• No tengáis miedo

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    25 de junio de 2023 – 12 Domingo Ordinario

    Desgraciadamente los grupos fanáticos e integristas no quieren saber nada de diálogo y golpean con la violencia. Ese fanatismo no siempre es de carácter propiamente religioso, sino que muchas veces es abiertamente político y suele usar la religión para sus fines. Sigue habiendo persecución religiosa y sigue habiendo mártires. Jesús experimentó el rechazo de los grupos fanáticos de su tiempo que querían a toda costa conservar el poder. Gracias a Dios vivimos en un país donde podemos practicar libremente nuestra fe. En este momento hay una cierta crispación social agitada por los partidos políticos que quieren sacar ventajas de cara a las diversas votaciones. Como creyentes, queremos establecer puentes de diálogo y de encuentro entre todos los españoles para poder afrontar el futuro difícil que ya está ahí.

    La Iglesia está al servicio del hombre. La Iglesia sabe que la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo y revela el misterio de la persona humana. La Iglesia se reconoce servidora de la verdad de Dios y confía que esa verdad es capaz de abrirse paso por sí misma en el corazón del hombre. No ignora, sin embargo, las resistencias que encuentra esa verdad a causa del pecado del hombre (Rom 5,12-15). Cree, sin embargo, en la fuerza de la gracia y de la verdad y por eso la anuncia con valentía y no la disimula. No trata de dorar la píldora ni hacer las exigencias del evangelio más llevaderas, porque sería traicionar a su Señor.

    El anuncio del evangelio es peligroso porque pone en cuestión la situación de nuestro mundo y de manera particular de los poderes de este mundo que lo organizan de una manera tan injusta. La proclamación de la venida del Reino de Dios afirma que Dios va a cambiar la situación y hacer justicia a los que sufren. Ello supone derribar del trono a los poderosos. Nada de extraño que éstos reaccionen incluso con la persecución sangrienta (Mt 10, 26,-33). Ese rechazo lo experimentaron ya los antiguos enviados de Dios (Jer 20,10-13), y en particular Jesús. El poder para amordazar la palabra empieza con prohibiciones y amenazas. Si uno no se calla, el poder pasará a la acción violenta y sangrienta.

    La existencia de amenazas o de persecuciones no debe atemorizarnos. Nada escapa a la providencia de Dios, que vela por sus hijos. Sin duda las situaciones de la Iglesia en nuestro mundo son muy variadas. Gracias a Dios en muchos países podemos practicar públicamente nuestra fe, aunque algunos se burlen de nosotros. En otros, por desgracia, proclamar las exigencias de la fe desencadena una persecución más o menos violenta. Existen, por desgracia, todavía regímenes en los que reina totalmente el silencio y la fe cristiana vive en las catacumbas. Nuestra solidaridad en la oración con todos ellos.

    La fe nunca estará de moda. Por eso es necesario ser capaz de resistir y vivir a contracorriente. Es la manera de conservar nuestra fidelidad a Cristo. De esta fidelidad depende el destino de nuestro Iglesia y de nuestras vidas. Renegar al Señor con el respeto humano o con una conducta tibia o miedosa es exponerse a que Él no nos reconozca en el día del juicio. Que la celebración de la eucaristía, “pan de los fuertes”, nos dé la fuerza que necesitamos para ser testigos valientes de Cristo en todas las situaciones.


  • La mies es abundante

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    18 de junio 2023 – Domingo 11, Tiempo Ordinario

    La preocupación por las vocaciones seglares, religiosas y sacerdotales brota de la constatación de la abundancia de la mies y de la escasez de los obreros para recogerla (Mat 9,36-10,8). Tendemos a fijarnos en la escasez de obreros en vez de mirar la gran esperanza que suscita la abundancia de la mies. El espectáculo de nuestro mundo, de las masas solitarias cansadas, sin encontrar un sentido a su vida, nos interpela, porque conmueve el corazón de Jesús. Jesús entregó su vida por nosotros para reconciliarnos entre nosotros y con Dios (Rm 5, 6-11).

    La verdad es que todos vemos las necesidades, todos sentimos una cierta compasión ante las imágenes que nos ofrecen de tantos hermanos nuestros en la miseria. ¿Qué es lo que hace que nuestros pies no se muevan y nuestras manos no actúen? Nuestro estilo de vida cómodo que nos ha paralizado y no nos permite actuar. Tan sólo Dios puede removernos y hacer que de espectadores pasemos a ser obreros activos en la misión. Tenemos que construir una Iglesia sinodal que continúe la obra que Jesús encomendó a los doce apóstoles, núcleo de nuestra Iglesia en la que todos somos corresponsables de la misión. Es una misión grandiosa la que no es confiada (Ex 19,2-69).

    Anunciar la Buena Noticia del Reino fue la pasión de Jesús, la que dio sentido a toda su vida y a su muerte y resurrección. Proclamar que el Reino de Dios está cerca es también la misión de los apóstoles y de la Iglesia. La Iglesia se construye como Iglesia en cuanto anuncia el Evangelio. No es primero la Iglesia y luego anuncia el Evangelio, sino que la Iglesia existe en cuanto anuncia el Evangelio de Jesús. Sin ello la Iglesia queda reducida a una simple organización humana. La venida del Reino de Dios, como noticia de que Dios viene a instaurar la justicia, la paz, la libertad y la fraternidad, concierne a todo hombre. Se dirige de manera especial a los pobres, que se ven privados de sus derechos y de la posibilidad de vivir esos valores evangélicos que dan sentido a dignidad humana.

    El anuncio del Reino va acompañado de los signos que hacen creíbles la presencia del Reino y el inicio del cambio de las situaciones humanas. La Iglesia debe anunciar el Evangelio con palabras y obras. La palabra de la Buena Noticia de la salvación en Cristo Jesús es importante en una cultura en que se quieren resolver los problemas a través de la palabra y del diálogo, y no a través de la violencia. Nos sentimos cómodos en esta cultura pues fue ya el camino que inició Jesús en su tiempo. Jesús invitó a crear, a través de pequeños signos, un nuevo tipo de cultura al servicio del hombre y de la comunidad humana.

    Esos pequeños gestos indican el camino que hade seguir la Iglesia, pero que también puede ser compartido y realizado con todos los hombres de buena voluntad. Donde se cura a los enfermos y se cuida de los ancianos, está presente el Reino de Dios. Cuando un desesperado redescubre el sentido de la vida y encuentra razones para vivir, está viniendo el Reino de Dios. Si limpiamos las lepras de la corrupción que afligen a nuestras sociedades modernas, estaremos dando un paso para la venida del Reino de Dios. Si expulsamos los demonios de la cultura moderna que seducen las personas para llevarlas hacia lo más fácil, hacia el egoísmo y el desprecio de los demás, hacia el ansia de tener y poder sin límites, hacia una vida facilona de placer, entonces podrá irrumpir el Reino de Dios. Se creará una humanidad nueva, con una cultura nueva y una civilización del amor, donde los derechos de todos serán respetados, una civilización del amor donde lo importante serán las relaciones humanas y no el acaparar los bienes. Una Iglesia creíble será aquella que dé gratis todo lo que ha recibido gratuitamente.


  • Vivir para siempre

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    11 de junio 2023- Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    La crisis del coronavirus nos ha hecho tomar conciencia de nuestra vulnerabilidad. Frente a las ilusiones de la ciencia ficción de una prolongación indefinida de la vida, nos hemos descubierto mortales. Hoy día, sin duda, la ciencia ha prolongado increíblemente la vida de las personas, pero no siempre se ha logrado la ansiada calidad de vida que todos deseamos.

    Esa calidad no se puede reducir a tener una vida más confortable, en la que podamos consumir más, sino que debe ser una vida más plena, en la que todo lo que hagamos tenga más sentido porque está más conforme con nuestro ser auténtico y no simplemente con unas necesidades artificialmente creadas.

    El pueblo de Israel, instalado en la tierra, viviendo sin problemas, corre el peligro de olvidar de dónde viene y adónde va. Por eso Dios le invita a recordar su paso por el desierto, en el que Dios se ocupó directamente de él para que no le faltara el alimento cotidiano, que nosotros seguimos pidiendo al Señor (Deut 8,2-3.14b-16). No debe sobre todo olvidar que el hombre vive no sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Además del hambre física, existen otras necesidades que saciar si queremos realizar la vocación humana. Como el hombre está destinado a vivir la vida de Dios, tiene que alimentarse de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

    Los alimentos humanos no pueden garantizar una vida sin fin. Tan sólo un alimento espiritual puede darnos la vida eterna. Jesús prometió ese alimento y declaró que era su persona. Un hombre acosado, condenado a muerte, en vez de resistirse o de maldecir a sus enemigos, se entrega libremente en sus manos, da la vida por los demás. Y anticipa esa donación en ese gesto genial que es la eucaristía, instituida en la Última Cena. Jesús nos alimenta con su persona, su vida y su palabra. Nos alimenta incorporándonos a sí y haciendo que circule por nosotros su misma vida. Esa vida que Él ha recibido del Padre, una vida divina que dura para siempre (Juan 6,51-58).

    Jesús promete la resurrección en el último día. En realidad ese día definitivo ha llegado ya con su resurrección de manera que esa vida eterna está presente ya en nosotros y la vivimos en la fe, la esperanza y el amor. No es todavía la vida eterna en plenitud, pero son las primicias y la garantía de lo que un día seremos y ya se deja entrever esa vida en abundancia que brota de la entrega generosa de Jesús por todos nosotros.

    La Eucaristía es sacramento de comunión. Unión profunda con Cristo, que es nuestro alimento. En el proceso normal de la comida, somos nosotros los que asimilamos el alimento y lo incorporamos a nuestra vida. En la Eucaristía, por el contrario, somos nosotros los que nos incorporamos a Cristo y formamos uno con Él. Pero, al unirnos a Cristo, nos unimos también con el Padre. Es la vida del Padre la que anima la misión de Jesús y, a través de Él, la vida misma de Dios llega a nosotros.

    Todos los que comemos el mismo pan formamos un solo cuerpo, porque tenemos la misma vida, la vida de Jesús, que es la vida misma de Dios (1Cor 10,16-17). La vida humana nace y se desarrolla en el seno de la familia. La Familia Marianista quiere ser un reflejo del seno maternal de María. En familia podemos crecer espiritualmente en Cristo, alimentados por su cuerpo y su sangre. Que la celebración de la eucaristía construya nuestra Iglesia como Familia de Dios, que vive solidaria los problemas de todos los hombres.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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