• ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?

    Categoría:

    9 de agosto 2020 – 19 Domingo Ordinario

    El coronavirus ha sorprendido al mundo como la tempestad a los discípulos en la barca, mientras Jesús dormía plácidamente (Mc 4,35-41). Fue el texto elegido por el papa Francisco para la oración en una Plaza de San Pedro vacía el 27 de marzo por la tarde. En la pandemia hemos comprendido que no podemos seguir cada uno por su cuenta sino que tenemos que estar juntos.

    El evangelio de este domingo es una escena parecida, aunque con la gran diferencia de que en esta los discípulos están solos, porque se marcharon después de la multiplicación de los panes cuando Jesús se fue solo al monte para orar. Cuando Jesús no está inmediatamente los vientos nos son contrarios.  En medio de las dificultades que experimentamos, en las que estamos tentados de confundir al mismo Jesús con un fantasma, lo que nos falta es fe (Mat 14, 22-33). Es esa falta de fe la que nos impide lanzarnos al agua o caminar sobre las olas. Pedro lo intentó pero enseguida dudó.

    La fe bíblica no es una serie de verdades sino una confianza absoluta en Dios que es el fundamento firme de nuestra existencia. Tenemos la impresión de que vacilan los cimientos de nuestras vidas y que estamos hundiéndonos porque no nos fiamos totalmente de Dios. Seguimos buscando apoyos humanos y queremos un Dios a nuestra medida. Cuando nos olvidamos de Dios o Jesús no ocupa el centro de nuestras vidas, enseguida se desencadenan las tormentas y los miedos.

    Tampoco los vientos eran favorables a Elías cuando huía perseguido por el rey de Israel. Para que su fe no vacilara tuvo que volver a las raíces, al fundamento de la fe del pueblo, caminar hasta la montaña santa donde Dios se había manifestado a Moisés. Allí va a encontrarse con Dios de la manera más sorprendente (1Reyes 19,9a.11-13ª). Hubo el mismo aparato atmosférico que en tiempo de Moisés, un temporal, un terremoto, relámpagos, pero Dios no estaba en ellos. El Dios tremendo ante el que tiembla toda la creación se presenta ahora con una voz silenciosa suave.

    Dios no quiere asustar a nadie sino darnos siempre confianza. Lo mismo hizo Jesús cuando sus discípulos estaban llenos de miedo. Se da a conocer como la persona con la que han ido compartiendo su vida y aventuras y en la que pueden confiar. Jesús se presenta como hacía Dios, como el “Yo soy”. Pero se trata de una presencia amorosa que es capaz de calmar todas las tempestades del alma y de la vida.

    Nuestra falta de fe tan sólo puede ser vencida y superada mediante la confesión de fe en Cristo el Hijo de Dios. No se trata de una frase hecha, aprendida en el catecismo, como respuesta a una pregunta. Se trata de vivir convencidos de que la historia del mundo está en las manos de Dios y de su Hijo, Jesucristo. Ellos son los dueños de los acontecimientos.

    El teatro de la historia puede ser todavía el lago encrespado dominado por las fuerzas del mal. Éstas, sin embargo, han sido ya derrotadas por el Señor resucitado, aunque siguen teniendo todavía un cierto poder contra nosotros, lo suficiente para no dejarnos en paz. Pero sólo tienen poder sobre nosotros en la medida en que se lo damos, en la medida en que creemos que ellos son fuertes, cosa que en realidad ya no lo son. Son nuestros miedos y falta de fe los que los hacen fuertes. Pidamos al Señor en esta eucaristía que aumente nuestra fe para vivir arraigados en Él.

     


  • Dadles vosotros de comeer

    Categoría:

    2 de agosto 2020 – 18 Domingo Ordinario

    La crisis  económica, consecuencia del Coronavirus, obliga a los gobiernos a discernir bien el empleo del dinero público. Los recortes experimentados años atrás en  asistencia médica, investigación y enseñanza han dejado ahora al descubierto los agujeros del sistema. Está en peligro el desarrollo futuro y la salida de la crisis. Pero también muchas personas se han visto obligadas a renunciar a muchas cosas que se permitían en tiempo de prosperidad económica. Todos tratamos de ceñirnos a lo necesario o conveniente, evitando lo superfluo. Hasta ahora en los países ricos hemos estado gastando dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal auténtica (Isaías 55,1-3).

    ¿Cuáles son los bienes que merece la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad? El profeta responde sin dudar. La gran realidad que puede saciar los deseos del corazón del hombre no se puede comprar sino que hay que recibirla gratuitamente como don. Se trata de acoger la alianza que Dios nos ofrece, invitándonos a entrar en su comunión de vida trinitaria. Sólo escuchando su palabra y poniéndola en práctica encontraremos la vida.

    Nuestra vida tiene sentido y valor sin necesidad de tener comprar la felicidad y el reconocimiento humano. A los ojos de Dios tenemos un valor infinito, por eso Cristo murió por nosotros. Nada nos puede separar de ese amor (Rom 8, 35.37-39). No nos veremos libres de las pruebas, de los problemas, de los zarpazos de la vida, incluso de la misma muerte. Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará fácilmente triunfar de todos nuestros adversarios. Nada nos puede separar del amor de Dios, salvo el propio pecado, nuestra decisión de no acoger el amor de Dios.

    El amor de Dios nunca es abstracto ni se queda en buenas palabras o puros sentimientos. Ante el hombre sufriente, Jesús siente lástima, pero sobre todo actúa y hace que los demás actúen (Mateo 14,13-21). Nosotros nos conmovemos muchas veces ante las imágenes de la miseria, pero quedamos como paralizados e impotentes. Jesús, no. Sabe encontrar soluciones. No se trata de soluciones milagrosas sino de los milagros de la solidaridad, del compartir, de poner a disposición de los demás los bienes que uno posee.

    La Iglesia, siguiendo a su Maestro, ha intentado a lo largo de los siglos venir en ayuda de los necesitados. Siempre ha tenido la impresión de que no tenía suficientes recursos para hacer frente a los desafíos. Y es la verdad. Ni Jesús quiso convertir las piedras en pan ni nosotros somos capaces de solucionar solos todos nuestros problemas. Hace falta implicar a toda la humanidad, porque el problema del hambre puede desestabilizar a toda la humanidad. Jesús pidió la colaboración de los que tenían y así hizo el milagro. Hoy día hay que invitar a todos los hombres de buena voluntad a luchar contra la pobreza y sus causas. Sólo una cultura de la sobriedad, de alianza solidaria entre los pueblos, de disponibilidad a compartir los bienes puede dar una respuesta al problema del hambre.

    La celebración de la eucaristía hace realidad la multiplicación del pan de vida. Demos gracias a Jesús porque nos nutre con su cuerpo y su sangre, con su amor. Que nosotros seamos también fuente de vida para nuestro mundo necesitado.

     


  • El verdadero tesoro

    Categoría:

    26 de julio 2020 – 17 Domingo Ordinario

    El consumismo se fue adueñando poco a poco del corazón del hombre del hemisferio norte y se erigió en el valor absoluto. La crisis actual ha puesto de manifiesto el agotamiento de ese modelo de civilización que nos ha llevado a un callejón sin salida poniendo en peligro la vida del planeta. No sólo el Papa sino otras muchas voces autorizadas han pedido un cambio de modelo de civilización. No se trata de volver atrás y renunciar al auténtico progreso humano sino de volver a los valores esenciales sobre los que se puede fundar la vida personal y social.

    Esos valores, entre otros,  son la sobriedad, la solidaridad, el compartir, el cuidado del planeta y de las personas más débiles. Eran valores que conocimos los mayores en nuestra infancia y que nos hacen reconocer: teníamos menos pero éramos más felices. Sabíamos distinguir entre lo esencial e importante y lo superfluo.  Jesús se dio cuenta que el Reino de Dios era el único valor absoluto y que para conseguirlo era necesario dejar todo lo que se tenía y dedicarse totalmente al Reino.

    El Reino fue su gran pasión, lo que dio sentido a su vida, lo que le movió a abrazar un tipo de vida tan poco razonable según la cultura de su tiempo. En vez de fundar una familia y ejercer una profesión se dedicó a ser predicador ambulante del Reino de Dios. Era eso lo que le llenaba, lo que le hacía feliz, la única cosa necesaria. Y supo contagiar su entusiasmo a sus discípulos, que, como Él, dejaron la familia y la profesión y le acompañaron durante su vida y muerte continuaron su misión de anunciar el Reino. Podemos decir que Jesús y sus discípulos eran personas centradas, que sabían lo que querían y que encontraron en lo que hacían la verdadera felicidad.

    El Reino de Dios es el gran tesoro, la perla de gran valor,  pero no se puede adquirir a precio de saldo  (Mt 13,44-52). Exige la renuncia total a todo lo que la gente considera tesoro o cosas de valor. En comparación con el Reino, todo lo demás es relativo. Todas las cosas e instituciones humanas tienen su valor, pero un valor relativo que les viene de su relación con el Reino. El peligro de las cosas y realidades humanas está en su absolutización, en el peligro de convertirse en ídolos o pequeños dioses que nos roban el corazón y la libertad.

    Durante muchos siglos la fe cristiana ha sido el gran tesoro que hemos heredado de nuestros mayores. Hoy día esa fe es vista por muchos como una realidad anticuada que no tiene valor en nuestra cultura. Son otros valores los que se han apoderado de la escena social, pero hemos ido descubriendo que esos valores no llenan las ansias del corazón humano. Hoy día es necesario tener un corazón dócil, que sepa escuchar a la tradición y una sabiduría que nos lleve a descubrir siempre los verdaderos valores humanos (1Reyes 3,5.7-12).

    La crisis que estamos viviendo es una crisis de vida cristiana, que no sólo está despoblando las Iglesias sino que al mismo tiempo está corroyendo la esencia de la fe cristiana. La pérdida de valor del cristianismo a los ojos de nuestros contemporáneos no viene de la devaluación del evangelio en sí, sino de la manera como  los cristianos lo estamos viviendo. Esta situación puede ser un aldabonazo a nuestra conciencia para que despertemos y nos demos cuenta que para los que aman a Dios, todo ocurre para su bien (Rm 8, 28-30). Pidamos que la celebración de la eucaristía nos haga descubrir el gran tesoro de la fe cristiana.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


Categorías


Información de Cookies


Archivo