• ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

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    12 de  mayo de 2013 – La Ascensión del Señor

     

    Con la renuncia del papa Benedicto y la elección del papa Francisco parece que la Iglesia quiere acompasar el paso con el hombre de hoy, caminar junto con él. Para ello, sin duda, hay que apretar el paso pues de nuevo la Iglesia se ha ido quedando rezagada. El reproche de los hombres, vestidos de blanco, a los apóstoles es: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech 1,1-11). Lo que se les echa en cara no es tanto “el mirar al cielo”, como “el estarse ahí plantados”, el no caminar. El creyente es un caminante con los pies sobre la tierra, pero mirando al cielo. Su vida está marcada por la dimensión vertical y horizontal de su existencia.

    El creyente no puede quedar reducido a su dimensión horizontal, que se realiza en la historia. Creado a imagen de Dios, sólo alcanza su realización plena en Cristo resucitado y sentado a la derecha del Padre. En Jesús, la humanidad ha llegado a su meta, entrar en la gloria de Dios, participar de la vida misma de Dios. Esa es también la esperanza a la que nosotros somos llamados y que tendrá lugar en el final de la historia, anticipado ya en  la aventura de Jesús de Nazaret. El hombre sobrepasa verdaderamente el hombre. El hombre ha sido y es objeto del amor de Dios y sigue siendo objeto de las preocupaciones de la Iglesia, enviada por Jesús a proclamar la Buena Noticia al mundo entero. La Iglesia es portadora de esa bendición que Jesús le dio al partir. Una bendición que es promesa de prosperidad y salvación para toda la humanidad.

    Es verdad que en el pasado la dimensión vertical, que orientaba al hombre hacia la eternidad, no era capaz de asumir la realidad histórica de este mundo. Hoy día los cristianos nos comprometemos a fondo con la historia del hombre y no nos quedamos cruzados de brazos mirando al cielo  Ahora es el tiempo de la evangelización, de transformar el mundo en Reino de Dios (Lc 24,46-53). Este mundo sigue estando todavía lejos de lo que Dios quiere que sea. Hay todavía demasiado sufrimiento e injusticia. El Señor sigue presente en nuestro mundo a través de su Espíritu que anima toda la historia humana. Él es el que alienta todo este deseo de liberación que vemos en los diversos pueblos y culturas. La Iglesia acompaña la peregrinación de los pueblos hacia la meta y hace presente la salvación mediante los signos que el Señor sigue realizando en la historia.

    La experiencia de la presencia del Señor resucitado nos hace permanecer fieles a la tierra sin olvidar la meta de nuestro caminar. Nos empeñamos en serio en transformar nuestro mundo en una tierra nueva, en que habite la justicia, y no nos dejamos atrapar por la tentación de un mundo puramente unidimensional en el que desaparece la dimensión vertical del hombre. Sólo manteniendo la dimensión vertical de relación con Dios adquirimos verdadera profundidad y arraigo en la existencia. La dimensión horizontal nos sitúa en el horizonte histórico absoluto abierto por Jesús, en el futuro de Dios, que nos lleva a mirar más allá de nosotros mismos para abrirnos a los confines universales de nuestro mundo.


    El Señor nos ha confiado este mundo para que lo evangelicemos en espera de su venida gloriosa. En realidad el Señor no está ausente de este mundo. Como Señor Resucitado, sentado a la derecha del Padre, tiene señorío sobre todo lo creado. Él, a través de su Espíritu lo penetra todo.  Él sigue actuando en sus enviados, a los que no ha dejado solos. Él es el centro y la meta de la historia humana. En ella Dios, a través de nuestras pobres historias, va escribiendo su historia de salvación que hace que el hombre entre en la intimidad de Dios. La presencia de Jesús, ya al lado del Padre, es para todos nosotros la garantía de que un día nos reuniremos con Él. Entretanto en la celebración eucarística avivamos nuestra esperanza y tomamos fuerzas para llevar adelante la misión que Él nos dejó al partir.

     


  • El Espíritu habita en nosotros

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    5 de mayo de 2013 – 6 Domingo de Pascua

      

    Algo se está moviendo en la Iglesia desde la renuncia del papa Benedicto y la elección del Papa Francisco. Parece que el Espíritu ha empezado a soplar y abrir nuevos derroteros para la Iglesia. Es evidente que nuestro tiempo necesita más Espíritu y no simplemente más y mejores estructuras. La crisis que estamos viviendo es una crisis eminentemente espiritual y no sólo económica y social. Por eso las soluciones tienen que venir del ámbito del espíritu.

    La Iglesia y los cristianos no tenemos el monopolio del Espíritu, que sopla donde quiere, pero sin duda habita de manera especial en la Iglesia y en los creyentes. Por eso estamos llamados a hacer una contribución especial en este momento delicado de la historia. Todos en efecto estamos en la misma barca y compartimos la misma aventura espiritual. Puesto que el Espíritu y la Trinidad habitan en el corazón del creyente, todos podemos aportar algo a la construcción del mundo. La nueva Jerusalén es sin duda un regalo de Dios, pero es también construcción de las generaciones de hombres y mujeres que se abren al amor de Dios (Ap 21, 10-14). Es necesario dar la palabra no sólo a los poderosos e inteligentes sino que hay que escuchar también a los pobres y a los sencillos, a los que normalmente no tienen voz e incluso se abstienen en las elecciones.

    El Espíritu es presentado como el Abogado, como el Defensor, como el Consolador, como el Paráclito (Jn 14,23-29). Todo eso significa esta última palabra tomada del griego. No cabe duda que el gran Consolador de los discípulos, mientras vivió con ellos, era el mismo Jesús. Al marcharse, los discípulos se quedan desconsolados, pero se les promete un consolador en la persona del Espíritu. Él sabrá infundirles el consuelo que necesitarán en los momentos difíciles. Cuando un niño se cae y se hace daño, basta que la madre le dé un beso en la parte herida y le diga “ya sanó”, para que el niño deje de llorar. El Espíritu sabe poner esa caricia en nuestras heridas de manera que no nos hundan en la desesperación. El Espíritu es esa presencia espiritual de Jesús Resucitado en medio de la comunidad. Como los discípulos estarán sometidos a las persecuciones delante de los tribunales, el Espíritu es el Abogado Defensor, que habla a favor de ellos, de manera que éstos no tienen que preocuparse de la propia defensa.

    En realidad en este pasaje el Espíritu aparece como el Maestro que nos va enseñando todo y nos va recordando lo que Jesús nos dijo. Hay una continuidad entre la acción del Espíritu y la acción de Jesús. El Espíritu hace que las enseñanzas de Jesús no sean simplemente un libro cerrado sino una realidad viva donde el creyente encuentra vida. De esa manera la Iglesia no repite mecánicamente lo que recibió de Jesús sino que mediante el Espíritu va penetrando cada vez más en la revelación de Dios. No se trata de una comprensión puramente intelectual sino más bien de una realidad vivida según las exigencias de cada época, de manera que el Evangelio sea siempre Buena Nueva para cada pueblo, cada cultura y cada situación histórica. Cada uno de los creyentes, a través de su propia experiencia vital de encuentro con Cristo, va enriqueciendo la realidad de la fe cristiana, que es capaz de inculturarse en todas las culturas. Gracias a la acción del Espíritu la Iglesia supo abrirse  y acoger a los paganos que se convertían (Hechos 15,1-2; 22-29).           

    El Espíritu nos enseña a través de las acciones de Jesús que actualizamos en la celebración de la Eucaristía. Pidámosle que Él nos introduzca en el misterio de Cristo para que lo podamos vivir y hacer presente en nuestro mundo.

     


  • Os doy un mandamiento nuevo

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    28 de abril de 2013 – Quinto Domingo de Pascua

    La deseada nueva evangelización sólo será posible si los cristianos nos tomamos en serio el mandamiento nuevo del amor fraterno. Fue ese amor fraterno, traducido sobre todo en las obras de misericordia, lo que impactó al imperio romano cuando la fe cristiana fue reconocida como lícita, antes de ser declarada religión del imperio. El cristianismo aportaba una visión nueva de la realidad, sobre todo del tema de la pobreza imperante. Para el imperio, era natural que hubiera pobres y ricos. Para la fe cristiana, los pobres eran los preferidos de Dios y debían ser objeto del cuidado de los que tenían bienes. Esa solidaridad, ese compartir, era algo totalmente nuevo e incluso alguno de los emperadores paganos comprendió la necesidad de un estado mucho más social.

    Jesús va a hacer del amor fraterno la señal de pertenencia a la comunidad de sus discípulos. Como Jesús indica, se trata de un mandamiento nuevo (Jn 13,31-35). Existía ya el mandamiento de amar a los demás. Amar a los que nos aman o nos son simpáticos es una realidad agradable que no necesita ser mandada porque nos sale espontáneamente. Pero como a veces tenemos que amar a los que nos son antipáticos, incluso a nuestros enemigos, por eso Dios dio a su pueblo el mandamiento del amor. Es verdad que el prójimo era considerado el miembro del pueblo de Dios.

    Pero Jesús nos dice que es un mandamiento nuevo porque ya no es “amar al prójimo como a ti mismo” sino amar como Jesús nos ha amado. Se trata de como Él estar dispuestos a dar la vida por las personas, y de hecho darla en el día a día. Claro está que ese amor es la señal de los discípulos de Jesús, porque hace presente a Jesús en medio de su comunidad. Al ver cómo se aman, todos recuerdan que están actualizando la vida misma de Jesús. Sin duda alguna el mandamiento nuevo del amor supone que hay una nueva realidad en el Pueblo de Dios. Este ya no se reduce al Israel histórico sino que se ha abierto también a los paganos, a los que Dios había abierto la puerta de la fe (He 14,21-26). Ha sido la resurrección de Jesús la que ha hecho unos cielos nuevos y una tierra nueva (He 14,21-26). Por eso el creyente vive el mandamiento nuevo del amor. Mediante la práctica de este mandamiento, el cristiano colabora con Dios a enjugar las lágrimas de los que lloran.

    El papa Francisco ha recordado oportunamente que el cristianismo no es simplemente una organización, aunque necesite estar organizado. Esa organización debe tener en cuenta lo que está en los orígenes del cristianismo. Se trata de una historia de amor, del amor de Dios que se ha revelado de manera sensible en el acontecimiento de Cristo Jesús.

    Es Jesús mismo el que en cada uno de nosotros sigue amando a Dios y a los hermanos. Hay un único amor, que proviene del Padre. El amor viene de Dios y Dios es amor. Dios nos da la capacidad de amar como Él ama, es decir sin medida, dándose totalmente a sí mismo y aceptando el don del amor del Hijo en el Espíritu. Dios ha puesto su amor en nuestros corazones con el Espíritu que nos ha sido dado.  Sin ese don nunca hubiéramos sido capaces de amar como Jesús nos manda. Ese amor nos lleva a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro y aceptarlo como distinto de mí. Nuestra tentación natural, al amar a los demás, es querer que sean como nosotros somos. Dios nos respeta en nuestra originalidad propia y no nos absorbe en Él. Mediante su amor hace que nosotros seamos nosotros mismos en plenitud.

    En la celebración de la Eucaristía se nos hace presente el amor de Dios en la entrega de su Hijo por nosotros. Acojamos ese amor y tratemos de hacerlo presente en nuestro mundo construyendo una civilización del amor.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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