• Jesús se lo entregó a su madre

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    5 de junio de 2016 – 10 Domingo Ordinario

     

    Las muertes prematuras causan en nosotros una impresión de una injusticia irreparable. A pesar de los avances de la medicina, somos impotentes ante la realidad de la muerte, que sigue llevándose muchas personas antes de tiempo. En nuestro corazón hay el deseo, sin duda puesto por Dios, de vivir para siempre. Todos creemos que hemos sido hechos para la vida y no para la muerte. El Señor sostiene nuestra débil esperanza a través de las intervenciones milagrosas que muestran su poder sobre la vida y la muerte.

    Dios actúa sobre todo a través de sus enviados, de manera especial de sus profetas. Hoy escuchamos cómo Elías resucitó al hijo único de la viuda que lo había acogido en su casa (1 Re 17, 17-24). El profeta cuenta a Dios lo contradictorio que sería que su visita y cercanía a aquella pobre mujer se hubiera convertido en causa de desgracia y no de bendición. Sería una ingratitud imperdonable. Dios, a través de Elías, resucita al muerto.

    En el evangelio Jesús aparece como el nuevo Elías, como el profeta definitivo de los tiempos mesiánicos. En su persona reviven los antiguos prodigios que Dios realizaba a favor de su pueblo, visitándolo con su favor (Lc 7, 11-17). De nuevo tenemos la resurrección del hijo único de una viuda. En este caso, Jesús no los conocía de antemano, pero es capaz de hacerse cercano a las personas que sufren. Le basta ver la escena del entierro del difunto para captar la situación. Es la de una pobre madre, cuyo porvenir reposaba tan sólo en este hijo y que ha sido truncado con su muerte. Jesús siente lástima de ella. Los que contemplan el milagro se dan cuenta de lo que ha ocurrido: Dios ha visitado a su pueblo. Dios no se ha desentendido de su pueblo, de lo que éste sufre, sino que está siempre atento, informándose a través de sus visitas y trayendo con ellas la salvación.

    El papa Francisco nos está ayudando a todos a redescubrir esa dimensión fundamental del evangelio: la compasión. No es una realidad puramente sentimental sino que es una característica de Dios que le permitirá decir al mismo evangelista: “sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36). Para Dios, ser misericordioso no se queda en buenos sentimientos sino que se traduce en que hace el bien a todos, a los buenos y a los malos. La Iglesia, sobre todo a través de Cáritas, está intentando hacer el bien a todos, sin distinción de religiones, sin pedir un certificado de buena conducta.

    En el fondo, es ese amor misericordioso de Dios lo que experimentó San Pablo y le llevó a cambiar totalmente de conducta. De perseguidor de los cristianos pasará a ser el más entusiasta propagador de Cristo y su evangelio (Gal 1, 11-19). Pablo quedó totalmente marcado por la confianza que Jesús depositó en él, sin esperar a que diera pruebas de que se lo merecía. La Iglesia siente como suyas las alegrías y las penas de todos los que sufren, sobre todo de los pobres, y cree y confía que ellos son los destinatarios privilegiados del la Buena Noticia. Ellos son los que pueden cambiar la Iglesia y el mundo, haciendo que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres. En la eucaristía experimentamos ese amor compasivo y misericordioso de Dios que abre para nosotros caminos de vida.


  • Dadles vosotros de comer

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    29 de mayo de 2016 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

     

    Frente a los que creen que la Iglesia debe ocuparse sólo de lo religioso y no entrar en el campo de lo social, hay que recordar que ella a lo largo de la historia se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

    El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

    La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

    Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

    Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna.

    El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

    Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.

     

     


  • Todo lo que tiene el Padre es mío

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    22 de mayo de 2016 – Santísima Trinidad

     

    Jesús ha sido tan ingenuo y tan infantil que nos ha contado todo lo de su familia y nos ha introducido hasta lo más íntimo de ella pues sabía que no había trapos sucios que ocultar. Es él el que nos ha hablado de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros, los creyentes, conocemos  esas personas y tenemos una relación familiar con ellas pues nos han acogido en su casa como a hijos queridos. Sabemos que no viven en un castillo misterioso sino que todo es tan transparente como el amar y ser amado. De la mano de Jesús hemos aprendido a relacionarnos personalmente con cada una de las personas de la Trinidad.

    Ya el pueblo de Israel experimentó a Dios como una realidad personal cercana, que había elegido a Israel y que esperaba que su pueblo fuese fiel a la alianza que había contraído con Él. De esa manera las relaciones entre Dios e Israel eran relaciones personales familiares. Se expresan a través de las diversas imágenes de la familia, sobre todo del Esposo y la Esposa. De manera particular Israel experimentó la presencia de la Sabiduría y del Espíritu de Dios en su historia concreta. Esta Sabiduría estaba presente ya en el momento de la creación y gozaba con los hijos de los hombres (Pr 8,22-31).

    Con estas experiencias, no fue difícil a los discípulos de Jesús reconocer que en Él Dios se hacía presente y que Jesús mantenía una relación única de intimidad con el Padre. Jesús todo lo recibía del Padre y todo lo devolvía al Padre (Jn 16,12-15). Pero sobre todo, después de la resurrección de Jesús, los discípulos experimentaron que su Espíritu estaba presente y actuando en sus vidas. Era Él el que ponía en nuestros corazones el amor de Dios, la vida misma de la Trinidad (Rm 5,1-5).

    Se trataba de una experiencia revolucionaria, propia del pensamiento bíblico. El hombre, en las religiones antiguas, busca y ama a Dios, pero Dios no responde con amor. Él tiene otras cosas más importantes y no pierde su tiempo con los problemas de los hombres. Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

    El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

    Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús. Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

    Experimentamos el amor de la Trinidad sobre todo en la celebración de la Eucaristía. En ella damos gracias a Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu porque nos ha salvado y nos ha introducido en su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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