• Dar fruto

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    16 de julio 2023 – 15 Domingo Ordinario

    La mayor parte de la humanidad vive en el campo y trabaja en la agricultura. Este género de vida tiene unos ritmos muy diferentes a los de la ciudad. En nuestro mundo avanzado estamos acostumbrados a apretar un botón y obtener inmediatamente el resultado deseado. Muchas veces olvidamos que los resultados de la ciencia y la tecnología se logran tras muchos ensayos que requieren su tiempo y las inversiones necesarias.

    El agricultor tiene que esperar pacientemente. El trabajo de la formación y la cultura requiere la paciencia del agricultor. Jesús, que utiliza la palabra para formar a sus oyentes, ha tomado tantas imágenes del mundo de la agrícola dominante en su tiempo.  Su enseñanza sobre la tan esperada venida del Reino de Dios resultaba peligrosa pues ponía en cuestión la organización social de su tiempo y el estilo de vida de las personas. Vinculaba además la venida del Reino a su propia actividad y persona, lo cual no parecía evidente, a pesar de los milagros que hacía.

    No hay que extrañarse que Jesús, después de un cierto éxito, se sienta incomprendido y entre en crisis. Eso no le impide seguir anunciando la venida del Reino y enseñar que tendrá lugar a pesar de todos los obstáculos que Él mismo encuentra en su predicación. Las parábolas muestran la profunda convicción de que la verdad es capaz de abrirse paso, a pesar de las limitaciones del maestro y de los discípulos. También el sembrador sabe que muchas de las semillas se perderán, pero siembra con la esperanza de recoger un fruto abundante de aquellas que lleguen a germinar, crecer y madurar (Mt 13,1-23).

    En buena parte la cosecha depende de la calidad de la simiente. En este caso la semilla es la palabra de Dios que es una fuerza de salvación para el creyente. Ella tiene en sí esa fecundidad comparable a la lluvia o la nieve con las que el profeta compara la Palabra de Dios (Is 55,10-11). Como ellas, la palabra hace un viaje de ida y vuelta, desde Dios al hombre y desde el hombre a Dios. La palabra de Dios es siempre eficaz y realiza aquello que Dios quiere.

    Dios ha enviado su Palabra hecha carne el mundo. Jesús anunció a los hombres la Palabra de Dios y sólo regresó al Padre cuando había realizado la misión que le había sido encomendada. Jesús tiene palabras de vida eterna, que son capaces de nutrir la vida del hombre y ayudarle a dar un sentido a la existencia.

    Animados por el ejemplo de Jesús los creyentes, y en particular los ministros de la palabra, siguen anunciando la Buena Noticia al mundo. La Palabra de Dios pone al descubierto nuestra interioridad y nos hace ver si somos hombres-camino por donde pasan todas las noticias sin dejar huella, personas pedregosas sin profundidad, seres de zarzas que ahogan en sí el bien y la verdad, o si por el contrario somos trigo limpio producido por la tierra buena.

    ¿Quiénes son tierra buena? Los que escuchan la palabra y la entienden. No basta pues escuchar la palabra. Hay que hacer el esfuerzo de entenderla, de penetrar en ella, de descubrir su sentido. Eso sólo es posible a fuerza de rumiar y meditar la palabra haciendo de ella el alimento de nuestra vida. En la Eucaristía la Iglesia nos alimenta en la mesa de la palabra y en la mesa del cuerpo y sangre de Cristo para que también nosotros produzcamos frutos de vida eterna.


  • La gente sencilla

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    9 de julio de 2023 – 14 Domingo Ordinario

    Los sabios y entendidos han gozado en todos los tiempos del aprecio y de la confianza de las personas. Cuando tenemos un problema de salud, vamos al médico. Para las cuestiones legales, acudimos a un abogado. El saber da un poder y sobre todo hoy día es un saber hacer que permite incluso manejar a las personas. Los sabios y entendidos de todos los tiempos han dispuesto de un poder que muchas veces les permitía asegurarse su vida y prescindir de Dios. Hoy día, no sólo los sabios sino mucha gente corriente consideran que no necesitan de Dios y no le dan una oportunidad de que entre en sus vidas.

    Curiosamente el conocimiento bíblico de Dios no es un saber teórico sino un trato íntimo y amoroso con Él. Es un saber actuar, o mejor un saber vivir ante Dios para poder realizar la propia vocación a la que Él nos llama. El amor, al contrario del conocimiento, es libre. Deja a la persona la libertad de amar y la libera para amar. Jesús constata que Dios se revela, se da a conocer y amar a las personas sencillas y no a los sabios y entendidos. Los sabios y entendidos muchas veces tan sólo se aman a sí mismo y a sus creaciones. Son tan importantes que no pueden reconocer que todo lo han recibido de Dios.

    Jesús experimentó el rechazo de los poderes políticos y religiosos de su tiempo y fue acogido por la gente sencilla. En vez de sentirse frustrado ante el poco éxito con la gente importante, dio gracias al Padre por haber dispuesto las cosas así (Mt 11,25-30). Se trata del estilo de actuar de Dios que elige a los humildes para confundir a los soberbios. Dios escogió pueblo pequeño para hacerlo depositario de su revelación. Jesús se manifestará como rey en su entrada triunfal en Jerusalén, adoptando ese estilo modesto y sencillo. Dios para triunfar no necesita un despliegue impresionante de recursos sino que se hace fuerte con la debilidad de los que lo aman. Es la fuerza del amor (Zac 9.9-10).

    Desgraciadamente no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia estamos demasiado preocupados por el número, que es lo que cuenta a la hora de hacerse con el poder en los sistemas democráticos. Confundimos el Reino de Dios con los reinos de este mundo. No hay nada de extraordinario en tener éxito a través del despliegue de la fuerza y de la riqueza, aunque no siempre se ganan las batallas con la superioridad de las armas. La fuerza de la Iglesia y del cristiano viene del Espíritu de Dios (Rom 8,9.11-13). El tiene la capacidad de resucitar nuestros cuerpos como resucitó a Cristo Jesús. Tenemos que dejarnos llevar y guiar por el Espíritu de Dios y no por los cálculos puramente humanos, que San Pablo llama “la carne”.

    El conocimiento, la ciencia y la técnica tienen sin duda su sentido en el plan de Dios, pues todo saber viene de Él. No pueden, sin embargo, ser el criterio último de la acción humana. Una técnica al servicio egoísta de unos pocos lleva a la explotación de las masas y a construir un mundo inhabitable. Pidamos al Señor en esta eucaristía un corazón sencillo y humilde como el de Jesús para encontrar así la paz del alma.


  • Entregar la vida

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    2 de julio 2023- 13 Domingo ordinario

    Darse la buena vida ha sido la máxima aspiración de muchas personas. La crisis del coronavirus y la guerra de Ucrania han puesto en cuestión el ideal del consumismo que ha dominado el último  siglo. Tenemos que redescubrir el verdadero sentido de la vida. La vida es sin duda el primero de los bienes que hemos recibido de Dios. La Palabra de Dios confirma, sin duda, la importancia del bien de la vida, una vida que debe ser respetada y protegida desde su concepción hasta su muerte.

    Dios es el origen de la vida. Los hombres son sólo los transmisores de esa vida, no sus creadores. Los casos de esterilidad provocaban lástima tanto en las antiguas culturas como hoy día. Antes nos hacían caer en la cuenta que la vida viene de Dios (2 Re 4,8-11.14-16). Ahora se busca todo tipo de métodos, a veces no del todo morales, para tener hijos a cualquier precio.  El evangelio, sin embargo, nos invita a estar dispuestos a renunciar a la propia vida, cuando está en juego la fidelidad al Señor (Mt 10,37-42).

    Pero sobre todo el evangelio nos pone en guardia contra ciertas maneras de vivir, hoy día de moda, que parecen ser la expresión de una vida a tope, cuando en realidad llevan a arruinar la propia existencia. No se consigue la vida queriéndola simplemente disfrutar y consumir egoístamente. En la medida en que uno se cierra en sí mismo y en sus propios intereses, la vida acaba corrompiéndose como el agua encharcada. De nada sirve ganar el mundo si echamos a perder la propia vida. No se puede identificar la vida plena simplemente con las experiencias placenteras excitantes o con el conseguir un buen puesto, que nos permita ganar mucho dinero.

    La vida es para darla. Y dándola uno experimenta una gran alegría. Es lo que viven todos los matrimonios que tienen el coraje de traer hijos a este mundo. Sin duda que los hijos son una carga costosa y pero también proporcionan una alegría incomparable. Por el bautismo hemos muerto con Cristo y hemos adquirido una vida nueva, la vida del resucitado (Rm 6,3-4.8-11). Su vida debe reflejarse en nuestra vida. Como él, tenemos que estar dispuestos a entregar la vida.

    El don de la propia vida no se refiere sólo a las circunstancias extremas. En realidad se trata de ir dando la vida en el día a día para que, cuando llegue la muerte, hayamos hecho ya de la vida un don total. Ese don de la vida se traduce en tomar la cruz y seguir a Jesús. Lo más importante es seguir a Jesús, caminar con él, estar en el grupo de sus discípulos. La cruz vendrá por añadidura. Cuando se quiere ser discípulo de Jesús y vivir el evangelio, con todas sus exigencias de la letra y del espíritu, la cruz se va presentando sin necesidad de buscarla. Pero llevada en compañía de Jesús, será una cruz que no nos romperá sino que de ella brotará la vida.

    Las palabras de Jesús parecen contener tan sólo una exigencia de renuncia. No es ése el contenido fundamental de su mensaje. Por eso el Señor hace la promesa de que encontraremos en Él la vida. Todos nuestros pequeños gestos de dar la vida, de acoger a los enviados de Jesús y a todas las personas en las que Él viene a nuestro encuentro no quedarán sin recompensa. Dios mismo será nuestra recompensa. Ahora en la celebración de la eucaristía vivimos con Jesús el don de la vida para la salvación del mundo. Es de ese don del que brota la vida nueva que nosotros creyentes debemos vivir, testimoniar e infundir en el mundo.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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