• Se puso a lavarles los pies

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    17 de abril de 2014 – Jueves Santo

    Algo está cambiando en la Iglesia. El papa Francisco ha redescubierto el estilo evangélico del servicio a través de la cercanía y la sencillez. Parece ser que otros eclesiásticos lo están siguiendo de manera que incluso un comercio de vestimentas sacerdotales caras se queja de que cada vez van menos a comprar ropas vistosas. Se trata en el fondo de recuperar el estilo de Jesús, de ponerse el delantal para servir a la mesa. Son sin duda pequeños gestos que no revolucionan ni el mundo ni la Iglesia pero van abriendo una realidad nueva que anuncia otra manera de vivir, no sólo para los eclesiásticos sino también para todos los hombres de buena voluntad. Desde el primer momento el papa afirmó que la autoridad es un servicio, no sólo en la Iglesia sino también en el mundo.

    Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

    Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega del Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

     Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

    Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre, sobre todo el sacramento del pobre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

     


  • ¡Viva el hijo de David!

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    13 de abril de 2014 – Domingo de Ramos

    Son pocos los que se resisten al triunfo y a la gloria. Los ídolos de las multitudes son estrellas fugaces y disfrutan de una gloria pasajera.  Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús. 

    El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

    Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

    El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

    Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad.Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Celebremos también nosotros en la eucaristía el triunfo de Jesús sobre las fuerzas de la muerte y del odio.

     


  • ¡Cómo lo quería!

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    6 de abril de 2014 – Quinto Domingo de Cuaresma

     La muerte de los seres queridos nos coloca a todos ante el misterio de nuestra existencia. No tenemos más remedio que tomar una decisión: creer en Jesús y en la vida, o por el contrario llorar amargamente porque la separación y pérdida es definitiva. Ante la muerte de su amigo Lázaro, Jesús llora (Jn 11, 1,-45). Esa muerte está anunciando su propia muerte. ¿Cómo se enfrentará Jesús al propio drama de la muerte y la vida? Sin duda con una confianza absoluta en el Dios de la vida que es capaz de abrir nuestros sepulcros (Ez 37, 12-14). Jesús está convencido de que amar a una persona es poder decirle: “para mí tú no morirás nunca”. La impotencia que nosotros sentimos ante la muerte de los seres queridos es transformada por el Espíritu de Dios en fuerza de vida (Rom 8, 8-11).

    Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta se lo reprocha a Jesús. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

    Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

    Las lágrimas de Jesús nos consuelan a todos, pues son lágrimas de cariño y no simplemente de rabia, desesperación o impotencia. Las lágrimas de Jesús nos continúan repitiendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Es el Dios de la vida el que tiene la última palabra, una palabra de vida  que triunfa sobre la muerte, una palabra de perdón que vence el odio. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios Padre ha cambiado el sentido de la historia, en especial del sufrimiento humano. El sufrimiento de Jesús fue en resumidas cuentas pasión por Dios, pasión por el hombre, pasión por la vida. El odio de sus enemigos no pudo contra el amor de Jesús y su deseo de hacer de su muerte un don de sí mismo a favor de la vida de sus hermanos.

    Aunque físicamente nuestros seres queridos estén ausentes, su presencia entre nosotros es muy real. Más real e intensa que cuando estaban a nuestro lado, pues ahora ya no están sometidos a las limitaciones del espacio y el tiempo. Es una presencia activa y consoladora pues nos transmiten su felicidad y su vida si sabemos abrirnos al milagro de la vida que brota de la muerte. La tragedia no es que nuestros seres queridos mueran, sino que muera nuestro amor a los seres queridos, algunas veces ya antes de su muerte.

    ¿Crees tú esto?, fue la pregunta de Jesús a Marta, y que ahora nos dirige a cada uno de nosotros. Tan sólo si reconocemos a Jesús como el Señor de la vida, en quien se ha manifestado la vida del mismo Dios, nosotros tendremos vida eterna. No en el último día, como pensaba al principio Marta, sino ya ahora. Será ya una vida sin fin, marcada por la eternidad de Dios que se hace presente en nuestro mundo. Los cristianos somos ya personas resucitadas. El desafío es cómo traducir esta realidad en la cotidianidad de la existencia en la que seguimos experimentando los zarpazos de la muerte. Nosotros sabemos que, aunque la muerte parezca ganar pequeñas batallas, en realidad tiene ya la guerra perdida o mejor, perdió ya la guerra. La vida y el amor han tenido la última palabra frente a las fuerzas del odio y de la muerte.

     Ahora en la Eucaristía celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte. Con él hemos triunfado todos. El pan que recibimos es un pan de vida eterna. El que come de este pan no morirá. Tiene en sí un germen de vida e inmortalidad que le permite ser instrumento de vida al servicio de la transformación de este mundo, todavía amenazado por las fuerzas de la muerte.

     

     

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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