• El mandamiento nuevo

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    18 de mayo de 2025 – Quinto Domingo de Pascua

    Los grupos marginados, que luchan por abrirse paso en la sociedad, se manifiestan públicamente, con signos provocativos. La pequeña comunidad cristiana era consciente de que tenía la misión de hacer presente en el mundo amor de Dios manifestado en la vida y la entrega de Jesús. No se trataba hacer propaganda para ser más y tener más poder. Querían con su testimonio de alegría y de amor mutuo mostrar a los demás el camino de la felicidad, el camino de la salvación. Jesús quiso que el amor mutuo fuera la señal distintiva de sus discípulos.

    Fue ese amor fraterno, traducido sobre todo en las obras de misericordia, lo que impactó al imperio romano cuando la fe cristiana fue reconocida como lícita, antes de ser declarada religión del imperio. El cristianismo aportaba una visión nueva de la realidad, sobre todo del tema de la pobreza imperante. Para el imperio, era natural que hubiera pobres y ricos. Para la fe cristiana, los pobres eran los preferidos de Dios y debían ser objeto del cuidado de los que tenían bienes. Esa solidaridad, ese compartir, era algo totalmente nuevo e incluso alguno de los emperadores paganos comprendió la necesidad de un estado mucho más social.

    Jesús va a hacer del amor fraterno la señal de pertenencia a la comunidad de sus discípulos. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo (Jn 13,31-35). Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios dio a su pueblo el mandamiento del amor al prójimo.

    Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Amamos porque antes hemos sido amados. Es la experiencia que hace toda persona que se ha sentido amada desde su nacimiento e incluso antes. Como Jesús, amado por el Padre, estamos dispuestos a dar la vida por los demás e intentamos hacerlo en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús.

    Sin duda alguna el mandamiento nuevo del amor supone que hay una nueva realidad en el Pueblo de Dios. Este ya no se reduce al Israel histórico sino que se ha abierto también a los paganos, a los que Dios había abierto la puerta de la fe (He 14,21-26). Ha sido la resurrección de Jesús la que ha hecho unos cielos nuevos y una tierra  nueva (Apoc 21,1-5). Por eso el creyente vive el mandamiento nuevo del amor. Mediante la práctica de este mandamiento, el cristiano colabora con Dios a enjugar las lágrimas de los que lloran.

    Es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado.  Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.

    En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.


  • El buen pastor

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    11 de mayo de 2025- 4 Domingo de Pascua

    En este domingo del Buen Pastor celebramos la Jornada Mundial por las vocaciones: Peregrinos de esperanza: el don de la vida. El 19 de marzo, hospitalizado en el Gemelli, el Papa Francisco dirigió a la Iglesia un hermoso mensaje. «Queridos jóvenes, la esperanza en Dios no defrauda, porque Él guía cada paso de quien se confía a Él. El mundo necesita jóvenes que sean peregrinos de esperanza, valientes en dedicar su vida a Cristo y llenos de la alegría por el hecho mismo de ser sus discípulos-misioneros». De cada uno se puede decir : yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra (Hch 13,14.43-52).

    El descubrimiento de la propia vocación se produce en un camino de discernimiento. Este proceso nunca es solitario, sino que se desarrolla en el seno de la comunidad cristiana y junto con ella. El silencio en la oración es indispensable para “leer” la llamada de Dios en la propia historia y responder con libertad y de manera consciente. El recogimiento permite comprender que todos podemos ser peregrinos de esperanza si hacemos de nuestra vida un don, especialmente al servicio de quienes habitan las periferias materiales y existenciales del mundo. Quien se pone a la escucha de Dios no puede ignorar el clamor de tantos hermanos y hermanas que se sienten excluidos, heridos o abandonados.

    Toda vocación nos abre a la misión de ser presencia de Cristo allí donde más se necesita luz y consuelo. la Iglesia está viva y es fecunda cuando genera nuevas vocaciones. Y el mundo, muchas veces sin saberlo, busca testigos de esperanza, que anuncien con su vida que seguir a Cristo es fuente de alegría. Por lo tanto, no nos cansemos de pedir al Señor nuevos obreros para su mies, con la certeza de que Él sigue llamando con amor.

    Los fieles mantienen unas relaciones cordiales con sus pastores y los siguen cuando ven que verdaderamente encarnan la figura del Buen Pastor (Jn 10,27-30). Es así como se construye una Iglesia sinodal.  Desgraciadamente habrá siempre algunos mercenarios que se aprovecharán del cargo para servirse de las ovejas, en vez de estar a su servicio. La Iglesia no está en función de sí misma, aunque algunos quieren aprovecharse de ella para hacer carrera. La Iglesia está al servicio del Reino de Dios, al servicio de los hombres, sobre todo de los más pobres.

    La vocación supone una cierta capacidad de escucha de la llamada. Hoy se corre el peligro de cerrarse en banda, como hicieron los que escucharon a Pablo (Hech 13,14.43-52). Tenían ya sus esquemas hechos y todo lo que se saliera de ellos no era aceptado. La verdad es que los jóvenes de hoy no tienen nada contra Dios o contra Jesús. Lo que les pasa es que Dios no aparece en las pantallas de sus móviles. No tienen tiempo para pararse a escuchar su voz. Los paganos que escuchaban a Pablo, en cambio, estaban atentos a la novedad del Espíritu.

    La capacidad de escucha supone una sintonía entre el que habla y el oyente. Jesús hace que sus oyentes se vayan identificando poco a poco con él. Jesús es el Buen Pastor precisamente porque es el Cordero degollado y resucitado, que ha dado la vida por nosotros (Ap 7,9.14-17). No es de extrañar que sus ovejas lo escuchen, lo obedezcan y lo sigan. Quieren vivir con Él porque así encuentran la vida. Los sacerdotes deben identificarse con Jesús, Buen Pastor, y conducir las ovejas hacia Él, y no hacia sí mismos.

    Jesús mantiene con los creyentes una relación de amor y de amistad semejante a la que Dios mantenía con Israel en el seno de la alianza. Como Dios, Jesús tiene con sus ovejas una relación personal intensa, de conocimiento y amor. Es un amor de elección y de predilección. Sus ovejas, por su parte, corresponden a ese amor mediante la escucha y el seguimiento.

    Los creyentes en Jesús están en buenos manos, en las manos del Padre porque  el Padre y Jesús son uno. Por eso Jesús puede presentarse como el Pastor del pueblo, título que pertenecía a Dios mismo. El pueblo de los redimidos por Cristo tiene a Él como pastor. Él los conduce a las fuentes de agua vida, que son el Espíritu de Dios. Es Jesús el que nos da su Espíritu. Ese pueblo apacentado por Jesús habita en la casa misma de Dios, en su templo, dándole culto día y noche.

    En la celebración de la eucaristía damos culto a Dios nuestro Padre. Le damos gracias porque nos ha salvado en Cristo Jesús, que es nuestro Pastor, que nos alimenta con su propia vida, con su palabra, con su cuerpo y sangre. Pidamos por todas las vocaciones y en particular por los sacerdotes que hacen presente a Jesús, Buen Pastor, en medio de la comunidad.


  • Apacienta a mis ovejas

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    4 de mayo de 2025– Tercer Domingo de Pascua

    La muerte y funeral del Papa Francisco han acaparado la atención del mundo entero durante esta semana que termina. Habrá que esperar hasta el 7 de mayo para que empiece el cónclave de los cardenales para elegir al nuevo papa. Por primera vez en la historia, el Papa Francisco y su legado ha sido reclamado no solo por los creyentes sino también por muchos no creyentes. Este hecho ha mostrado la situación de polarización en la Iglesia. Para muchos la persona del nuevo papa será la confirmación o desautorización de la línea Francisco. Nosotros creemos que cada papa tiene su talante particular y lo importante es que sea fiel a Jesús y su evangelio.

    Jesús quiso confiar su Iglesia a una persona que mereciera su confianza, una persona de la que estuviera seguro que iba a tratar bien a sus ovejas y sus corderos. Para ponerla prueba no le pregunta si ama a esa Iglesia que le va a confiar. Jesús sabe que sólo amará a ese rebaño si ama al señor del rebaño. Por eso le hace por tres veces la pregunta más que directa: ¿me amas? Si no se ama al Señor es difícil amar a su Iglesia. Muchos dirán que aman al Señor pero no a la Iglesia que tenemos. Jesús, sin embargo, ama a su Iglesia y se entregó por ella para purificarla y poderla presentar ante sí sin arruga ni mancha.

    Sin duda se trata del examen definitivo (Jn 21,1-19). “En el atardecer de la vida te examinarán sobre el amor” (Juan de la Cruz). El examen era muy fácil pues se trataba de responder simplemente “sí”, o “no”. Pero la pregunta era difícil: “¿Me amas más que éstos?”. La pregunta había dado en el clavo. El amor consiste más en obras que en palabras. Sin duda alguna que se trata de no hacer mal a los demás, pero sobre todo el amor se expresa en hacerles el bien. Y el amor es concreto, afecta a la persona concreta.

    Pedro no se atreve a compararse con los demás y afirma simplemente que Jesús sabe que Pedro lo quiere. Jesús parece estar de acuerdo y le confía su rebaño. Pero de pronto Jesús repite de nuevo la pregunta ya sin hacer comparaciones. Pedro dice lo mismo y Jesús sigue confiándole su Iglesia. Pero cuando Jesús pregunta por tercera vez, Pedro se da cuenta de que Jesús ha cogido el argumento por donde más duele. Su amor a Jesús no había sido capaz de superar sus tres negaciones. Ahora parece que el Señor le está pasando la factura. Pero Pedro responderá lo mismo y el Señor le confiará su Iglesia.

    Queda ya poco del Pedro impetuoso y bravucón. Ha ido aprendiendo dolorosamente la lección. Eso le irá preparando para el futuro, para ser más fiel en el seguimiento. Un día será viejo y será conducido al martirio como prueba del amor por el maestro. Es ahora cuando Jesús pronuncia la palabra de siempre en sus llamadas: “Sígueme”. Pedro está ya listo para su segunda llamada y para seguir a Jesús, aunque esto le llevará al martirio, donde uno  ya no tiene más la iniciativa de su vida sino los demás deciden por uno. En el fondo Pedro va aprendiendo que no es uno el que lleva las riendas de la propia vida sino que hay otro que nos va guiando. Probablemente se trata de hacer más  y hablar menos.

    Sin duda que en su misión, Pedro tendrá que hablar de Jesús, (Hech 5,27-32.40-41) y ser su testigo. Pero no es él el personaje importante sino el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen. Pedro ha ido aprendiendo poco a poco la obediencia. Pero se trata de obedecer antes a Dios que a los hombres. Su vida ya no va depender de sus propios impulsos sino de lo que Dios le vaya indicando. Pidamos en esta Eucaristía encontrarnos con el Resucitado y responder a su llamada a seguirlo. Pidámosle mostrarle nuestro amor amando a los demás.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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