• Este es mi cuerpo, que es entregado por vosotros

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    9 de abril de 2020 – Jueves Santo

     Esta Cuaresma, tiempo de gracia, nos ha hecho el regalo de descubrir la familia como Iglesia doméstica. En los comienzos, los cristianos celebraban la cena del Señor en sus casas. Hasta este año la misa transmitida era para los enfermos y personas mayores que no podían ir a la iglesia. Este año es la norma general para las familias cristianas. Nos quedaremos sin la comunión sacramental del cuerpo y sangre de Cristo, pero no estaremos privados de la comunión, unión profunda con Cristo y el Padre que tiene lugar a través de la fe y la acción del Espíritu. Por la fe Jesús habita en nuestros corazones en los que ha hecho morada la trinidad santa. La fe es nuestra respuesta a la Palabra de Dios que recibiremos abundantemente en estas celebraciones. La Palabra invita a un diálogo de amor, en el que Dios se nos da y nos nosotros nos entregamos a Él. Es esa unión profunda la que hemos mantenido con nuestros seres queridos que nos han dejado sin darnos la oportunidad de acompañarlos y despedirlos y honrarlos. La fe y el amor son los que mantienen esa comunión y unión.

     

    Jesús, la víspera de su pasión, inventó el gesto más genial que uno puede imaginarse, la expresión sensible y sacramental de su vida y de su muerte. Cuando todo conspiraba contra él para llevarlo a la muerte y cuando ya no había escapatoria posible, fue capaz de encontrar para sus amigos el gesto que cambiaba totalmente el sentido de lo que iba a ocurrir. Su muerte no sería simplemente la consecuencia de su oposición a las autoridades judías y romanas, sino un acto de entrega amorosa a favor de los suyos. Así respondía con amor al odio desencadenado contra él. Como diría San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Jesús hizo de su muerte una Eucaristía, acción de gracias a Dios Padre por el don de la vida, que ahora le quieren quitar, pero que él va a entregar para que el mundo tenga vida. Su muerte era la consecuencia de una vida totalmente entregada al servicio del Reino. Un Reino que resultaba peligroso para los poderes de este mundo.

     

    Para realizar este gesto increíble no buscó elementos raros o extraños a la vida de los hombres. Eligió una cena con sus amigos y los alimentos más comunes, el pan y el vino (1 Cor 11,23-26). La amistad y la comunión, celebradas en torno a la mesa, van a quedar definitivamente realizadas en el pan y el vino compartido. Comunión ya no simplemente de amigos entre sí, sino unión con el Padre a través de la entrega de su Hijo. Sacramento de amor y de vida que brota y florece en el contexto del odio y de la muerte, que serán vencidos para siempre.

     

    Jesús había manifestado de mil maneras su amor a los suyos, pero en esta última cena, el don de sí mismo quedará para siempre representado en el pan y el vino. Un pan, que es el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, es decir la persona de Cristo con toda una vida al servicio del hombre, sobre todo de los pobres. Un cáliz, que es la sangre de Cristo derramada por nosotros. Sangre, que no es únicamente muerte violenta, sino sangre de vida que corre por las venas de Cristo hasta los creyentes, como savia que fluye por la vid y los sarmientos. Misterio, sin duda, de comunión de los hombres con Cristo y con los demás hombres. Misterio de la Pascua Nueva, que reúne la Familia de Dios para participar en el banquete de Cristo, verdadero cordero inmolado (Ex 12,1-8.11-14).

     

    Esa comunión fraterna se manifiesta ante todo en el servicio. El gesto de Jesús de lavar los pies a sus discípulos instituye el sacramento del hermano (Jn 13,1-15). Cantaremos: “Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. La Iglesia acoge con amor el sacramento de la Eucaristía y el sacramento del hermano, en realidad de todo hombre. Todo hombre se convierte en presencia del Señor cuando somos capaces de arrodillarnos ante él y ofrecerle nuestro humilde servicio. Hoy de manera especial la celebración de la institución de la eucaristía nos hace actualizar el acto fundacional de la Iglesia que sigue celebrándola en memoria de Jesús. No ha existido Iglesia sin celebración de la eucaristía. La Iglesia procede de la eucaristía de Cristo y en su celebración nos convertimos en cuerpo de Cristo. Que Él nos purifique y nos haga dignos de participar en sus misterios.

     


  • Se hizo obediente hasta la muerte de cruz

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    5 de abril de 2020 – Domingo de Ramos

    La celebración de la Semana Santa este año será distinta. Tendrá un carácter de sobriedad e intimidad, parecida a la cena de Jesús y a su resurrección. No habrá las multitudes del día de su Pasión evocada en nuestras procesiones tradicionales. Pero todos celebraremos con intensidad su pasión y resurrección.  Las muchedumbres que seguían a Jesús quisieron alguna vez proclamarlo rey y Él se escapó. Pero, al acercarse a Jerusalén para sufrir su pasión, Él mismo escenificó lo que habría de ser su realeza, una realeza alternativa. En vez de entrar como un triunfador, se presenta como una persona humilde, dispuesta a afrontar los fracasos de la vida (Is 50,4-7). Escucharemos una vez más la lectura de la pasión (Mt 27,11-54). No asistiremos, sin embargo, como si se tratase de un espectáculo, ajeno a nuestras vidas, sino que nos sentiremos protagonistas de lo que ocurre y trataremos de entrar en los sentimientos profundos de las personas, sobre todo de Jesús.

    El himno de la Carta a los Filipenses (2,6-11) nos permite situarnos en el corazón del misterio pascual que celebraremos esta semana. Es un misterio de humillación y de exaltación. Tenemos que vivir ambas dimensiones con los mismos sentimientos de Cristo Jesús. La dimensión de humillación resume toda la vida de Jesús, que va descendiendo progresivamente en la escala humana hasta tocar el fondo.

    Jesús, como Dios, podía haber vivido como Dios, pero curiosamente quiso vivir como un hombre. Todo lo contrario de Adán, que quiso ser como Dios y no simplemente un hombre. Pero Jesús no buscó el ser un hombre con privilegios que facilitan la vida sino que se hizo uno de tantos, más aún adoptó la forma de servidor, de esclavo. Es lo más bajo en la escala social. Una persona sin derechos. Podemos decir que Jesús renunció a sus derechos para defender a los que no tienen derechos.

    El hombre toca el fondo de la existencia humana cuando muere. Jesús aceptó obediente  la muerte, porque veía en ella la manera de solidarizarse con el hombre sometido a la muerte. Jesús aceptó además una muerte de cruz, es decir, una muerte infame, como la de un esclavo, o peor, como la de un pecador renegado. Él cargó con nuestros pecados.

    Es entonces cuando Dios lo exalta. Se refiere sin duda alguna a la resurrección y ascensión, consecuencias de su humillación. Es Dios el que transforma totalmente la situación y muestra que Jesús era el Hijo amado del Padre y no un pecador como creían sus enemigos. Dios le da su propio nombre, es decir su propia realidad y esencia, su divinidad. El Verbo era Dios desde toda la eternidad y recibía la divinidad del Padre y a Él la devuelve eternamente. Pero ahora es el Verbo encarnado el que recibe de Dios la divinidad. Es decir la humanidad ha sido introducida en el seno de la divinidad. Ahora Jesús es adorado como Dios y considerado Señor del cielo y de la tierra.

    El Domingo de Ramos anticipa un poco ese triunfo de Cristo para que no nos desanimemos cuando lo veamos totalmente humillado y abandonado. Sabemos que es precisamente esa humillación la que lo llevará al triunfo. Confiemos también nosotros en este tiempo de prueba y mantengámonos fieles a Jesús. Ya que compartimos su pasión, tendremos también parte en su resurrección.

     


  • Yo soy la resurrección y la vida

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    29 de marzo 2020 – 5 Domingo de Cuaresma

     

    A estas alturas el virus ha ido contagiando a muchísimas personas y se ha ido llevando a algunos de nuestros seres queridos, familiares, amigos y conocidos. Lo que más nos duele es no haber podido verlos desde el momento en que fueron hospitalizados. No hemos podido despedirnos de ellos y agradecerles lo mucho que nos han querido y cuidado, y decirles que también nosotros los queríamos. Nos hubiera gustado decirles que para nosotros no morirán nunca pues el amor no muere.  No tardemos en decírselo a todos los que todavía están vivos. Lo que más nos duele es no poderles acompañar en su incineración. Nos consuela, sin embargo, saber que ellos están ya con el Señor, liberados de las ataduras de la muerte ¿Es capaz Dios de abrir nuestros sepulcros? (Ezequiel 37,12-14).

    La fe cristiana nos confirma que Dios es el Dios de la vida y que Jesús triunfó sobre la muerte. El Espíritu del Señor que habita en nosotros dará vida a nuestros cuerpos mortales (Rom 8,8-11). La quinta etapa en nuestro caminar cuaresmal anuncia la resurrección de Jesús, anticipada en la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). La vida triunfa sobre la muerte. Por el bautismo hemos resucitado con Cristo.  La muerte de Lázaro, amigo de Jesús, había sido precedida de una breve enfermedad de la cual Jesús había tenido noticia por un mensaje enviado por las hermanas del enfermo. Jesús ante sus discípulos relativizó la gravedad de la enfermedad en la que vio una ocasión de manifestar la gloria de Dios.

    Cuando finalmente decide ir a verlo, sus discípulos le recuerdan las amenazas que pesan sobre Él de parte de sus enemigos. Eso no parece inquietarle y puede comentar con sus discípulos la muerte de Lázaro, presentada como un estar dormido. Esa es la visión cristiana de la muerte. Ésta no es un final sino un descanso en espera de la resurrección. Tomás, como buen discípulo, expresa su disponibilidad a morir con el maestro.

    Jesús llega demasiado tarde pues Lázaro ya llevaba cuatro días enterrado, es decir, era imposible que volviera a la vida. Su hermana Marta le reprocha a Jesús el llegar demasiado tarde. Él le promete que su hermano resucitará. Marta, como los judíos piadosos, cree sin duda en la resurrección pero en el último día, al final de los tiempos. Jesús en cambio proclama la actualidad de la resurrección para la persona  que cree en Él. Marta dará el salto y confesará su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios.

    También María, la otra hermana, fue al encuentro de Jesús que la llamaba y le reprocha su tardanza. Al ver llorar a todos, Jesús se conmovió mostrando claramente el amor que tenía por Lázaro. ¿Es capaz el amor de triunfar sobre la muerte? Uno que hace milagros ¿puede impedir que alguien querido muera?

    Jesús irá a la tumba a confrontarse directamente con la muerte, a pesar de la observación de Marta de que el muerto ya huele mal. Jesús pide de nuevo fe. Para vencer a la muerte invoca al Padre, que siempre lo escucha. Pide el milagro para que la gente crea que es su enviado. La victoria sobre la muerte acaece mediante su palabra todopoderosa que manda al muerto dejar el reino de la muerte y venir al de los vivos.

    El muerto obedeció. El milagro se realizó y tuvo como consecuencia el que muchos creyeran en Él. Jesús es el dueño de la vida y de la muerte. Nada va a impedir el que vaya libremente hacia la muerte porque confía que el Padre lo resucitará para siempre. La resurrección de Jesús ha irrumpido con toda su fuerza en nuestro mundo y ha transformado nuestra vida y nuestra muerte al creer en Él. Que la celebración de la eucaristía sea para nosotros, como decían los Padres, “medicina de inmortalidad”.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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