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¡Cómo lo quería!

6 de abril de 2014 – Quinto Domingo de Cuaresma

 La muerte de los seres queridos nos coloca a todos ante el misterio de nuestra existencia. No tenemos más remedio que tomar una decisión: creer en Jesús y en la vida, o por el contrario llorar amargamente porque la separación y pérdida es definitiva. Ante la muerte de su amigo Lázaro, Jesús llora (Jn 11, 1,-45). Esa muerte está anunciando su propia muerte. ¿Cómo se enfrentará Jesús al propio drama de la muerte y la vida? Sin duda con una confianza absoluta en el Dios de la vida que es capaz de abrir nuestros sepulcros (Ez 37, 12-14). Jesús está convencido de que amar a una persona es poder decirle: “para mí tú no morirás nunca”. La impotencia que nosotros sentimos ante la muerte de los seres queridos es transformada por el Espíritu de Dios en fuerza de vida (Rom 8, 8-11).

Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta se lo reprocha a Jesús. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

Las lágrimas de Jesús nos consuelan a todos, pues son lágrimas de cariño y no simplemente de rabia, desesperación o impotencia. Las lágrimas de Jesús nos continúan repitiendo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Es el Dios de la vida el que tiene la última palabra, una palabra de vida  que triunfa sobre la muerte, una palabra de perdón que vence el odio. Resucitando a Jesús de entre los muertos, Dios Padre ha cambiado el sentido de la historia, en especial del sufrimiento humano. El sufrimiento de Jesús fue en resumidas cuentas pasión por Dios, pasión por el hombre, pasión por la vida. El odio de sus enemigos no pudo contra el amor de Jesús y su deseo de hacer de su muerte un don de sí mismo a favor de la vida de sus hermanos.

Aunque físicamente nuestros seres queridos estén ausentes, su presencia entre nosotros es muy real. Más real e intensa que cuando estaban a nuestro lado, pues ahora ya no están sometidos a las limitaciones del espacio y el tiempo. Es una presencia activa y consoladora pues nos transmiten su felicidad y su vida si sabemos abrirnos al milagro de la vida que brota de la muerte. La tragedia no es que nuestros seres queridos mueran, sino que muera nuestro amor a los seres queridos, algunas veces ya antes de su muerte.

¿Crees tú esto?, fue la pregunta de Jesús a Marta, y que ahora nos dirige a cada uno de nosotros. Tan sólo si reconocemos a Jesús como el Señor de la vida, en quien se ha manifestado la vida del mismo Dios, nosotros tendremos vida eterna. No en el último día, como pensaba al principio Marta, sino ya ahora. Será ya una vida sin fin, marcada por la eternidad de Dios que se hace presente en nuestro mundo. Los cristianos somos ya personas resucitadas. El desafío es cómo traducir esta realidad en la cotidianidad de la existencia en la que seguimos experimentando los zarpazos de la muerte. Nosotros sabemos que, aunque la muerte parezca ganar pequeñas batallas, en realidad tiene ya la guerra perdida o mejor, perdió ya la guerra. La vida y el amor han tenido la última palabra frente a las fuerzas del odio y de la muerte.

 Ahora en la Eucaristía celebramos la victoria de Jesús sobre la muerte. Con él hemos triunfado todos. El pan que recibimos es un pan de vida eterna. El que come de este pan no morirá. Tiene en sí un germen de vida e inmortalidad que le permite ser instrumento de vida al servicio de la transformación de este mundo, todavía amenazado por las fuerzas de la muerte.

 

 

 

 

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