• Anunciar la Buena Noticia a los pobres

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    11 de diciembre de 2022 – Tercer Domingo de Adviento

     

    En tiempos de crisis, los hombres esperan un salvador político que pueda transformar mágicamente la situación desastrosa de un país. Los populismos más o menos extremos son una tentación permanente, no sólo para los que viven bien sino también para los que lo están pasando mal: los pobres.  No es de extrañarse que los judíos sometidos a la opresión romana, contra la que nada podían, anhelasen la venida del Mesías triunfador. Jesús no tuvo más remedio que confrontarse con la situación de su pueblo. Decididamente tomó partido a favor de los pobres y oprimidos. Anunciaba el Reino a los pobres y veía en ello una señal de que Dios empezaba a reinar y a hacer justicia  (Mt 11,2-11).

    Juan Bautista, ya en la cárcel, oyó hablar de los milagros de Jesús y esto le hace pensar en que probablemente Jesús era el Mesías que tenía que venir. Para saber a qué atenerse, pues se estaba jugando la vida, decidió enviar unos discípulos a preguntarle directamente a Jesús. Jesús prefiere dar una respuesta indirecta, invitando a los enviados a contemplar las acciones liberadoras que estaban aconteciendo a través de la actividad de Jesús. Correspondían efectivamente a los milagros anunciados por los profetas para los tiempos mesiánicos (Is 35, 1-6a. 10). Jesús es pues el Mesías, o con otro título el que tenía que venir. No es necesario esperar ya a otro. Ha llegado el momento de la salvación de Dios. Juan puede estar tranquilo en la cárcel y si es necesario entregar su vida pues estamos en el tiempo de la salvación de Dios. La última palabra no la tienen ya los poderosos sino Dios que ha empezado a instaurar el Reino. Frente a los diferentes mesianismos que aparecerán en la historia, sobre todo de tipo político, los cristianos permaneceremos tranquilos. El Mesías, el Cristo, es Jesús. Eso nos lleva a desconfiar de las soluciones fáciles en una historia que vemos muy compleja. Cualquier solución humana será siempre provisional y a lo más la penúltima. La solución definitiva viene de Dios y pasa a través de la conversión del corazón del hombre.

    Jesús no indicó tan sólo sus acciones milagrosas sino que dio como señal de la venida del Reino el hecho de que a los pobres se les anuncia el evangelio. La Iglesia, a través del anuncio del evangelio, continúa a hacer presente la salvación de Dios en su Mesías, Jesús. La venida del Reino es una Buena Noticia sobre todo para los pobres. Para los ricos y los poderosos constituye a menudo una amenaza porque el Reino de Dios pone en cuestión la manera en que los poderosos organizan la sociedad humana, basada en la opresión y la pobreza de las masas. El anuncio del evangelio denuncia las situaciones de injusticia de nuestro mundo. El valor para desafiar a los poderosos viene del mismo Dios que está implantando su Reino, derribando del trono a los poderosos y colmando de bienes a los pobres.

    Pero Jesús añade una  inquietante bienaventuranza: “¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. La actividad de Jesús es signo de contradicción. Provoca la fe y el escándalo. Son muchos, creyentes y no creyentes los que se rasgan las vestiduras ante el recuerdo de los pobres de nuestro mundo. Son ellos los que afean ese mundo fascinante que presenta la televisión. Son ellos los que nos recuerdan que este sistema no funciona, que es tremendamente injusto. Los economistas dirán que no hay otras alternativas, pero la fe nos dice que tiene que haberlas, que Dios no puede querer un mundo como el que hemos organizado.  Los pobres están teniendo mucha paciencia (Sant 5,7-10), porque saben que nadie les puede robar la esperanza de ser los preferidos de Dios. Que la celebración de la eucaristía nos lleva a poner a los pobres en el centro de la atención espiritual de la Iglesia.

     


  • Llena de gracias

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    8 de diciembre de 2022 – La Inmaculada Concepción de la Virgen María

    Aunque la tradición popular ha hecho del mes de mayo el mes de María, litúrgicamente el tiempo mariano por excelencia es el Adviento y Navidad. Nadie como María vivió la espera de la venida del Salvador. En ella se inspira la Iglesia cuando quiere preparar a sus hijos para que acojan a Jesús. Hay que preparar los caminos del Señor. En realidad es Dios el que se fue preparando su camino de encuentro con el hombre. Cuando el hombre cometió el pecado y volvió la espalda a Dios, éste no tiró la toalla ni abandonó al hombre a su destino sino que le prometió un salvador, nacido de mujer, que reconstruiría la historia humana (Gn 3, 9-15.20). A lo largo de la historia de la salvación, Dios va educando al hombre para que sea capaz de abrirse al proyecto de Dios.

    Cuando llegó el momento culminante, Dios dialoga con la mujer que se había escogido como madre y encuentra una actitud de acogida, de disponibilidad, de deseo de hacer la voluntad de Dios (Lc 1,26-38). El deseo de ser como Dios, motor en buena parte de la ambición desmedida de la cultura moderna, contiene, sin embargo, una parte de verdad. Dios no se ha guardado celosamente para sí sus privilegios, sino que quiere compartirlos con nosotros. Eso sí, como puro don, no como algo que le tenemos que arrebatar. En la persona de María Inmaculada vemos realizado ya el proyecto de Dios sobre toda la humanidad. Dios quiere introducir al hombre en su propia intimidad divina.

    La fiesta de la Inmaculada nos recuerda ante todo que María fue redimida del pecado en virtud de la redención de Cristo. En ella el triunfo de la gracia fue tal que se vio preservada incluso del llamado pecado original que introdujeron Adán y Eva en la historia de la humanidad. Venimos a un mundo de pecadores, en el que el pecado está por doquier y ejerce una gran fascinación sobre todos nosotros, que de hecho cometemos muchos pecados.  La figura de la Inmaculada, de una mujer que, desde el principio de su existencia, estuvo orientada hacia Dios, nos da a todos la certeza de que el hombre puede, también hoy, abrirse al misterio de Dios que nos envuelve.

    Lógicamente no fue ningún mérito de María el vivir rodeada de la gracia y el amor de Dios. Fue eso, gracia. De tal manera Dios se le comunicó, que tomó carne en sus propias entrañas. Ese es el gran misterio de la santidad de María. Sobre ella viene el Espíritu Santo, que es el lazo de amor del Padre y el Hijo. En María se anticipa el Pentecostés que funda la Iglesia santa, aunque esté compuesta de pecadores. María estuvo llena de Dios desde el primer instante de su vida, no porque ella fuera capaz de hacer nada de especial, sino simplemente porque el Señor la había elegido para ser la Madre de su Hijo.

    Dios ha triunfado totalmente del mal en la persona de María, nuestra hermana mayor, una de nuestra raza. Eso nos da la esperanza de que Dios un día triunfará sobre el mal y el pecado, también en nosotros. Ese triunfo se muestra también como una reconciliación de los pueblos, judíos y griegos, que han sido acogidos por Cristo (Rom 15,4-9), que se ha hecho servidor de unos y otros. También María se declara la esclava del Señor.  Al final no contará nuestro pecado sino el amor infinito que Dios nos tiene y nos ha manifestado en Cristo Jesús. Al final, también cada uno de nosotros sabrá acoger ese amor. Con esa esperanza no debemos desanimarnos ante el espectáculo que ofrece a veces el mundo y la sensación  que tenemos  de que nuestro esfuerzo pastoral es inútil. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, estaba convencido de que María Inmaculada vencerá también esta indiferencia religiosa en la que está sumergida nuestra sociedad. Que la celebración de la eucaristía nos anime a todos a  seguir combatiendo los combates de la Inmaculada en su lucha contra el mal en este mundo.


  • Dar frutos

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    4 de diciembre de 2022 – Segundo Domingo de Adviento

      

    Los tiempos de crisis que estamos viviendo nos tienen desorientados. No digamos ya nada de la guerra en Ucrania y sus consecuencias para todos nosotros. Muchos países han ido sintiendo la tentación la tentación de  cambios políticos, a veces un tanto arriesgados, para encontrar una solución que la política tradicional no es capaz de dar. En el fondo seguimos creyendo que estamos viviendo una crisis económica y social que se puede solucionar con cambios políticos. Como el papa Francisco ha insistido, estamos viviendo una crisis de valores, eminentemente religiosa. En efecto tiene que ver con el sentido de la vida y del trabajo. Un sistema montado para el lucro de unos pocos no puede funcionar. Es un sistema ya agotado.

    Tanto Juan el Bautista como Jesús vivieron también en un tiempo de crisis más aguda que la nuestra y suscitaron grandes esperanzas en el pueblo. Juan es el último de los profetas del Antiguo Testamento que anuncia la presencia del Profeta Definitivo de Dios, Jesús. Es en Jesús en quien Dios mismo se hace presente y nos trae la salvación definitiva. Juan aparece en el desierto porque es allí donde se hace sentir más agudamente la necesidad de la salvación (Mt 3,1-12). El pueblo de Dios en su travesía del desierto, después de salir de Egipto, se dio cuenta de que su vida dependía totalmente de Dios. Tan sólo orientándose hacia Él podían vivir en un desierto inhabitable.

    Al contrario de los políticos, Juan el Bautista proclama la verdad y hace ver a sus oyentes la parte de responsabilidad que tienen en la crisis en que están viviendo. Les hace sentir a sus contemporáneos cómo sus vidas se parecen a un desierto, a pesar de estar viviendo en la tierra que Dios dio a Abrahán. El simple hecho de pertenecer al pueblo de Dios no es garantía de que las personas estén produciendo los frutos de conversión que Dios pide de ellas. Ante el juicio de Dios, que se avecina en la persona de Jesús, la amenaza del castigo debe sacudir las conciencias.

    Juan invita a cambiar de vida y a sellar el comienzo de ese cambio con un gesto profético, el bautismo. A través de él, uno se reconoce pecador y necesitado de la salvación de Dios. Es el primer paso para poder ser salvado. Si uno se considera ya bueno por el hecho de ser cristiano, no se ve la necesidad de cambiar. Aceptar lavar el propio cuerpo expresa la disponibilidad a purificar la propia vida, situándola en el horizonte de la voluntad de Dios. Juan no se hace ilusiones sobre la eficacia de ese gesto. Su bautismo expresa tan sólo la voluntad de convertirse, pero la conversión es un proceso que dura toda la vida. Tan sólo la conducta concreta, los frutos que se van produciendo, dirán la verdad de ese gesto.

    Pero al mismo tiempo Juan anuncia otro tipo de bautismo, el bautismo que realizará Jesús mediante el Espíritu y el fuego. El fuego es capaz de consumir todos nuestros pecados, pero es el Espíritu el que crea en nosotros una realidad nueva, configurándonos con la muerte y la resurrección de Cristo. El bautismo y la fe hacen de nosotros una nueva criatura, que responde verdaderamente al plan original de Dios sobre el hombre. Pero tampoco aquí caben las ilusiones. El bautismo cristiano no es un rito mágico. Comporta la fe y la apertura a la acción del Espíritu, que inaugura una vida nueva.

    Esa vida nueva nos sitúa en el horizonte de los tiempos mesiánicos anunciados por el profeta Is 11,1-10). La venida del Mesías, de Cristo Jesús, comporta una efusión del Espíritu, no sólo sobre su persona, sino sobre toda la humanidad y toda la creación que vuelve a su estado original en el paraíso. Allí el hombre vivía pacíficamente con los animales y éstos no se hacían daño los unos a los otros. Era un reino de justicia en el que se respetaban todas las manifestaciones de la vida. Que la celebración de la eucaristía avive nuestro deseo de la venida de Jesús para que vivamos en ese mundo nuevo que Él ha inaugurado.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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