• Nuestros amigos, los santos

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    1 de noviembre de 2021 – Todos los Santos

    Siempre hemos creído que los santos eran personas excepcionales, una especie de héroes, más admirables que imitables. El Papa Francisco nos ha sorprendido al hablar de los santos de la puerta de al lado. Son personas normales, que no hacen nada extraordinario, pero lo hacen bien. Todos conocemos a esas personas. Cada una es santa a su manera y los caminos de la santidad son tantos como las personas. Lo importante es que cada uno siga su misión y su llamada particular a ser santo.

    La santidad en la iglesia primitiva era más bien la regla y no la excepción. Los santos aparecen como un muchedumbre inmensa que sigue al Señor resucitado (Apoc 7, 2-4. 9-14). Santos fueron ante todo los mártires porque fueron capaces de sellar su testimonio, como Jesús, con la entrega de su vida. Pero son innumerables los creyentes que han sellado su testimonio con el estilo de vida de los santos, es decir, tratando de vivir en el día a día el Evangelio de Jesús. El Beato Chaminade, Fundador de la Familia Marianista quería ofrecer con ella el testimonio de un pueblo de santos. Mientras muchos en la Iglesia creían que después de la Revolución Francesa no había nada que hacer, Chaminade supo descubrir las oportunidades que la nueva época le ofrecía. Se podía finalmente volver al cristianismo primitivo en el que, según él, todos eran santos.

    La santidad pertenece a Dios y a los que viven desde Dios y para Dios. El gran testigo es el mismo Jesús. El estilo de vida de Jesús, como ha repetido el Papa Francisco, se resume en las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Ha sido Jesús el que ha encarnado los nuevos valores evangélicos que hacen brillar en el mundo la santidad de Dios. Esa santidad no es otra cosa que su amor incondicional por los pobres y los perdedores de este mundo. Jesús vivió feliz en la pobreza, en la falta de influencia, en la confianza ingenua en Dios y en los demás. Su mirada transparente le permitía descubrir la presencia de Dios donde parecía que todo estaba perdido. A pesar del rechazo que experimentó, no perdió la felicidad. Estuvo convencido de que el Dios del amor quería traer su Reino a este mundo y los poderes de este mundo no podrán impedir que Dios reine. El amor de Dios es más fuerte incluso que nuestros rechazos y odios que llevaron a quitar del medio al mismo Jesús.

    Los santos han sido ante todo personas de fe que se han abierto a Dios y han acogido el amor de Dios en sus vidas y han entrado en ese circuito del amor, dejando que el amor de Dios pasa a través de ellos hacia todas las personas, buenas y malas, amigos y enemigos. Por eso en los santos vemos realizado el ideal de hombre que Dios tuvo en el momento de la creación.

    Todos estamos llamados a la santidad. Dios no se da tan sólo a un grupito de privilegiados. Se comunica a todos y nos hace santos y nos invita a vivir la santidad, a vivir como hijos suyos. Esa llamada a la santidad era el motor de la vida de los primeros cristianos. San Pablo lo recuerda a menudos: sois santos, vivid como santos.

    Somos santos desde el día de nuestro bautismo por el que somos hijos de Dios. El que tiene esta esperanza se purifica cada día (1 Jn 3,1-3). Trata de romper con el pecado para lograr ser un testigo cada día más creíble de ese amor de Dios. El Dios santo no se reserva celosamente su santidad para sí. Nos la comunica a nosotros. Por eso podemos celebrar la salvación en la eucaristía y sentirnos asociados ya a la Iglesia de los santos en el cielo. Ellos nos animan a seguir trabajando por purificar nuestro mundo poniendo esperanza y amor cristiano.

     


  • Amar a Dios y amar al prójimo

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    31 de octubre 2021 – 31 Domingo Ordinario

    El caminar juntos como Iglesia sinodal, una Iglesia que camina con el mundo, exige de nosotros una vuelta a Jesús y al evangelio. Se trata de volver a lo esencial. El hombre actual, y sobre todo los jóvenes, no entienden nuestros razonamientos teológicos abstractos que muchas veces pretenden apoderarse de la verdad para utilizarla como arma arrojadiza. Jesús, sin duda, acepta dialogar con aquel maestro de la ley que le pregunta cuál es el primer mandamiento de la Ley, el más importante (Mc 12,28-34).

    Jesús responde sin titubeos que amar a Dios, pero no se quedó ahí. Mencionó también el segundo mandamiento: amar al prójimo como a uno mismo. El lenguaje de la caridad y del amor es el único que comprenden Dios y sus fieles, también nuestros contemporáneos hoy día. El amor a Dios y el amor al prójimo es lo más importante. Cuando alguien   está al menos teóricamente de acuerdo con esto, esa persona no está lejos del Reino de Dios.  Quizás le falta el vivir de acuerdo con eso que cree. Sin duda hay en el mundo muchos que tratan de vivir ese amor concreto al prójimo y estamos seguros que no están lejos del Reino de Dios, que desborda las categorías más o menos sociológicas que establecemos a veces los creyentes.

    La pertenencia al Reino tiene lugar a través de las decisiones profundas de nuestro corazón. Esas decisiones tienen que ver con el amor. El amor expresa la esencia y la vocación más profunda del hombre. Los mandamientos, que expresan la voluntad de Dios sobre el hombre, no son algo que nos cae de arriba y se nos impone. Expresan simplemente el camino de la realización de la esencia de la persona humana, creada por amor y llamada al amor. Jesús introdujo su explicación diciendo que “nuestro Dios es el único Señor” (Dt 6,2-6). Esa unicidad de Dios es como un río de amor que se difunde a través de todo un circuito amoroso al cual todos estamos conectados.

    Tanto Jesús como el letrado judío citan unidos dos textos originalmente separados, uno que hablaba del amor de Dios y otro del amor al prójimo. Juntarlos ha sido la genialidad de Jesús, a la que también se adhirió el letrado. Se empezó la discusión preguntando por el primer mandamiento y se terminó hablando del primer y el segundo mandamiento como si formasen una unidad. Es un único mandamiento, el mandamiento del amor. Amor que tiene dos dimensiones, amar a Dios y amar al prójimo.

    El amor a Dios es total e incluye todas las dimensiones de la existencia humana. Para el judío la facultad de proyectar la vida es el corazón, que debe estar orientado hacia Dios. El elemento más afectivo es el alma, que podemos considerar también con su dimensión más o menos inconsciente. Pues bien, tampoco esas realidades más o menos oscuras de nuestra vida pueden sustraerse al deber de amar a Dios y orientarse hacia él. El hombre realiza su vida con los recursos materiales que Dios a puesto a su disposición. También los bienes materiales que el hombre usa deben llevarnos hacia Dios.

    El amor al prójimo tiene como modelo el amor a sí mismo, cosa que todos podemos entender. El papa Francisco, al recordarnos nuestra llamada a la santidad, nos invita a seguir a Jesús y el protocolo según el cual seremos juzgados (Mt 25). Seremos juzgados por nuestras obras de caridad para con el prójimo.  Sin duda Jesús, “nuestro sumo sacerdote, santo, inocente e inmaculado” (Heb 7,23-28), nos invita a amar a los demás como Él nos ha amado. Nos invita a estar dispuestos a dar la vida por los demás. Tan sólo el que ha entrado en el Reino de Dios es capaz de vivirlo.  En la celebración de la eucaristía acogemos amor de Dios que viene a nosotros a través de la vida y el misterio de Jesús para hacerlo presente en nuestro mundo tan necesitado de amor.

     


  • Cuenta lo que has visto y oído

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    24 octubre 2021- 30 Domingo Ordinario

    Celebramos hoy en todo  el mundo el Domingo del Domund, el Domingo de las Misiones. El Papa en su mensaje nos ha recordado que » La situación de la pandemia evidenció y amplificó el dolor, la soledad, la pobreza y las injusticias que ya tantos padecían y puso al descubierto nuestras falsas seguridades y las fragmentaciones y polarizaciones que silenciosamente nos laceran. Los más frágiles y vulnerables experimentaron aún más su vulnerabilidad y fragilidad. Hemos experimentado el desánimo, el desencanto, el cansancio, y hasta la amargura conformista y desesperanzadora pudo apoderarse de nuestras miradas». Nuestra esperanza, sin embargo, en Cristo resucitado nos lleva a solidarizarnos con todos los que sufren. El ejemplo de nuestros misioneros que lo dejaron todo nos estimula a ser generosos con ellos y con las misiones para poder llevar a todos los pobres una palabra de esperanza.

    También Bartimeo, el ciego del que nos habla hoy el evangelio (Mc 10, 46-52) siguió gritando, a pesar de que muchos le decían que se callara. Por eso Jesús lo llamó y lo curó: “Tu fe te ha salvado”. Creer es tener confianza en Jesús, en que él está vivo y actuando en nuestro mundo. Su amor misericordioso es capaz de llenar de sentido y de vida a toda persona que le abra el corazón y lo acoja.

    Se trata de encontrarnos con Cristo como Bartimeo, que se reconoce ciego y pide a Jesús que tenga compasión de él y le dé la vista (Mc 10,46-52). Él no puede ver  a Jesús, pero sabe descubrir su misterio. Jesús es el Hijo de David, el Mesías anunciado, que debe establecer una época de paz y felicidad, en la que el hombre se vea libre de las enfermedades que no le permiten realizar en plenitud su vocación humana. Jesús, al ver su fe, lo cura. Jesús hace presente la salvación para el pueblo afligido por tantos males, que le impiden ser feliz (Jer 31,7-9). Jesús puede comprender a los ignorantes y extraviados porque él mismo está envuelto en debilidades (Heb 5,1-6). Nuestro Salvador no es un superhéroe, ajeno a nuestros problemas, sino que él los ha vivido en su propia carne. Por eso sólo en el misterio de Jesús se desvela totalmente el misterio del hombre.

    Los que hemos encontrado el sentido de nuestra vida en Cristo no podemos ocultarlo. Tampoco queremos imponerlo sino humildemente proponerlo a los demás. Las misiones no son para hacer proselitismo. No se trata de que la Iglesia tenga más miembros y más poder sino de poder ofrecer un servicio a toda la humanidad. Los misioneros no son agentes de los países ricos en busca de los tesoros de los pueblos del tercer mundo. Queremos simplemente compartir con ellos el hecho de que todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre.

    El Papa Francisco nos recuerda que «Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que les haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión. Y es un llamado que Él nos hace a todos, aunque no de la misma manera. Recordemos que hay periferias que están cerca de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino existencial. Siempre, pero especialmente en estos tiempos de pandemia es importante ampliar la capacidad cotidiana de ensanchar nuestros círculos, de llegar a aquellos que espontáneamente no los sentiríamos parte de “mi mundo de intereses”, aunque estén cerca nuestro. Vivir la misión es aventurarse a desarrollar los mismos sentimientos de Cristo Jesús y creer con Él que quien está a mi lado es también mi hermano y mi hermana. Que su amor de compasión despierte también nuestro corazón y nos vuelva a todos discípulos misioneros. Que María, la primera discípula misionera, haga crecer en todos los bautizados el deseo de ser sal y luz en nuestras tierras (cf. Mt 5,13-14)».


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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