• Ser creyente hoy

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    29 de agosto de 2021 – 22 Domingo Ordinario

    La Iglesia aparecía muchas veces en la historia como la guardiana de las tradiciones de la humanidad. Nuestro tiempo ha creado una gran ruptura en la manera de vivir de los hombres, con una pérdida de la memoria histórica. En nombre del progreso y de la novedad se ha ido olvidando la tradición que constituía el humus vital de la cultura de cada pueblo. El peligro ha sido de una pérdida de identidad. Por eso se está produciendo una reacción de recuperación de elementos folclóricos característicos de cada lugar. Incluso las manifestaciones religiosas típicas han experimentado una revalorización motivada muchas veces por el interés turístico.  El problema es si esas fiestas religiosas pueden subsistir sin el espíritu y los valores que estaban en su origen.

    La Iglesia sin duda es la gran defensora y portadora de una tradición vital que se ha ido encarnando en diversas culturas. La tentación es la de sacralizar unas realidades culturales, hijas de una época determinada, y creer que se identifican sin más con la fe y el evangelio. El Vaticano II pidió una vuelta al evangelio para superar una vida cristiana un tanto lánguida y anquilosada, hecha de ritos y costumbres tradicionales que ya no encarnaban los verdaderos valores evangélicos. Los ritos entonces se vacían de sentido y de contenido (Mc 7,1-23). En buena medida era lo que pasaba con la religión judía del tiempo de Jesús. Las tradiciones humanas habían ahogado el espíritu de la Ley que manifestaba la voluntad de Dios para con su pueblo.

    La reforma de Jesús es una invitación a volver a una religión profética que tiene su centro en el corazón que trata de escuchar a Dios para hacer lo que Él quiera. Una religión del corazón no significa una religión sentimental cálida frente a una religión ritualista de prácticas externas. Más bien se trata de colocar a Dios en el centro de las preocupaciones y proyectos del hombre, hacer de Él el único tesoro, porque “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Una religión del corazón engloba toda la realidad de la persona y de la sociedad. Es lo contrario de una religión puramente privada. Interioridad y exterioridad son las dos caras de una misma realidad. Sin interioridad la religión y el culto se tornan vacíos. Sin exterioridad, la religión se hace invisible y acaba desapareciendo.

    La fe en Dios genera toda una serie de valores que dan sentido a la vida de la persona y del pueblo (Dt 4,1-8). Esos valores crean actitudes profundas en la persona, que finalmente se traducirán en actos exteriores que dan origen a diversas normas y costumbres. Éstas tienen sentido mientras están en contacto con los grandes valores que les dieron el ser. Una religión del corazón debe traducirse en una conducta práctica que se hace cargo de la realidad. No basta con escuchar la Palabra, hay que llevarla a la práctica. Es el realismo cristiano. “La religión que Dios quiere es visitar a los huérfanos y viudas en sus dificultades y no mancharse las manos con este mundo” (Sant 1,17-27)

    La eucaristía es el verdadero culto cristiano. En ella se actualiza el misterio de Cristo que nos compromete también a nosotros a hacer de nuestras vidas una auténtica ofrenda de nuestro ser.

     


  • Señor, ¿a quién iremos?

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    22 de agosto de 2021 – 21 Domingo Ordinario

    La figura del Papa Francisco está atrayendo la atención de creyentes y no creyentes. Es difícil, sin embargo, saber si hemos tocado el fondo en el desenganche de los creyentes respecto a vida eclesial y a la fe cristiana. Aparentemente los que han permanecido fieles continúan ahí contra viento y marea. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento. ¿Se han alejado ellos de la vida eclesial o es la Iglesia la que se ha alejado de ellos?  No cabe duda que muchos han nacido ya en una familia alejada de la Iglesia por la que no muestran ningún interés porque ven que tampoco la Iglesia se interesa por ellos.

    En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro. ¿Quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

    Aunque hoy día la decepción parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo, lo que está en cuestión es la persona de Jesús y del mismo Dios mismo. La tendencia actualmente existente es la de querer relacionarse directamente con Dios y con Jesús sin la mediación eclesial. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación en vez de ser la realidad que nos introduce en ella. La mayoría de las personas no tiene nada contra Dios. Lo único que no tienen es tiempo para él. Tienen la agenda de cada día llena y además Dios no aparece en la pantalla del móvil. La persona de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

    En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

    Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús y en su proyecto es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

    También Josué, al introducir el pueblo en la tierra prometida, lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo.

     


  • El don de la fe

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    8 de agosto de 2021 – 19 Domingo Ordinario

    ¿Por qué seguimos creyendo en Jesús mientras muchos de nuestros compañeros dejaron de creer? La fe o la falta de fe forman parte de la historia de nuestras vidas. Por eso cada caso es diferente y hay que tener en cuenta la situación del creyente, tanto individual como colectivamente. El rechazo de Jesús por parte de su pueblo provocó toda una reflexión en sus discípulos.

    El motivo del rechazo suele concentrarse en la negación de la resurrección y de la encarnación del Hijo de Dios. Los oyentes de Jesús se escandalizan de que éste, cuyos orígenes humanos les son bien conocidos, pretenda venir del cielo, es decir venir de Dios. Comprendieron muy claramente que Jesús no se presentaba como un simple enviado de Dios como Moisés, sino que en Él estaba presente Dios de una manera distinta a como se solía repetir en su pueblo: “el enviado es como el que lo envía” (Jn 6,41-52).

    Es el misterio de la persona de Jesús el que provoca la fe y la falta de fe en los que se le acercan. Los que creen en Jesús hacen la experiencia de encontrarse con Dios en Él. Los que lo rechazan afirman que en Jesús sólo encuentran una persona humana como las demás. ¿Por qué ese conflicto de interpretaciones? Es aquí donde descubrimos lo complejo de la experiencia que llamamos creer en Jesús. Toda experiencia nos es dada, no es fruto de nuestro pensamiento. No basta decidir quiero creer en Jesús. Es necesario que el Padre nos atraiga hacia Jesús para poder experimentar en su persona la presencia de Dios. Es Dios el que se nos da en la experiencia de Jesús.

    ¿Cómo se nos da Dios en Jesús cuando creemos en Él? Dios se nos da a través de su palabra, que el creyente tiene que escuchar y aprender. La escucha supone la obediencia, el estar dispuesto a acoger esa palabra y vivir según ella. El aprender hace de nosotros discípulos de Dios, que tienen un trato de amistad con Él y no una simple relación intelectual de maestro y discípulo. El que está familiarizado a tratar con Dios inmediatamente va hacia Jesús, porque descubre que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios. En realidad uno sólo puede entrar en contacto con Dios a través de Jesús, su Palabra encarnada.

    ¿Por qué a unos se les da el creer y a otros no? ¿Por qué unos conservan la fe y otros la abandonan? La convicción cristiana es que Dios se manifiesta a todos, también a los no cristianos y a los no creyentes. Y en esa manifestación nos ofrece su gracia y su amor y nos invita a un diálogo amoroso con Él. El amor y la fe son libres. Puedo responder sí o no al ofrecimiento que se me hace. Dependerá de la atracción profunda que la persona que me ofrece su amor ejerza sobre mí. Puedo en un cierto momento acoger ese amor y desgraciadamente puedo pocos años más tarde dejar que ese amor desaparezca.

    Solemos decir que tenemos fe. En realidad es la fe la que nos tiene por la mano a nosotros. Si Dios nos deja de su mano, también nosotros nos convertiremos en no creyentes. Y como recordó una vez el Papa Francisco. Quizás, al final, nos llevemos muchas sorpresas. Muchos que que decían que no creían en Dios, en realidad lo estaban acogiendo en sus vidas. Por el contrario, muchos que se dicen muy creyentes no se han encontrado nunca personalmente con él.  Que la celebración de la Eucaristía nos ayude a cultivar la relación personal con Jesús.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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