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    6 de marzo de 2022 – Primer Domingo de Cuaresma  

    La guerra de Ucrania confirma los temores que han ido apareciendo en la pandemia: no acabamos de salir de la pandemia, que no nos está volviendo mejores sino peores. No acabamos de aprender que todos estamos en el mismo barco y que nos salvamos todos juntos o perecemos todos juntos. Las imágenes de la guerra, sin duda, nos conmueven y confiamos que provoquen una reacción de solidaridad con las víctimas.

    Desgraciadamente a muchos les preocupa que eso va a repercutir en nuestros bolsillos y en nuestro tren de vida. Aparecen miedos que deforman interesadamente la realidad. En una conversación que oía ayer en un barrio popular una persona mayor decía que había más de un millón cien mil de ucranios en España. En realidad hay ciento doce mil. El Papa Francisco ha convocado en el Miércoles de ceniza una jornada de oración y ayuno por la paz. En el mensaje para la cuaresma, escrito hace unos meses, recuerda a san Pablo: «No nos cansemos de hacer el bien» (Gal 6, 9-10).

    El evangelio de las tentaciones es sumamente elocuente. El maligno es especialista en ofrecer grandes ofertas a bajo precio (Lc 4,1-13). El sabe manipular a la perfección las necesidades y deseos del hombre. La primera tentación reduce la salvación a la satisfacción de las necesidades naturales del hombre. Poco importa que la solución sea automática y milagrosa, como le propone el diablo de convertir las piedras en pan, o venga de cualquier sistema político-social. La respuesta de Jesús hace ver que el hombre no vive sólo de pan, sino que necesita de la Palabra de Dios (Rm 10,8-13). Existe, sin duda, el hambre de pan, pero hay otras hambres que ponen al descubierto la esencia profunda del hombre, como oyente de la Palabra y abierto a la relación con Dios. Esa hambre de Dios queda hoy día sofocada por esta sociedad de consumo que da satisfacción a necesidades inventadas y olvida las verdaderas necesidades del hombre.

    La segunda tentación es esperar la salvación del poder político, sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones. No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la guerra para imponer la democracia en otros países, sin preguntarse si aquellas personas la quieren o están preparadas para ella. En el fondo el sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.

    La tercera tentación es un despliegue genial del tentador. Aparece como un manipulador consumado. Es capaz de usar incluso la Palabra de Dios para sus propios fines. La tentación consiste en querer que Dios nos salve de manera milagrosa, sin respetar el funcionamiento normal de nuestro mundo. En el fondo se trata de tener un Dios arbitrario, nada racional, pero que esté sometido a nuestro capricho. Si Dios no dirige el mundo como nosotros queremos no es Dios, o se dice que Dios no existe. Se le quiere enseñar a Dios cómo tiene que gobernar el mundo. En un mundo ideal tendría que desaparecer automáticamente todo el sufrimiento inocente.

    La oferta del diablo a Jesús es la de ser un Salvador vistoso y triunfante. Jesús considera esta propuesta como un tentar directamente a Dios y la rechaza inmediatamente. Él está decidido a seguir el camino del servidor sufriente, solidarizado con los hombres, que ofrece una salvación desde dentro de la humanidad y no venida de las nubes. Y la humanidad está hecha de hombres sufrientes y dolientes, por eso la salvación no consiste en eliminar el sufrimiento sino en asumirlo y transformarlos mediante el amor. Que la celebración de la eucaristía nos sitúe ya en el seguimiento de Jesús que camina hacia Jerusalén para cumplir la voluntad del Padre.


  • Dar buenos frutos

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    27 de febrero 2022 – 8 Domingo Ordinario

     

    La Iglesia, que siempre se ha erigido en maestra y ha juzgado la conducta de los demás, se ve ahora sometida a juicio por los abusos cometidos por personas eclesiásticas. El Papa Francisco tuvo la valentía de declarar: ¿Quién soy yo para juzgar a personas que no siguen las normas de la moral sexual de la Iglesia? Sobre todo ha reconocido el pecado y delito en la Iglesia, ha pedido perdón, ha mostrado la necesidad de la reparación y de crear unos ambientes, no sólo en la Iglesia,  en los que los menores estén realmente protegidos. El que poco a poco la Iglesia española vaya siguiendo el ejemplo de otras Iglesias europeas y busque la transparencia nos da esperanza de que las cosas pueden cambiar.

    Sin duda todos tendemos a exagerar la importancia de los defectos de los demás y a cerrar un ojo respecto a los propios defectos. Jesús invita a una cierta objetividad en la vida para fundamentar unas relaciones interpersonales sanas. Para adquirir ese juicio recto y equilibrado, lo mejor es comenzar por el conocimiento de sí mismo e intentar corregirse. Sólo cuando uno se da cuenta de lo difícil que es conocerse a sí mismo y las propias motivaciones, uno comprende que es todavía más difícil juzgar a los demás. Hay que agradecer a los medios de comunicación el que, con sus denuncias, nos lleven a tomar conciencia de nuestros pecados y horribles delitos. El tratar de ocultarlos solo hace que se multipliquen.

    El creyente debe discernir constantemente su propia conducta. ¿Cuál es el criterio del discernimiento cristiano? Los frutos, es decir, las acciones de la persona (Lc 6,39-45). Ellas son las que ponen al manifiesto lo que hay en el corazón del hombre, que no podemos ver. Lo decisivo, pues, es la práctica y no las buenas palabras, sentimientos e intenciones. El creyente debe buscar una coherencia entre lo que cree, lo que siente, lo que dice y lo que hace (Sir 27,4-7).

    Desgraciadamente no existe en las personas una coherencia total e incluso las obras buenas pueden ser realizadas por motivos egoístas. Para caminar hacia esa coherencia san Pablo nos invita a trabajar sin reservas por el Señor (1 Cor 15, 54-58). La fuerza del resucitado es el dinamismo interior que anima la conducta del cristiano y hace que produzca frutos buenos.

    Sin duda, como muchos han señalado, el terrible crimen de unos pocos, no debe ocultar el bien que tantas personas de Iglesia, sacerdotes, religiosos y laicos, están haciendo en el mundo. Nuestras obras buenas deben brillar en el mundo para que todos los hombres den gloria a Dios de quien procede todo bien. No se trata de “vender” el producto, pero en nuestra cultura actual lo que no aparece y se conoce no existe. Desgraciadamente la Iglesia sigue todavía creyendo que basta proclamar doctrinas y hacer el bien para que todo funcione. Hoy día es necesario comunicar bien y para eso necesitamos cristianos formados presentes en los medios de comunicación.

    Pero estamos convencidos que también los no creyentes realizan obras buenas a favor de los demás. Por eso debemos colaborar con todos los hombres de buena voluntad y reconocer en la sociedad y en cada persona esos frutos buenos, convencidos que todo bien viene del Señor. Demos gracias a Dios en este eucaristía por todos los que tratan de construir un mundo más humano y más fraterno.


  • Amar al enemigo

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    20 de febrero de 2022 – 7 Domingo Ordinario

    Llevamos viviendo en nuestro país ya varios años de crispación. En el momento de las elecciones el ambiente se caldea mucho más y fácilmente se quiere dividir a la gente entre buenos y malos, amigos y enemigos. A los que no tienen el mismo proyecto que tú, se les descalifica groseramente y se les considera el enemigo a derrotar. El amor a los enemigos, sin embargo, está en el centro del Sermón de la Montaña y caracteriza la enseñanza de Jesús y la práctica de sus discípulos (Lc 6,27-38). Por lo menos tenemos que pedir respeto a los demás y una actitud de diálogo para poder construir el futuro juntos.

    Las raíces de esta actitud cristiana se encuentran ya en la historia del Pueblo de Dios. El ejemplo de David, perseguido por Saúl, es bien elocuente (1 Sm 26,2-23). El respeto profundo por la vida del “ungido del Señor”, muestra que David no identifica la persona con sus actos. Uno puede cometer crímenes, pero nunca es un “criminal”, como nosotros solemos decir, sino que es siempre un “hijo de Dios”, un elegido de Dios. La persona va más allá de sus actos y hay que darle siempre una oportunidad en la vida. Tan sólo cuando una persona se siente amada y perdonada puede abrirse al amor.

    Jesús nos sitúa en una dinámica espiritual que va más allá del mecanismo de acción-reacción, “me la has hecho, me la pagarás”. Freud criticaba no sólo que Jesús hubiera mandado amar a los enemigos, sino simplemente que hubiera mandado amar al prójimo, como también pide ya la Ley de Moisés. Freud ve normal que uno ame al que te ama, al que es simpático, pero ¿por qué voy a amar al que me es antipático?

    Tenemos dos palabras de Jesús que nos ayudan a ver el fundamento del amor a los enemigos. Clavado en la cruz dice “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús está convencido del fondo inagotable de bondad que existe en el corazón del hombre. Si éste hace el mal, lo hace sin saber  lo que hace. Es la explicación del mecanismo que da origen a la enemistad. Una persona cree que la otra es una amenaza para su vida, para su felicidad e inmediatamente forja la imagen del enemigo. Se le identificará fácilmente con la persona de otra cultura, otra raza, otra lengua, otra religión, otro pueblo. En realidad todo es efecto de nuestros miedos y prejuicios injustificados.

    Esa mirada distinta sobre la realidad del enemigo, que nos invita a tener Jesús, es la mirada misma de Dios. Jesús nos propone imitar a Dios que hace el bien a todos, sin hacer distinciones entre justos y pecadores. Así se derrumbaba una especie de dogma del judaísmo contemporáneo de Jesús, el que Dios hace el bien a los buenos y castiga a los malos. En realidad Dios hace siempre el bien, somos nosotros los que introducimos el mal en la realidad del mundo.

    Al invitarnos a obrar como Dios mismo, el hombre va más allá de los límites aceptados de lo humano, de lo que parece lógico y normal. Más que hablar de acción meritoria se trata de una acción que hace presente la gracia y el favor de Dios que todos recibimos. La moral cristiana no puede ser una moral del deber, de dar a cada uno lo que le es debido. La moral cristiana apunta a hacer presente en el mundo la gracia, el favor y la compasión de Dios. Nadie es más digno de compasión que el que ha cometido un crimen.

    Podemos decir que Jesús nos sitúa en la perspectiva de la vida nueva de su resurrección, presente en nosotros. En vez de traducir en nuestra conducta el aspecto humano, demasiado humano, heredado de Adán, tenemos que poner en marcha el dinamismo divino que hay en nosotros (1 Cor 15,45-49). Que la celebración de la eucaristía nos llene del amor misericordioso y compasivo de Jesús de manera que también nosotros seamos capaces de perdonar y de amar a nuestros enemigos.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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