• Seguir a Jesús

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    26 de junio de 2022 – 13 Domingo del Tiempo Ordinario

    La falta de vocaciones a la vida religiosa y al sacerdocio está condicionando el discernimiento vocacional necesario para aceptar a los candidatos. Existe la tentación de acoger a cualquiera que expresa el deseo de ser sacerdote o religioso. Nos se está suficientemente atento a los motivos de esos de esas personas ni a las cualidades necesarias para poder vivir el estilo de vida sacerdotal o consagrada. De ahí que muchas veces la falta de un buen discernimiento  hace que entren pronto en crisis, al descubrir que la vida sacerdotal o religiosa no era como se la habían imaginado.

    Jesús suscitó una gran expectación en su tiempo y no faltaron personas interesadas en unírsele para sacar provecho. Pero a muchos Jesús les echó un jarro de agua fría, mostrando que era Él el que invitaba al seguimiento, y era Él el que fijaba las condiciones. En realidad es Él el que llama y exige una respuesta sin condiciones.

    El seguimiento de Jesús no es un proyecto humano en el que uno pueda tener la iniciativa. Ser elegido es un signo de la predilección y del amor de Jesús. Por eso el seguimiento es alegría. Las cualidades y la preparación cuentan poco. Jesús llama y no deja poner condiciones. Éstas no tienen tanto que ver con el trabajo a realizar sino con la forma de vida que hay que seguir. Ser discípulo de Jesús no es tanto hacer cosas sino una manera de ser, de vivir, de actuar, de ver el mundo. En el fondo se trata de hacer presente el Reino mediante el amor cristiano. Todos los otros métodos pueden resultar destructivos (Gal 4,31-5,13-18).

    Los discípulos pueden pensar que se trata ante todo de establecer el Reino y la justicia de Dios a cualquier precio, incluso con el fuego de Dios. Jesús no tiene más remedio que reprender a Santiago y Juan, personas por lo demás ambiciosas, que tienen pocos escrúpulos a la hora de buscar los medios y los métodos. Jesús no acepta tampoco por las buenas a todos los que se ofrecen espontáneamente a seguirle (Lc 9,51-61). A estas personas generosas y bien intencionadas, que vienen ya con su proyecto propio, Jesús les hace ver que es Él el que puede poner condiciones y no los que quieren seguirle. Para que nadie se haga ilusiones de que el seguimiento de Jesús le va a traer ventajas materiales, Jesús pone delante de la persona las condiciones extremas en las que vive el grupo. Es una vida itinerante a la intemperie. No hay un refugio permanente, cosa que hasta los animales tienen.

    El seguimiento de Jesús parece saltarse a la torera las obligaciones más sagradas, como el enterrar a los padres. Jesús trae una novedad tal, sitúa a la persona en el Reino de la vida, de manera que no puede uno seguir ocupándose de los muertos. Ya habrá otros que se ocupen de ellos. El discípulo está llamado a anunciar el Reino y no puede perder el tiempo en otras actividades, por más sagradas que parezcan.

    La venida del Reino trae la relativización de todos los valores, incluso de los más sagrados. Jesús y los primeros cristianos saben bien que esas realidades, como la familia, que tanto sacralizamos, pueden ser un obstáculo para la fe y para su seguimiento. Pensar aunque nada más sea en despedirse de la familia, para quedar bien con ella, es seguir mirando hacia atrás, hacia el pasado. Ese tipo de persona no vale para el Reino de Dios. El creyente mira hacia el futuro del Reino que viene y no se preocupa de lo que queda atrás.

    Todo esto parece exagerado, pero es la única manera de no convertir el Reino de Dios en una “gracia barata”, que se puede adquirir sin renuncia. Hay que hacer como Eliseo, obedecer prontamente, sacrificar lo que uno tiene y celebrar un banquete con motivo de la lotería que a uno le ha tocado: ser llamado al servicio del Reino (1 Re 19, 16-21). Que la celebración de la eucaristía nos confirme en el seguimiento de Cristo y nos abra hacia el futuro de Dios, de manera que no volvamos la vista atrás.


  • Dadles vosotros de comer

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    19 de junio de 2022 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    La Iglesia no debe entrar en la lucha política partidista pero, frente a los que creen que la Iglesia debe ocuparse sólo de lo religioso y no entrar en el campo de lo social, hay que recordar que ella, a lo largo de la historia, se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para captar las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

    El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

    La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

    Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva. Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

    Dios, origen de la vida, mantiene nuestra vida a través de los alimentos. También ellos son don de Dios y fruto de nuestro trabajo. A través del cuerpo de Cristo la vida misma de Dios viene a nosotros. Ciertamente el cuerpo de Cristo es la persona misma de Cristo, la persona del Resucitado que un día anduvo por nuestros caminos (1 Cor 11,23-26). Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna. No se puede participar en la eucaristía y ser indiferente ante el hambre de nuestros hermanos.

    El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

    Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.


  • Padre, Hijo y Espíritu Santo

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    12 de junio de 2022 – Santísima Trinidad  

    Jesús ha sido tan ingenuo y tan infantil que nos ha contado todo lo de su familia y nos ha introducido hasta lo más íntimo de ella pues sabía que no había trapos sucios que ocultar. Es él el que nos ha hablado de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nosotros, los creyentes, conocemos  esas personas y tenemos una relación familiar con ellas pues nos han acogido en su casa como a hijos queridos. Sabemos que no viven en un castillo misterioso sino que todo es tan transparente como el amar y ser amado. De la mano de Jesús hemos aprendido a relacionarnos personalmente con cada una de las personas de la Trinidad.

    Ya el pueblo de Israel experimentó a Dios como una realidad personal cercana, que había elegido a Israel y que esperaba que su pueblo fuese fiel a la alianza que había contraído con Él. De esa manera las relaciones entre Dios e Israel eran relaciones personales familiares. Se expresan a través de las diversas imágenes de la familia, sobre todo del Esposo y la Esposa. De manera particular Israel experimentó la presencia de la Sabiduría y del Espíritu de Dios en su historia concreta. Esta Sabiduría estaba presente ya en el momento de la creación y gozaba con los hijos de los hombres (Pr 8,22-31).

    Con estas experiencias, no fue difícil a los discípulos de Jesús reconocer que en Él Dios se hacía presente y que Jesús mantenía una relación única de intimidad con el Padre. Jesús todo lo recibía del Padre y todo lo devolvía al Padre (Jn 16,12-15). Pero sobre todo, después de la resurrección de Jesús, los discípulos experimentaron que su Espíritu estaba presente y actuando en sus vidas. Era Él el que ponía en nuestros corazones el amor de Dios, la vida misma de la Trinidad (Rm 5,1-5).

    Se trataba de una experiencia revolucionaria, propia del pensamiento bíblico. El hombre, en las religiones antiguas, busca y ama a Dios, pero Dios no responde con amor. Él tiene otras cosas más importantes y no pierde su tiempo con los problemas de los hombres. Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

    El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

    Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús. Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

    Experimentamos el amor de la Trinidad sobre todo en la celebración de la Eucaristía. En ella damos gracias a Dios Padre por Jesucristo en el Espíritu porque nos ha salvado y nos ha introducido en su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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