• Construir la paz

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    19 de marzo de 2022 – Tercer Domingo de Cuaresma

    La guerra de Rusia y Ucrania ha causado miles de muertos y millones de fugitivos que empiezan a llamar a nuestras puertas. Lo han perdido todo. Las guerras las ganan los fabricantes y vendedores de armas que han armado a ambos bandos y se han forrado de dinero. La guerra la pagamos todos. Esta guerra, en nuestro continente, nos está conmoviendo a todos y está provocando una oleada de solidaridad. Las guerras en África o en Siria parecen cosas de países no desarrollados, no democráticos.

    Esta guerra, en cambio, es de países europeos, de historia cristiana, hoy día más o menos democráticos, que debieran saber solucionar sus diferencias a través del diálogo. Desgraciadamente no hemos aprendido de las dos guerras mundiales del siglo XX. Ante tanto sufrimiento, tenemos la impresión de que no existe Dios o que el mundo está dejado de las manos de Dios o se le ha escapado de sus manos. Son muchos los que lanzan inmediatamente la pregunta: ¿Existe Dios? ¿Dónde está Dios? ¿Cómo Dios puede permitir la muerte de tantos inocentes? ¿Qué le he hecho yo a Dios?

    A estas preguntas el creyente no puede dar otra respuesta que la de Jesús ante las trágicas muertes que nos cuenta el evangelio de hoy (Lc 13,1-9). Ni los hombres ni Dios tienen la culpa de estos desastres. Dios, sin embargo, nos quiere decir algo a través de ellos. Es ese mensaje el que debemos acoger. ¿A qué nos invitan esos desastres? Ante todo a la solidaridad y a luchar contra el mal. En eso estamos de acuerdo creyentes y no creyentes. Sufrimos con los que sufren e intentamos con nuestra ayuda paliar ese dolor. Pero el creyente descubre además una llamada a la conversión, a reorientar nuestra vida hacia Dios.

    Nuestra conversión no va a impedir que siga habiendo erupción de volcanes pero puede logra que no sigan muriendo inocentes y que los menores estén protegidos. Jesús está preocupado por el destino del hombre, sin duda ligado al destino de esta tierra que puede terminar de manera trágica. El destino eterno del hombre nos lo jugamos con nuestra vida. Lo terrible no es morir sepultado por la lava de un volcán, sino morir tranquilamente en la cama, sumergido en el egoísmo, de espaldas a Dios. Entonces sí que se perece seriamente y se echa a perder la vida. Convertirnos constantemente a Dios es la manera de asegurar nuestra vida, no contra los volcanes sino contra la perdición definitiva.

    El hecho de haber sido elegido por Dios no da ya al pueblo ninguna garantía mágica de salvación (1 Cor 10,1-6.10-12). Los israelitas durante el éxodo experimentaron las grandes hazañas realizadas por Dios a su favor: estuvieron protegidos por la nube, atravesaron el mar, comieron el maná, bebieron agua que brotó milagrosamente de la roca. Pero esto no les sirvió de nada a muchos que no agradaron a Dios con su conducta pecadora: codiciaron el mal, protestaron. Esa no es una historia pasada sino que constituye toda una advertencia de lo que nos puede pasar a nosotros si no nos convertimos en serio. De nada nos servirá el decir que somos cristianos, miembros de la Iglesia, si luego nuestra conducta es más bien la de los paganos.

    La cuaresma es un tiempo de gracia y de conversión. Es la gran oportunidad que Dios nos da, no como unas rebajas de una gracia barata, sino al contrario para tomarnos en serio el amor de Dios en nuestras vidas y responder con nuestro amor. Nuestras vidas pueden ser todavía las de una higuera estéril, que año tras año no produce fruto. Sólo escuchando la llamada de Dios y el clamor de nuestros hermanos que sufren, seremos capaces, como Moisés, de tener una vida fecunda (Ex 3,1-8.13-15). Que la celebración de esta eucaristía haga que nuestras vidas, injertadas en Cristo, produzcan frutos buenos para la salvación del mundo.


  • Transformar nuestros corazones

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    13 de marzo de 2022 – Segundo Domingo de Cuaresma

    ¿La pandemia nos ha hecho peores? A unos sí a otros no. La guerra total, como  la llama el está servida, también con la desaparición de la guerra fría. Pero las guerras de estos años estaban lejanas de nosotros y con poco impacto en nuestras vidas. Esta guerra nos está afectando, en nuestros corazones y en nuestros bolsillos. No cabe duda de que ha provocado una respuesta de solidaridad que permite seguir confiando en los hombres de buena voluntad. ¿Será posible volver al diálogo como forma de arreglar los conflictos entre los países? Creemos y esperamos que sí y que la paz vuelva pronto. Todos la necesitamos. Ya ha habido demasiadas muertes y demasiada destrucción. De las guerras tan solo sale favorecido el comercio de armas que es una fuente principal de ingresos, también en nuestro país.

    Sigue siendo difícil el ponernos de acuerdo en qué consiste un progreso auténticamente humano, de todo el hombre y para todo hombre. No por ello nos debemos desanimar en nuestro empeño de cambiar y mejorar el mundo y a cada persona. Los discípulos caminaban con Jesús hacia Jerusalén y Jesús les decía que no estaban haciendo un viaje turístico sino un camino en el que él iba a arriesgar la propia vida. Pero es así como llegaría a la resurrección.

    Para que los apóstoles no se desanimasen en el camino que lleva a la Pascua, un camino de muerte y resurrección, en el que normalmente experimentaban más claramente la realidad de la muerte, Jesús quiso darles un atisbo de lo que sería la resurrección y por ello se transfiguró delante de ellos (Lc 9,28-36). Durante unos instantes apareció ante sus discípulos el verdadero ser de Jesús, el ser glorioso que él no dejaba transparentar cada día. Jesús vivía en la misma cotidianidad que los discípulos, sin dejar ver claramente que Dios estuviera presente en Él. Pero aquel día sí, dejó que la gloria de Dios, que habitaba en Él, pudiera brillar a plena luz delante de sus discípulos. Pedro comprendió perfectamente la realidad que estaban viviendo, cuando exclamó: ¡qué hermoso es estar aquí! Sin duda alguna percibió que allí se estaba realizando plenamente su vocación de hombre, ver a Dios, entrar en comunión con Dios. El misterio de Jesús los incluía a ellos, sus discípulos.

    La auténtica transformación del mundo y del hombre no puede ser simplemente una manipulación  tecnológica que muestre que el hombre tiene poder para cambiarlo todo. Eso puede convertir al hombre en puro objeto manipulable. La verdadera transformación de la persona tiene que ser espiritual (Filp 3,17-4,1). Consiste en que aparezca en el primer plano la dimensión espiritual de la persona, y no tanto su poder, su tener o su pasarlo bien. El hombre supera al hombre. Somos ciudadanos del cielo y no simplemente de la tierra, donde estamos de paso. Eso no quiere decir que nos desentendamos de las cosas de este mundo. Al contrario, a través de la transformación de este mundo hacemos que el Reino vaya viniendo a los hombres y se vaya instaurando la verdadera ciudadanía.

    Se pertenece al Reino por la fe. Toda la aventura comenzó con Abrahán, que se fió totalmente de la promesa de Dios (Gn 15,5-12.17-18). Por su fe no le importó dejar su pueblo y su familia y vivir aparentemente como un desarraigado, a la búsqueda de la patria definitiva. Dios se había comprometido solemnemente con él mediante su alianza y eso era suficiente para él. Desde ese momento, el destino de Abrahán está ligado al destino de Dios en el mundo, y el destino de Dios en el mundo está ligado a la persona de Abrahán y de sus descendientes.

    El descendiente, heredero de la promesa es el mismo Cristo, pero junto a Él aparecen otras dos personas claves en la historia de ese pueblo, Moisés y Elías. Muestran que se trata de un pueblo de personas vivas y no simplemente de una colección de muertos. Ambos están vivos y hablan con toda familiaridad con Jesús respecto al destino de éste. Un destino de muerte en Jerusalén para entrar con ellos en la gloria. Que la celebración de la eucaristía nos haga experimentar la cercanía del Señor y nos dé fuerza para continuar adelante con nuestros compromisos cuaresmales.


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    6 de marzo de 2022 – Primer Domingo de Cuaresma  

    La guerra de Ucrania confirma los temores que han ido apareciendo en la pandemia: no acabamos de salir de la pandemia, que no nos está volviendo mejores sino peores. No acabamos de aprender que todos estamos en el mismo barco y que nos salvamos todos juntos o perecemos todos juntos. Las imágenes de la guerra, sin duda, nos conmueven y confiamos que provoquen una reacción de solidaridad con las víctimas.

    Desgraciadamente a muchos les preocupa que eso va a repercutir en nuestros bolsillos y en nuestro tren de vida. Aparecen miedos que deforman interesadamente la realidad. En una conversación que oía ayer en un barrio popular una persona mayor decía que había más de un millón cien mil de ucranios en España. En realidad hay ciento doce mil. El Papa Francisco ha convocado en el Miércoles de ceniza una jornada de oración y ayuno por la paz. En el mensaje para la cuaresma, escrito hace unos meses, recuerda a san Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien» (Gal 6, 9-10).

    El evangelio de las tentaciones es sumamente elocuente. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

    La segunda tentación es esperar la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.

    La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Si Dios no dirige el mundo como nosotros queremos no es Dios, o se dice que Dios no existe. Se le quiere enseñar a Dios cómo tiene que gobernar el mundo. En un mundo ideal tendría que desaparecer automáticamente todo el sufrimiento inocente.

    La oferta del diablo a Jesús es la de ser un Salvador vistoso y triunfante. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor sufriente, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes. Y la humanidad está hecha de hombres sufrientes y dolientes, por eso la salvación no consiste en eliminar el sufrimiento sino en asumirlo y transformarlos mediante el amor. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe ya en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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