• Tu fe te ha salvado

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    9 de octubre de 2016 – 28 Domingo Ordinario

     

    La pérdida del sentido religioso de la vida hace que vayan desapareciendo valores y actitudes profundamente humanos y cristianos. Los que más se empieza a echar de menos en nuestro mundo son la gratuidad y el agradecimiento. Todos nos creemos con derecho a todo y creemos que la abundancia de la que gozamos es natural y no el fruto de los esfuerzos humanos y de la bendición de Dios. Incluso los creyentes pensamos que podemos obtener todo de Dios a base de nuestras oraciones y méritos. Cuando recibimos lo que le pedimos, pocas veces nos acordamos de agradecérselo. Son cada vez menos los que hacen una oración antes y después de las comidas porque consideramos que todo es sencillamente fruto de nuestro trabajo. Como consideramos lógico y natural recuperar la salud con la ayuda de la medicina.

    Son muchos los que creen que no tienen nada que agradecerle al Señor. Al contrario, tienen mucho que echarle en cara. No sólo por lo que les sucede a ellos sino por cómo anda el mundo. Algunos piensan que si nosotros fuéramos Dios haríamos que la cosas funcionaran mucho mejor. Así pretendemos darle lecciones al creador del universo. El hombre creyente como el salmista agradece constantemente a Dios sus beneficios, el primero el don de la vida. En los salmos de acción de gracias se suelen enumerar los beneficios recibidos del Señor, en los himnos de alabanza uno se queda extasiado ante la grandeza y el amor de Dios. Al darle gracias por sus bienes, no es Dios el que saca ventaja de ello. Somos más bien nosotros los que nos enriquecemos. Dios continúa a hacer salir el sol sobre justos y pecadores.

    Diez leprosos han sido curados por Jesús. Han experimentado los beneficios de Dios a través de su enviado Jesús (Lc 17,11-19). Y, sin embargo, lo han considerado como lo más natural, como algo que les era debido. Preocupados por quedar lo más pronto limpios, no se detuvieron a agradecer a Jesús. Incluso, cuando ya están curados, no se acuerdan de su benefactor, excepto uno que, para más vergüenza, era samaritano, considerado como extranjero pagano. Muestra más sentido religioso el pagano que los otros nueve judíos. El samaritano volvió, alabando a Dios, a darle gracias a Jesús.

    Jesús hará una alabanza de este samaritano y le dirá: tu fe te ha salvado y te ha curado. Los otros nueve fueron curados pero no fueron salvados. Recuperaron simplemente la salud pero no recuperaron el sentido de la vida, que se encuentra en la relación con Dios, que se hace presente en Jesús. El samaritano se ha convertido en un creyente cristiano. Lucas se complace en mostrar cómo sus lectores, de origen pagano, han abrazado la fe cristiana, mientras los judíos, que eran los primeros destinatarios de la salvación, la han rechazado.

    La primera lectura nos presenta una escena totalmente paralela, la curación de Naamán el sirio (2 Re 5,14-17). Su proceso de fe fue lento, pero cuando ha obedecido a la palabra del profeta y ha quedado curado, siente en su corazón el agradecimiento. Lo quiere expresar recompensando al profeta, pero se da cuenta de que éste da gratuitamente lo que había recibido gratis. Entonces Naamán descubre la belleza de la fe judía que quiere practicar en su propio país. Para ello lleva un poco de tierra de Israel para así poder dar culto al Dios de Israel. En su mentalidad pagana ligaba al Dios de Israel a la tierra de Israel. Tendrá que descubrir todavía que Dios no está limitado por las fronteras humanas.

    La Familia Marianista celebra este domingo la Jornada Mundial de Oración de la Familia Marianista. Lo hacemos unidos de manera especial a las Hijas de María Inmaculada en el año del Bicentenario de su Fundación. Que la Virgen del Buen Encuentro, a cuyo santuario en Francia peregrinaremos en espíritu haga de todos nosotros personas de fe, personas agradecidas.


  • Vivir de la fe

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    2 de octubre de 2016 – 27 Domingo Ordinario

     

    El drama de nuestro tiempo, decía Pablo VI, es la separación de la fe y la cultura. Los creyentes no somos capaces de crear una cultura impregnada por los valores evangélicos. Vivimos y ansiamos las mismas cosas que los no creyentes. Existe una separación entre lo que creemos y lo que vivimos. Dios apenas cuenta en nuestras vidas. No lo experimentamos vivo y actuante. No es alguien en el que podemos confiar, del que nos podemos fiar. Es verdad que el hombre actual está demasiado escarmentado y apenas confía en las personas de su familia. Como no ve señales de que Dios lo ame, no se fía de él, en la práctica no cree en él. Trata de salir adelante con las propias fuerzas pues de los demás es poco lo que se puede esperar.

    La fe muchas veces no cambia la vida de las personas de manera que estén dispuestas a adoptar un estilo de vida alternativo y de contraste, en todos los dominios de la existencia, individual, familiar y social. Tenemos muy pocas señas de identidad, que permitan a primera vista identificar un creyente. El problema no es nuevo. Era ya conocido en la historia del pueblo de Israel. También en el evangelio se muestra muchas veces la falta de fe o la poca fe no sólo de las muchedumbres sino también de los discípulos. Ellos mismos se dan cuenta y por eso piden a Jesús que aumente su fe, su adhesión incondicional a su persona (Lc 17,5-10). De lo contrario la fe es como una llama que peligra apagarse por falta de combustible.

    San Pablo era consciente del problema y por eso recomienda a su discípulo Timoteo que avive el fuego de la gracia que recibió con la ordenación (2 Tim 1,6-8.13-14). Los cristianos en estos momentos nos estamos mostrando demasiado cobardes en la manera de vivir nuestra fe. Hace falta un espíritu de energía, de amor y de sensatez. Ante todo no hay que tener miedo a mostrarnos como cristianos ante los demás.

    San Lucas vincula a la fe la actitud de servicio del discípulo. No se trata pues de una fe puramente teórica, que pudiera ser la tentación del mundo griego, familiarizado y fascinado por el conocimiento. Se trata de una fe bíblica que se traduce en entrega confiada a la voluntad de Dios que hay que realizar en la propia existencia. Como el servidor, el creyente tiene que hacer todo lo mandado. Y considerar que es lo más normal, que no tiene nada de extraordinario. El servidor está para hacer lo que manda su amo. Incluso cuando haya hecho todo muy bien, continuará siendo  siempre un pobre servidor.

    En nuestro tiempo esta perspectiva puede parecer alienante y en contra de la realización del hombre. En realidad es lo contrario. Cuando el hombre realiza lo que Dios pide de él, no se está sometiendo a una instancia exterior a sí mismo. Dios está presente en el hombre y hacer lo que Dios pide o sugiere es realizar nuestra esencia más íntima y preciosa de un ser creado libre para amar. Esa es la gloria de Dios el que el hombre tenga vida en abundancia.

    También el Antiguo Testamento había comprendido esta realidad. El profeta lo formula diciendo que “el justo vivirá por la fe” (Hab. 1, 2-3; 2,2-4). Siendo Dios la vida y el origen de la vida, el hombre sólo tendrá vida en la medida en que se mantenga unido a Dios por una comunión de amor y de voluntad, de querer lo que Dios quiere para mí. Alejado de la fuente de la vida, el hombre experimenta la realidad violenta de la existencia hecha de trabajos, catástrofes y luchas. Que esta Eucaristía nos haga entrar de verdad en el misterio de la fe de manera que nuestras vidas sean cambiadas por el encuentro con Cristo y vivan con intensidad su seguimiento.

     


  • El abismo entre ricos y pobres

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    25 de septiembre de 2016 – 26 Domingo Ordinario

     

    La distancia entre los países pobres y ricos sigue aumentando y pronto será un abismo imposible de franquear. También las personas ricas son cada vez más ricas y las pobres más pobres. Un grupo pequeño de personas acapara casi la mitad de los recursos de toda la humanidad.  Las promesas de luchar por suprimir el hambre en el mundo han quedado en buenas palabras. El papa Francisco ha invitado muchas veces a dar un no rotundo al ídolo del dinero al que se sacrifica a tantas personas.

    En los inicios de su predicación Jesús, en las llamadas bienaventuranzas, en la versión de Lucas (Lc 6,20-26), pronunció su bendición sobre los pobres y su maldición sobre los ricos. No hacía más que seguir la senda de los antiguos profetas (Am 6,1ª.4-7), que se distanciaron de la mentalidad simplista del pueblo, que creía que los buenos eran siempre recompensados con bienes en esta vida. La riqueza es, sin duda, una bendición de Dios, pero muchas veces acaba convirtiéndose en maldición. El mal no está en la riqueza misma sino en el corazón del que la usa. La tentación del hombre es la de buscar la bendición, la riqueza, y olvidarse de Dios.

    El rico Epulón disfruta de la riqueza banqueteando cada día y vistiéndose de púrpura y lino (Lc 16,19-31). No se entera de que a su puerta yace el pobre Lázaro que no logra saciar su hambre porque no le dan ni las sobras de la mesa del rico. Esta parábola es una imagen elocuente de la situación de nuestro mundo en el que un pequeño grupo de personas acapara la mayoría de los bienes de la humanidad y no se preocupa de la suerte de tantos millones de personas azotadas por la plaga del hambre. Las ignoran y para ellos simplemente no existen. Tengo dinero luego existo. El que no tiene dinero no existe. ¿Cómo van a existir si para vivir es necesario tener mucho dinero? Pero la realidad es que existen, aunque no saben si podrán existir mañana.

    El Reino de Dios viene a hacer justicia sobre todo a los pobres y a los oprimidos. Viene a cambiar la situación para que no existan esos desequilibrios de los que siempre disfrutan y de los que siempre sufren y sufrirán. Desgraciadamente esta es una de las pocas parábolas en las que el Reino aparece para el más allá, para el otro mundo, para después de la muerte. El peligro de que la religión se convierta en opio del pueblo es evidente. A los pobres Lázaros se les puede pedir que estén tranquilos, que no se rebelen, porque en el otro mundo recibirán la recompensa en el cielo mientras los ricos irán al infierno.

    No es eso lo que quería decir Jesús ni el evangelista. Sin duda el juicio de Dios, anunciado para el final de los tiempos, está teniendo lugar ya y es un juicio definitivo. Hay todavía tiempo para la conversión, pero ésta urge. Lo comprende bien el rico cuando ha experimentado el desenlace de su vida y no quiere que sus hermanos corran la misma suerte. Confía que el milagro de ver a un muerto resucitado les lleve a convertirse, a superar ese abismo que existe entre ricos y pobres, abismo que existirá entre la salvación y la perdición. No cabe duda de que los hombres debieran convertirse ante el acontecimiento de la resurrección de Jesús, pero vemos que siguen tan tranquilos.

    No son los milagros espectaculares, ni tan siquiera el de la resurrección los que llevan a la conversión. Es necesario un camino más normal y cotidiano. Se trata de escuchar la Palabra de Dios, que nos revela la verdad de la vida y de los bienes de este mundo. Tan sólo abriéndonos a la voluntad de Dios, que ha creado todos los bienes para todos y que ha hecho de los ricos los administradores de los bienes a favor de los pobres, podremos convertir nuestras vidas hacia Dios y hacia nuestros hermanos necesitados. Si queremos vivir de veras la comunión fraterna que celebramos en la eucaristía no podemos menos que trabajar por crear un mundo distinto donde todos podamos estar sentados a la misma mesa como hermanos.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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