• Ser creyente hoy

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    1 de septiembre de 2024 – 22 Domingo Ordinario

    La Iglesia sin duda es la gran defensora y portadora de una tradición vital que se ha ido encarnando en diversas culturas. La tentación es la de sacralizar unas realidades culturales, hijas de una época determinada, y creer que se identifican sin más con la fe y el evangelio. El Vaticano II pidió una vuelta al evangelio para superar una vida cristiana un tanto lánguida y anquilosada, hecha de ritos y costumbres tradicionales que ya no encarnaban los verdaderos valores evangélicos. Los ritos entonces se vacían de sentido y de contenido (Mc 7,1-23). En buena medida era lo que pasaba con la religión judía del tiempo de Jesús. Las tradiciones humanas habían ahogado el espíritu de la Ley que manifestaba la voluntad de Dios para con su pueblo.

    La Iglesia aparecía muchas veces en la historia como la guardiana de las tradiciones de la humanidad. Nuestro tiempo ha creado una gran ruptura en la manera de vivir de los hombres, con una pérdida de la memoria histórica. En nombre del progreso y de la novedad se ha ido olvidando la tradición que constituía el humus vital de la cultura de cada pueblo. El peligro ha sido de una pérdida de identidad. Algunos grupos cristianos tradicionalistas expresaron su resistencia a la renovación de la liturgia pedida por el Vaticano II y adoptaron como signo de su identidad el continuar con la misa en latín de espaldas al pueblo cristiano. Esos grupos ven en cualquier cambio que se propone, ahora en concreto en la sinodalidad, una amenaza a la fe cristiana.

    La reforma de Jesús es una invitación a volver a una religión profética que tiene su centro en el corazón que trata de escuchar a Dios para hacer lo que Él quiera. Una religión del corazón no significa una religión sentimental cálida frente a una religión ritualista de prácticas externas. Más bien se trata de colocar a Dios en el centro de las preocupaciones y proyectos del hombre, hacer de Él el único tesoro, porque “donde está tu tesoro, allí está tu corazón”. Una religión del corazón engloba toda la realidad de la persona y de la sociedad. Es lo contrario de una religión puramente privada. Interioridad y exterioridad son las dos caras de una misma realidad. Sin interioridad la religión y el culto se tornan vacíos. Sin exterioridad, la religión se hace invisible y acaba desapareciendo.

    La fe en Dios genera toda una serie de valores que dan sentido a la vida de la persona y del pueblo (Dt 4,1-8). Esos valores crean actitudes profundas en la persona, que finalmente se traducirán en actos exteriores que dan origen a diversas normas y costumbres. Éstas tienen sentido mientras están en contacto con los grandes valores que les dieron el ser. Una religión del corazón debe traducirse en una conducta práctica que se hace cargo de la realidad. No basta con escuchar la Palabra, hay que llevarla a la práctica. Es el realismo cristiano. “La religión que Dios quiere es visitar a los huérfanos y viudas en sus dificultades y no mancharse las manos con este mundo” (Sant 1,17-27)

    La eucaristía es el verdadero culto cristiano. En ella se actualiza el misterio de Cristo que nos compromete también a nosotros a hacer de nuestras vidas una auténtica ofrenda de nuestro ser.


  • Señor, ¿a quién iremos?

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    25 de agosto de 2024 – 21 Domingo Ordinario

    La crisis de fe actual está afectando sobre todo a los países de vieja cristiandad. El número de fieles va disminuyendo progresivamente por el envejecimiento y muerte de los mayores que han permanecido fieles contra viento y marea. Las nuevas incorporaciones de bautizados adultos no equilibran la balanza. La gran dificultad, en cambio, está en atraer a las nuevas generaciones o a los que se han alejado. No cabe más remedio que preguntarse por las causas de ese alejamiento. ¿Se han alejado ellos de la vida eclesial o es la Iglesia la que se ha alejado de ellos?  No cabe duda que muchos han nacido ya en una familia alejada de la Iglesia por la que no muestran ningún interés porque ven que tampoco la Iglesia se interesa por ellos.

    En el punto de partida del abandono de la práctica eclesial, de una u otra forma, está presente la experiencia que ya formulaban los que dejaron a Jesús: “Este modo de hablar es duro. ¿Quién puede hacerle caso?” (Jn 6,60-69). Las dificultades entonces tenían que ver no sólo con la doctrina de Jesús sino sobre todo con su persona y sus pretensiones de ser el enviado de Dios.

    Aunque hoy día la decepción parece venir provocada por la realidad de la Iglesia, en el fondo, lo que está en cuestión es la persona de Jesús y de Dios mismo. La tendencia actualmente de muchos que creen en Dios es la de relacionarse directamente con Él sin la mediación de Jesús o de la Iglesia. Ésta aparece muchas veces como un estorbo que se interpone en esa relación, en vez de ser la que nos introduce en ella. La mayoría de las personas no tiene nada contra Dios. Lo único que no tienen es tiempo para él. Tienen la agenda de cada día llena y además Dios no aparece en la pantalla del móvil. La persona de Jesús o de Dios no les dice nada a la hora de buscar la felicidad y el sentido de su vida.

    En tiempos de Jesús, la crisis afectó a la comunidad de los discípulos y tan sólo el núcleo más íntimo de los doce resistió, aunque poco después Jesús indicará que entre ellos está el traidor. Los que se quedaron tuvieron que tomar una opción consciente que fue formulada por Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que eres el Santo consagrado por Dios”.

    Los apóstoles han experimentado que sólo se puede descubrir a Dios en Jesús y dentro de la comunidad de sus amigos. Abandonar la comunidad de discípulos es echar a perder la posibilidad de encuentro con Jesús y con el Padre. En el fondo Pedro volvió a renovar la adhesión de los apóstoles a Jesús, que ya le habían manifestado en el momento de su llamada. Este renovar nuestra fe en Jesús y en su proyecto es muy necesario precisamente en estos tiempos de encrucijada en que nos toca vivir cuando vemos la desbandada en torno nuestro.

    También Josué, al introducir el pueblo en la tierra prometida, lo puso ante la tesitura de elegir al verdadero Dios o a los ídolos del país (Jos 24,1-18). Todos en el pasado hemos sido idólatras. No se nace cristiano. Es necesario que cada uno asuma la fe de manera personal. El Beato Chaminade, fundador de la Familia Marianista, después de la Revolución francesa, se dio cuenta que ya no se podía ser cristiano simplemente por herencia sino que había que optar personalmente. Pero esa fe personal no es vivible hoy día fuera de una comunidad eclesial en la que uno experimenta la presencia del Señor Resucitado. Que la celebración de la Eucaristía afiance en nosotros nuestro adhesión a Cristo


  • Mi carne es verdadera comida

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    18 de agosto de 2024 – 20 Domingo Ordinario

    Vivimos gracias a la comida. El hombre siempre buscó un fruto mágico que le permitiera vivir para siempre, que le diera la inmortalidad. Aunque la vida y los alimentos vienen de Dios, el hombre, sin embargo, es mortal a causa del pecado. El hombre no sólo vive de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, su Sabiduría, es un banquete para la persona que busca ante todo el sentido de la vida y la felicidad (Prov 9,1-6),

    Jesús, en cambio, promete un alimento que garantiza la inmortalidad: su carne y su sangre (Juan 6,51-58). Esto no puede menos que escandalizar a sus oyentes que probablemente pensaron en el canibalismo o en la imposibilidad de una vida sin fin. Pero Jesús nos explica cómo eso es posible. La vida viene de Dios que es la vida en plenitud, la vida inmortal. Jesús vive por el Padre, ha recibido la vida del Padre, la vida misma de Dios, que no tiene fin. Jesús alimenta su vida, como Él dirá, haciendo la voluntad del Padre, estando siempre en sintonía con Él, haciendo que la misma vida de Dios fluya por sus venas. Pero Jesús, además, tiene la capacidad de darnos esa misma vida que ha recibido del Padre. Por eso puede prometernos la inmortalidad, el vivir para siempre.

    Jesús nos da su propia vida, la vida misma de Dios, alimentándonos con su carne y su sangre. No podemos menos que evocar la imagen de la madre alimentando con su seno al bebé. Al mencionar la carne y la sangre de Jesús, el evangelio piensa sin duda en la eucaristía, misterio del cuerpo y de la sangre de Jesús. Se trata, sin duda alguna, de la vida de Jesús.

    La Biblia llama “carne” a una vida en la debilidad. Jesús nos hace ver que lo que nutre al creyente no son los “alimentos fuertes”, sino precisamente la vida ordinaria de entrega que Él vivió a favor de nosotros. La “sangre” de Jesús evoca su pasión, su muerte cruenta, precisamente porque era débil como nosotros. El creyente que se sumerge en la vida y muerte de Jesús alcanza la inmortalidad, la resurrección. Entramos en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo a través del bautismo y de la eucaristía. Ésta es sin duda la “medicina de la inmortalidad”, como la llamaban los Padres de la Iglesia.

    Cuando comemos incorporamos los alimentos a nuestras células, los asimilamos y los hacemos nuestros. No es así como logramos la inmortalidad de la vida del Señor Resucitado, pues al hacerlo nuestro, nos encontraríamos siempre con nuestro ser mortal. Ocurre, más bien, al revés. Es el Señor Resucitado el que nos incorpora a Sí y hace de nosotros personas resucitadas que viven una vida sin final.

    Que la participación en esta eucaristía nos transforme en Cristo y nos dé su propia vida, la vida recibida del Padre. Esta vida es, ante todo, amor, relación personal con Dios y con los demás, relación que nos lleva a salir de nosotros mismos, para abrirnos a la vida sin límites.


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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