• Jesús resucitado transforma nuestras vidas

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    17 de marzo de 2019 – Segundo Domingo de Cuaresma

    Estamos tan deslumbrados por los avances de la ciencia y de la tecnología que creemos que se puede cambiar con la misma facilidad a las personas y a la sociedad. Desgraciadamente constatamos que los avances sociales son lentos. La manifestación de las mujeres la semana anterior nos recordaba una de las asignaturas pendientes. Las personas en algunos países sin duda vivimos mejor que hace unas décadas pero no podemos decir que seamos mejores que las personas de antes. Hoy día somos más sensibles ante algunas faltas determinadas y cerramos los ojos ante otras.

    Sigue siendo difícil el ponernos de acuerdo en qué consiste un progreso auténticamente humano, de todo el hombre y para todo hombre. No por ello nos debemos desanimar en nuestro empeño de cambiar y mejorar el mundo y a cada persona. Los discípulos caminaban con Jesús hacia Jerusalén y Jesús les decía que no estaban haciendo un viaje turístico sino un camino en el que él iba a arriesgar la propia vida. Pero es así como llegaría a la resurrección.

    Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentaban más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos (Lc 9,28-36). Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos, sin dejar ver claramente que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

    La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de este mundo hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

    Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

    El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar adelante con nuestros compromisos cuaresmales.


  • Vivir de la Palabra de Dios

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    10 de marzo de 2019 – Primer Domingo de Cuaresma

    El Papa Francisco, al final del “Encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia, confesaba: “en estos casos dolorosos de los abusos veo la mano del mal que no perdona ni siquiera la inocencia de los  pequeños”. En cierto sentido, en el mensaje para la cuaresma que estamos empezando, «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19), escrito medio año antes, anticipaba ya algunas de las reflexiones de fondo que deben acompañarnos durante nuestro camino hacia la Pascua. Si el creyente vive como persona redimida, beneficia también a la creación, pero la armonía de un mundo redimido, está hoy y siempre amenazada por la fuerza destructiva del pecado. El arrepentimiento y el perdón, sin embargo, poseen una fuerza regeneradora.

    El evangelio de las tentaciones es sumamente elocuente. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

    La segunda tentación es esperar la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.

    La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Si Dios no dirige el mundo como nosotros queremos no es Dios, o se dice que Dios no existe. Se le quiere enseñar a Dios cómo tiene que gobernar el mundo. En un mundo ideal tendría que desaparecer automáticamente todo el sufrimiento inocente. La oferta del diablo a Jesús es la de ser un Salvador vistoso y triunfante. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor sufriente, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes. Y la humanidad está hecha de hombres sufrientes y dolientes, por eso la salvación no consiste en eliminar el sufrimiento sino en asumirlo y transformarlos mediante el amor. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe ya en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre.


  • Por los frutos los conoceréis

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    3 de marzo 2019 – 8 Domingo Ordinario

    El Papa en su encuentro con los obispos la pasada semana para afrontar el problema de los abusos de menores pide que pasemos a la acción concreta y no nos quedemos simplemente en pedir perdón y darnos golpes de pecho. Será siempre difícil, por no decir imposible, devolver a las víctimas lo que se les ha arrebatado. Sabemos que solo Dios, mediante nuestra resurrección (1 Cor 15,54-58),  podrá hacer que nuestra vida llegue a su plenitud, sin que quedemos para siempre lamentando lo que injustamente nos han arrebatado y no nos pueden devolver.

    Pero la Iglesia tiene que comprometerse a fondo con esas víctimas para acompañarlas y hacerles justicia, intentando reparar el daño de manera que esas personas puedan recuperar la felicidad. Esto solo será posible ofreciendo ellas mismas el perdón a los que les han condenado al fracaso y a la desgracia. Muchas de esas víctimas han dado unos testimonios impresionantes de perdonar después de los terribles sufrimientos sufridos.  

    Debe buscarse además el garantizar que esos delitos no van a repetirse. Los abusadores son especialistas en manipular y ocultar. Son también astutos a la hora de elegir sus víctimas. Saben cuáles son los más vulnerables. Pero, más allá de la situación del abusador y de la víctima, está, como ha denunciado el papa la realidad del clericalismo que no solo hace violencia a los cuerpos sino también a las conciencias. Ese clericalismo general ha intentado ocultar los abusos. Solo han salido a la luz por el coraje de unas personas que han desafiado la conjuración de silencio en torno al tema. Han sido muchas veces los medios de comunicación laicos los que nos han ayudado a abrir los ojos. No son ellos los enemigos de la Iglesia. Los enemigos no están fuera sino dentro de ella. Y desgraciadamente han encontrado la complicidad de la los superiores más preocupados por salvar la fama de la institución que por el dolor de las víctimas.

    La Iglesia tiene que revisar la manera de ejercer la autoridad y definir la forma de que los menores sean protegidos en la Iglesia y en la sociedad. Debe adoptar unas pautas de actuación que garanticen que ningún crimen quede impune sino que el delincuente sea entregado a la justicia. Son las leyes de la sociedad civil las que deben fijar que este tipo de crímenes no prescriban demasiado pronto.

    Pero no desaparecerán del todo si no se crea una cultura de protección de los menores que no los deje expuestos al poder de los depredadores. La Iglesia tiene que examinar detenidamente a los candidatos a la vida sacerdotal y a la vida religiosa y proporcionarles una formación adecuada para vivir su entrega al servicio de la comunidad. Tiene que, como recomienda la Palabra de Dios hoy,  discernir, cribar para quedarse con lo bueno y desechar el desperdicio (Sir 27, 4-7). El papa Francisco, como buen jesuita, nos invita constantemente al discernimiento para acoger lo que viene de Dios y denunciar y rechazar lo que viene del maligno. Tenemos que ver los frutos que producen las personas, es decir, nuestras acciones. (Lc 6,39-45). Ellas son las que ponen de manifiesto lo que hay en el corazón del hombre, que no podemos ver. Es verdad que el bien o el mal brotan de lo profundo del corazón que hay que intentar tener siempre orientado hacia Dios, buscándolo a él en todo.

    Pidamos que el Señor nos dé espíritu de discernimiento para saber enfrentarnos a esta situación que pone en peligro la credibilidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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