• Por encima de todo el amor

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    28 de diciembre 2014 – La Sagrada Familia

    A pesar de los cambios experimentados en los últimos cincuenta años, la familia ha seguido siendo la tabla de salvación para muchas personas, víctimas de la crisis. La mayoría de las personas que duermen a la intemperie carecen de lazos afectivos. Muchas los tuvieron, estuvieron incluso casadas, pero no fueron capaces de salvar su matrimonio. El número de ancianos que viven solos es cada vez mayor. Las condiciones actuales del trabajo y de la familia condenan a las personas mayores al aislamiento.

    La palabra de Dios lógicamente habla de la familia tradicional, la judía (Eclo 3,2-6.13-14) o la cristiana en el imperio romano (Col 3,12-21). En esas familias se subrayaba ante todo los deberes de sus miembros. Incluso en la Sagrada Familia se dan por supuesto esos deberes. Hoy día no nos gusta demasiado esa manera de hablar y, sin embargo, ahí se muestra una realidad fundamental de la persona humana. Somos responsables de los demás. José y María reconocen también los deberes que tenemos para con Dios, que es el fundamento de nuestra existencia personal y colectiva.

    Jesús quiso nacer en el seno de una familia, que era y sigue siendo en buena medida el fundamento de la sociedad. Es en la familia donde nos sentimos amados incondicionalmente, por el simple hecho de ser miembro de ella: padre, madre, hijo, hermano, esposa. El amor infinito de Dios tiene esa capacidad de manifestarse a través del amor de personas limitadas. Es ese amor el que nos ha permitido crecer y nos ha dado la convicción de que la vida merece la pena.

    La familia es la Iglesia doméstica. Con la Sagrada Familia, tenemos los inicios de la Iglesia, que tiene por modelo a María. Ella es la que respondió con su fe en el momento decisivo de la historia del Pueblo de Dios. En el fondo, toda familia existe sobre el acto de fe de dos esposos que se prometen fidelidad y amor mutuo. Cada uno cree en el otro, que el otro es el camino por el que Dios viene a su encuentro. En la persona del hijo, los esposos encuentran ese amor de Dios hecho carne. A la familia se le ha confiado el acoger y promover la vida. Dios ha querido asociar a los esposos a su acción creadora. Cada nacimiento es una prolongación del misterio de la Navidad. Es fruto del amor de dos personas que se han fiado la una de la otra, y ambas de Dios. Es Dios el único que puede garantizar la perpetuidad de su fidelidad y de su amor.

    María y José, presentando a Jesús en el templo, reconocen que es un don de Dios, que ha sido confiado a sus cuidados. Ambos escuchan atentamente de boca de dos ancianos las profecías que iluminan el sentido de la vida de ese niño (Luc 2,22-40). En medio de la alegría navideña aparecen ya las primeras sombras. Ese niño será bandera discutida y ellos no podrán hacer nada para evitarle el final trágico. Que la celebración de la eucaristía afiance el amor en el interior de nuestras familias y nos lleve a descubrir que toda la humanidad forma la familia de los hijos de Dios.


  • Ha aparecido la gracia de Dios

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    25 de diciembre 2014 – Navidad, Misa de medianoche

    En nuestro mundo preocupado por la crisis, irrumpe la gracia salvadora de Dios (Tit 2,11-14). Por un tiempo podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. Con la Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño (Lc 2,1-4).

    No se trata de recordar con nostalgia un mundo que no existe ya más, un mundo de pastores, en el que se vivía en contacto con la naturaleza y en el que las relaciones humanas eran verdaderamente afectivas y no se reducían a intercambiar cosas. No se trata de mirar al pasado sino hacer que Jesús nos alcance hoy en nuestra realidad concreta haciéndose nuestro contemporáneo.

    Jesús es la gracia que nos salva, el Salvador y la salvación. Él nos enseña a vivir, también en nuestro mundo, de una manera distinta. Hay que renunciar a los deseos de consumir y llevar una vida sobria, a la espera de su manifestación definitiva. Su primera venida en Belén es la garantía y la anticipación de su venida al final de los tiempos.

    En Jesús se nos ha revelado el amor del Padre, un amor gratuito que nos invita a vivir agradecidos en la gratuidad. Volvamos a descubrir las cosas que no tienen precio, en primer lugar la sonrisa de un niño. A través del rostro del hombre, descubramos la presencia de Dios en nuestro mundo. Un Dios que no ha querido perderse la gozada de vivir la aventura humana. Una aventura apasionante en todos los casos, también cuando hay que vivir en la pobreza, cuando no hay lugar para nosotros y nos vemos excluidos. Incluso aunque haya que morir en una cruz. Ser hombre es algo irrevocable.

    Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado (Is 9,2-7). Es el Hijo de Dios, el Hijo de María, pero es también un poco hijo tuyo y mío. El sigue llamando a nuestros corazones para poder nacer hoy en nuestro mundo. Dios se hace hombre para que los hombres lleguemos a ser hijos de Dios. Qué admirable intercambio. En él ni Dios ni nosotros salimos perdiendo. Cuando uno se da totalmente uno queda totalmente enriquecido. Dios ha asumido en Jesús toda la historia humana, nosotros recibimos en Jesús, toda la historia divina.

    Lástima que no nos lo acabemos de creer y que sigamos quejándonos por las pequeñas dificultades del vivir diario. Un vivir que sin duda tiene la densidad del mismo Dios. En cada instante, en cada acontecimiento, en cada persona Jesús está naciendo en nuestro mundo. Tan sólo necesitamos la fe de María, la fe de los pastores para saber acogerlo en nuestras vidas. Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Feliz Navidad.


  • Para Dios nada hay imposible

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    21 de diciembre de 2014 – Cuarto Domingo de Adviento

     

    Los progresos de la técnica han cambiado profundamente nuestro entorno. Lo que hace un siglo parecía ciencia ficción hoy día forma parte de nuestra existencia diaria. Lo que parecía imposible hoy día lo consideramos necesario. Pero es más fácil transformar el medio social que la propia persona o la sociedad. Ha habido siempre grandes soñadores que han imaginado un mundo distinto, un mundo feliz, viviendo en la justicia y en la paz. Es un sueño al que no podemos renunciar, aunque por el momento siga pareciendo irrealizable.

    Grandes soñadores fueron los profetas. Para ellos, la historia humana no es simplemente la realización de las posibilidades del hombre. Es también la historia de Dios, que va escribiendo su propia historia a través de las pequeñas historias humanas. Normalmente no percibimos esa acción de Dios, pero algunas veces parece que se hace presente cuando menos los esperamos. No creo que el joven David, por más soñador que fuera, pensara que llegaría a ser rey, que en vez de ovejas conduciría un pueblo. Pero, para Dios, nada es imposible. Y cuando Dios promete algo, lo cumple (2 Sam 7,1-16). No sólo consolidó el trono de David sino que le promete una dinastía que durará por siempre. Alguno pudo creer que eran puras palabras, pues de hecho el reino y la dinastía desaparecieron. Pero la promesa mantuvo vivas las esperanzas del pueblo y las sigue manteniendo.

    Para Dios nada es imposible. Él, el infinito y el absoluto, tiene la capacidad de hacerse finito y relativo, puede hacerse uno de nosotros. ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Nunca Ella hubiera podido soñar eso y por eso el mensajero divino tuvo que repetirle: Para Dios nada hay imposible. Todo es posible por la acción de su Espíritu (Lc 1,26-38). Y de nuevo una estéril, Isabel, tendrá un hijo. Lo imposible no era tanto el que una virgen dé a luz sino que ese hijo sea el hijo de Dios. Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón del hombre. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

    Esa Buena Noticia tiene un nombre: Jesús. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios, que nos es ofrecida a todos los que creen en Él. Él hizo también lo que parecía humanamente imposible que Pablo, su perseguidor, se convirtiera en su apóstol más celoso (Rm 16,25-27). A través de su predicación, las naciones fueron viniendo a la obediencia de la fe, abandonaron el paganismo y se hicieron cristianas.

    A ejemplo de María, la Iglesia acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo, que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas. Hoy día nos parece casi imposible que el mundo secularizado se abra al mensaje del Evangelio, que acoja a la persona de Jesús. Pero nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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