviendo.

    Ese salto cualitativo en la historia se debe a que el diálogo de Dios con el hombre no tiene lugar a través de otros hombres, los profetas, sino que interviene directamente el Hijo de Dios, es decir Dios mismo. Como Hijo, es el heredero de todo, al que Dios ha dado todo. El Padre da todo al Hijo y el Hijo lo devuelve todo al Padre. El Hijo ha estado interviniendo constantemente en la historia a través de todos sus períodos. Decía San Ireneo que el Hijo y el Espíritu son las dos manos con las que Dios actúa en el mundo. Dios ha estado constantemente presente en la historia a través del Verbo, de su Palabra creadora que ilumina la vida de los hombres. Al hacerse el Verbo carne, la historia humana ha alcanzado su meta definitiva.

    Jesús es la Palabra definitiva del Padre, que no tiene ya nada más que comunicarnos (San Juan de la Cruz). Todo nos lo ha dicho y nos lo ha dado y se nos ha dado en Cristo Jesús. Es a Jesús al que ahora los hombres tenemos que escuchar pues no hay más Dios que el de Jesucristo.

    El Hijo es Dios. Los títulos que recibe, tomados del lenguaje bíblico y de la cultura griega, expresan esa igualdad. Es el reflejo de la gloria del Padre, la impronta de su ser. Tenemos aquí las primeras aproximaciones conceptuales a la divinidad de Jesús, orientado totalmente hacia Dios. Como Dios, tiene una función en la creación y en la conservación del mundo, que fue creado por la palabra de Dios.

    Pero sobre todo el Hijo ha realizado la obra de la redención mediante el perdón de los pecados. Se evoca así la aventura humana de Jesús que culmina en la muerte y la resurrección, mediante las cuales hemos sido salvados. Jesús ahora está glorioso, sentado a la derecha del Padre. Terminado el curso de su vida mortal vive como Dios, pues ese es el nombre con el que lo invocamos, con el nombre del Señor, que traduce el nombre de Dios en hebreo, Yahvé.

    Jesús es el mediador definitivo de la alianza con Dios y está muy por encima de los ángeles pues mantiene una relación de intimidad con Dios, de Hijo con el Padre, que es exclusiva suya, aunque nosotros participemos de ella. Los ángeles pueden ser todo lo espirituales que queramos pero, como nosotros, son adoradores del Hijo. Es lo que hicieron la noche de la Navidad y es lo que nosotros hacemos hoy en la celebración de la eucaristía.

     

     

     

     


  • No hubo lugar para ellos

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    25 de diciembre de 2012 – Natividad del Señor- Medianoche

    El desahucio de tantas familias, el hecho de tantas personas sin techo, sigue poniendo de manifiesto la realidad de la exclusión y privación de derechos fundamentales en unas sociedades que presumimos de democráticas y avanzadas. Como la Sagrada Familia, son muchas las personas que se sienten privadas del derecho a un lugar cubierto. La privación de un hogar, de un lugar caliente, deja a las personas a la intemperie. El hombre para vivir confiado necesita de un lugar acogedor donde poder cultivar la  intimidad. Hay actos, como el nacimiento y la muerte, que requieren ser vividos en la intimidad, junto a los seres queridos, aunque la cultura actual cada vez más nos va privando del nacimiento y de la muerte. Lo hace, sin duda, en nombre de la seguridad, pero en nombre de ella estamos perdiendo tantas cosas.

    Todo nacimiento es una gracia, un don Dios. Sobre todo en estos tiempos en que en nuestros países europeos  nacen tan pocos niños. Ellos son, sin embargo, el mejor signo de que la vida merece la pena y que la vida no es simplemente para vivirla y disfrutarla sino para darla. En el caso del nacimiento de Jesús se nos manifiesta de manera especial la gracia de Dios (Tit 2,11-14). Jesús es  el regalo de Dios por excelencia. En ese niño se nos da Dios mismo. Se nos da con esa delicadeza que Dios tiene, que no nos abruma ni aplasta. Aparece como un niño, que tiene necesidad de ser cuidado para poder vivir y crecer. Dios continúa siendo ese mendigo de amor que llama a nuestras puertas buscando posada (Lc 2,1-14). Aparentemente cada vez lo tiene más crudo y parece que las puertas se le cierran. Sin embargo, Él sigue creyendo en el hombre y sigue arriesgándose a venir a nuestro mundo.

    Es la fe la que nos permite acoger el misterio de la Navidad. Ese misterio de amor de un Dios hecho niño sigue siendo un escándalo para la razón. Por eso la cultura actual prefiere hablar de Papá Noel, que no inquieta a nuestros contemporáneos, sino que favorece la sociedad de consumo. El nacimiento del Hijo de Dios en un lugar y fecha histórica constituirá siempre un desafío para nuestra razón. Los hechos, en efecto, se resisten a ser absorbidos por las explicaciones más o menos racionales. Hay que ser humildes, como los pastores, para acoger a Dios en nuestras vidas.

    La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en la claridad de la fe a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo.

    El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Descubramos de nuevo el niño que todos llevamos dentro. No os invito al sentimentalismo ñoño sino a redescubrir los verdaderos valores con los que vibrábamos antes de quedar atrapados dentro de esta sociedad de consumo, que promete tanto y que, en realidad, nos frustra constantemente. Que la celebración de esta Navidad les conceda a todos la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

     


  • Dichosa tú, que has creído

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    23 de diciembre de 2012 – Cuarto Domingo de Adviento

     

    Tanto el Papa numerosas veces, como el Sínodo de la nueva evangelización, nos recuerdan la importancia de manifestar la alegría de creer. El Papa experimentó esa alegría en la Jornada Mundial de la Juventud y en sus viajes sobre todo a África. También Isabel notó la alegría de María cuando ésta la visitó. Su alegría brotaba de la fe con la que había acogido en su seno al Dios hecho hombre. La alegría que sentía María no podía ser guardada para sí sola o los más cercanos en su pueblo sino que tenía que llegar también a los que vivían lejos. La visita de María a Isabel pone de relieve el gran amor de María que, ya encinta, emprende un largo camino para ayudar a su prima, que está ya en los meses finales de la espera de un hijo (Lc 1,39-45).

    El gran regalo que María lleva a su prima Isabel es la presencia de Dios en su seno, presencia reconocida inmediatamente por Juan y por su madre. No hay que extrañarse pues de los saltos de gozo de Juan en el vientre de su madre. Isabel reconoce inmediatamente la fe de María, que ha sido la causa de toda la alegría que ha irrumpido en el mundo con la encarnación de Dios. La fe de María ha sido la acogida y la respuesta al amor de Dios que ha querido tomar carne en su seno.

    Ese amor de Dios es lo que ha movido al Hijo de Dios a encarnarse. En ese momento el Hijo de Dios dice: “Aquí estoy yo para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-10). Toda la historia del pueblo de Dios, ritmada por los sacrificios y ofrendas no acababa de enderezarse y entrar en el camino que Dios quería. Es necesario que Dios mismo venga en la persona del Hijo para arreglar esa historia. Ya no se trata de ofrecer cosas al Señor, sino de ofrecerse a sí mismo. Por eso Jesús ha tomado un cuerpo mortal, para poder hacer libre y amorosamente la ofrenda de su vida al Padre, a favor de sus hermanos los hombres. Este gesto de amor que se ofrece al Padre y a sus hermanos es verdaderamente redentor y salvador.

    La disposición con la que Jesús entra en el mundo es la de hacer la voluntad del Padre. Esa voluntad expresa ante todo el designio amoroso que Dios tenía respecto al hombre desde el momento de la creación. El hombre, creado a su imagen y semejanza, está llamado a entrar en la intimidad de Dios. Pero no será una hazaña sobrehumana la que le lleva a escalar los cielos para poder estar allí. Será Dios el que desciende al lugar del hombre, lo tomará en sus brazos y lo introducirá en la vida misma de Dios.

    La historia de Jesús y de María cambiaron la suerte no sólo de Nazaret, ciudad hasta entonces no mencionada en la historia de Israel, e incluso de Belén, la pequeña ciudad de David en la que tuvo lugar el nacimiento (Miq 5,1-4), sino toda la historia humana. Esta historia empieza a ser una historia divina porque el Hijo de Dios es el principal protagonista. Pero es un protagonista muy distinto de los héroes que vemos desfilar en nuestros libros de historia, donde sólo cuentan los grandes. Jesús, naciendo en un rincón perdido de la geografía del imperio, ha hecho suya la historia de los pobres y sencillos, que el día de Navidad veremos representados en los pastores que vendrán a adorarlo. Tengamos también nosotros un corazón humilde, lleno de fe, para poder acoger a Jesús en nuestras vidas. Él será siempre el motivo de nuestra alegría.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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