• El Señor te conceda la paz

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    1 de enero de 2023 – Santa María Madre de Dios

     

    Os deseo a todos un Feliz Año 2023, que comenzamos bajo la protección de Santa María, Madre de Dios. Que Ella haga realidad nuestros deseos de Paz y Felicidad (Num 6,22-27). Acabamos de dejar atrás el año que ha terminado. Sin duda no cumplió los deseos que teníamos al comenzarlo. A los problemas existentes causados por el Covid ha venido a sumarse la guerra de Ucrania. Por eso el papa Francisco ha escrito un mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz” Os invito a leerlo y os resumo algunos de sus puntos.

    «Seguramente, después de haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha convertido en una intoxicación individualista e idolátrica,  comprometiendo la deseada garantía de justicia, armonía y paz».

    «Aunque se ha encontrado una vacuna contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino del interior del corazón humano, corrompido por el pecado».

    «Estamos llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos; promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como descartados en nuestras sociedades».

    Jesús es el don del Padre. En Él se hace realidad las palabras de bendición pronunciadas por el Sumo Sacerdote (Nm 6,22-27). Dios nos ha mirado con amor y nos ha concedido la paz. La reconciliación y la paz con Dios son el fundamento de la reconciliación de los pueblos. Jesús es también el don de María Virgen (Gal 4,4-7). Ella ha sido quien lo ha acogido para todos nosotros. María está situada en esa paradoja del obrar divino. El Dios eterno entra en los límites de la historia, naciendo de mujer y viviendo sometido a la Ley. Es así como nos libera de la Ley y nos hace hijos de Dios mediante el don del Espíritu. María es la Madre de Jesús y, por tanto, la Madre de Dios. Su situación es única pues puede llamar hijo al que es Dios. Su vocación maternal abarca a todos los hombres y se realiza en la Iglesia, Madre de Pueblos. Como María, la Iglesia está llamada a acoger el don de Dios, que es Jesús, para darlo a los pueblos, mediante el Evangelio.

    María es la puerta por la que entró la salvación en el mundo. En el umbral del nuevo año nuestros ojos se dirigen a ella para implorar la paz para toda la familia humana que tiene a Dios por Padre y a María por Madre. Que la celebración de la eucaristía haga de  nosotros educadores de justicia y  de paz. Feliz Año.

     


  • Hoy os ha nacido un salvador

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    25 de Diciembre de 2022 – Natividad del Señor, Misa de Medianoche

     

    En nuestro mundo preocupado por la crisis, irrumpe la gracia salvadora de Dios (Tit 2,11-14). Por un tiempo podemos olvidar este mundo en el que todo se compra y todo se vende y en el que por todo hay que pagar dinero. Con la Navidad penetra de nuevo en nuestra tierra el mundo de la gratuidad, el mundo de Dios. Dios se manifiesta y se nos comunica en la persona de Jesús niño. Entró en nuestro mundo sin que apenas nadie lo advirtiera. Tan sólo José y María y un grupo de pastores (Lc 2,1-20).

    Todo parece desarrollarse en la más completa normalidad de personas pobres que se vieron obligadas a hacer un viaje en circunstancias nada agradables. Nació Jesús y el evangelista escuetamente dice que “María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tuvieron sitio en la posada”. El nacimiento de Jesús no es ningún cuento de hadas. En el portal no hay ángeles que revoloteen y que con su luz disipen la oscuridad. No hay ningún mensajero del cielo que venga a explicarles por qué el Hijo de Dios ha tenido que nacer en unas condiciones infrahumanas. El ambiente es tan tenso que nadie dice nada.

    Y curiosamente el misterio es revelado a unos pastores que tenían poco que ver con aquella familia. Ellos fueron los destinatarios de la Buena Noticia, del Evangelio. Fueron ellos los que vivieron la noche transfigurada y supieron ponerse en camino para adorar al Salvador. Supieron reconocerlo en la humildad de los signos: un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y sin quererlo se convirtieron en los primeros apóstoles y evangelistas. Fueron ellos los que les contaron a María y José el mensaje recibido de los ángeles, que aclara el misterio de aquel niño.

    La presencia de Jesús ilumina la noche oscura de nuestro mundo y envuelve en su claridad a todos los que lo esperan como un día los pastores. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande (Is 9,2-7). Se trata sin duda de la luz de la resurrección del Señor, misterio que ilumina toda la vida de Jesús, también su nacimiento. Sin la perspectiva de la resurrección, de nuestra propia resurrección, las Navidades se nos convierten en puro consumo, en “comamos y bebamos, que mañana moriremos”. No es esa la finalidad de nuestras vidas. Estamos llamados a gozar de la alegría eterna del Señor resucitado, que irrumpió en la realidad de nuestro mundo ya con su nacimiento. Entonces la mayoría de la gente no se enteró, pero los que lo acogieron con fe como María, José, los pastores, Simeón y Ana, vieron sus vidas totalmente transformadas y llenas de la plenitud de Dios que colmaba todos sus deseos.

    El nacimiento de Jesús es la liberación de la opresión y del yugo al que estamos sometidos en la cotidianidad de la existencia, una existencia que continúa alienada entre las cosas. Tan sólo abriéndonos a Dios y a los hermanos concretos nuestra existencia es rescatada y adquiere un sentido. Lo llamativo en la liberación que anuncia el profeta es que no viene realizada por un héroe o un superhombre, sino precisamente por un niño. Dios ha querido tener un rostro humano y ha elegido el rostro del niño que irradia totalmente la alegría y la paz de Dios. Que la celebración de esta Navidad les conceda la paz y la alegría que el Señor trajo al mundo y que yo deseo para todos ustedes.

     


  • Le pondrás por nombre Jesús

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    18 de diciembre de 2022 – Cuarto Domingo de Adviento

    Los progresos de la ciencia parecen confirmar la ilusión de que el hombre es el dueño de la vida y que puede fabricarla. Conocemos hoy día los mecanismos de la transmisión de la vida, pero no por eso la vida debiera deja de ser un misterio que nos maravilla y que nos desborda y, en último término, es un don de Dios, el primero de sus regalos. Las familias cristiana se abren a la vida, la acogen con amor, la cuidan y acompañan hasta que la persona llegue a su madurez e incluso hasta el final de la vida. Si Dios es el origen de la vida, tampoco podemos disponer de la vida a nuestro antojo, ni al principio ni al final de la vida.

    José y María formaban una pareja de prometidos, que todavía no vivían juntos. Sin duda, como todas las parejas de aquel tiempo, soñaban con poder finalmente vivir como esposos y tener hijos. Pero de pronto Dios irrumpió en la vida de María a la que eligió para ser su madre por obra del Espíritu Santo. José de pronto se da cuenta de que María está encinta, pero en un primer momento no conoce el misterio de la concepción virginal de Jesús (Mt 1,18-24).

    José experimenta una crisis profunda pues no sabe por dónde tirar. Su obligación era denunciarla y quedar libre de todo compromiso, pero esto choca con su manera de ser, un hombre justo, un hombre de Dios. Denunciar a María habría sido hacer recaer sobre ella el peso de la Ley y causarle sin duda alguna un gran mal. Probablemente José intuye que María es inocente y experimenta ante ella un temor reverencial, pero no sabe el significado de lo ocurrido.

    En su discernimiento llega a la conclusión de que lo mejor es repudiarla o abandonarla en secreto, sin tener que enfrentarse con ella ni causarle ningún mal. Cuando ha tomado esta decisión se le revela el misterio de la concepción virginal de Jesús. María ha concebido por obra del Espíritu Santo y no por obra de varón. Respecto a ese niño, ante la gente, él será el padre y deberá ponerle por nombre Jesús, porque es el Salvador.  José es introducido en el misterio y también nosotros, lectores, recibimos el significado de ese misterio. Se trata del cumplimiento de la profecía del Emmanuel que anuncia que una virgen dará a luz. Es Jesús, y no el hijo del antiguo rey, el verdadero Emmanuel, el Dios- con- nosotros (Is 7,10-14).

    Para el creyente, el misterio tan sólo se nos desvela en la Sagrada Escritura, en la Palabra de Dios. Es el anuncio de esa palabra el que invita a la fe. La fe nos permite ver las cosas como Dios las ve y descubrir que para Dios nada es imposible. La Palabra de Dios, el Evangelio, nos revela el misterio de Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María. Pablo ha sido elegido apóstol de Cristo para anunciar esa Buena Noticia referente a Jesús (Rm 1,1-7). También José y María fueron los primeros destinatarios de ese Evangelio: Jesús es el Salvador. La salvación es obra de Dios y el hombre no puede fabricarla con sus recursos. La concepción virginal muestra de manera palpable ese misterio. Jesús no ha sido concebido por obra de varón sino que ha sido recibido y acogido virginalmente por María. Es el Espíritu de Dios el que ha hecho surgir en su seno la vida como una nueva creación. Tampoco el primer hombre nació por obra de varón sino que salió de las manos de Dios.

    Ante el gran misterio de la venida de Dios, José debió experimentar el temor sagrado y la fascinación. ¿Quién está a la altura de poder vivir al lado del Hijo de Dios y de su Madre? Fiándose de la palabra de Dios, José se dejó llevar, sin embargo, de la fascinación de la cercanía de Dios y de ver a Dios. Éste es sin duda el deseo más profundo del hombre. Ahora José ya no duda ni un momento. Como creyente hace lo que Dios le pide y pone su vida al servicio de la obra de la redención. Acojamos también nosotros en esta eucaristía con fe al Señor que viene y pongamos nuestras vidas a su disposición para que Él pueda continuar haciéndose presente en nuestro mundo.

     

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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