• Dóciles al Espíritu

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    8 de junio de 2023 – Domingo de Pentecostés

    Llevamos ya más de cincuenta años experimentando en Europa la disminución del número de creyentes y una gran dificultad para transmitir la fe a las nuevas generaciones. No se trata, claro está, de emitir simplemente mensajes inteligibles y atractivos sino de ser capaces de iniciar a los hombres de nuestro tiempo en la experiencia cristiana del Señor resucitado. Estamos en la misma situación que los apóstoles  el día de Pentecostés: anunciar a Jesús a los que lo habían rechazado y a otros que no sabían nada de lo que había ocurrido (Hechos 2,1-11).

    Ese anuncio fue posible gracias a la venida del Espíritu Santo que transformó totalmente a los apóstoles que superaron los miedos que les atenazaban y les tenían encerrados en casa, sin atreverse a salir fuera (Jn 20,19-23). Ahora se hacen presentes en la plaza pública y dan testimonio del Señor resucitado. Es hora que también nosotros superemos nuestros miedos y falsos pudores y seamos capaces de suscitar la cuestión de Dios entre muchos de nuestros amigos que se han ido alejando de la práctica cristiana. Cada vez se está viendo más claramente que la transmisión de la fe pasa por la experiencia de fe en la familia. Si la familia no apoya esa vivencia, la catequesis de los niños será un puro barniz que a veces desaparece apenas hecha la primera comunión. Tan solo el Espíritu es capaz de tocar el corazón de los padres y de los hijos. No bastan las técnicas catequéticas. La fe es un regalo de Dios.

    Gracias al Espíritu se superan las barreras de las lenguas, culturas, pueblos y religiones. El Espíritu no es monopolio de la Iglesia. El actúa en el corazón de todos. Pero su acción consiste siempre en llevar a las personas hacia los valores auténticos que vienen de Dios y fueron proclamados por Jesús y por otros muchos hombres de Dios. Ahora bien, nosotros creemos que el Espíritu está presente y actúa de manera especial en la Iglesia. Ella es la comunidad reunida en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A todos los creyentes nos ha dotado de dones y carismas para la construcción del cuerpo de Cristo. De esta manera integra en la unidad la diversidad (1 Cor 12, 3-13). En nuestro mundo contemplamos ciertos movimientos que parecen opuestos entre sí. Sobre todo en Europa existe una búsqueda de integración y superación de barreras de los estados nacionales, pero al mismo tiempo los diversos pueblos exigen formas de autogobierno cada vez mayor. No es fácil conciliar ambas tendencias y mantener el equilibrio de un cuerpo armónicamente organizado. La triste realidad de la guerra actual muestra la manipulación política de las diversidades culturales para enfrentar a unos pueblos con otros. Aunque el Espíritu anima los grandes movimientos de la historia, su acción se centra en el corazón de las personas, de las que hace hijos de Dios. Él es el que sabe interpretar los gemidos de nuestro corazón y las ansias a las que apenas somos capaces de dar nombre. Es la dignidad del hombre concreto la que está en juego pues es la persona concreta la que responde a la acción de Dios mediante su Espíritu. Es la persona la que recibe el Espíritu, la que experimenta la paz, la alegría y el perdón.

    El camino de la Iglesia, el camino de la evangelización, pasa a través del hombre concreto. Es el hombre concreto el que tiene que ser salvado. Para que los hombres entiendan su lenguaje, la Iglesia debe acercarse al hombre concreto en su situación concreta. Ya no puede hablar desde una cátedra posesora de la verdad sino que tiene que caminar al lado de los hombres. En último término el lenguaje que entienden todos los hombres es el lenguaje del amor misericordioso. Ese es el lenguaje que están esperando los refugiados y emigrantes. Es el Espíritu el que actúa en la Eucaristía y hace actual para nosotros el misterio de Jesús. Que El nos dé la fuerza y el entusiasmo para realizar la nueva evangelización de nuestro mundo.


  • El Señor volverá

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    1 de junio de 2025- La Ascensión del Señor

    El Papa Francisco, antes de morir, había ya pensado la puesta en práctica de las propuestas de la asamblea sinodal terminada en octubre pasado. Había definido ya un itinerario que culminaría en octubre de 2028 con una asamblea eclesial en Roma. Su muerte ha dejado, por el momento, en suspenso este proyecto , en espera que el Papa León muestre su conformidad. No dudamos que éste es un decidido impulsor del proceso sinodal. Hay que continuar moviéndose si no queremos ser objeto de  de los reproches hechos a los apóstoles: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,1-11). Lo que se les echa en cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no moverse. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su existencia.

    El creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la humanidad.

    Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo  Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Lc 24,46-53). Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.

    La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.

    El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo.  Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.


  • El Espíritu os lo recordará todo

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    25 de mayo de 2025 –  6 Domingo de Pascua

    Durante la mayor parte de la historia, la humanidad ha vivido en una cultura oral, en la que la memoria era la guardiana de las experiencias de los pueblos. Desconocer esa historia condena al hombre a repetir los errores pasados. Desgraciadamente memoria histórica puede ser sesgada y tergiversada. La memoria de los datos de nuestra vida constituye un material de gran importancia en la construcción de nuestra identidad personal y social.  Sin esa memoria somos viajeros sin equipaje, que vamos con lo puesto y a la intemperie, sin saber de dónde venimos y adonde vamos. . 

    El cristianismo está vinculado a la memoria de la experiencia del Señor Resucitado que nos han transmitido los apóstoles. Hacer memoria de Él, es hacerlo presente en la realidad de nuestras vidas. De esa manera nuestras existencias están ancladas en la gran Tradición, que no es el pasado, sino más bien el presente de la vida eclesial. ¿Cómo se actualiza ese pasado? No es el esfuerzo de nuestro memoria retrocediendo hacia atrás y que nos lo trae hacia el ahora. Es la acción del Espíritu Santo que hace actual el misterio de Cristo. El Espíritu actúa constantemente en la Iglesia, en cada uno de los creyentes y en todo el mundo. El Espíritu nos introduce en el misterio inagotable de Cristo (Jn 14,23-29). Toda la historia de la Iglesia es vivir y hacer presente ese misterio.

    El primer fruto de la acción del Espíritu, que nos hacer recordar lo que Cristo ha dicho, son los Evangelios, las Cartas de los Apóstoles y demás escritos de Nuevo Testamento, inspirados por ese Espíritu. Es verdad que el Espíritu estaba actuando ya antes de la venida de Cristo y por su inspiración se puso por escrito el llamado Antiguo Testamento. En él se recuerda y se actualiza la historia de la salvación de Dios con su pueblo Israel.

    El Espíritu hace que las enseñanzas de Jesús no sean simplemente un libro cerrado sino una realidad viva donde el creyente encuentra vida. De esa manera la Iglesia no repite mecánicamente lo que recibió de Jesús sino que mediante el Espíritu va penetrando cada vez más en la revelación de Dios (Hechos 15,1-2; 22-29). No se trata de una comprensión puramente intelectual sino más bien de una realidad vivida según las exigencias de cada época, de manera que el Evangelio sea siempre Buena Nueva para cada pueblo, cada cultura y cada situación histórica. Cada uno de los creyentes, a través de su propia experiencia vital de encuentro con Cristo, va enriqueciendo la realidad de la fe cristiana, que es capaz de encarnarse en todas las culturas.

    El Espíritu es el Maestro interior que actúa en la Iglesia y en cada uno de nosotros. Él es la garantía de la verdad que la Iglesia enseña y hace que ésta no se desvíe nunca de la Tradición que comienza en Jesús y a través de la misma Iglesia llega hasta nosotros. La presencia del Espíritu en cada uno de nosotros hace que la enseñanza de Jesús propuesta por la Iglesia no sea algo exterior impuesto, sino que encuentra inmediatamente su eco en lo que el creyente aprende directamente del Espíritu. Él crea esta sintonía entre el creyente y la Iglesia de Cristo.

    Pero el Espíritu actúa también en el mundo y pone en el corazón de todos los hombres de buena voluntad el deseo de construir una ciudad nueva (Apoc 21, 10-14.22-23). Esa ciudad es al mismo tiempo don de Dios que viene del cielo y tarea humana de todas las generaciones. Los cristianos compartimos con todos los hombres el compromiso de construir la paz en una sociedad justa y fraterna.

    El Espíritu nos enseña a través de las acciones de Jesús que actualizamos en la celebración de la Eucaristía. Pidámosle que Él nos introduzca en el misterio de Cristo para que lo podamos vivir y hacer presente en nuestro mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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