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Para Dios nada hay imposible

21 de diciembre de 2014 – Cuarto Domingo de Adviento

 

Los progresos de la técnica han cambiado profundamente nuestro entorno. Lo que hace un siglo parecía ciencia ficción hoy día forma parte de nuestra existencia diaria. Lo que parecía imposible hoy día lo consideramos necesario. Pero es más fácil transformar el medio social que la propia persona o la sociedad. Ha habido siempre grandes soñadores que han imaginado un mundo distinto, un mundo feliz, viviendo en la justicia y en la paz. Es un sueño al que no podemos renunciar, aunque por el momento siga pareciendo irrealizable.

Grandes soñadores fueron los profetas. Para ellos, la historia humana no es simplemente la realización de las posibilidades del hombre. Es también la historia de Dios, que va escribiendo su propia historia a través de las pequeñas historias humanas. Normalmente no percibimos esa acción de Dios, pero algunas veces parece que se hace presente cuando menos los esperamos. No creo que el joven David, por más soñador que fuera, pensara que llegaría a ser rey, que en vez de ovejas conduciría un pueblo. Pero, para Dios, nada es imposible. Y cuando Dios promete algo, lo cumple (2 Sam 7,1-16). No sólo consolidó el trono de David sino que le promete una dinastía que durará por siempre. Alguno pudo creer que eran puras palabras, pues de hecho el reino y la dinastía desaparecieron. Pero la promesa mantuvo vivas las esperanzas del pueblo y las sigue manteniendo.

Para Dios nada es imposible. Él, el infinito y el absoluto, tiene la capacidad de hacerse finito y relativo, puede hacerse uno de nosotros. ¡Dios se hace hombre en el seno de una virgen! Nunca Ella hubiera podido soñar eso y por eso el mensajero divino tuvo que repetirle: Para Dios nada hay imposible. Todo es posible por la acción de su Espíritu (Lc 1,26-38). Y de nuevo una estéril, Isabel, tendrá un hijo. Lo imposible no era tanto el que una virgen dé a luz sino que ese hijo sea el hijo de Dios. Se trata, en efecto, de la Buena Noticia, que nadie se hubiera atrevido a imaginar: un Dios que viene a compartir el destino del hombre, para dar un sentido a todo el sufrimiento humano, a toda la búsqueda de felicidad que hay en el corazón del hombre. Dios se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios.

Esa Buena Noticia tiene un nombre: Jesús. Su nombre, por tanto, su persona y su misión significan la salvación de Dios, que nos es ofrecida a todos los que creen en Él. Él hizo también lo que parecía humanamente imposible que Pablo, su perseguidor, se convirtiera en su apóstol más celoso (Rm 16,25-27). A través de su predicación, las naciones fueron viniendo a la obediencia de la fe, abandonaron el paganismo y se hicieron cristianas.

A ejemplo de María, la Iglesia acoge a su Señor mediante la fe y lo hace presente en el mundo. Es la Iglesia la que en cierto sentido prolonga esa encarnación del Verbo, que sigue tomando carne en nuestras vidas, nuestros pueblos, nuestras culturas. Hoy día nos parece casi imposible que el mundo secularizado se abra al mensaje del Evangelio, que acoja a la persona de Jesús. Pero nosotros sabemos que para Dios nada es imposible. Que la celebración de la Eucaristía nos permita experimentar la salvación de Dios en Cristo Jesús y nos lleve a testimoniarla con una vida llena de paz, alegría y entrega a los demás.

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