• El que mira atrás no es apto para el Reino de Dios

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    26 de junio de 2016 – 13 Domingo del Tiempo Ordinario

     

    No hace muchos años, a la hora de firmar un contrato de trabajo, el trabajador podía expresar sus aspiraciones en  cuanto a salario, horario y vacaciones. Hoy día a nadie se le pregunta sino que el dador del trabajo te lo fija todo y tienes que estarle agradecido. Los que trabajan por cuenta propia siguen fijando lo que cobran por un trabajo determinado pero eso no quiere decir que se lo vayan a dar. Si no nos convence buscamos uno más barato. Jesús suscitó una gran expectación en su tiempo y no faltaron personas interesadas en unírsele para sacar provecho. Pero a muchos Jesús les echó un jarro de agua fría, mostrando que era Él el que invitaba al seguimiento, y era Él el que fijaba las condiciones. En realidad es Él el que llama y exige una respuesta sin condiciones.

    El seguimiento de Jesús no es un proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Por eso el seguimiento es alegría. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos (Gal 4,31-5,13-18).

    Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a irse con él (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirlo. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.

    El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.

    La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más sagrados. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia, para quedar bien con ella, es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.

    Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino (1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios, de manera que no volvamos la vista atrás.

     

     


  • Tú eres el Mesías de Dios

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    19 de junio de 2016 – 12 Domingo Ordinario

    Cada vez más el ser creyente es una cuestión personal que uno decide en lo profundo de su ser. Tan sólo se puede seguir siendo creyente si uno se ha encontrado personalmente con Jesús y ha descubierto en él el sentido de la vida. Creer en Jesús, en efecto, es poder confiar totalmente en él, como él confió en Dios Padre. El creyente experimenta que Dios no le falla mientras en las relaciones humanas estamos expuestos a los mayores engaños y frustraciones.

    La confesión de fe de Pedro nos muestra el camino a seguir (Lc 9,18-24). La proclamación de Jesús como el Mesías de Dios no es una invitación al triunfalismo sino a seguir a Jesús sufriente. Pedro y todos los demás tenemos que negarnos a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz detrás de Jesús.

    Es verdad que la adhesión de Pedro a Jesús tuvo sus altibajos y en uno de ellos llegó a renegar de Jesús. Una vez llorado su pecado y perdonado por Jesús, volvió al amor primero y confesó a Jesús hasta morir por Él. Perder la vida por Jesús es la única manera de salvarla. La tentación de querer salvar la vida o la buena fama, en un momento determinado, ha llevado también a la Iglesia a este atolladero del que le está costando trabajo salir.

    Creer en Cristo Jesús no es simplemente repetir fórmulas del catecismo, aunque estas fórmulas sean necesarias para confesar juntos la misma fe. Creer en Jesús es, como dice San Pablo, revestirnos de Él (Gal 3,26-29). Ese vestido no es una realidad exterior que uno se quita y se pone. No es un puro barniz de apariencia. Expresa más bien la transformación interior y total de la persona. El que se ha vestido de Cristo re-presenta, hace presente a Cristo, es Cristo. Cada uno de los creyentes es Cristo, una presencia de Cristo en nuestro mundo, una prolongación de su encarnación.

    En esta perspectiva, la fe cristiana abre un horizonte de novedad, no sólo para el individuo, sino también para toda la comunidad humana, en sus dimensiones sociales. En Cristo han sido abolidas todas las discriminaciones: judíos-gentiles, esclavos-libres, hombres-mujeres.  Ciertamente que no se suprimen las diferencias, si no son discriminadoras sino que representan una riqueza integrable en la unidad. Todos somos uno en Cristo Jesús, sin perder nuestra identidad y originalidad. Pero esa identidad personal es relacional. Hace relación a Cristo, a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, invitados todos ellos a revestirse de Cristo y a seguir su estilo de vida.

    La fe en Cristo no quita nada valioso a nadie. Los apóstoles, venidos del judaísmo, estaban convencidos que aquello que ellos y sus padres habían vivido durante tantos siglos había llegado a su plenitud en el acontecimiento de Cristo Jesús. Para ellos orientar su vidas hacia Jesús no era renegar de su pasado sino salvarlo. También los diversos pueblos paganos que adhirieron a la fe cristiana experimentaron que ninguno de sus valores auténticos se perdía sino que adquiría un punto de referencia nuevo que garantizaba su realización concreta. En la eucaristía proclamamos nuestra fe en Cristo y lo seguimos en sus palabras y gestos. Tengamos el coraje de proclamar nuestra fe con palabras y obras en nuestra vida concreta.


  • Tiene mucho amor

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    12 de junio de 2016 – 11 Domingo Ordinario

     El tema de los desahucios ha puesto de manifiesto que el sistema económico funciona de manera implacable, sin tomar en consideración la situación de las personas cuando son pobres y no tienen ni voz ni voto en la organización del sistema social.  Muchas veces los gobiernos hacen pagar a la colectividad las deudas generadas por personas particulares que han llevado a la ruina a determinadas instituciones bancarias. En el Reino del que habla Jesús se sigue una contabilidad muy especial, que sin duda provocaría la ruina de las instituciones bancarias.  No es que los bancos que han quebrado o tienen dificultades hayan seguido el sistema de Jesús o las recomendaciones de la doctrina social de la Iglesia. Es más bien la especulación y el afán de lucro los que han provocado los problemas. En el mundo de Jesús se perdona con la misma facilidad unos cuantos euros o varios millones. Por eso en el Reino, que anuncia Jesús, se habla tanto del perdón, y se hace realidad en la vida de muchas personas (Lc 7,36-8,3).

    Los ejemplos de las lecturas de hoy son bien significativos. David se considera a sí mismo como una persona justa que, por eso, puede dictar justicia. En realidad su conciencia estaba un tanto aletargada. Veía claramente el pecado de los demás y no reconocía las barbaridades que él había cometido. David recibe el perdón cuando él mismo ha sentenciado que el crimen que ha hecho merece la muerte. Basta reconocer el pecado y obtendrá el perdón (2 Sam 12,7-13).

    De la pecadora del evangelio no conocemos muchos detalles pero no cabe duda de que era una persona considerada pecadora pública por parte de la gente bien. El hecho de que para acercarse a Jesús haya sido capaz de entrar en casa de un fariseo y que no la hayan echado a patadas habla de la confianza que tenía en Jesús y del respeto que tenían por Jesús  los fariseos.

    La pecadora muestra su amor por Jesús y su arrepentimiento a través de las lágrimas. Su gesto constituye una especie de sacramento de reconciliación, que purifica totalmente su vida y la salva. Jesús confirma ese perdón y declara que es la fe la que la ha salvado. Es la fe como adhesión amorosa a la persona de Jesús la que ha hecho que esa persona reconstruya su vida. Esa fe y esos gestos brotaban del amor que es lo que purifica y salva. Jesús dice que se le han perdonado sus muchos pecados porque ha amado mucho. Pero concluye de manera sorprendente: al que poco se le perdona poco ama.

    Las personas buenas, como los fariseos, aman poco porque no han experimentado el perdón en sus vidas. No lo han experimentado porque se creen buenos, sin pecados, y no necesitan el perdón. Así se pierden la gran oportunidad en la vida de encontrarse con el Dios que perdona. Hoy día casi todos somos fariseos. Nos cuesta reconocernos pecadores ante Dios. Nos consideramos personas buenas, sobre todo en comparación a lo que hay por el mundo.

    Pablo, en cambio, antiguo fariseo, quedó profundamente conmovido por la experiencia no sólo de haber sido perdonado por Cristo sino también por haber sido llamado a ser apóstol suyo. Experimentó en su propia carne que el hombre no se justifica por cumplir la ley, sino por creer en Cristo Jesús (Gal 2,16-21). La religión no es un hacer cosas sino un creer y amar a una persona, la persona de Jesús como revelación del amor del Padre. Este amor se ha mostrado, ante todo, como perdón. Éramos enemigos de Dios que, sin embargo, nos ha tendido su mano y nos ha hecho hijos suyos.

    En cada eucaristía experimentamos el perdón de Dios nuestro Padre que pedimos al comienzo de la celebración y que se hace realidad en el encuentro amoroso con Jesús sacramentado. Que nuestra vida sea testimonio agradecido del perdón recibido.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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