• Dios ha visitado a su pueblo

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    9 de junio de 2013 – 10 Domingo Ordinario

    Las muertes prematuras nos conmueven. Causan en nosotros una impresión de una injusticia irreparable. A pesar de los avances de la medicina, somos impotentes ante la realidad de la muerte, que sigue llevándose muchas personas antes de tiempo. En nuestro corazón hay el deseo, sin duda puesto por Dios, de vivir para siempre. Todos creemos que hemos sido hechos para la vida y no para la muerte. El Señor sostiene nuestra débil esperanza a través de las intervenciones milagrosas que muestran su poder sobre la vida y la muerte.

    Dios actúa sobre todo a través de sus enviados, de manera especial de sus profetas. Hoy escuchamos cómo Elías resucitó al hijo único de la viuda que lo había acogido en su casa (1 Re 17, 17-24). El profeta cuenta a Dios lo contradictorio que sería que su visita y cercanía a aquella pobre mujer se hubiera convertido en causa de desgracia y no de bendición. Sería una ingratitud imperdonable. Dios, a través de Elías, resucita al muerto.

    En el evangelio Jesús aparece como el nuevo Elías, como el profeta definitivo de los tiempos mesiánicos. En su persona reviven los antiguos prodigios que Dios realizaba a favor de su pueblo, visitándolo con su favor (Lc 7, 11-17). De nuevo tenemos la resurrección del hijo único de una viuda. En este caso, Jesús no los conocía de antemano, pero es capaz de hacerse cercano a las personas que sufren. Le basta ver la escena del entierro del difunto para captar la situación. Es la de una pobre madre, cuyo porvenir reposaba tan sólo en este hijo y que ha sido truncado con su muerte. Jesús siente lástima de ella. Los que contemplan el milagro se dan cuenta de lo que ha ocurrido: Dios ha visitado a su pueblo. Dios no se ha desentendido de su pueblo, de lo que éste sufre, sino que está siempre atento, informándose a través de sus visitas y trayendo con ellas la salvación.

    El papa Francisco nos está ayudando a todos a redescubrir esa dimensión fundamental del evangelio: la compasión. No es una realidad puramente sentimental sino que es una característica de Dios que le permitirá decir al mismo evangelista: “sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo” (Lc 6,36). Para Dios, ser misericordioso no se queda en buenos sentimientos sino que se traduce en que hace el bien a todos, a los buenos y a los malos. La Iglesia, sobre todo a través de Cáritas, está intentando hacer el bien a todos, sin distinción de religiones, sin pedir un certificado de buena conducta.

    En el fondo, es ese amor misericordioso de Dios lo que experimentó San Pablo y le llevó a cambiar totalmente de conducta. De perseguidor de los cristianos pasará a ser el más entusiasta propagador de Cristo y su evangelio (Gal 1, 11-19). Pablo quedó totalmente marcado por la confianza que Jesús depositó en él, sin esperar a que diera pruebas de que se lo merecía. La Iglesia siente como suyas las alegrías y las penas de todos los que sufren, sobre todo de los pobres, y cree y confía que ellos son los destinatarios privilegiados del la Buena Noticia. Ellos son los que pueden cambiar la Iglesia y el mundo, haciendo que la Iglesia sea una Iglesia de los pobres. En la eucaristía experimentamos ese amor compasivo y misericordioso de Dios que abre para nosotros caminos de vida.


  • Dadles vosotros de comer

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    2 de junio de 2013 – El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

    La crisis ha provocado múltiples recortes en la vida social y en la vida familiar. Han afectado incluso a la alimentación, poniendo a veces en peligro el futuro de los niños que no reciben la alimentación adecuada. Esta situación interpela sin duda a la Iglesia. Ésta a lo largo de la historia se ha ocupado de los cuerpos y no sólo de las almas. Fue siempre la primera en detectar las necesidades de las personas. Con ello no hacía más que seguir a Jesús, que tenía una capacidad especial para darse cuenta de las necesidades de la gente. La Iglesia da una grande importancia a la realidad material y corporal y celebra la fiesta del Cuerpo de Cristo. Jesús resucitado sigue teniendo un cuerpo en el que lleva los signos de su pasión que se prolonga hoy día en nuestro mundo.

    El evangelio nos pone en relación con la realidad del cuerpo, con una de sus manifestaciones esenciales: el hambre (Lc 9,11b-17). Los discípulos de Jesús quieren desentenderse de la muchedumbre que lo sigue y le piden que los despida para que vayan a comer. Jesús, en cambio, los sitúa ante la obligación importante: dadles vosotros de comer.

    La reflexión de los discípulos era lógica pues había demasiada gente y para colmo estaban en un lugar despoblado donde uno no podía procurarse lo necesario. Las disponibilidades eran pequeñas: cinco panes y dos peces. Son suficientes para que Jesús pueda hacer el milagro y saciar a la multitud. Los discípulos son los instrumentos mediante los cuales Jesús hará llegar a la muchedumbre los alimentos.

    También hoy la tentación de muchos es que el estado solucione las necesidades de los ciudadanos cuando en realidad es el estado, con sus recortes, el que ha causado esas necesidades. Por eso no podemos desentendernos de nuestros hermanos que sufren. Somos nosotros los que tenemos que socorrerlos. Jesús no tiene hoy día otros brazos para alimentar a la gente que los nuestros. El milagro de la multiplicación de los panes alude sin duda a la eucaristía como fracción del pan, pan partido, compartido y repartido entre los hombres. Es el pan de la fraternidad, el pan de la unidad. La Iglesia comenzó a existir en torno a la Eucaristía. El memorial de la muerte y resurrección de Jesús unía a los hombres en un solo cuerpo. Todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a proclamar la muerte el Señor hasta que vuelva (1 Cor 11,23-26). Esa memoria de Jesús no nos deja tranquilos. Es una llamada a hacer lo mismo en memoria de él. De esa manera Jesús se hace nuestro contemporáneo y continúa salvando al mundo.

    Jesús es el alimento de nuestras personas. El hombre no vive sólo de pan sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios, que alimenta nuestra vida, a través de sus palabras de vida eterna. El hombre tiene hambre de verdad, de poder dar un sentido a la vida. Es en la persona de Jesús, en su vida y enseñanzas, donde encontramos la Verdad, la verdad misma de Dios y nuestra propia verdad. El hombre tiene sobre todo hambre de amor. Es el amor lo que verdaderamente nutre nuestras vidas. Jesús nos nutre con su amor en el pan de la unidad. Hay relaciones personales que verdaderamente resultan nutrientes y otras que siempre nos dejan con hambre. Jesús, al mismo tiempo que sacia nuestra hambre, crea en nosotros siempre un mayor deseo de unirnos a él, de transformarnos en él.

    Esa es la maravilla de la eucaristía. No somos nosotros los que asimilamos a Jesús a nuestras vidas. Es Jesús el que nos asimila e incorpora a su propia vida, la vida misma de Dios. Ahora en esta Eucaristía acojamos al Señor en nuestras vidas y dejémonos incorporar a Él para poder también nosotros alimentar a nuestros hermanos.

     


  • La esperanza no engaña

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    26 de mayo de 2013 – Santísima Trinidad


    Cada vez se va extendiendo más la búsqueda de una espiritualidad o espiritualidades. Forman parte del bienestar psicológico que todos buscamos, sobre todo los que pueden pagárselo. No nos conformamos simplemente con consumir objetos sino que queremos experimentar bienestar. Un bienestar que procede de nosotros mismos. Para descubrirlo pagamos a los “maestros espirituales”. Estas espiritualidades son espiritualidades sin religión y sin Dios, sin Cristo ni Iglesia. O si se quiere uno mismo es el pequeño dios, objeto de culto y adoración, bajo la forma bien conocida del narcisismo: Narciso contemplándose a sí mismo en la fuente, enamorado de sí mismo y ahogándose en esa fuente. Me temo que para muchos que frecuentan esas espiritualidades el desenlace pueda ser el mismo.

    Esas espiritualidades han surgido como respuesta al déficit de experiencia vital de las religiones tradicionales, incluidas el cristianismo en estos momentos bajos en los que nos toca vivir. La fe, cristiana, sin embargo, surgió de la experiencia del encuentro con el Señor Resucitado que nos da su Espíritu. La experiencia del Espíritu no se traducía únicamente en los fenómenos más o menos extraordinarios a los que apelan hoy día los movimientos carismáticos, con sus dones de lenguas o de curaciones. Era más bien una experiencia accesible a todos: la experiencia del amor, haber sido amados por Dios y poder amar a Dios y a los demás (Rom 5,1-5).  Se trataba de una experiencia revolucionaria. El hombre, en las religiones antiguas, buscaba y amaba a Dios, pero Dios no le respondía con amor. Él tenía otras cosas más importantes que hacer que ocuparse de los hombres.

    Es el Espíritu el que nos ha permitido experimentar de manera histórica ese amor Dios. Ese amor se ha manifestado en la entrega del Hijo por todos nosotros, precisamente cuando éramos enemigos de Dios. La experiencia del perdón de Dios es una de las primeras que nos permiten experimentar el amor incondicional de Dios. Es una experiencia de paz y de reconciliación que nos hace sentir hijos de Dios y, por tanto, amados por Él.

    El amor  de Dios, vivido en lo cotidiano, es la garantía de la esperanza cristiana, que sabe que el amor no muere, sino que es ya anticipación de lo definitivo. Esa esperanza hace que nuestro valor y resistencia queden probados  a través de la perseverancia en el bien en medio de las dificultades que experimentamos todavía en la vida. El cristiano sabe que el Señor resucitado ha triunfado ya sobre todas las fuerzas de destrucción que existen todavía en el mundo. Por eso no nos desanimamos ni tiramos la toalla sino que luchamos para que el mundo nuevo llegue a todos.

    Es el Espíritu el que nos sostiene en este combate cotidiano y nos va introduciendo en la verdad plena que anunciaba Jesús (Jn 16,12-15). Sus discípulos en la víspera de la pasión tan sólo veían el lado negativo de lo que iba a ocurrir. Será el Espíritu el que poco a poco los introduzca en la realidad definitiva del Resucitado, que ha triunfado sobre el odio y el mal de este mundo. Esa verdad es en realidad una persona. Al final se darán cuenta que en la vida de Jesús se les ha manifestado totalmente Dios Padre. Los discípulos tuvieron la dicha de poder convivir con Jesús. Vivir con Él, era en realidad, vivir con el Padre.

    Esta verdad plena revela también la auténtica verdad del hombre. Nuestra relación con Dios no es una realidad abstracta sino que adquiere los matices que vemos en nuestras relaciones personales tan diferentes, según se trate del padre o la madre, el hermano o la hermana, la esposa o el hijo. Sin duda estas relaciones humanas tienen siempre sus limitaciones y crean sus complejos.

    Dios Padre es sencillamente amor del que procede todo y que nos da su misma vida. El Hijo encarnado en Jesús nos muestra el camino de la verdadera fraternidad humana. Sólo a través del don de sí podemos reconocer al otro como hermano. El Espíritu es inspiración creadora, que no nos quita la libertad cuando nos dejamos guiar por Él sino que nos lleva a la meta deseada, la intimidad con Dios. Este Dios que se nos hace presente en la Eucaristía y nos incorpora a su vida divina para que la hagamos presente en el mundo.

     


Lorenzo Amigo

Es sacerdote marianista, licenciado en filosofía y filología bíblica trilingüe, doctor en teología bíblica. Ha sido profesor de hebreo en la Universidad Pontificia de Salamanca y de Sagrada Escritura en el Regina Mundi de Roma. Fue Rector del Seminario Chaminade en Roma de 1998 a 2012. Actualmente es párroco de San Bartolomé, en Orcasitas, Madrid.


Sobre el blog

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Hacer que resuene en nuestros corazones y aliente en nuestras vidas. Leer nuestro presente a la luz de la Palabra escuchada cada domingo. Alimentarse en la mesa de la Palabra hecha carne, hecha eucaristía. Tu Palabra me da vida.


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