• He venido para que tengan vida en abundancia

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    11 de mayo de 2014 – Cuarto Domingo de Pascua
    Para la Jornada Mundial de las Vocaciones de este domingo, el papa Francisco nos ha regalado un precioso mensaje, “Vocaciones, testimonio de la verdad”. Frente a los pesimistas que se quejan de la falta de vocaciones, el papa empieza con la palabra del Evangelio: “La mies es abundante” (Mt 9,35). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

    Toda vocación, a pesar de la pluralidad de los caminos, requiere siempre un salir de sí mismo para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. A los que están bien dispuestos a ponerse a escuchar y seguir a Jesús, a dejarse les repite una palabra muy querida de los marianistas. La que María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).

    La llamada viene a veces al contemplar la situación del mundo y estado de abandono en que se encuentran tantas personas, descarriadas como ovejas, esperando poder encontrar al pastor y guardián sus vidas (1 Pedro 2,20-25). Pedro aprendió del Maestro el oficio de pastor e intenta orientar las personas hacia Cristo para que tengan vida, viviendo en una comunidad de creyentes (Hechos 2,14a.36-41).

    Era lo que Jesús había anunciado con dos parábolas, la del pastor y la de la puerta. En ellas se presenta como pastor del rebaño y la puerta de la majada donde pasa la noche el rebaño (Jn 10,1-10). En este caso el pastor de las ovejas es una persona diferente de la del guardián nocturno. Éste conoce sin duda al pastor y le abre la puerta de la majada. En la Biblia, tanto el pastor como el guardián de Israel es el mismo Dios. Con esta imagen se evoca sobre todo el éxodo y la travesía del desierto. Dios apacienta a su pueblo mediante pastores humanos.

    Pero no todos los pretendidos pastores lo son de verdad. Los hay auténticos bandidos y ladrones. Éstos no entran por la puerta sino que, sin que se dé cuenta el guardián, escalan los muros para entrar dentro. Sólo Jesús es el verdadero pastor del rebaño. Él ha entrado verdaderamente por la puerta y no a hurtadillas. Las ovejas lo reconocen y lo siguen porque también él huele a oveja.

    Jesús se presentó como el buen pastor frente a todos los que habían venido antes, a los que considera ladrones y bandidos, que no han entrado por la puerta del aprisco, con conocimiento del guardián de las ovejas. Jesús es la puerta y los demás no han entrado por ella. Jesús ve en los pastores anteriores tan sólo salteadores que han sacado las ovejas por los muros para robarlas y degollarlas.

    Jesús es la verdadera puerta. Tan sólo a través de Él tenemos acceso a la majada de Dios. Las ovejas que salen y entran a través de Él, que es la puerta, se salvan y encuentran pastos, encuentran la vida. Jesús ha venido para que tengamos vida en abundancia. Tan sólo Él, enviado del Padre, puede darnos la verdadera vida. Él nos alimenta con el pan de su palabra y con el sacramento de la eucaristía.

     


  • Nosotros esperábamos que fuera el liberador

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    4 de mayo de 2014 – 3 Domingo de Pascua

    La larga crisis está haciendo mella en el corazón de las personas, que poco a poco van perdiendo la esperanza de poder salir de ella. Sobre todo los jóvenes tienen la sensación de que el futuro está totalmente bloqueado. También los cristianos hace poco más de un año estábamos convencidos de que la Iglesia no era capaz de renovarse. Y de pronto, ha bastado la irrupción del papa Francisco para que el panorama haya cambiado y se empiece de nuevo a mirar al futuro con esperanza. El papa ha repetido varias veces. “No os dejéis robar la esperanza. No permitamos
    que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”.

    Para reanimar nuestra esperanza nos viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 4,13-35). Es verdad que han pasado ya tres tipos de gobierno y la situación de la práctica cristiana, en vez de mejorar, parece empeorar cada vez más. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Es verdad que nuestra historia, en vez de ser maestra de la vida y ayudarnos a no repetir los mismos errores, parece condenada a repetirse. Por eso es necesario que Jesús nos explique de nuevo su propia historia y la de sus seguidores.

    Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Esa fidelidad hace, como dice San Pablo, que “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).

    Esa fidelidad al Señor nos debe llevar a continuar haciendo memoria suya, a no traicionar el evangelio con componendas humanas. Para mantener viva su memoria son necesarias comunidades que celebran al Señor resucitado y que siguen proclamando su muerte y su resurrección. Ese anuncio continúa siendo peligroso y subversivo, frente a todos los intentos de acallar la vida y el mensaje del Señor Jesús. El que se le abran los ojos a algunos de nuestros compañeros de viaje no depende de nosotros sino de la fuerza misma de la Palabra de Dios, que es capaz de caldear los corazones. Por eso son necesarios espacios donde se puede escuchar esa palabra que puede dar la esperanza a tantos desilusionados de la vida, empezando por tantos cristianos que han perdido su entusiasmo de antes.

    Seguir hablando de lo que ocurrió en Jerusalén y de lo que Dios hizo a favor de los hombres, resucitando a Jesús de entre los muertos, es la manera de mantener viva la llama de la fe que puede prender en el corazón de tantos que buscan un sentido para su vida. Que la celebración de la eucaristía nos permite reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.

     


  • Dichosos los que crean sin haber visto

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    27 de abril de 2014 – 2 Domingo de Pascua

    Puedo considerarme dichoso de haber vivido en la época de grandes santos, como el Padre Pío de Pietralcina, Madre Teresa de Calcuta, Juan XXIII y Juan Pablo II.  Ambos pontífices son canonizados hoy.

    En primer lugar vemos que los santos están hechos de la misma materia que nosotros y no escapan a las contradicciones que todos experimentamos. Son personas humanas, demasiadas humanas. Juan XXIII fue tratado por parte de la curia rumana como un ingenuo y un iluso. Considerado como un papa de transición, fue el impulsor del Concilio Vaticano II, del que está viviendo la Iglesia actualmente y de cara al futuro. Fue sin duda el papa de la bondad que provocó un deshielo en las relaciones de la Iglesia del mundo y de los pueblos entre sí para superar la guerra fría. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista fue beatificado con él y con Pío IX en el año 2000. El papa Francisco lo ha querido canonizar sin exigir otro milagro.

    Juan Pablo II fue criticado durante su vida y durante su muerte. Dios no nos quiere perfectos sino santos, hombres y mujeres de Dios, a través de los cuales sigue llegando el amor de Dios a los hombres. Juan Pablo II tuvo que vivir su fe a la intemperie, como la mayoría de nosotros. Bajo el dominio de un régimen comunista ateo, proclamó siempre su fe y exigió la libertad para su pueblo. Nunca dudó de que la fe y la verdad se abren camino en el corazón de los hombres y de los pueblos.

    Como Papa, dedicó todos sus esfuerzos a renovar la Iglesia, a defender y anunciar la fe a un mundo secularizado, invitando a creyentes y no creyentes a abrir las puertas a Cristo, a no tener miedo a encontrarnos con el Resucitado. También los primeros cristianos tenían miedo y estaban con las puertas cerradas hasta que vino el Espíritu y les llenó de valentía para anunciar el evangelio (Juan 20,19-31). La fuerza les venía sobre todo de una vida de comunidad intensa, centrada en la escucha de la Palabra, en la celebración de la eucaristía y en la práctica de la caridad (Hechos 2,42-47). La comunidad de bienes muestra que la comunión eclesial no era puramente espiritual. No es que hubiera una especie de caja común, sino que más bien los ricos ponían sus bienes a disposición de los apóstoles para que los distribuyeran  a los necesitados.

    La fracción del pan o eucaristía existió desde el principio de la comunidad que hace memoria del Señor muerto y resucitado en espera de su retorno. No hubo Iglesia sin eucaristía sino que se constituye en su celebración. En la Iglesia primitiva la eucaristía estuvo asociada a una comida ritual. Ésta última será suprimida ya en tiempo de San Pablo por los abusos que se producían en su celebración. Además de participar en las oraciones en el templo, los cristianos fueron creando sus oraciones, himnos y cánticos propios en los que expresan el misterio cristiano y una manera particular de rezar a Dios por Cristo en el Espíritu.

    Los prodigios y las señales que realizaban los apóstoles producen en el ambiente un temor reverencial. Como Jesús, los apóstoles son personas carismáticas dotadas de poderes taumatúrgicos. A través de los milagros realizados se hace manifiesto que el Reino de Dios está llegando a los hombres. Cada vez más personas se van incorporando a esa comunidad de los salvados. Sin duda fue la fuerza de Dios la que sostuvo aquella pequeña comunidad en medio de las pruebas que tuvo que pasar (1Pedro 1, 3-9). Demos gracias a Jesús en la eucaristía porque nos ha regalado la Iglesia, santa en sus santos, que son para nosotros signos de esperanza de que también nosotros podemos llegar a la santidad.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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