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Por los frutos los conoceréis

3 de marzo 2019 – 8 Domingo Ordinario

El Papa en su encuentro con los obispos la pasada semana para afrontar el problema de los abusos de menores pide que pasemos a la acción concreta y no nos quedemos simplemente en pedir perdón y darnos golpes de pecho. Será siempre difícil, por no decir imposible, devolver a las víctimas lo que se les ha arrebatado. Sabemos que solo Dios, mediante nuestra resurrección (1 Cor 15,54-58),  podrá hacer que nuestra vida llegue a su plenitud, sin que quedemos para siempre lamentando lo que injustamente nos han arrebatado y no nos pueden devolver.

Pero la Iglesia tiene que comprometerse a fondo con esas víctimas para acompañarlas y hacerles justicia, intentando reparar el daño de manera que esas personas puedan recuperar la felicidad. Esto solo será posible ofreciendo ellas mismas el perdón a los que les han condenado al fracaso y a la desgracia. Muchas de esas víctimas han dado unos testimonios impresionantes de perdonar después de los terribles sufrimientos sufridos.  

Debe buscarse además el garantizar que esos delitos no van a repetirse. Los abusadores son especialistas en manipular y ocultar. Son también astutos a la hora de elegir sus víctimas. Saben cuáles son los más vulnerables. Pero, más allá de la situación del abusador y de la víctima, está, como ha denunciado el papa la realidad del clericalismo que no solo hace violencia a los cuerpos sino también a las conciencias. Ese clericalismo general ha intentado ocultar los abusos. Solo han salido a la luz por el coraje de unas personas que han desafiado la conjuración de silencio en torno al tema. Han sido muchas veces los medios de comunicación laicos los que nos han ayudado a abrir los ojos. No son ellos los enemigos de la Iglesia. Los enemigos no están fuera sino dentro de ella. Y desgraciadamente han encontrado la complicidad de la los superiores más preocupados por salvar la fama de la institución que por el dolor de las víctimas.

La Iglesia tiene que revisar la manera de ejercer la autoridad y definir la forma de que los menores sean protegidos en la Iglesia y en la sociedad. Debe adoptar unas pautas de actuación que garanticen que ningún crimen quede impune sino que el delincuente sea entregado a la justicia. Son las leyes de la sociedad civil las que deben fijar que este tipo de crímenes no prescriban demasiado pronto.

Pero no desaparecerán del todo si no se crea una cultura de protección de los menores que no los deje expuestos al poder de los depredadores. La Iglesia tiene que examinar detenidamente a los candidatos a la vida sacerdotal y a la vida religiosa y proporcionarles una formación adecuada para vivir su entrega al servicio de la comunidad. Tiene que, como recomienda la Palabra de Dios hoy,  discernir, cribar para quedarse con lo bueno y desechar el desperdicio (Sir 27, 4-7). El papa Francisco, como buen jesuita, nos invita constantemente al discernimiento para acoger lo que viene de Dios y denunciar y rechazar lo que viene del maligno. Tenemos que ver los frutos que producen las personas, es decir, nuestras acciones. (Lc 6,39-45). Ellas son las que ponen de manifiesto lo que hay en el corazón del hombre, que no podemos ver. Es verdad que el bien o el mal brotan de lo profundo del corazón que hay que intentar tener siempre orientado hacia Dios, buscándolo a él en todo.

Pidamos que el Señor nos dé espíritu de discernimiento para saber enfrentarnos a esta situación que pone en peligro la credibilidad de la Iglesia como Cuerpo de Cristo.

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