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Nosotros esperábamos que fuera el liberador

4 de mayo de 2014 – 3 Domingo de Pascua

La larga crisis está haciendo mella en el corazón de las personas, que poco a poco van perdiendo la esperanza de poder salir de ella. Sobre todo los jóvenes tienen la sensación de que el futuro está totalmente bloqueado. También los cristianos hace poco más de un año estábamos convencidos de que la Iglesia no era capaz de renovarse. Y de pronto, ha bastado la irrupción del papa Francisco para que el panorama haya cambiado y se empiece de nuevo a mirar al futuro con esperanza. El papa ha repetido varias veces. “No os dejéis robar la esperanza. No permitamos
que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”.

Para reanimar nuestra esperanza nos viene bien el evangelio de los discípulos de Emaús (Lc 4,13-35). Es verdad que han pasado ya tres tipos de gobierno y la situación de la práctica cristiana, en vez de mejorar, parece empeorar cada vez más. La situación actual difícilmente era previsible en los comienzos. Habría que haber sido profeta como David para intuir el futuro (Hech 2,14.22-33), o quizás el futuro es siempre novedad y no se deja predecir. Es verdad que nuestra historia, en vez de ser maestra de la vida y ayudarnos a no repetir los mismos errores, parece condenada a repetirse. Por eso es necesario que Jesús nos explique de nuevo su propia historia y la de sus seguidores.

Dios no le garantizó a Jesús el éxito, ni nos lo ha prometido tampoco a nosotros. No es en el triunfo humano en el que hemos puesto nuestra confianza sino que “habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Ped 1,17-21). El éxito humano y numérico es muy relativo. Lo que cuenta es el bien que se hace. Pero ni tan siquiera tenemos garantía de que haremos una obra bien hecha. Tampoco a Jesús le salieron las cosas perfectamente bien. Hay sin duda muchas obras buenas y bien hechas en nuestro cristianismo español. Pero no es eso lo importante en la fe cristiana. Lo que cuenta es la fidelidad a la persona de Jesús y a su mensaje. Esa fidelidad hace, como dice San Pablo, que “cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12,10).

Esa fidelidad al Señor nos debe llevar a continuar haciendo memoria suya, a no traicionar el evangelio con componendas humanas. Para mantener viva su memoria son necesarias comunidades que celebran al Señor resucitado y que siguen proclamando su muerte y su resurrección. Ese anuncio continúa siendo peligroso y subversivo, frente a todos los intentos de acallar la vida y el mensaje del Señor Jesús. El que se le abran los ojos a algunos de nuestros compañeros de viaje no depende de nosotros sino de la fuerza misma de la Palabra de Dios, que es capaz de caldear los corazones. Por eso son necesarios espacios donde se puede escuchar esa palabra que puede dar la esperanza a tantos desilusionados de la vida, empezando por tantos cristianos que han perdido su entusiasmo de antes.

Seguir hablando de lo que ocurrió en Jerusalén y de lo que Dios hizo a favor de los hombres, resucitando a Jesús de entre los muertos, es la manera de mantener viva la llama de la fe que puede prender en el corazón de tantos que buscan un sentido para su vida. Que la celebración de la eucaristía nos permite reconocer al Señor resucitado y nos una más íntimamente a la comunidad eclesial.

 

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